El Jurado

Yo les escuchaba muy atento, sabía reconocer en sus palabras un propósito de sensatez demasiado inquietante, pero aun así continuaba escuchándoles en silencio. Me estaba esforzando por dibujar en mi cara una expresión lo más cariacontecida posible, al menos eso intentaba, aunque dudo que lo consiguiese. Ellos seguían a lo suyo, ignorándome, utilizando un vocabulario lleno de tecnicismos, —un vocabulario totalmente impostado—, que me enfurecía y que al mismo tiempo me acobardaba y me hacía estremecer; era complicado soportar tanta presión sin derrumbarse. Era complicado aguantar todos esos reproches apretando las mandíbulas y mirando al suelo en señal de arrepentimiento. Os estoy hablando de una institución tan cínica y poderosa como el Sanedrín que juzgó y condenó a Cristo cuando fue crucificado; me refiero a una especie de célula terrorista, compuesta por expertos profesionales, que no concebía ni tampoco toleraba otro criterio diferente al suyo propio. Auténticos especialistas en el arte de fabricar culpables: os estoy hablando de los miembros de El Jurado. Su inquietante propósito de sensatez (cada vez que abrían la boca) generaba mucha desconfianza dentro de mi cabeza. Me refiero a ese propósito tan vulgar que ampara la opinión de la gente con sentido común. Los miembros de El Jurado eran verdaderos mercenarios a sueldo de este sentido común, y así lo demostraban siempre que tenían la oportunidad. Yo también sabía que aquella sensatez —o aquel sentido común— era simplemente una tapadera, un arbitrariedad tan relativa como cualquier otra, que la mayor parte de las veces sólo representaba una forma de extorsión, un método de tortura que ellos aplicaban sobre todas y cada una de sus víctimas. Sin duda, se trataba de una sensación confusa e incómoda. Había comenzado a percibirme a mí mismo igual que si fuera un médico rural, un doctor con cierto prestigio entre los habitantes de mi comarca, que recibía una llamada imprevista para visitar a un paciente gravemente enfermo durante una noche de tormenta. Entonces, venciendo extraños obstáculos, acudía a socorrer esa llamada de auxilio pero no conseguía ofrecerle mi ayuda; bastaba con fallarle una sola vez a cualquiera de esas malditas llamadas, una sola vez, para que mi prestigio se esfumara yéndose a tomar por culo. Todavía me lo sigo preguntando: ¿Cuál ha sido ese fatídico error que ya no me permitía resolver todo este asunto? Lo cierto es que en ningún momento sonó mi teléfono móvil, en ningún momento hubo ninguna llamada de auxilio, y opino que fue ese desenfoque de la realidad lo que ha propiciado que yo me encuentre tal y como me encuentro ahora mismo. Mis circunstancias son un serio dilema. ¿Mi problema? Ya no lo recuerdo: un viaje urgente, o un enfermo grave, o un pueblo a cincuenta kilómetros de distancia, o un temporal de nieve que me había impedido cumplir con mis obligaciones. Respecto a las medidas que llevé a cabo, admito mi mala praxis y reconozco que quizá no actué de un modo correcto, me equivoqué sin más. Según puedo suponer, —aunque sólo sea para darme ánimos y evitar desmoronarme definitivamente—, esta historia podía haberle ocurrido a cualquiera de vosotros; ha sido cuestión de mala suerte y, por ello, regodeándome en mi propia desgracia apenas conseguiré cambiar nada. Sin embargo, no estoy preparado para sermonearme a mí mismo con esta clase de discursos autocomplacientes. Yo continuaba negando la realidad a la vez que me veía sometido por ella, continuaba sin comprender nada sobre lo que me acusa este extravagante tribunal y continuaba sin deducir la procedencia de un peculiar olor a sardinas fritas que me impedía concentrarme en la estrategia de mi defensa. ¿Qué alegación o qué cargo estoy intentando refutar? Creo que mi único cometido, más que persuadir al Jurado o tratar de convencerlo, pasa por despertar su compasión y solicitarles clemencia. Existe una moraleja en todo este proceso, —estoy seguro de ello—, una moraleja que (si alguien consiguiera averiguarla) me evitaría convertirme en el protagonista de un veredicto tan cruel. Ajenos a todas mis cavilaciones, los miembros de El Jurado mantenían su particular pulso contra el acusado, —yo soy ese acusado—, y ya no merecía la pena plantearse que habría ocurrido si en lugar del cable rojo hubiese cortado el cable azul o el cable verde. La detonación estaba en curso y ellos se encargarían de apretar el botón que me haría saltar por los aires. Su decisión determinaría mi futuro. Solamente ellos y sus votaciones: duele aceptarlo pero qué democrático y veraz resultaba todo aquel procedimiento. Ahora les escucho hablar, escucho cómo bromean cuando pronuncian mi nombre entre risas, y cómo se interpelan unos a otros empleando una terminología muy ambigua que tampoco logro descifrar. El Jurado se refiere a mí dedicándome palabras de asco y desprecio, me dispensan un trato humillante pero yo no me ofendo sino que lo acepto convencido de que merezco sus burlas. Yo sólo quiero averiguar si soy inocente o si, por el contrario, debería considerarme culpable.

