Nuevo artista del hambre

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Nunca lo olvidéis, utilizad la expresión “el NO ya lo tengo” cuando queráis fracasar a lo grande en cualquier aspecto de la vida. Estas palabras tan crudas jamás las escucharéis en ningún seminario de Coaching para emprendedores. Allí os explicarán cómo alcanzar el éxito reinventándoos a vosotros mismos, os hablarán sobre la búsqueda de vuestros talentos ocultos, y también os harán creer que la nobleza de vuestras almas podría cambiar el curso de la Historia. Sin embargo, no estoy mintiendo si os garantizo que todas esas retóricas sólo son excusas. No os engañéis durante más tiempo. Os halaga escuchar que habéis perdido vuestro camino porque eso significaría que tenéis un camino propio que recorrer; y no es así. ¡Aceptadlo de una vez! Los verdaderos genios surgimos por generación espontánea y no necesitamos el beneplácito de la sociedad para darle validez a nuestras ideas.

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Hola, ¿qué tal va todo? Soy el Nuevo Artista del Hambre y trabajo como ayunador profesional: ayuno en streaming, por Skype. Seguro que habéis oído hablar de mí. ¿No os suena mi nombre? Nuevo Artista del Hambre, (yo mismo lo escogí); se trata de un homenaje aunque probablemente tampoco sepáis a lo que me estoy refiriendo. Endocrinos y nutricionistas califican mi profesión como un trastorno, pero se equivocan. Lo mío no es anorexia nerviosa sino una vocación mal entendida. El ayuno voluntario, (orientado como actividad artística), se ha convertido en una práctica residual que a nadie le interesa lo más mínimo. La glotonería de nuestro país ha marginado mi obra. Lógico, por otra parte; aquí se come por placer, no por necesidad física; coméis por dogma; coméis, incluso, por mantener un estatus. Este culto al falso apetito esta tan extendido (y asimilado) que os permite mirar hacia el futuro igual que la vaca cuando ve pasar el tren: masticando con la boca abierta.

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Conecta tu webcam y disfruta de mi ayuno en directo. ¿A qué estáis esperando? No intento publicitarme a vuestra costa porque odio las campañas de marketing viral. ¡Y claro que NO estoy en esto por la pasta! El dinero no me quita el sueño; la inanición tampoco. Busco una representación totalizante del cosmos a través de mi obra, pero el público es tan torpe que todavía no ha comprendido nada de lo que intento transmitirle. Me da igual. No me importa el público. La creación del verdadero arte implica abandonarlo todo para dedicarte exclusivamente a ti mismo y a tu propia supervivencia; como un Walden perdido en mitad del bosque, hay que ensuciarse de barro, hay que luchar contra el oso… y hay que pescar una nutria también. Mi independencia artística me dignifica aunque nadie quiera reconocérmelo. Asumo que mi propuesta es minoritaria y utilizo lo precario como el aval que garantiza la pureza de mi show: (cuarenta días sin pegarle un mordisco ni a una triste manzana).

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El hambre como estado de ánimo que mantiene a raya mi equilibrio emocional. Escucho los gruñidos de mi estómago y le ordeno que se calle. Esta discusión se produce muy a menudo. Mi aparato digestivo y yo no compartimos los mismos intereses. Mi aparato digestivo pertenece a una clase obrera engañada por el capital y sólo busca satisfacer sus impulsos jugando al juego de las recompensas inmediatas; no entiende que mi proceso creativo implique pérdida de peso, agotamiento y un carácter irritable. A veces confundo los gruñidos de mi estómago con el sonido de aplausos que reconocen mi talento y celebran mi originalidad: cuando esto sucede me siento tan débil como sucio. Salir del anonimato, de la cloaca underground, me parecería una traición a mis principios. Hoy por hoy, prefiero mantenerme incorruptible despotricando contra todo desde mi perfil de Facebook. Así recibo el cariño de mis amigos, quienes animan y apoyan la valentía de mi proyecto, siempre que no me profesionalice en exceso. Solicita mi amistad. Conecta tu webcam. ¡Disfruta de mi ayuno en directo! Tú también puedes sentirte único compartiendo likes con el Nuevo Artista del Hambre.

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Ser propietario de una conciencia tan lúcida como la mía supone una auténtica rémora, sobre todo cuando se tiene la desgracia de vivir aquí, en este jardín tropical, donde cada día se abre un nuevo debate, una nueva brecha de opinión, acerca de cualquier asunto (supuestamente) trascendente. Mi arte performativo y yo buscamos alguna finalidad que justifique nuestra existencia en mitad del caos, pero un alejamiento involuntario nos distancia de toda la basura que nos rodea. No se trata de misantropía gratuita. ¡Me importa un carajo Schoppenhauer y me importa otro carajo vuestro trending topic! Tan sólo estoy buscando un principio de vida que canalice mi frustración en conocimiento; una salida digna que me permita escapar de la cara interna del cilindro. Me pregunto si actuar la vida es la única manera de vivirla con intensidad. No hace mucho lo descubrí: en el centro del vacío hay montada una gran fiesta, una reunión de sonrisas hipócritas, cuya invitación ninguno de nosotros puede rechazar.

