Mayoría absoluta

La revolución no será definitiva pero sí televisada; al menos eso es lo que nos ha manifestado nuestro equipo de community managers. Definitiva NO, televisada SÍ. «Nuestra revolución será televisada o no será», este parece el titular más adecuado para mantener el apoyo de nuestros patrocinadores. Necesitamos que los sponsors se sientan cómodos invirtiendo su capital en nuestra revolución, por eso obedecemos sus órdenes e intentamos cumplir a la altura de sus expectativas. ¡Necesitamos aumentar nuestro número de clicks!, ¡y nuestro número de likes!, ¡y nuestro número de favs!… Apoyad la revolución en nuestras redes sociales y os beneficiaréis de increíbles ventajas; juntos lucharemos contra la dictadura de los mercados; pelearemos frente a la oligarquía mientras esperamos a que suba nuestro tráfico de visitas en la Red. Ya sabéis, gentes, donde quiera que os encontréis, reuniros aquí y admitid que los tiempos no están cambiando en absoluto. La rueda gira pero nada avanza. Si queréis sobrevivir a esta época, conviene que empecéis a buscar refugio en el canal de Youtube que mejor se adapte a vuestras demandas espirituales. Buscad Pan y buscad Circo; coged las migas del suelo, eso es todo lo que encontraréis, lo dicen nuestros patrocinadores y ellos no suelen equivocarse jamás. Aunque nuestro proyecto revolucionario se presenta todavía joven e inexperto, ya hemos comenzado a reciclar todos nuestros tabús, (–queremos convertirlos cuanto antes en una colección de dogmas prohibidos–), queremos trazar así nuestras propias líneas rojas que nadie debería atreverse a cruzar. Diferentes plataformas de streaming bajo demanda han presentado ofertas para retransmitir nuestro empoderamiento. Y esto nos llena de orgullo. ¡Somos mayoría absoluta en Netflix! ¡Y en Twitter! ¡Y en Pinterest también! Nuestra revolución comenzará y terminará ahí, en ese mismo lugar, imaginaos dónde, me refiero a la terraza del 100 Montaditos más cercano a vuestras casas; entre su supuesto principio y el presunto final tan sólo habrán transcurrido un par de semanas: catorce días es tiempo más que suficiente para llevar a cabo nuestros propósitos. Esta revolución, de índole testimonial y opinativo, maneja su propio discurso, sus propios códigos y sus propios hastags: más allá de lo inmediato, más allá de lo banal, se nos nublaría el horizonte. Mucha gente propondrá evasivas que alarguen nuestra revolución, otras dos semanas por aquí y otras cuatro más por allá… Sin embargo, creo que deberíamos evitar tal hipótesis: (los sponsors no parecen dispuestos y son ellos quienes han confiado en nosotros para marcar tendencia). Conservemos nuestra verosimilitud frente a la opinión pública; aumentemos la curva ascendente de nuestro volumen de negocio y ya encontraremos otro momento para organizar la siguiente revolución exprés. Me advierten que nada de lanzarles botellas a los antidisturbios ni prender fuego los contenedores de basura; volcar autobuses para hacer barricadas en mitad de la Gran Vía se ha convertido en una actividad anacrónica: el caos urbano pasa por pintar corazones de tiza en las paredes de las comisarías. Nuestra revolución propone otro tipo de activismo, (siempre y cuando sepáis adaptaros al siglo donde os ha tocado sonreír), sustituid los libros de Michel Foucalt por eslóganes de Mr. Wonderful y aprended a valorar el sabor de la comida puntuándola en una escala desde el uno hasta el diez. Gracias a Internet vosotros también aspiráis a formar parte de esta revolución, también podréis comportaros como auténticos agitadores sin necesidad de salir de vuestra habitación, sin quitaros el pijama, ni las legañas, ni las zapatillas de cuadros; La Résistance ya no se define como clandestina y eficaz sino como frívola y con afán de protagonismo. Gracias a Twitter, (gracias a sus hastags subversivos), peleamos contra la oligarquía mientras yo disfruto de mi serie favorita y vosotros merendáis un tazón de leche con choco-krispies. ¡Somos mayoría absoluta! Nuestras redes sociales están que arden aunque las calles sean un bálsamo de franquicias y familias de cretinos.  Igual que narcisos, contemplamos nuestro reflejo en el agua del lago, repitiendo hasta la saciedad los mismos discursos huecos. ¡Que el fanatismo convierta en trending topic nuestra propia paranoia es un ejercicio de democracia! Nuestras reivindicaciones virales han convertido la justicia social en puro spam y nuestras nuestras caras parecen mapas mudos donde las contradicciones no son bien recibidas; si nos preguntáis por Mijail Bakunin, os responderemos por Cholo Simeone; si alguno de vosotros menciona la discografía completa de Fugazi, nosotros arquearemos las cejas y procuraremos cambiar el tema de conversación; ya que no podemos cambiar la realidad, cambiemos al menos de tema de conversación. ¿Habéis escuchado ya el último disco de Leiva? Así será nuestra revolución, un proceso transformador donde sustituiremos pensamientos por lágrimas, y lágrimas por anuncios de telefonía móvil. No obstante, lo reconozco, admito que fue algo bastante violento encontrarme con mi monitor de spinning leyendo aquel manifiesto durante nuestra última manifestación anti-sistema.