—Señores miembros de El Jurado –dije utilizando el tono de voz más débil y polvoriento que tenía a mi disposición−, ¡Ojalá sean benévolos con mis faltas y acepten redimirme! No hace mucho ustedes me preguntaron porqué afirmo tenerles tanto miedo, y, como de costumbre, no supe qué responderles; quizá fuese ese mismo miedo lo que me paralizó: el miedo a que la justificación sobre mi miedo les pareciese demasiado vacua no dejaba de atormentarme. Sin embargo, me gustaría confesar que siempre les he admirado y para demostrarles mi estima no dudaría en cuestionar cualquiera de mis convicciones; me refiero a las mismas convicciones que me han arrastrado hasta aquí y que para mí carecen ya de toda vigencia. Todavía recuerdo aquella mañana de Julio, cuando dos hombres con levita y sombrero de copa, (pálidos y corteses), me sorprendieron en mi cama deteniéndome y tomándose mi desayuno. Recuerdo también que hacía un calor asfixiante y que yo ignoraba la identidad de aquellos dos caballeros, ignoraba quiénes eran ambos porque nunca antes les había visto en persona, pero tampoco opuse ningún tipo de resistencia a la hora de obedecer sus órdenes sin protestar. Me habían encerrado en la broma de mi propia vida, (encerrado igual que un pez dentro de un acuario), y a esa broma yo no le encontraba ninguna gracia; sólo los espectadores que se situaban delante de la pecera podían reírse bien a gusto: ellos sí sabían disfrutar el horror de lo cómico que escondía mi tragedia. Si Raskolnikov, en Crimen y Castigo, no podía soportar el peso de su culpabilidad y para alcanzar la paz interior consentía voluntariamente ser castigado, en mi caso sucede justo al revés, se ha invertido la lógica: yo ignoro los motivos que me han traído hasta aquí, no conozco la causa de mi castigo y esto resulta tan ridículo que necesito hallar una culpa que lo justifique todo. Así, he concluido que el transcurso de este proceso no ha sido más que una bufonada, una disposición misteriosa de implacable sentido común, donde yo he ejercido el papel de títere. Una marioneta sin voluntad. Señores miembros de El Jurado, por favor, no olviden nunca que las bases de nuestra sociedad, (me refiero a los cimientos que sujetan nuestra convivencia), reposan sobre un crimen cometido en común y todos somos responsables subsidiarios del mismo. ¡La propia sociedad determina que es lo apto o lo no apto! Aisladamente los colores no existen como tal, sino que cualquier matiz cromático es modificado por la naturaleza de la luz sobre la que se proyecta. Nuestra conducta siempre viene determinada por ese presunto consenso que marca la mayoría y su repugnante sensatez colectiva: les hablo de nuestras herencias y de nuestra falta de principios individuales. La falta de principios puede llevarnos a la liberación, no se lo discuto, aunque (bien es cierto) también puede conducirnos al absurdo y a la locura; mientras que un oso o una liebre son osos y liebres completos desde que nacen, un ser humano debe perfeccionar la forma de su existencia tomando sus propias decisiones, es decir, desarrollando su propia esencia. Quizá este fue el motivo por el que admití participar en su programa, —no era imprescindible haber leído la obra de Jean Paul Sartre para suponerlo—, un concurso de cocina (en horario de máxima audiencia) me permitiría poner en práctica mi propia toma de decisiones mostrando así mi valía ante los demás. Yo también quería elaborar mi propio menú degustación bajo la mirada de millones de espectadores; quería desarrollar mi propia esencia sin importarme lo más mínimo el desprecio y la condescendencia con la que ustedes evaluaran mis platos. Señores miembros de El Jurado, por supuesto que yo no soy ningún médico rural, jamás lo he sido, no soy ningún doctor con cierto prestigio entre los habitantes de ninguna comarca, pero sí que me considero algo mejor, un gran chef aficionado, (un sibarita de la buena mesa). Me considero otro concursante más que dispuesto a recibir cualquier tipo de vejación como parte fundamental de su aprendizaje. Quiero ensalzar también, señores miembros de El Jurado, su encomiable labor didáctica; gracias a su pedagogía del latigazo he aprendido a avergonzarme, tal y como lo haría un pedófilo descubierto in fraganti, cada vez que el punto de cocción de mi patata no ha sido el correcto. Ruborizado bajo la cabeza y les pido disculpas de nuevo: lamento profundamente haberles decepcionado por culpa del punto de cocción de mi patata. Ruego que me perdonen si mi Tartar de Fresones con Pétalos de Rosa y Miel no les permitió alcanzar el clímax en boca; excusen a mi Tartar y excusen a mi Milhoja de Presa Ibérica con Tartaleta de Hierbas y Mouse de Setas. Yo soy el único culpable. Mi único objetivo cuando entré aquí era convertirme en una estrella del esnobismo culinario, por esa razón he seguido sus indicaciones al pie de la letra, por esa razón he frivolizado con la comida todo cuanto me ha sido posible y, tal y como ustedes proponen, he elaborado platos con nombres fastuosos asumiendo que el elitismo y la exclusividad son los dos principios que aportan grandeza a nuestras creaciones gastronómicas. Incluso, la peculiar peste a sardinas que desprenden estas cocinas se ha convertido en algo secundario para mí, algo que me revuelve el estómago pero que nunca utilizaría como excusa para vomitar durante las pausas publicitarias. La mirada bovina de nuestros queridos televidentes nos ha encumbrado hasta lo más alto de nuestros pedestales. Así hemos cumplido nuestro sueño: nunca hemos deseado ser simples cocineros de mierda sino verdaderas estrellas pop de la radio-fórmula. Ahora sólo les suplico una última oportunidad, les ruego que prueben mi Paladar de atún con espuma de jalapeño sobre lecho de caviar y ostras y cítricos, mastíquenlo con semblante reflexivo, deléitense durante unos segundos en este bocado perfecto, déjense llevar, noten el vértigo, esa misma sensación de gozo que sufrió Stendhal  cuando visitó por primera vez la basílica de la Santa Cruz en Florencia hace más de dos siglos. Y no olviden quien ha sido el artífice de semejante milagro.