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Recordadlo, «todo arte que encarece e intensifica las brutalidades de la vida consigue recrear la emoción de la experiencia»; he memorizado demasiadas frases de Vincent Van Gogh para tolerar que ninguno de vosotros se atreva a llamarme vendido o fracasado. La búsqueda del aplauso fácil no va conmigo. ¡Qué va! El Nuevo Artista del Hambre pretende causaros una reacción, movilizar vuestras conciencias, sorprenderos y emocionaros en un mismo bostezo. Boca arriba, despierto en la cama, convertido en un pequeño gran escarabajo… sospecho que mi única obsesión pasa por conseguir darme la vuelta, incorporarme y demostrar mi valía como creador. Mis compañeros de piso preguntan cuál es el sentido de mi arte. Yo reacciono intentando cortarme una oreja. Esta actitud tan esquizofrénica también forma parte de mi obra; incluso puede que mi obra en sí misma sólo se componga por dos elementos: ataques de pánico y brotes histéricos.

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La chusma, la masa, el rebaño siempre ha sido y será detestable. Lo decía Gustave Flaubert, no hay nada que tenga importancia salvo ese pequeño grupo de individuos, (siempre los mismos), únicos portadores de la antorcha. Me estoy refiriendo a mi público, aquellos que no han sacrificado la noción de belleza por el concepto de “comodidad”. Aceptar el confort como leit-motiv sería el equivalente, lo más parecido, a despertar a la serpiente y dejarnos embaucar por ella. Me dirijo a vosotros, a ellos, a esos portadores de la antorcha, inteligentes y sensibles, cuya luz ilumina mis días oscuros y cuya fuerza me ayuda a mostrar toda la virtud que esconde mi interior. Me dirijo a los que saben detectar la belleza en lo “no bello”; para vosotros estoy construyendo un lenguaje poético a partir de la realidad más trivial. Creo que mi ayuno en streaming posee una sensibilidad muy poco común, una sensibilidad capaz de revelar la sustancia íntima que conforma la vida corriente de cualquier ser humano; ya sea aquí o allá; en Madrid o en Calcuta; en Quebec o en Katmandú; en Nairobi, en Oklahoma…

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Escrutinio de todos mis pensamientos egoístas y paranoicos al cabo del día. Resultado final: ¡TENGO RAZÓN! ¿Acaso sólo ha sido una ligera crisis de locura? ¡Ya no quedan rastros! Hoy los extraños sentimientos de ayer me parecen muy ridículos y ya no me convencen. Ahora advierto la presencia de un pequeño demonio, un ángel desterrado, que se apoya en mi hombro entregándome toda su sabiduría. Nadie puede detenerme. Me pregunto si sería capaz de vivir de tal manera que cada una de mis experiencias se convirtiera en arte; del mismo modo, ¿podría ejecutar mi talento de tal forma que éste tuviera un impacto directo y transformativo en cómo vivo? No entiendo ni una palabra de lo que he querido plantearos, pero apuesto a que se trata de algo importante. En pleno mes de Agosto y… ¿ganitas de verano? Mucho mejor, ganitas por resolver cualquiera de las paradojas que plantea la condición humana mediante mi show performativo.

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Creo que, hoy por hoy, mis aptitudes se revelan insuficientes. Soy víctima de una lucha encarnizada contra las fatalidades de la realidad. ¿Cómo ha acabado un hombre con mis destrezas en un desgraciado rincón de La Tierra como éste? La cultura de masas dificulta la aparición de verdadero arte. La cultura de masas dificulta mi aparición. El omnipresente y charlatán mundo mediático carece de espíritu, aunque esto no debería asustarme. ¡Es una broma y no merece la pena ser tomada en serio! El Nuevo Artista del Hambre no trabaja en función de ninguna demanda ni tampoco espera ninguna notoriedad. Busco mi nombre en Google Imágenes y tan sólo encuentro fotografías de un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. Siento que el público no me respeta, ¿pero acaso yo les respeto a ellos? Qué clase de desorden dramático ha transformado mi discurso en este delirio. «¡Cállate, cerdo! ¡No estoy en esto por la pasta!», le reprocho a mi estómago cuando me interpela, gruñendo, con cierto tono arrogante.