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Alfombra blanca

Me parece muy complicado, casi imposible, mostrarme afable con las visitas cuando se niegan a descalzarse en el salón. Algo ocultan, sin duda, claro, yo también lo pienso aunque prefiero mantener ciertas precauciones, quiero evitar los juicios prematuros, al menos mientras espero pruebas concluyentes que ratifiquen mis sospechas. Mi casa es vuestra casa, os lo digo en serio, siempre y cuando aceptéis que todo gran poder implica una gran responsabilidad. No entendáis esto como una amenaza sino más bien como una advertencia. Me considero un anfitrión excelente, (un experto en protocolo), que supo aprender de sus errores y ahora disfruta manejando todas las piezas de su cubertería; haciendo uso del trinchador y de la paleta de pescado he conseguido disimular todas mis tormentas neuróticas: ¡ya nadie me hace preguntas incómodas sobre el búho imaginario que llevo sujeto encima del hombro! Dejadme ser sincero, quizá me haya equivocado y mi planteamiento no sea el correcto, creo que lo complejo de la situación no me permitía razonar con un mínimo de lucidez, pero (por favor), os lo pido, no volváis a tomaros esta clase de licencias, sencillamente, respetad los códigos básicos. No quería hacer alusiones al respecto y mi intención era obviar el asunto pasando de puntillas por encima de él… sin embargo, respondedme, ¿acaso son éstas horas adecuadas para llamar a la puerta de una casa ajena? ¡Respetad las normas de convivencia y no volváis a aparecer por aquí con los zapatos puestos! ¿Aprovecháis mi hospitalidad para regalarme esta puñalada? Ya me entendéis, cuando tienes (bajo tu responsabilidad) una alfombra blanca que mantener impoluta… En fin, apenas nos conocemos, cierto, jamás escuché vuestros nombres y  los rasgos de vuestras caras parecen manchas borrosas; no obstante, os invito a que aflojéis los nudos de vuestros cordones y os quitéis las zapatillas. Todavía conservo nítidos los recuerdos de otra época, hace ya varios meses, donde el mantenimiento de las alfombras no reclamaba tanto protagonismo. Eran días lluviosos pero felices. Atenazado por la carga de mantener diáfana esta alfombra, poquito a poco, me fui sumergiendo bajo las aguas de un río Rubicón totalmente desconocido para mí. Estaba dispuesto a cruzarlo y averiguar lo que escondía la otra orilla, por eso grité «alea jacta est», mientras nadaba sonriendo hacia la incertidumbre. Quizá no debería haberme sometido a desafíos tan imposibles, a macro-utopías tan embarazosas… Hoy todo pasa por mantener a raya la alfombra blanca y cada día que pasa la veo más gris.