 

 

 

Publicado en Divertirse a la fuerza era obligatorio | Etiquetado | Deja un comentario

King Kunta

Obedeciendo a otra de mis extrañas intuiciones, he decidido inscribirme para participar como voluntario en un ensayo clínico; aquí me dan a probar diferentes tipos de medicamentos: mi único cometido consiste en ingerir puñaditos de pastillas, (píldoras de distintos tamaños y colores), a cambio de una recompensa económica cuya cantidad todavía nadie me ha especificado. Me encuentro en una especie de laboratorio clandestino, o al menos eso quiero creer, un lugar tan aséptico como deprimente, donde rivalizo con otros voluntarios por tragar el mayor número de pastillas sin beber agua. Se trata de una experiencia extrema, y quizá haya sido el efecto de estas píldoras (tan divertidas) lo que me ha hecho descubrir que nada era lo que parecía ser, todo forma parte de un terrible error, no estoy colaborando en ningún proyecto de I+D, tampoco me encuentro en ningún laboratorio sino en las oficinas de una empresa de trabajo temporal. Aquí investigan los límites del trastorno esquizofrénico a costa de nuestra salud; quieren dinamitar nuestro equilibrio emocional aunque este pequeño agravio no nos importe ni nos afecte lo más mínimo. Incluso, me atrevería a asegurar que es precisamente esa sensación, la de sentirnos como cobayas encerradas a oscuras en cajas de plástico, lo que nos impulsa a continuar tragando pastillas, una tras otra, en contra de nuestra propia voluntad. Desde un principio ellos han intentado aprovecharse de nuestro estado de ánimo. Se ríen de nosotros. Nos han convencido sobre nuestra condición de esclavos porque saben que ninguno opondremos resistencia: somos almas muertas y (lógicamente) nuestro tiempo apenas vale nada. Tú serás King Kunta, me dicen, y todos éstos van a ser compañeros tuyos. Yo acepto el trato y participo en una dinámica de grupo para poder optar a un puesto vacante en quién sabe qué trabajo de mierda. Participo junto a otros siete candidatos, cada uno de los cuales permanece atado a una silla, con los brazos inmovilizados dentro de una camisa de fuerza y dos surcos de espuma blanca deslizándose por las comisuras de sus labios. No quiero entrar en detalles pero, según subraya la psicóloga, deberíamos estar agradecidos por lo que nos están ofreciendo; las condiciones laborales imitan a las de una mina de carbón en el norte de Francia durante el siglo XIX: un contrato por obra y servicio, un sueldo ridículo, horarios salvajes… Alrededor de una mesa ovalada esperamos sentados en silencio, (yo y mis siete locos), con el gesto de mártir grapado a las cejas y una fotocopia de nuestro currículum apoyada sobre las rodillas. Se trata de una experiencia extrema pese a que ninguno de nosotros sabe qué cojones se pretende demostrar con ella, por eso sonreímos a diestro y siniestro, tal y como recomiendan los libros de autoayuda que guardamos escondidos bajo los somieres de nuestras respectivas camas. La magia del pensamiento positivo, me dicen, funciona siempre y cuando te mantengas al margen de influencias tóxicas, al margen del significado que ocultan los posos del café dibujando figuras asimétricas junto al borde de la taza; ninguno de nosotros reconoce lo que pronostican esas enigmáticas siluetas, sin embargo nos tranquiliza saber que nuestra agonía, nuestro tétrico futuro, ya estaba escrito mucho antes de sucedernos. Este lugar se parece demasiado a las instalaciones de un centro de internamiento psiquiátrico, una colmena construida a golpe de conversaciones banales, a golpe de miradas que se cruzan por pura inercia para no decir nada en absoluto. Este lugar recuerda demasiado a un manicomio lleno de pacientes que cabalgan a lomos de su particular trauma maníaco-depresivo; desde padres de familia sin perspectivas laborales hasta jóvenes poligoneros recién caídos del andamio; desde pre-menopáusicas con estudios superiores, y con un alto grado de cualificación, hasta niñas pijas buscando la liquidez suficiente para gastar en caprichos y así sentirse realizadas. ¡Todos buscan la misma papeleta afortunada donde el azar haya escrito la palabra “CONTRATAD@”! Entonces alguien abre la jaula de los leones y la psicóloga se presenta de nuevo, saludándonos, y pidiéndonos que la excusemos durante otro par de minutos. La espera es la condición fundamental del individuo, ante la ley y ante el departamento de recursos humanos, por esa razón no nos inquieta mantenernos a la expectativa durante el tiempo que consideren oportuno. Creo que el sentido de la existencia hay que buscarlo en el sentido de la espera, me estoy refiriendo a que el impulso heroico de buscarle (en vano) un sentido a esta espera, podría ser el mismo impulso que nos obliga a encontrarle un sentido a nuestras vidas miserables. Una hora después continúo sentado en silencio, sin apenas mover un músculo de mi cara, ni un puto parpadeo, mientras observo cómo la puerta del ascensor proyecta un chorreo constante de pacientes desempleados. Ellos también han venido a tragar su puñadito de pastillas y a esperar a ver qué les ocurre… Compadezco su situación aunque yo tampoco me siento inmune al virus de la precariedad laboral; eso sí, ahora estoy dispuesto casi a cualquier cosa por conseguir una de esas papeletas con premio de las que tanto he oído hablar. Las voces que silban en el interior de mis oídos presagian otro nuevo apocalipsis: me advierten sobre el peligro que corro cuando la psicóloga abre la puerta de su despacho gesticulando e invitándome a entrar. Perdona el retraso, –repite–, estaba con un imprevisto urgente. (¿?). Las entrevistas de trabajo me convierten al taoísmo o cualquier otra de esas religiones que exigen paciencia y resignación. Pongo encima de su escritorio la fotocopia de mi currículum y ella lo recoge como si fuera el envoltorio grasiento de un bocadillo de calamares. Enumero mis méritos utilizando palabras timoratas. Sonrío, otra vez. Procuro no parpadear en exceso y, tras un peritaje completo de la situación, descubro que mi máscara de salud mental está a punto de saltar por los aires. La supuesta psicóloga analiza la validez de mi perfil mediante bostezos encubiertos. Yo divago, planteando un discurso lleno de tópicos y obviedades, mientras pronuncio el tipo de palabras huecas que ella desea escuchar para asegurarse que los efectos de la medicación han sido un éxito: hablamos sobre responsabilidad, compromiso e implicación con los valores de la empresa. Yo le prometo que NUNCA he fantaseado con tomar mis propias decisiones y que SIEMPRE he agradecido la presión de la bota del jefe pisándome la yugular. Me comporto como, (supongo), lo haría cualquier cretino mononeuronal demandando lo que cree que le corresponde. ¡Yo también tengo derecho a otra nómina basura y a endeudarme con el banco hasta morir asfixiado entre facturas! Hermann estaría muy orgulloso de mí. La psicóloga también está muy orgullosa y aplaude mi iniciativa regalándome un gesto de aprobación. El análisis que cotejaba el equilibrio de mi salud mental ha resultado óptimo. Entonces cruzo los dedos, introduzco la mano izquierda dentro de la urna y recojo una de esas papeletas con premio de las que tantas veces he oído hablar pero que todavía nunca he visto.