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A tientas, entre arenas movedizas. ¿Territorio hostil? Territorio ignoto, más bien. La ciénaga confunde mis sentimientos y tergiversa mis opiniones. Desorientado intento avanzar, recorro sus aguas turbias, pero es difícil hacerlo sin una referencia precisa. Me falta un horario fijo, una cita concertada. Nadie espera absolutamente nada de mí; no obstante, temo que me señalen con el dedo. Temo convertirme en el hazmerreír oficial de esta ciénaga pantanosa. Miradme, nado a contracorriente sufriendo el rechazo de un presente que me repudia. Mis compañeros de piso tampoco me toman en serio; ¡quieren robarme la balda del frigorífico que he dejado libre! Me gustaría seccionarles la yugular, apuñalarlos con un cutter y advertirles que el futuro me pertenece. He olvidado cuál era el sentido de mi arte; sin embargo, sigo considerándome un dioniso que huye de la belleza para recrearse en lo sublime, en la embriaguez de la hambruna. La posteridad me otorgará mi propio nicho de mercado y vuestros nietos reconocerán mis méritos. Os lo aseguro.

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Estoy mendigando una entrevista en cualquier web de tendencias donde me permitan hablar acerca de mí mismo. La relación entre ayuno y arte era un pretexto con el que cubría mi propia vanidad. Soy un impostor cuya masa corporal roza el límite de lo salubre. No puedo justificar los motivos de mis actos: improviso, eso es todo. ¡Ojalá encontrase nuevas ideas patológicas que llevar al límite! Necesito un mecenas que patrocine mis excentricidades, igual que el arzobispo de Salzburgo hizo con Mozart. ¿Dónde se esconderá el arzobispo cuando más se le echa de menos? Para un farsante como yo el verdadero miedo a la soledad se llama “falta de reconocimiento”. A veces me siento muy solo frente a este universo tan siniestro y lleno de trampas. ¡Se trata de una gran conjura en mi contra! Me niego a despedirme de la infancia porque mis fantasías de éxito ilimitado continúan haciéndome compañía en los columpios del parque. ¡Jamás abandonaremos el mundo de Rosebud! Artísticamente represento el cero a la izquierda del cero, pero continúo subido en mi trineo, deslizándome por la pendiente de nieve, mientras alrededor me acorralan las llamas.

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He decidido renunciar a mis últimos vestigios de integridad organizando un crowdfunding. Menuda incoherencia. Ese mismo público bobo y torpe, (que tan poco me interesa), puede darme el soporte económico capaz de mantenerme arrebatador frente al espejo. Necesito su dinero para pagar la conexión a Internet, y para comprar suero intravenoso en la farmacia. ¡Por qué nadie me había hablado sobre la falta de reconocimiento! Mis niveles de glucosa se han desplomado provocándome un simpático temblor en los dedos de las manos. Desorientación y palpitaciones. Todos estos síntomas acentúan el aspecto enfermizo que transmite mi imagen. Me parezco demasiado a un drogodependiente politoxicómano intentando superar el periodo de abstinencia. ¿Lo veis allí arriba? Un chimpancé subido en un helicóptero lanzando puñados de billetes al vacío. Sin ningún criterio. ¡Esa es vuestra industria cultural! Billetes de 200 euros. Billetes falsos. El chimpancé lleva puestas unas gafas de sol y nos observa desde lo alto levantando sus pulgares; «¡Ok, dadle caña, tíos!», grita por un megáfono.

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El territorio del arte se parece demasiado a un campo de minas; no hay ni una sola alma que no esté planeando una nueva venganza casi a diario: ratas agraviadas valoran despectivamente mi ayuno porque anteponen su ojeriza personal a cualquier criterio objetivo. He perdido la fe. Considero el talento como una miseria psicológica. El talento como una esclavitud gratuita a la que someterse para cumplir un cometido que no está escrito en ninguna parte. Ahora podría confesaros el “enigma del universo”, de veras, podría hacerlo, (ese secreto que tan bien conozco y que nunca he querido revelarle a nadie), os lo susurraría al oído, en voz muy baja, siempre y cuando aceptaseis que esta confesión os costaría la vida. Últimamente, manejo una serie de pensamientos aleatorios que me producen cierta inquietud. Me torturo pensando si Dios soñaría el mundo como yo soñé mi obra; probablemente entre las formas de ese sueño de Dios estaba yo mismo que como los demás soy todos y también soy ninguno… Me pregunto si un árbol cayendo en el bosque, que no es visto por nadie, hace ruido al golpear contra el suelo. Me pregunto si el ruido existe porque Dios está siempre allí, en todas partes, para escucharlo.