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Nuevo Artista del Hambre

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Nunca lo olvidéis, utilizad la expresión “el NO ya lo tengo” cuando queráis fracasar a lo grande en cualquier aspecto de la vida. Estas palabras tan crudas jamás las escucharéis en ningún seminario de Coaching para emprendedores; allí os explicarán cómo alcanzar el éxito reinventándoos a vosotros mismos, os hablarán sobre la búsqueda de vuestros talentos ocultos, y también os harán creer que la nobleza de vuestras almas podría cambiar el curso de la Historia. Sin embargo, no estoy mintiendo si os garantizo que todas esas retóricas sólo son excusas. No os engañéis durante más tiempo. Os halaga escuchar que habéis perdido vuestro camino porque eso significaría que tenéis un camino propio que recorrer; y no es así. ¡Aceptadlo de una vez! Los verdaderos genios surgimos por generación espontánea y no necesitamos el beneplácito de la sociedad para darle validez a nuestras ideas.

2

¿Qué tal va todo? Soy el Nuevo Artista del Hambre y trabajo como ayunador profesional: ayuno en streaming, por Skype. Seguro que habéis oído hablar de mí. ¿No os suena mi nombre? Nuevo Artista del Hambre, (yo mismo lo escogí); se trata de un homenaje aunque probablemente tampoco sepáis a lo que me estoy refiriendo. Endocrinos y nutricionistas califican mi profesión como un trastorno, pero se equivocan. Lo mío no es anorexia nerviosa sino una vocación mal entendida. El ayuno voluntario, (orientado como actividad artística), se ha convertido en una práctica residual que a nadie le interesa lo más mínimo. La glotonería de nuestro país ha marginado mi obra. Lógico, por otra parte; aquí se come por placer, no por necesidad física; coméis por dogma; coméis, incluso, por mantener un estatus. Este culto al falso apetito esta tan extendido (y asimilado) que os permite mirar hacia el futuro igual que la vaca cuando ve pasar el tren: masticando con la boca abierta.

3

Conecta tu webcam y disfruta de mi ayuno en directo. ¿A qué estáis esperando? No intento publicitarme a vuestra costa. Odio las campañas de marketing viral y claro que no estoy en esto por la pasta. El dinero no me quita el sueño; la inanición tampoco. Busco una representación totalizante del cosmos a través de mi obra, pero el público es tan torpe que todavía no ha comprendido nada de lo que intento transmitirle. Me da igual. No me importa el público. La creación del verdadero arte implica abandonarlo todo para dedicarte exclusivamente a ti mismo y a tu propia supervivencia; como un Walden perdido en mitad del bosque, hay que ensuciarse de barro, hay que luchar contra el oso… y hay que pescar una nutria también. Mi independencia artística me dignifica aunque nadie quiera reconocérmelo. Asumo que mi propuesta es minoritaria y utilizo lo precario como el aval que garantiza la pureza de mi show: (cuarenta días sin pegarle un mordisco ni a una triste manzana).

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El hambre como estado de ánimo que mantiene a raya mi equilibrio emocional. Escucho los gruñidos de mi estómago y le ordeno que se calle. Esta discusión se produce muy a menudo. Mi aparato digestivo y yo no compartimos los mismos intereses. Él pertenece a una clase obrera engañada por el capital; sólo busca satisfacer sus impulsos jugando al juego de las recompensas inmediatas; no entiende que mi proceso creativo implique pérdida de peso, agotamiento y un carácter irritable. A veces confundo los gruñidos de mi estómago con el sonido de aplausos que reconocen mi talento y celebran mi originalidad: cuando esto sucede me siento tan débil como sucio. Salir del anonimato, de la cloaca underground, me parecería una traición a mis principios; prefiero mantenerme incorruptible despotricando contra todo desde mi perfil de Facebook. Así recibo el cariño de mis amigos, quienes animan y apoyan la valentía de mi proyecto, siempre que no me profesionalice en exceso. Solicita mi amistad. Conecta tu webcam. ¡Disfruta de mi ayuno en directo! Tú también puedes sentirte único compartiendo “likes” con el Nuevo Artista del Hambre.