 

 

 

 

 

 

 

 

Publicado en Divertirse a la fuerza era obligatorio | Etiquetado | Deja un comentario

Disfraz de viejo

Una mente obtusa dentro de un alma vacía, ese era el Fred que tan bien conocíamos y al que tanto admirábamos, el Fred que nos gustaba, el de los buenos tiempos, cuando le percibíamos arrebatador y eternamente joven frente al espejo del cuarto de baño. Fred se fotografiaba frente al espejo de su cuarto de baño negándose a envejecer, parecía que nada podía salirle mal, pero entonces le ocurrió lo que le ocurrió y así fue como empezó a desvariar. El agua del mar se había tragado su puto castillo de arena y esto trajo implícitos una serie de cambios en su vida; Fred sufrió una metamorfosis tan radical que a todos nos pilló desprevenidos. ¿Quién podía haber supuesto algo así? Según nos decía, había encontrado su corazón en el mismo lugar donde acababa de perder la cabeza, o al menos eso era lo que nos quería hacer creer a los demás. No estoy aquí para juzgarle, aunque su repentino afán por envejecer (prematuramente) rozaba casi lo obsesivo. Le recuerdo ahora explicando alguna de sus absurdas teorías, repitiéndome aquello de que no existía peor fanatismo que el de los conversos y los traidores, cuando en realidad era él mismo quien había formado parte del bando contrario antes de cambiar una bandera por otra. Fred tenía el aspecto de un converso traidor aunque se mostraba incapaz de reconocerlo públicamente; si se lo preguntaseis jamás lo admitiría, seguro que os lo negaría, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y acusándoos a vosotros de intentar menospreciarle tratándolo como un hereje. ¡Para Fred vosotros seríais los únicos inquisidores! Enajenación y palabras huecas, pero ningún tipo de respuesta convincente por su parte. Fred había transformado el diario donde transcribía su malestar, (el conjunto de todas sus opiniones inconvenientes), en un retrete de discoteca preparado para recibir un vómito encima de otro. Dejadme que os sitúe en el epicentro de su delirio citando textualmente algunos fragmentos de dicho diario.