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Mi hambre se agudiza en su pico más alto. ¿Qué demonios estoy intentando demostrar? Me molesta admitirlo pero creo que mi estómago y sus gruñidos tenían razón. Estamos inmersos dentro de la época del talento, por supuesto, siempre que sustituyáis la palabra “talento” por la palabra “promoción”. En realidad, ni mi estómago ni mis compañeros de piso han comprendido nada sobre la relación entre ayuno y arte; ambos carecen de referentes, apenas han leído y tampoco conocen el significado del teatro de la crueldad. Ahora bien, ¿quizá ya sea demasiado tarde para cortarme una oreja? Sólo pretendo que el mundo me pida disculpas. Si —según me dicen— somos lo que comemos… ¿Entonces? ¡Quién cojones soy yo! He puesto toda mi voluntad al servicio de este frenesí, pero comienzo a dudar si poseo el valor para llevarlo a cabo. «¿Qué hay de lo tuyo?», me preguntan mis compañeros de piso, riéndose, mientras yo doy vueltas alrededor de la pantalla del ordenador portátil. Zozobra y desfallecimiento. Un círculo vicioso que no tiene salida. ¡No hay escapatoria! He perdido la cordura y necesito dar un volantazo a mi modelo de negocio. Quizá debería contratar a un community manager que actualice mi presencia en las redes sociales. Todavía estoy a tiempo, (creo), de tatuarme una flor de loto sobre la nalga izquierda: ¡Quiero reinventarme como fotógrafo budista! ¡Quiero formar parte de la nueva mayoría y encontrar así un camino propio que recorrer! ¡Yo soy el Nuevo Artista del Hambre y la nobleza de mi alma cambiará el rumbo de la Historia! Os lo aseguro.

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Alfombra blanca

Me parece muy complicado, casi imposible, mostrarme afable con las visitas cuando se niegan a descalzarse en el salón. Algo ocultan, sin duda, claro, yo también lo pienso aunque prefiero mantener ciertas precauciones, (quiero evitar los juicios prematuros), al menos mientras espero pruebas concluyentes que ratifiquen mis sospechas. Mi casa es vuestra casa, —os lo digo totalmente en serio—, siempre y cuando aceptéis que, como le decía el Tío Ben a Peter Parker, todo gran poder implica una gran responsabilidad. No entendáis esto como un ultimátum sino más bien como una advertencia. Me considero un anfitrión excelente, (un experto en protocolo), que antaño supo aprender de sus errores y ahora disfruta manejando todas las piezas de su cubertería; haciendo uso del trinchador y de la paleta de pescado he conseguido disimular todas mis tormentas neuróticas: ¡ya nadie me hace preguntas incómodas sobre el búho imaginario que llevo sujeto encima del hombro! Dejadme ser sincero, quizá me haya equivocado y mi planteamiento no fuera el correcto, creo que lo complejo de la situación no me ha permitido razonar con un mínimo de lucidez, pero (por favor) os lo pido, no volváis a tomaros esta clase de licencias; sencillamente, respetad los códigos básicos. No quería hacer alusiones al respecto y mi intención era obviar el asunto pasando de puntillas por encima de él… sin embargo, respondedme, ¿acaso son éstas horas adecuadas para llamar a la puerta de una casa ajena? ¡Respetad las normas de convivencia y no volváis a aparecer por aquí con los zapatos puestos! ¿Acaso aprovecháis mi hospitalidad para regalarme esta puñalada en el abdomen? Ya me entendéis, cuando tienes (bajo tu responsabilidad) una alfombra blanca que mantener impoluta… En fin, apenas nos conocemos, cierto, jamás escuché vuestros nombres y  los rasgos que definen vuestras caras se presentan como manchas borrosas en mi memoria; no obstante, os invito a que aflojéis los nudos de vuestros cordones y os quitéis las zapatillas. Todavía conservo nítidos los recuerdos de otra época, hace ya varios meses, donde el mantenimiento de las alfombras no reclamaba tanto protagonismo. Eran días lluviosos pero creo que también eran días felices. Atenazado por la carga de mantener diáfana esta alfombra, poco a poco, me fui sumergiendo bajo el caudal de un río Rubicón totalmente desconocido para mí. Estaba dispuesto a cruzar aquellas aguas y averiguar lo que se escondía en la otra orilla, por eso grité «alea jacta est», mientras nadaba sonriendo hacia la incertidumbre de otra realidad. Sin embargo, quizá nunca debería haberme sometido a desafíos tan imposibles, me estoy refiriendo a esta clase de macro-utopías tan embarazosas y tan difíciles de llevar a cabo: hoy por hoy, todo pasa por mantener a raya la alfombra blanca y cada día que pasa empiezo a verla más y más gris.