5

Ser propietario de una conciencia tan lúcida como la mía supone una auténtica rémora, sobre todo cuando se tiene la desgracia de vivir aquí, en este jardín tropical, donde cada día se abre un nuevo debate, una nueva brecha de opinión, acerca de cualquier asunto (supuestamente) trascendente. Mi arte performativo y yo buscamos alguna finalidad que justifique nuestra existencia en mitad del caos, pero un alejamiento involuntario nos distancia de toda la basura que nos rodea. No se trata de misantropía gratuita. ¡Me importa un carajo Schoppenhauer y me importa otro carajo vuestro trending topic! Tan sólo estoy buscando un principio de vida que canalice mi frustración en conocimiento; una salida digna que me permita escapar de la cara interna del cilindro. Me pregunto si actuar la vida es la única manera de vivirla con intensidad. No hace mucho lo descubrí: en el centro del vacío hay montada una gran fiesta, una reunión de sonrisas hipócritas, cuya invitación ninguno de nosotros puede rechazar.

6

Recordadlo, «todo arte que encarece e intensifica las brutalidades de la vida consigue recrear la emoción de la experiencia»; he memorizado demasiadas frases de Vincent Van Gogh para tolerar que ninguno de vosotros se atreva a llamarme vendido o fracasado. La búsqueda del aplauso fácil no va conmigo. ¡Qué va! El Nuevo Artista del Hambre pretende causaros una reacción, movilizar vuestras conciencias, sorprenderos y emocionaros en un mismo bostezo. Boca arriba, despierto en la cama, convertido en un pequeño gran escarabajo… sospecho que mi única obsesión pasa por conseguir darme la vuelta, incorporarme y demostrar mi valía como creador. Mis compañeros de piso preguntan cuál es el sentido de mi arte. Yo reacciono intentando cortarme una oreja. Esta actitud tan esquizofrénica también forma parte de mi obra; incluso puede que mi obra en sí misma sólo se componga por dos elementos: ataques de pánico y brotes histéricos.

7

La chusma, la masa, el rebaño siempre ha sido y será detestable. Lo decía Gustave Flaubert, no hay nada que tenga importancia salvo ese pequeño grupo de individuos, (siempre los mismos), únicos portadores de la antorcha. Me estoy refiriendo a mi público, aquellos que no han sacrificado la noción de belleza por el concepto “comodidad”. Aceptar el confort como leit-motiv sería el equivalente, lo más parecido, a despertar a la serpiente y dejarnos embaucar por ella. Me dirijo a vosotros, a ellos, a esos portadores de la antorcha, inteligentes y sensibles, cuya luz ilumina mis días oscuros y cuya fuerza me ayuda a mostrar toda la virtud que esconde mi interior. Me dirijo a los que saben detectar la belleza en lo “no bello”; para vosotros estoy construyendo un lenguaje poético a partir de la realidad más trivial. Creo que mi ayuno en streaming posee una sensibilidad muy poco común, una sensibilidad capaz de revelar la sustancia íntima que conforma la vida corriente de cualquier ser humano; ya sea aquí o allá; en Madrid o en Calcuta; en Quebec o en Katmandú; en Nairobi, en Oklahoma…

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Escrutinio de todos mis pensamientos egoístas y paranoicos al cabo del día. Resultado final: ¡TENGO RAZÓN! ¿Acaso sólo ha sido una ligera crisis de locura? ¡Ya no quedan rastros! Hoy los extraños sentimientos de ayer me parecen muy ridículos; ya no me convencen. Ahora advierto la presencia de un pequeño demonio, un ángel desterrado, que se apoya en mi hombro entregándome toda su sabiduría. Nadie puede detenerme. Me pregunto si sería capaz de vivir de tal manera que cada una de mis experiencias se convirtiera en arte; del mismo modo, ¿podría ejecutar mi talento de tal forma que éste tuviera un impacto directo y transformativo en cómo vivo? No entiendo ni una palabra de lo que he querido plantearos, pero apuesto a que se trata de algo importante. En pleno mes de Julio y… ¿ganitas de verano? Mucho mejor, ganitas por resolver cualquiera de las paradojas que plantea la condición humana mediante mi show performativo.