«Cochinos apaleados, adultos orgullosos por parecer menores de edad, os detesto a todos. Os aborrezco  sin excepción. Sinceramente, no lo soporto, me refiero a ese juego vuestro tan deshonesto y tan fuera de lugar… ¿Queréis perpetuar vuestra adolescencia hasta los cincuenta y cinco años? ¡No me hagáis reír! Esnifáis litio rindiendo culto a vuestra propia imagen porque tenéis pavor a descubrir quién se esconde detrás de la careta. Teméis acabar lapidados bajo la indolencia de esa misma fantasía que os mantiene jóvenes y cuerdos frente al espejo del cuarto de baño. Os han contaminado con algo asqueroso. ¡Cuánta pesadumbre! Alrededor mío se expande la pandemia y, pese a que ignoro cuál es su método de transmisión, puedo imaginarme quiénes son los artífices del contagio. Me encanta pasear por vuestro corredor de las sombras, un averno de tinieblas y opacidad, donde nada se marchita y todo se conserva igual o mejor que ayer. Disfruto demasiado, en serio, choteándome de vuestros esfuerzos por renovaros, por aferraros a la eterna juventud y así detener el tiempo… Rápido, detened el tiempo: vuestro único fin pasa por evitar el fin. El final y su deterioro implícito. Huid de la flacidez, de las arrugas, huid de las canas y huid de la decadencia física que tan poco os gusta y tanto os avergüenza… ¡Sin embargo recrearos en vuestra angustia! ¡Vuestra propia angustia! Esta es la gran mentira de una estafa donde todos quieren evitar a la muerte. Tomaros un momento para la reflexión y actualizad vuestro estado de ánimo en Facebook; ¡Qué curioso! ¿Sólo con cinco emoticonos podéis acaparar todas las fluctuaciones de vuestra deriva mental? Analizad lo que os digo porque no pienso insistir en ello: hoy por hoy, viejo prematuro significa joven para siempre.»

Fred había desarrollado un rencor muy intenso hacia la juventud y hacia todo lo que ella representa en los anuncios de televisión; este odio le proporcionó un delirio tan inútil como poco convencional. Os estoy hablando de su disfraz de viejo. Sin duda, el mayor peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija, algo así fue lo que hicieron Fred y su disfraz, ambos se dejaron atrapar el uno contra el otro y nada ni nadie podía hacerles cambiar de opinión. Sólo los locos, los jodidos maniáticos, consiguen resistir firmes al calor de su propio entusiasmo; quizá por ese motivo resultaba tan fascinante la vehemencia con la que ambos, (Fred y su disfraz), se entregaban al servicio de su propia causa. Aquella cruzada contra la impostura adolescente les había  transformado en algo oscuro, los dos se habían convertido en la némesis de lo que fueron antaño, una criatura bicéfala, que ejercía a la vez como víctima y como verdugo de sí misma.

«Me pregunto por qué deseáis conservaros jóvenes para siempre cuando podríais manteneros viejos hasta que os murieseis. Vivo inmerso en el relato de una cultura dominada por los sueños y las ambiciones de una pandilla de niñatos infantiles; una cultura dominada por cuarentones repugnantes, (pero travestidos como niñatos infantiles), donde el paso del tiempo y la muerte se han erigido como tabúes que garantizan nuestra paz social. He aquí mi desprecio para su falso estatus y para su falsa paz social. El pánico a envejecer se ha convertido en el nuevo incesto. Ellos cuentan con el beneplácito de las multinacionales, el apoyo de las grandes marcas, cuentan con la aquiescencia del gobierno, del ejército y de destacados influencers que cuelgan fotos a diario en sus cuentas de Instagram; su dinero ha dictado sentencia: si tienes más de veinticinco años has perdido, ya no deberías existir, o por lo menos deberías intentar disimularlo reinventándote como otro falso teenager. ¡Ese es el canon que os han vendido!. Ese es el canon que habéis comprado sin plantear ni una sola objeción. Aun así, yo no debo ni tampoco puedo desaparecer. Me pregunto por qué mi disfraz de viejo es considerado como un estigma cuando sois vosotros quienes hacéis el ridículo. Quiero desafiar a esta falsa gerontocracia de efebos. Me propongo dinamitar los pilares de un sistema educativo cuyos padres han reforzado manteniendo todas y cada una de las fantasías narcisistas de sus hijos. Os han hecho creer que podéis ser lo que queráis cuando queráis, os han hecho creer que podéis lanzarle un órdago a la muerte y salir indemnes de ello, aquí y ahora, en el gimnasio, sudando junto a vuestro monitor de spinning, pero en realidad no se trata de eso sino más bien…»