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Fausto moreno-roña

Supo reconocer que aquella era una gran oportunidad y no tuvo otro remedio que aprovecharla, como si se tratara de un suceso extraordinario que, quizá, nunca más volvería a repetirse. A veces resulta muy doloroso, -digamos, incluso, contraproducente para uno mismo-, sentir tan de cerca la angustia, la presión que imponen estas grandes oportunidades, sin poder reunir el valor suficiente para despreciarlas comportándonos de una manera distinta a la que los demás esperan de nosotros. No obstante, frente a las grandes oportunidades nadie puede mantenerse al margen; nadie puede negarlas, ni tampoco dejarlas pasar cuando el destino te las ofrece lanzándotelas a la cara. La renuncia ante una gran oportunidad es algo que nadie contempla como una opción, porque hay algo todavía peor que cargar con tu propia cruz inclinando los hombros hacia delante, me refiero a esa obligación de purgar una culpa, innominada e imperdonable, teniendo encima que justificar los motivos que nos empujaron a actuar del modo en que actuamos. Esta clase de renuncias nos estigmatizarían igual que si fuéramos disidentes auto-excluidos del “grupo”, individuos poco o nada fiables que fingen escuchar con oídos sordos las recomendaciones que marca el discurso oficial del sistema. Hablo, por ejemplo, de ese discurso tan manido que incide en la importancia de vivir la vida al límite exprimiéndola hasta la última gota, igual que si fuese una naranja, o un limón, o cualquier otro cítrico con alto contenido en vitamina C. Aunque yo detesto este tipo de metáforas que mezclan vegetales o piezas de fruta con el sentido trágico de la existencia, (y aunque también me niego a depositar ninguna confianza en eso que vosotros llamáis grandes oportunidades), he decidido guardar las apariencias y comportarme tal y como los demás esperan que me comporte, es decir, como lo haría un verdadero narrador omnisciente. Al fin y al cabo, los hechos son siempre recipientes vacíos que toman la forma del sentimiento que los ocupa. Prefiero, entonces, no enturbiar las siguientes líneas con opiniones, o con puntos de vista personales, que sólo entorpecerían el verdadero significado del texto cortando su ritmo narrativo. Por eso, como iba diciendo, él supo reconocer que aquella era su gran oportunidad y no tuvo más remedio que aprovecharla. Se había comprado un sarcófago de rayos UVA en oferta, y lo había hecho a través de una aplicación para teléfonos móviles, sin moverse del sofá, sin quitarse el pijama ni las zapatillas de cuadros. (Mediante un simple click, notó como la adrenalina incrementaba la frecuencia de su ritmo cardíaco). En este caso, no se trataba de otra compra impulsiva sino más bien de una compra meditada y de corte casi filosófico. Supongo que lo que pretendía era mejorar su calidad de vida y también paliar así su obsesión por la muerte; lo que pretendía era familiarizarse con el interior de un ataúd evitando los malos rollos habituales en este tipo de circunstancias. Las fotografías del sarcófago —no le costaba admitirlo— tampoco dejaban espacio a ninguna mala impresión: incluso el texto que aparecía en la pantalla de su Smartphone le aseguraba resultados inmediatos desde la primera semana. Ya sabéis, “¡Resultados inmediatos desde la primera semana!”, un eslogan sutilmente diseñado para atraer compradores como él, personas tan frágiles como desesperadas, individuos ansiosos por ejercer su derecho al intercambio de dinero por cualquier producto de dudosa utilidad. La idea de exhibir bronceado durante los meses de invierno se había convertido en un pensamiento recurrente que ocupaba casi todas sus horas libres; habría sido capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, hasta le hubiera vendido su alma al mismo diablo sin reparar en las consecuencias. Su deseo por conseguir un moreno-roña era tan enfermizo que trascendía cualquier moda, cualquier capricho, e incluso superaba las fronteras de lo estético. Ese anhelo por cambiar de color de piel indagaba en las raíces de su subconsciente. No exagero si comparo el efecto de los rayos UVA con una especie de psicoanálisis cutáneo, resultaría complicado explicároslo utilizando sólo palabras, (sin la ayuda de emoticonos o GIFs de bebés llorando), pero sospecho que pertenecer a la raza negra puede ser una experiencia muy satisfactoria, siempre y cuando no tengáis que renunciar a vuestros privilegios de blanquitos hijos de puta. En este sentido él tampoco era una excepción. Gracias a las redes sociales había conocido a muchos otros fanáticos del moreno artificial, (amigos en Facebook y seguidores en Instagram), cuyas opiniones no podían estar equivocadas. ¿Qué clase de psicópatas mentirían sobre un asunto tan íntimo? Según le decían, bastaban unas pocas sesiones dentro del sarcófago para mudar de piel, para convertir al mayor de los miserables en un líder vocacional ¡un Übermensch desencadenado y dispuesto a generar su propio sistema de valores! Cinco días (laborables) después, los empleados de la compañía de transporte cubicaron el solárium en mitad de su recibidor. Él tiró a la basura los manuales de instrucciones y se introdujo, (eufórico/sin ropa), bajo la radiación ultravioleta. Se sentía algo nervioso. La voluntad de poder había perforado su estómago y las náuseas no le permitían disfrutar el momento como se merecía. A la mañana siguiente, decidió tomarse el día libre. Llamó por teléfono a la oficina y justificó su ausencia improvisando una gripe con ataques de tos muy  poco verosímiles. Quizá, pensó, debería cambiar de trabajo, no sé, buscar otra ocupación más acorde con su futuro color de piel; quizá debería hacerse especulador bursátil; o mejor todavía, coach para especuladores bursátiles. Dentro del sarcófago el tiempo se conservaba estático como en un frasco de formol. Los índices de pigmentación le carbonizaban la piel mientras la imagen arrastrada que tenía de sí mismo se transformaba en una anécdota: veinte siglos de superstición cristiana arrinconados sin ningún tipo de remordimiento. Así pasaron varias tardes. Fue la época más feliz de su vida. Había descubierto una nueva rutina dentro del sarcófago y no pensaba renunciar a la Luz. ¡Él también quería generar su propio sistema de valores! Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco y comida precongelada, los vecinos le detenían (junto a la puerta del ascensor) y le felicitaban por su bronceado. Fausto respondía con evasivas, se sentía ruborizado a la vez que orgulloso, e intentaba quitarle importancia a todos esos cumplidos fabulando alguna historia sobre sus presuntas vacaciones en Cancún; les describía los paisajes, la gastronomía azteca y aquellas playas vírgenes donde tomaba el sol hasta deshidratarse; les hablaba sobre mariachis, corridos, botellas de tequila o sobre lo cojonudo de las instalaciones hoteleras en régimen de media pensión. Los vecinos quedaban boquiabiertos, claro, y aplaudían dándole la enhorabuena de nuevo. El reconocimiento público era su mayor estímulo para regresar al encierro voluntario en el interior del sarcófago. Despojado de todo cuanto le disimulaba ante los demás, Fausto de las cavernas había vuelto a su forma más primitiva con un única intención: revelarse contra su destino y escapar de la trampa de su propia identidad. Cuarenta días más tarde, (cuando se reincorporó a su puesto de trabajo en la oficina), algo no funcionaba bien: continuaba vegetando delante del ordenador pero no era especulador bursátil. Ninguno de sus compañeros había reparado en la intensidad de su moreno-roña, y esta circunstancia resultaba demasiado humillante. Tampoco le preguntaron por sus vacaciones recorriendo la Riviera Maya, ni por los mariachis, ni por cuantas botellas de tequila se había apretado entre corrido y corrido; (—tenía muchas anécdotas divertidas a este respecto que seguro les hubiesen hecho pasar un buen rato—). Recordaba con nostalgia, echándose a llorar, las sesiones de ocho horas sin salir del sarcófago. ¡Qué lejos quedaba aquella época! El ambiente de la oficina le estaba asfixiando mucho más de lo que lo hacía habitualmente. Frente al espejo de los lavabos para caballeros, hablaba consigo mismo en voz alta e intentaba dominar sus arrebatos de ira. Respiraba hondo, y profundo, y se ajustaba el nudo de la corbata. Necesitaba que alguien aplaudiese su nueva condición de superhombre; sin embargo, en aquella empresa todos parecían haberse vuelto locos. Cuando coincidía con los demás compañeros, frente a la máquina del café, percibía sus miradas furtivas, llenas de envidia y rencor, que él interpretaba como elogios soterrados hacia su nuevo estatus. El éxtasis místico que gobernaba su espíritu no admitía tanta mezquindad. ¡No comprendía nada de esa realidad paralela desde donde todo el mundo le ignoraba! ¿Existía acaso alguna realidad fuera del sarcófago? Probablemente, sólo se tratara de una ilusión. Puro solipsismo. La vieja teoría de los cerebros flotando en cubetas. Su propio YO había delirado hasta construir esa oficina llena de cretinos e incapaces. ¿Acaso nadie pensaba validar sus méritos? Desnudo, y con la cara pegada al escáner de la máquina fotocopiadora, fue sorprendido por la becaria del Departamento de Recursos Humanos: «¡Busco la Luz! –gritaba–. ¡Busco la Luz más allá de las sombras!». Este incidente repercutió en un informe del propio Departamento de Recursos Humanos, (creo que fue la misma becaria quien lo redactó), donde se justificaba su carácter maníaco como causa de despido. Pero aquello no le importó una mierda. La suspensión de empleo y sueldo liberaría su tiempo de cualquier obstáculo castrador; ahora ya podría encerrarse dentro del sarcófago para no salir jamás. La radiación ultravioleta se encargaría de devolverle el equilibrio. ¡Su ánimo se mantendría a flote y los vecinos volverían a darle la enhorabuena otra vez! Al fin y al cabo, ¿qué clase de psicópata mentiría sobre un asunto tan íntimo?