9

Creo que, hoy por hoy, mis aptitudes se revelan insuficientes. Soy víctima de una lucha encarnizada contra las fatalidades de la realidad. ¿Cómo ha acabado un hombre con mis destrezas en un desgraciado rincón de La Tierra como éste? La cultura de masas dificulta la aparición de verdadero arte. La cultura de masas dificulta mi aparición. El omnipresente y charlatán mundo mediático carece de espíritu, aunque esto no debería asustarme. ¡Es una broma y no merece la pena ser tomada en serio! El Nuevo Artista del Hambre no trabaja en función de ninguna demanda ni tampoco espera ninguna notoriedad. Busco mi nombre en Google Imágenes y tan sólo encuentro fotografías de un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. Siento que el público no me respeta, ¿pero acaso yo les respeto a ellos? Qué clase de desorden dramático ha transformado mi discurso en este delirio. «¡Cállate, cerdo! ¡No estoy en esto por la pasta!», le reprocho a mi estómago cuando me interpela, gruñendo, con cierto tono arrogante.

10

A tientas, entre arenas movedizas. ¿Territorio hostil? Territorio ignoto, más bien. La ciénaga confunde mis sentimientos y tergiversa mis opiniones. Desorientado intento avanzar, recorro sus aguas turbias, pero es difícil hacerlo sin una referencia precisa. Me falta un horario fijo, una cita concertada. Nadie espera absolutamente nada de mí; no obstante, temo que me señalen con el dedo. Temo convertirme en el hazmerreír oficial de esta ciénaga pantanosa. Miradme, nado a contracorriente sufriendo el rechazo de un presente que me repudia. Mis compañeros de piso tampoco me toman en serio; ¡quieren robarme la balda del frigorífico que he dejado libre! Me gustaría seccionarles la yugular, apuñalarlos con un cutter y advertirles que el futuro me pertenece. He olvidado cuál era el sentido de mi arte; sin embargo, sigo considerándome un dioniso que huye de la belleza para recrearse en lo sublime, en la embriaguez de la hambruna. La posteridad me otorgará mi propio nicho de mercado y vuestros nietos reconocerán mis méritos. Os lo aseguro.

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Estoy mendigando una entrevista en cualquier web de tendencias donde me permitan hablar acerca de mí mismo. La relación entre ayuno y arte era un pretexto con el que cubría mi propia vanidad. Soy un impostor cuya masa corporal roza el límite de lo salubre. No puedo justificar los motivos de mis actos: improviso, eso es todo. ¡Ojalá encontrase nuevas ideas patológicas que llevar al límite! Necesito un mecenas que patrocine mis excentricidades, igual que el arzobispo de Salzburgo hizo con Mozart. ¿Dónde se esconderá el arzobispo cuando más se le echa de menos? Para un farsante como yo el verdadero miedo a la soledad se llama “falta de reconocimiento”. A veces me siento muy solo frente a este universo tan siniestro y lleno de trampas. ¡Se trata de una gran conjura en mi contra! Me niego a despedirme de la infancia porque mis fantasías de éxito ilimitado continúan haciéndome compañía en los columpios del parque. ¡Jamás abandonaremos el mundo de Rosebud! Artísticamente represento el cero a la izquierda del cero, pero continúo subido en mi trineo, deslizándome por la pendiente de nieve, mientras alrededor me acorralan las llamas.

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He decidido renunciar a mis últimos vestigios de integridad organizando un crowdfunding. Menuda incoherencia. Ese mismo público bobo y torpe, (que tan poco me interesa), puede darme el soporte económico capaz de mantenerme arrebatador frente al espejo. Necesito su dinero para pagar la conexión a Internet, y para comprar suero intravenoso en la farmacia. ¡Por qué nadie me había hablado sobre la falta de reconocimiento! Mis niveles de glucosa se han desplomado provocándome un simpático temblor en los dedos de las manos. Desorientación y palpitaciones. Todos estos síntomas acentúan el aspecto enfermizo que transmite mi imagen. Me parezco demasiado a un drogodependiente politoxicómano intentando superar el periodo de abstinencia. ¿Lo veis allí arriba? Un chimpancé subido en un helicóptero lanzando puñados de billetes al vacío. Sin ningún criterio. ¡Esa es vuestra industria cultural! Billetes de 200 euros. Billetes falsos. El chimpancé lleva puestas unas gafas de sol y nos observa desde lo alto levantando sus pulgares; «¡Ok, dadle caña, tíos!», grita por un megáfono.