La falsa senectud como forma de subversión cotidiana. A veces Fred coge el autobús y cuando alguien le cede un asiento ocupado él rechaza esa cortesía fingiendo sentirse ofendido. Entonces muestra la fotocopia del DNI, donde consta su verdadera edad, y confirma que nada es lo que parece. «¡Acabo de cumplir los cuarenta!», grita Fred mientras sujeta bajo el brazo un sobre de radiografía médica. Menuda gamberrada. Fred y su falsa senectud se han adelantado a su propio declive, procurándose diferentes identidades, desdoblándose en diferentes heterónimos y camuflándose tras distintas coartadas tan fálico-egocéntricas como las de todos esos pseudo-adolescentes a los que tanto detesta. Fred no titubea cuando se trata de entablar nuevas conversaciones que involucren a los demás pasajeros del autobús. Explica así el making-off de su propio trastorno y detalla cuánto le cuesta encontrar un vestuario adecuado para lograr sus objetivos; no son diálogos al uso sino pequeños apuntes a propósito de esta vocación por disfrazarse igual que un jubilado. Fred hablaba sobre sí mismo desde la tercera persona del singular, dando a entender que se considera un visionario, un genio, o un nuevo artista del hambre dispuesto  cambiar el mundo gracias a su talento. Sin embargo, esta actitud tan megalómana genera mucha desconfianza. ¿Quizá algo no funciona bien entre Fred y el mundo exterior? Según cuenta, disfruta mucho rellenando cuadernos de sudokus a la vez que vigila las obras para la construcción de un aparcamiento subterráneo; a Fred le encanta el olor a cemento fresco desde primera hora de la mañana. Obviamente, también habla sobre su rebeca de rombos, sobre su gorra publicitaria (Saneamientos Pereda S.A.) y sobre la importancia de los pantalones de franela. «¡Siempre franela, nunca tergal!», puntualiza con cierto tono arrogante.

«Siento que toda esta decrepitud impostada ha llegado hasta tal extremo que supera los formalismos de la apariencia e, incluso, invade ciertas lagunas de mi subconsciente. ¿Entendéis lo que quiero decir? No hace falta ser Jacques Lacan para comprenderlo: el disfraz de viejo ha modificado mi conducta destapando los demonios que me atormentaban el espíritu. El continente ha terminado absorbiendo al contenido. La decadencia se ha convertido en mi zona de confort y mis manías de octogenario me empujan a mimetizarme con un personaje sórdido a la vez que entrañable. Este punto de demencia es la fuente de toda mi energía. ¡Llevo meses simulando una fatiga crónica que tan siquiera padezco! El discurso totalitario de los anuncios de cerveza ya no significa absolutamente nada para mí. Soy impermeable ante sus estímulos de parque temático, o por lo menos me siento poderoso comportándome como un anti-sistema. La vejez prematura es una nueva forma de rebeldía contra vuestro hedonismo barato. He sustituido mi antigua tabla de skate por un sobre de radiografía médica que llevo sujeto bajo el brazo allá donde quiera que vaya. Sí, el sobre de radiografía médica también forma parte de mi outfit. ¿Algún problema con ello? Alrededor mío sólo encuentro adultos disfrazados de niño que no entienden cómo la vida les niega lo que verdaderamente creen merecer. Vanidades que lloran porque el destino no cumple con sus caprichos. ¡Lloran porque nadie les compra una bolsa de caramelos para que así dejen de llorar! Buscan cualquier excusa que les proteja frente al Principio de Realidad, mientras yo observo sus movimientos poniendo caras de asco. Ya no busco refugio entre los débiles, y por eso coqueteo con cualquier tabú social desde la impunidad que me otorga mi condición de desahuciado. Ahora sólo sueño con padecer enfermedades rocambolescas que me permitan aferrarme a la vida hasta su último estertor. Patologías coronarias y próstatas tamaño XXL. La pérdida de movilidad, la impotencia y los pañales para adultos formarán parte de un mismo proceso liberador. Algún día sólo la farmacéutica que me toma la tensión recordará la fecha de mi cumpleaños. Entonces gritaré ¡Eureka!, y os podré explicar si todo este sacrificio ha valido la pena.»

 

Publicado en Divertirse a la fuerza era obligatorio | Etiquetado | Deja un comentario