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Junto al hueco de la lavadora

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. Mi entrada en el territorio de lo inconsciente había sido muy decepcionante. Qué absoluta desilusión supuso descubrirme de nuevo aquí, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. Nunca había supuesto que los estados de supraconsciencia, (como ése en el que yo creía encontrarme), tuvieran connotaciones tan poco alentadoras para mi propia épica. Si he de ser sincero conmigo mismo, más allá de las explicaciones teóricas que había leído en ciertos libros cuyos títulos tampoco recuerdo ahora, apenas sabía nada sobre cuáles eran las preferencias de mi inconsciente. Mis estados alterados de conciencia representaban un enigma para el que yo tampoco tenía respuestas. No obstante, debió ser una cuestión de apatía, o de la resignación que me asaltaba en aquellos instantes tan confusos, lo que me empujó a exponer mi descontento mediante una reseña en la página web de TripAdvisor:

“Había depositado muchas expectativas en este viaje y creo que me esperaba otra cosa. Por ejemplo, algo más parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, (sin principio ni tampoco final), donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. En mi opinión, y también cabría decir que en base a mi propia experiencia, tanto el inconsciente como los lugares psíquicos hace ya mucho que perdieron todo su encanto; la cultura de masas los ha absorbido banalizándolos y transformándolos en caricaturas. Nuestras cabezas se han convertido en porciones de pizza al corte que o bien llevan beicon, o bien piña, o bien anchoas con beicon y piña”.