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El territorio del arte se parece demasiado a un campo de minas; no hay ni una sola alma que no esté planeando una nueva venganza casi a diario: ratas agraviadas valoran despectivamente mi ayuno porque anteponen su ojeriza personal a cualquier criterio objetivo. He perdido la fe. Considero el talento como una miseria psicológica, una esclavización gratuita para cumplir un cometido que no está escrito en ninguna parte. Ahora podría confesaros el “enigma del universo”, de veras, podría hacerlo, ese secreto que tan bien conozco y que nunca he querido revelarle a nadie; os lo susurraría al oído, en voz muy baja, siempre y cuando aceptaseis que esta confesión os costaría la vida. Últimamente, manejo una serie de pensamientos aleatorios que me producen cierta inquietud. Me torturo pensando si Dios soñaría el mundo como yo soñé mi obra; probablemente entre las formas de ese sueño de Dios estaba yo mismo que como los demás soy todos y también soy ninguno… Me pregunto si un árbol cayendo en el bosque, que no es visto por nadie, hace ruido al golpear contra el suelo. Me pregunto si el ruido existe porque Dios está siempre allí, en todas partes, para escucharlo.

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Mi hambre se agudiza en su pico más alto. ¿Qué demonios estoy intentando demostrar? Me molesta admitirlo pero creo que mi estómago y sus gruñidos tenían razón. Estamos inmersos dentro de la época del talento, por supuesto, siempre que sustituyáis la palabra “talento” por la palabra “promoción”. En realidad, ni mi estómago ni mis compañeros de piso han comprendido nada sobre la relación entre ayuno y arte; ambos carecen de referentes, apenas han leído y tampoco conocen el significado del teatro de la crueldad. Ahora bien, ¿quizá ya sea demasiado tarde para cortarme una oreja? Sólo pretendo que el mundo me pida disculpas. Si, según me dicen, somos lo que comemos… ¿Entonces? ¡Quién cojones soy yo! He puesto toda mi voluntad al servicio de este frenesí, pero comienzo a dudar si poseo el valor para llevarlo a cabo. «¿Qué hay de lo tuyo?», me preguntan mis compañeros de piso, riéndose, mientras yo doy vueltas alrededor de la pantalla del ordenador portátil. Zozobra y desfallecimiento. Un círculo vicioso que no tiene salida. ¡No hay escapatoria! He perdido la cordura y necesito dar un volantazo a mi modelo de negocio. Quizá debería contratar a un community manager que actualice mi presencia en las redes sociales. Todavía estoy a tiempo, (creo), de tatuarme una flor de loto sobre la nalga izquierda: ¡Quiero reinventarme como fotógrafo budista! Quiero formar parte de la nueva mayoría y encontrar así un camino propio que recorrer. Yo soy el Nuevo Artista del Hambre. La nobleza de mi alma cambiará el rumbo de la Historia. Os lo aseguro.

 