Antiguos compañeros

Sonreían con dientes caníbales mientras rebuznaban y explicaban así sus viejas anécdotas. Eran anécdotas que yo tan siquiera recordaba, bien porque nunca habían sucedido o bien porque mi memoria había preferido olvidarlas como medida preventiva, pero eso no tenía ninguna importancia para ellos, pues continuaban repitiendo las mismas gilipolleces, una y otra vez, y acto seguido volvían a echarse a reír como si nunca antes las hubieran escuchado. Entonces yo también me reía y asentía con la cabeza aunque no tuviese ni idea de a qué se estaban refiriendo; aunque no supiera de qué coño hablaban yo no dejaba de asentir con la cabeza, porque de lo contrario me habrían descubierto y —peor todavía— me habrían obligado a inventar alguna excusa que justificara la clase de monstruo en que me había convertido. Mi única intención era hacerme pasar por uno más integrándome dentro del grupo, igual que si fuese una maleta sin dueño que nadie reconocía como propia, igual que si fuera otro cero a la izquierda de la misma coma que disfrutaba buscando la complicidad entre otro puñado de ceros todavía más anodinos que yo. Se habían reunido todos juntos bajo un mismo techo y allí sonreían, bebían, y también masticaban canapés de foie-gras. Por supuesto yo apenas recordaba sus caras ni tampoco recordaba ninguno de sus nombres. Se trataba de una llamémosle “reunion”, (—me niego a pronunciar la palabra “fiesta”—), donde me esperaban dispuestos a ofrecerme una calurosa bienvenida; creo que no sabría cómo definirlo mejor: ¡Ojalá todas las novelas de Stephen King empezarán con una reunión para antiguos compañeros tan abominable como ésta! Antiguos compañeros del instituto, antiguos compañeros de la universidad, de la guardería, antiguos compañeros de la oficina… Todos juntos celebraban bajo un mismo techo su particular pandemónium de sonrisas y gestos macabros, el mismo juego endogámico de siempre, donde reivindicaban con orgullo su sentido de pertenencia al grupo invitándome a participar. Me llamó mucho la atención esta curiosa forma de supervivencia, así intentaban resistir al tiempo, atemorizados por no caer en el olvido e intentando dejar su impronta entre extraños que a nadie le importaban un carajo.Mis antiguos compañeros utilizaban sus absurdos brotes de nostalgia como disculpa para seguir huyendo hacia delante. Esta actitud les permitía evocar su pasado, justificando así su presente, mientras se limitaban a sonreír mostrando sus dientes caníbales. Debo aclararlo, mi comparecencia allí se ceñía tan sólo a criterios físicos, eran tan sólo circunstancias espacio-temporales las que me habían arrastrado hasta ese lugar, mentalmente me encontraba en las antípodas de aquella pocilga y de los porqueros que la custodiaban. Quizá por ese motivo no paraba de beber cerveza caliente; por ese motivo, sabéis, intentaba alcoholizarme con premeditación aunque todo seguía pareciéndome igual de confuso. Y de aterrador. Yo permanecía encerrado en el interior del cilindro transparente, acuciado por los graznidos de esos mismos porqueros que decían ser la versión adulta de los cerdos que protagonizaban sus anécdotas, y esforzándome por ocultarles mi decimosegunda crisis nerviosa en lo que iba de mes. Me apetecía dejarme llevar chapoteando en mi propio charco de estiércol sin que nadie me lo reprochase. No quería escuchar ni un solo reproche. Me apetecía considerarme uno más dentro del pelotón de la indiferencia: que mi incapacidad para distinguir entre el Bien y el Mal no supusiera ningún obstáculo. Y ahí estaba yo, bailoteando al compás de su gran hecatombe, sin que nadie sospechase una putísima mierda, carcajeándome con sus anécdotas y brindando por nuestro reencuentro. Me negaba a venirme abajo. Hermann había comenzado a susurrarme insultos al oído, en voz muy baja, y eso sólo podía significar una cosa. Escapar de la tiranía de este búho imaginario no me resultaría complicado, lo difícil sería conseguir aguantar una sola noche despierto sin la compañía de sus sermones cargados de bilis contra mí mismo. Entonces me acerqué a una pareja que mostraba síntomas de envejecimiento prematuro y mantuve un simulacro de conversación con ellos. Eso sí me reconfortó. Él sufría problemas de identidad líquida y madrugaba los domingos para ver por la tele cómo Fernando Alonso aceleraba en las curvas. Ella también acudía tres veces por semana al gabinete de un psicoterapeuta; (trataba de superar, me dijo, el trauma que le produjo la última operación bikini). Ambos querían sentirse libres para escoger el patrón de sueños que mejor se adaptase a su falta de personalidad. Ambos compartían su mal humor, su aburrimiento crónico, sus viejas anécdotas… ¡Qué pareja más encantadora! Todo lo que necesitaban aprender para superar el miedo adulto se lo habían enseñado en una escuela de adiestramiento canino. Los dos hipotecaban el sueldo de la nómina comprando muebles de plástico en el Ikea de San Sebastián de los Reyes. Los dos ajustaban su comportamiento, según la norma, evitando que nadie debiese castigarles. Era conmovedor verlos babear por su trozo de filete cuando escuchaban sonar la campana. El tintineo de la campanilla abría la veda a sus fantasías narcisistas. Algún día yo también me sentiría igual de integrado en estas reuniones para antiguos compañeros. Reuniones donde pasarían lista y no faltaría nadie. ¡Tampoco faltaría yo! Y habría gritos, y habría carcajadas postizas. Incluso habría un amago de bronca que casi termina a puñetazos. ¡Habría muchas anécdotas de esas que nunca sucedieron! Alrededor del borracho de la fiesta se formó un círculo de cretinos que aplaudían su espontaneidad, sus ocurrencias, y le animaban a bajarse los pantalones. Yo formaba parte de ese círculo, también aplaudía y no paraba de reír. El tipo, (el borracho), reivindicaba su cuota de protagonismo forzando una coreografía bastante torpe; juzgando sus muecas intuí que el baile pretendía imitar una danza erótica o algo parecido. Necesitaba buscar una coartada que me permitiese huir de aquel baile máscaras sin dejar huellas: como Bertolt Brecht, borrando todas mis huellas. Prisionero contra mi voluntad en mitad del pandemónium atestiguaba cómo todos esos acólitos de Satán se degradaban en pos de un único concepto: dar todavía más vergüenza ajena. Así tropecé con Francisco José Martínez-Chacón; imaginaos, nombre compuesto y apellido compuesto: un tarugo de lo más simple. Su sola presencia desprendía magnetismo. Hablamos, (sospecho que no quedaba otro remedio), sobre cuánto molaban esta clase de reuniones: «Tendríamos que hacerlas más a menudo», —me advirtió. Al parecer, él sí que se acordaba de mí, sobre todo recordaba aquella vez cuando… o aquella otra en la que… Francisco José Martínez-Chacón trabajaba como creativo en una agencia publicitaria, llevaba un traje caro con brillos en las solapas, y su buen gusto culinario le definía tanto o más que la marca de su reloj. Intuí que el origen de su tragedia venía determinado por la primera vez que abrió los ojos en la papelera de una clínica abortiva.