Tengo la impresión de que durante los últimos años se está hablando demasiado a la ligera sobre todo este asunto de los lugares psíquicos. No sé con certeza si se trata de un debate social abierto en la calle, un rumor que circula de boca en boca por plazas y asambleas,o, quizá, tan sólo sea la última moda en lo que se refiere a tendencias opinativas entre los usuarios de “Tripadvisor.com”. De cualquier manera, se ha generado cierta controversia alrededor de este tema, y creo que tanta conversación vacía, tanta palabrería de saldo, ha terminado por vulgarizar estos espacios convirtiéndolos en lo peor que se podían convertir: una reproducción exacta de la realidad. El inconsciente como espacio psíquico original ha desaparecido, ya no existe, ya no hay ningún entorno reprimido en nuestras mentes, ninguna zona vedada desde la cual cada uno construye su personalidad a base de experiencias traumáticas. La raíz trágica de nuestras conciencias ha sido sustituida por el eslogan optimista de una taza de Mr. Wonderful. Quizá por eso yo he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. Estos vecinos -a los que tanto me gusta mencionar- son una pareja con severos problemas de convivencia, que se se acaloran muy fácilmente, y que así van concatenando una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con las labores domésticas. En ellos no hay nada de bueno, ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo que soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así definirlo, está montado alrededor de un intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Sin embargo, en ocasiones guardan silencio y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos; supongo que mediante este procedimiento tan mezquino consiguen ratificarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco años, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, igual que si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando salen a la calle, los tres juntos, he comprobado cómo el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que va encontrando a su paso. Nadie le censura ni le reprocha nada a ese respecto. Sospecho que no existe ninguna razón que justifique su comportamiento, y que aquel perro, simplemente, actúa de esa forma porque sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie, sabe que sus dueños lo aceptan igual que si fuera un caso perdido y que respetan sus decisiones siempre y cuando continúe humillándose un par de peldaños por debajo de ellos. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos —trata de clavarle las uñas en la cara—, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y juntos se abrazan frente al televisor de plasma. Les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y el tiempo es tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos lanzados queda reducido a esquirlas de cristal sobre el parqué y las alfombras. (Alfombras blancas). Entonces, la vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe: propone algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia. Los ladridos del perro continúan repitiéndose cada diez segundos en intervalos puntuales. Me gustaría que este momento se mantuviese constante y eterno, para siempre, mientras espero a ver qué será lo próximo que ocurra. Aquí, junto al hueco de la lavadora