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Fausto moreno-roña

1

Supo reconocer que aquella era su gran oportunidad cuando el destino se la presentó. Había comprado un sarcófago de rayos UVA, sin moverse del sofá, y lo había hecho a través de una aplicación para teléfonos móviles. Sin quitarse el pijama ni las zapatillas de cuadros, mediante un simple click, notó como la adrenalina incrementaba la frecuencia de su ritmo cardíaco; no se trataba de una compra impulsiva, para nada, sino más bien de un cambio meditado y responsable. Supongo que lo que pretendía era mejorar su calidad de vida y también paliar así su obsesión por la muerte, familiarizarse con el interior de un ataúd, evitando los malos rollos frecuentes en este tipo de circunstancias. Las fotos del sarcófago, –no le costaba admitirlo–, tampoco dejaban espacio a ninguna mala impresión; incluso el texto que aparecía en la pantalla de su Smartphone le aseguraba resultados inmediatos desde la primera semana. Ya sabéis, «¡Resultados inmediatos desde la primera semana!», un eslogan sutilmente diseñado para atraer compradores como él, personas tan frágiles como desesperadas, individuos ansiosos por ejercer su legítimo derecho a la evasión intercambiando dinero por productos de dudosa utilidad. La idea de exhibir bronceado durante los meses de invierno se había convertido en un pensamiento recurrente que ocupaba casi todas sus horas libres; habría sido capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, hasta le hubiera vendido su alma al mismo diablo sin reparar en las consecuencias. Su deseo por conseguir un moreno-roña era tan enfermizo que trascendía cualquier moda, cualquier capricho, e incluso superaba las fronteras de lo estético. El anhelo por cambiar de color de piel indagaba en las raíces de su subconsciente. No exagero si comparo el efecto de los rayos UVA con una especie de psicoanálisis cutáneo, resulta complicado explicároslo utilizando sólo palabras, (sin la ayuda de emoticonos o GIFs de bebés llorando), pero sospecho que pertenecer a la raza negra puede ser una experiencia muy satisfactoria, siempre y cuando no tengáis que renunciar a vuestros privilegios de blanquitos hijos de puta. En este sentido él tampoco era una excepción. Gracias a las redes sociales había conocido a muchos otros fanáticos del moreno artificial, amigos en Facebook y seguidores en Instagram, cuyas opiniones no podían estar equivocadas. ¿Qué clase de psicópatas mentirían sobre un asunto tan íntimo? Según le decían, bastaban unas pocas sesiones dentro del sarcófago para mudar de piel y convertir al mayor de los miserables en un líder: ¡un Übermensch desencadenado y dispuesto a generar su propio sistema de valores!

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Los empleados de la compañía de transporte cubicaron el solárium en mitad del recibidor. Él tiró a la basura los manuales de instrucciones y se introdujo, (eufórico/sin ropa), bajo la radiación ultravioleta. Se sentía algo nervioso. Creo que la voluntad de poder había perforado su estómago: las náuseas no le permitían disfrutar el momento como se merecía. A la mañana siguiente decidió tomarse el día libre. Llamó por teléfono a la oficina y justificó su ausencia improvisando una gripe con ataques de tos muy  poco verosímiles. Quizá, pensó, debería cambiar de trabajo, no sé, buscar otra ocupación más acorde con su futuro color de piel; quizá debería hacerse especulador bursátil; o mejor todavía, coach para especuladores bursátiles. Dentro del sarcófago el tiempo se conservaba estático, como en un frasco de formol. Los índices de pigmentación le carbonizaban la piel mientras la imagen arrastrada que tenía de sí mismo se transformaba en una anécdota: veinte siglos de superstición cristiana arrinconados sin ningún tipo de remordimiento. Así pasaron varias tardes. Fue la época más feliz de su vida. Había descubierto una nueva rutina dentro del sarcófago y no pensaba renunciar a la Luz. ¡Él también quería generar su propio sistema de valores! Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco y comida precongelada, los vecinos le detenían (junto a la puerta del ascensor) y le felicitaban por su bronceado. Fausto respondía con evasivas, se sentía ruborizado a la vez que orgulloso, e intentaba quitarle importancia a todos esos cumplidos fabulando alguna historia sobre sus presuntas vacaciones en Cancún; les describía los paisajes, la gastronomía azteca y aquellas playas vírgenes donde tomaba el sol hasta deshidratarse; les hablaba sobre mariachis, corridos, botellas de tequila o sobre lo cojonudo de las instalaciones hoteleras en régimen de media pensión. Los vecinos quedaban boquiabiertos, claro, y aplaudían dándole la enhorabuena de nuevo. Ese era su mayor estímulo para regresar a su encierro voluntario en el interior del sarcófago. Despojado de todo cuanto le disimulaba ante los demás, Fausto de las cavernas había vuelto a su forma más primitiva con un único propósito: revelarse contra su destino y escapar de la trampa de su propia identidad.