—¿Has visto ese anuncio de insecticidas donde aparece un grupo de niños africanos con la cara llena de moscas?

—No —respondí—. No lo he visto.

—Pues esa idea ha sido mía.

Publicado en Divertirse a la fuerza era obligatorio | Etiquetado | Deja un comentario

C.M.J.A.

Puedo verme desde fuera —aquí y ahora— ocupando un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación. Se trata de un puesto de relevancia, lo sé porque tengo un despacho propio donde leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Confieso que disfruto mucho ojeando cada mañana la actualidad de la prensa deportiva, creo que esto me ayuda a desconectar, a relajarme, me ayuda a evadirme de todas las responsabilidades que conlleva una posición como la mía, como la que yo desempeño dentro del organigrama de esta empresa. Prefiero evitar aburriros con historias acerca de mi trabajo,

pero creedme cuando os aseguro que a veces me siento igual que si fuese el capataz de unas plantaciones de algodón a orillas del Río Mississippi, no necesito pedir permiso a mis esclavos para hacer lo que me apetezca cuando me apetezca, yo soy quien sujeta el látigo, soy quien dicta las órdenes mientras leo el Marca en la tablet que me regalaron mis hijas por mi último cumpleaños. Desde hace algún tiempo me considero también un ejemplo de efectividad profesional, un mercenario, me considero un gran conspirador que siempre ha sabido arrimarse a la persona adecuada en el momento preciso. Si los pasillos de esta oficina tuvieran voz para dar testimonio sobre lo que sus oídos han escuchado, ellos os lo explicarían todo mucho mejor que yo, os explicarían como mi falta de escrúpulos me ha permitido alcanzar la cima del éxito, el clímax de mi reconocimiento personal, a base de repartir sonrisas hipócritas y a base de regalar tantas palmaditas en la espalda como puñaladas metafóricas en esa misma parte del cuerpo. Nunca he tenido claro cuál es mi labor aquí dentro, lo admito, aunque intuyo que a lo que me dedico es a vender humo mientras finjo controlar la situación, me refiero a una situación que pasa por por repartir palmaditas en la espalda y por leer el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Os cuento, SOMOS una empresa líder, —ellos lo repiten constantemente—, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector: ¡Nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites! Por eso mismo utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites a ese respecto, por eso manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata, y no me duele admitirlo: esto jamás me ha supuesto ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño. Ningún obstáculo. Duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. La oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograremos prosperar, y yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… en fin, no me obliguéis a escoger, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, —contra su voluntad— siempre ha sido nuestro único objetivo, necesitamos alcanzar el monopolio del mercado y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie, tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo, mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una especie de vértigo, una mezcla de sentimientos contradictorios que ni yo mismo llego a comprender; (os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, —no lo olvidéis—, y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa). Aquí y ahora la compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso en nuestro nuevo proyecto. Festivos y fines de semana incluidos. Yo he aceptado las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡encerrado con chimpancés borrachos dentro de una jaula a la que llaman sala de reuniones! Estos putos Handy Whandys son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse, y he aquí nuestra labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes, somos como los hombres grises, nos fumamos vuestro tiempo igual que si fuesen flores horarias, pétalo a pétalo. Nosotros convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles. ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! Aunque os cueste creerlo yo y mis monos Handy Whandys empezamos en esto de un modo muy similar al vuestro, nosotros también empezamos hundidos en el barro y paseándonos por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formábamos parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… Y miradnos ahora, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre les repito a mis esclavos, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta!. Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea: busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho sin parecer un puto snob de saldo. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado radicalmente, la cima de ese éxito que tanto esfuerzo me ha costado alcanzar ya no me llena, me ha dejado vacío e indiferente; todo ha sucedido tan rápido y tan de improviso, otra vez, casi sin enterarme. Pienso mucho en dónde me habré equivocado, lo pienso y me salen cientos de errores, cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Menudo naufragio, lo sé, damos bastante lástima, yo y mi pequeña gran colección de errores. Sinceramente, la vida nos ha atropellado, nos ha pasado por encima y nosotros sin enterarnos; hemos superado cualquier previsión de catástrofe para hundirnos en lo más profundo. Es casi medianoche cuando bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina, la pregunta no ha cambiado,  sólo se acentúa, se multiplica y ramifica entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas descubra quién soy yo en realidad.

Publicado en Divertirse a la fuerza era obligatorio | Etiquetado | Deja un comentario