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Eco-bio-paranoide

Engañaros a vosotros mismos creyendo que hacéis lo correcto es muy sencillo: empezad por cultivar vuestras propias hortalizas en las macetas de la terraza. No entendáis esto que os digo como si se tratase de un consejo o una recomendación, más bien asumidlo como una advertencia, un aviso que incluso podría ayudaros a regenerar vuestro espíritu en el supuesto de que hayáis perdido la fe, o en el supuesto de que estéis atravesando una crisis de identidad tan aguda como la que padecen, en cierto modo, vuestros vecinos de la puerta de enfrente. Quiero resumir, (muy breve), cuánta simpatía me despierta este colectivo de agricultores urbanos; me gustaría explicaros cuánto me  identifico con su causa aunque desde un principio esto no siempre haya sido así. Mi historia comienza de manera accidental, casi fortuita, igual que si se tratara de una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras avanzaba —a todo galope— en dirección hacia una franquicia de comida rápida. Así comienza mi historia. ¡Yo era Saulo de Tarso y acababa de morir para nacer en la única y auténtica fe! Creo que fue entonces cuando sentí La Llamada. Fue justo entonces, como digo, (camino de aquel döner kebab en pleno corazón de Damasco), cuando un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsó el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. A partir de ese mismo instante, lo tuve claro, supe que ya no volvería ser quien fui y abandoné para siempre mis antiguos hábitos alimenticios. Aquel cambio provocó que todo mi afán paranoico se viera afectado por una nueva sensibilidad, me refiero a un sentimiento inédito que nunca antes había experimentado en primera persona, una sensación de angustia que acentúo mis obsesiones y me recompuso el carácter en una dirección hasta ahora desconocida. Esta ampliación del mapa de los sentimientos podría resultar ventajosa e interesante, no lo dudo, (incluso podría servir como punto de partida para escribir un eficaz libro de autoayuda para gilipollas), si no fuese porque cualquiera de las impresiones que rigen mi ánimo terminan siempre convertidas en parodias llenas de patetismo y decadencia. Quizá no debería juzgarme en unos términos tan severos, pero, en este caso, gracias al autocultivo y a eso que llaman nutrición responsable, me había sumergido en un estado de aprensión donde los límites entre placer y pánico parecen hoy todavía menos nítidos que ayer. ¿En cuántas ocasiones había escuchado repetir todos aquellos eco-dogmas sin prestar el menor interés por ellos? Mi alimentación había dejado de ser una anécdota para transformarse en una pedagogía, un fetiche que debía proteger y cuidar hasta el extremo, un experimento que requería de calma y serenidad para contemplar su desarrollo y así poder clasificarlo. Estaba obsesionado por la procedencia oscura de todos esos alimentos que llevaba tantos años consumiendo con total impunidad. El asunto me preocupaba de tal manera que temía morir envenenado por culpa de distintas variables; quizá el gluten, o quizá el aceite de palma; o quizá la hormona del crecimiento, o quizá todos esos pesticidas y fertilizantes que diseñan los científicos de Monsanto para exterminar a la población civil. Los factores de riesgo eran múltiples, sin duda, y el origen de los productos que guardaba en el interior de mi nevera tampoco me inspiraba ninguna confianza Dejadme que os explique cómo esta nueva eco-bio-consciencia en perpetua voz de alarma me había ha transformado en un Walden urbanita, una especie de esclavo redimido, cuya única intención era reconciliarse con la verdadera naturaleza del hombre libre y tomar de nuevo las riendas de su propia vida. Mi primera decisión fue sencilla: encerrarme dentro de casa, subir las persianas y apagar el teléfono móvil sin despedirme de mis seguidores en mi cuenta de Instagram. A continuación, me escondí tras una tomatera de plástico —que compré en las rebajas de Leroy Merlin— y que había instalado en mi terraza a medio camino entre el tendedero y el cesto de la ropa sucia. Desde ahí reflexionaba y escribía mis pensamientos en las páginas de un cuaderno manchado de vino; por supuesto, aquellas eran manchas de una botella de vino ecológico, obtenido a partir de uvas también ecológicas que debieron ser vendimiadas a mano en su momento óptimo de maduración. Oculto tras mi querida tomatera de plástico, vigilaba su drenaje durante las horas de sol y perseveraba en mis propósitos con una regadera en la mano. Mi anhelo por convertirme en un agricultor urbanita se mostraba implacable, seguía esperando paciente a que las semillas germinasen en la tierra, aunque os reconozco que el tiempo pasaba muy despacio cuando se sobrevive en la soledad de una terraza tan lamentable y sucia como la mía. No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas, pero la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos había derrumbado todas mis certezas dinamitado mi zona de confort. Esta manipulación transgénica fue la responsable que me condujo hasta un nuevo conocimiento de mí mismo, una situación límite que me brindó la coartada perfecta para convivir con mi déficit cognitivo y con mis alucinaciones de chiflado delirante. Había perdido el temor a sufrir el rechazo de la sociedad porque era la propia sociedad quien amparaba la eco-bio-paranoia como otra moda vacua a la que aferrarse. Mientras esperaba a que germinasen mis semillas, junto a un tendedero oxidado y un cesto lleno de ropa sucia, no podía dejar de pensar en las connotaciones —tan funestas— que escondía la palabra “pesticida”. Me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Pasé dos semanas casi sin dormir y repitiéndome a mí mismo que quizá ya fuera demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me habían invadido el organismo, lo habían tomado por asedio y yo notaba como una cepa dañina estaba incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamé. El “monstruo” crecía y cada vez se hacía más fuerte; parecía irreductible y estaba fuera de control. Detectaba diversos síntomas que acreditaban mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Durante varias tardes, invertí mi tiempo elaborando una gran teoría de la conspiración sobre la industria alimentaria, hasta que (por fin) decidí bajar a la calle y volver a entrar en un supermercado. Allí me encontraba extraño y totalmente fuera de lugar: arrastraba mi carrito de la compra por los pasillos como si fuese una rata de laboratorio encerrada en un mini-laberinto construido ex-profeso para su sufrimiento. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se habían convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporcionaba el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hacía público cuando sonreía y le pagaba a la cajera. Entonces, desaparecían mis temores y las dudas se convertían en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann conseguía hacerme perder la calma. Pasada la medianoche, abría la puerta de la nevera y sujetaba contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardaba los aguacates. Me gustaba esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo, utilizarlos para elaborar un presunto antídoto que me devolvería la cordura y la estabilidad emocional. La ansiedad y el insomnio no paraban de resucitar viejos fantasmas que sólo yo veía. Párrafos de discursos filo-eco-bio-paranoicos aparecían escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me negaba a asomarme debajo de la cama! No tardé en tramitar una solicitud de inscripción en el huerto urbano de Lavapiés para combatir así esta hipocondría. Quizá resulte precipitado emitir un diagnóstico rotundo, pero he advertido ciertas mejorías durante las últimas semanas. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, ya me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

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