3

Una semana después se reincorporó a su puesto de trabajo en la oficina, pero algo no funcionaba bien. Continuaba vegetando delante del ordenador aunque no era especulador bursátil. Ninguno de sus compañeros había reparado en la intensidad de su moreno-roña, y este hecho resultaba demasiado humillante. Tampoco le preguntaron por sus vacaciones recorriendo la Riviera Maya, ni por los mariachis, ni por cuantas botellas de tequila se había apretado entre corrido y corrido; (tenía muchas anécdotas divertidas a este respecto que seguro les hubiesen hecho pasar un buen rato). Recordaba con nostalgia las sesiones de ocho horas sin salir del sarcófago, y se echaba a llorar. ¡Laudator temporis acti! ¡Qué lejos quedaba aquella época! El ambiente de la oficina le estaba asfixiando mucho más de lo que lo hacía habitualmente. Frente al espejo de los lavabos para caballeros, hablaba consigo mismo en voz alta, intentando dominar sus arrebatos de ira. Respiraba hondo, y profundo, y se ajustaba el nudo de la corbata. Necesitaba que alguien aplaudiese su nueva condición de superhombre; sin embargo, en aquella empresa todos parecían haberse vuelto locos. Cuando coincidía con los demás compañeros, frente a la máquina del café, percibía sus miradas furtivas, llenas de envidia y rencor, que él interpretaba como elogios soterrados hacia su nuevo estatus. El éxtasis místico que gobernaba su espíritu no admitía tanta mezquindad. ¡No comprendía nada de esa realidad paralela desde donde todo el mundo le ignoraba! ¿Existía acaso alguna realidad fuera del sarcófago? Probablemente, sólo se tratara de una ilusión. Puro solipsismo. La vieja teoría de los cerebros flotando en cubetas. Su propio YO había delirado hasta construir esa oficina llena de cretinos e incapaces. ¿Acaso nadie pensaba validar sus méritos? Desnudo, y con la cara pegada al escáner de la máquina fotocopiadora, fue sorprendido por la becaria del Departamento de Recursos Humanos: «¡Busco la Luz! –gritaba–. ¡Busco la Luz más allá de las sombras!». Este incidente repercutió en un informe del propio Departamento de Recursos Humanos, (creo que fue la misma becaria quien lo redactó), donde se justificaba su carácter maníaco como causa de despido. No le importó una mierda. Así liberaría su tiempo de cualquier obstáculo castrador. Los vecinos le darían la enhorabuena otra vez y él se encerraría dentro de su sarcófago para no salir jamás. La radiación ultravioleta se encargaría de devolverle el equilibrio. ¡Su ánimo se mantendría a flote! ¿Qué clase de psicópata mentiría sobre un asunto tan íntimo?

 

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Junto al hueco de la lavadora

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome, e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. ¡Plof! Mi entrada en el territorio de lo inconsciente ha sido muy decepcionante. Aquí me veo, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. (Estado de supraconsciencia que me ha dejado frío y con el ánimo bajo mínimos). Creo que me esperaba otra cosa, algo parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, sin principio ni tampoco final, donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. En mi opinión, y también cabe decir que en mi experiencia, tanto el inconsciente como los lugares psíquicos en general hace ya mucho que perdieron todo su encanto; la cultura mainstream los ha banalizado transformándolos en caricaturas: nuestras cabezas se han convertido en porciones de pizza al corte que o bien llevan beicon, o bien piña, o bien anchoas con beicon y piña. Se habla demasiado sobre los lugares psíquicos para lo poco que pueden ofrecernos fuera de la realidad tangible. Quizá por eso he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a las mismas voces desde el otro lado del tabique. Los vecinos son una pareja con severos problemas de convivencia. Se acaloran fácilmente y (quizá por esa razón) concatenan una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con la intendencia doméstica. En ellos no hay nada de bueno, ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo contra su voluntad. Ambos soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así definirlo, está montado alrededor de un intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Aun así, en ocasiones guardan silencio, y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos; supongo que de este modo consiguen ratificarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, como si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando sale a la calle el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que encuentra a su paso, sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie y sus dueños respetan esa decisión. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos, trata de clavarle las uñas en la cara, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y ambos se abrazan frente al televisor de plasma. Les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y el tiempo tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos queda reducido a esquirlas. La vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe: dice algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia… Escucho los ladridos del perro, interrumpiendo el silencio y repitiéndose en intervalos puntuales, cada diez segundos. Me gustaría que este momento de calma se reprodujese, para siempre, como si se tratara de un bucle eterno. Aquí, junto al hueco de la lavadora.

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