Eco-bio-paranoide

Engañaros a vosotros mismos creyendo que hacéis lo correcto es muy sencillo: empezad por cultivar vuestras propias hortalizas en las macetas de la terraza. No entendáis esto que os digo como si se tratase de un consejo o una recomendación, más bien asumidlo como una advertencia, un aviso que incluso podría ayudaros a regenerar vuestro espíritu en el supuesto de que hayáis perdido la fe, o en el supuesto de que estéis atravesando una crisis de identidad tan aguda como la que padecen, en cierto modo, vuestros vecinos de la puerta de enfrente. Quiero resumir, (muy breve), cuánta simpatía me despierta este colectivo de agricultores urbanos; me gustaría explicaros cuánto me  identifico con su causa aunque desde un principio esto no siempre haya sido así. Mi historia comienza de manera accidental, casi fortuita, igual que si se tratara de una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras avanzaba —a todo galope— en dirección hacia una franquicia de comida rápida. Así comienza mi historia. ¡Yo era Saulo de Tarso y acababa de morir para nacer en la única y auténtica fe! Creo que fue entonces cuando sentí La Llamada. Fue justo entonces, como digo, (camino de aquel döner kebab en pleno corazón de Damasco), cuando un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsó el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. A partir de ese mismo instante, lo tuve claro, supe que ya no volvería ser quien fui y abandoné para siempre mis antiguos hábitos alimenticios. Aquel cambio provocó que todo mi afán paranoico se viera afectado por una nueva sensibilidad, me refiero a un sentimiento inédito que nunca antes había experimentado en primera persona, una sensación de angustia que acentúo mis obsesiones y me recompuso el carácter en una dirección hasta ahora desconocida. Esta ampliación del mapa de los sentimientos podría resultar ventajosa e interesante, no lo dudo, (incluso podría servir como punto de partida para escribir un eficaz libro de autoayuda para gilipollas), si no fuese porque cualquiera de las impresiones que rigen mi ánimo terminan siempre convertidas en parodias llenas de patetismo y decadencia. Quizá no debería juzgarme en unos términos tan severos, pero, en este caso, gracias al autocultivo y a eso que llaman nutrición responsable, me había sumergido en un estado de aprensión donde los límites entre placer y pánico parecen hoy todavía menos nítidos que ayer. ¿En cuántas ocasiones había escuchado repetir todos aquellos eco-dogmas sin prestar el menor interés por ellos? Mi alimentación había dejado de ser una anécdota para transformarse en una pedagogía, un fetiche que debía proteger y cuidar hasta el extremo, un experimento que requería de calma y serenidad para contemplar su desarrollo y así poder clasificarlo. Estaba obsesionado por la procedencia oscura de todos esos alimentos que llevaba tantos años consumiendo con total impunidad. El asunto me preocupaba de tal manera que temía morir envenenado por culpa de distintas variables; quizá el gluten, o quizá el aceite de palma; o quizá la hormona del crecimiento, o quizá todos esos pesticidas y fertilizantes que diseñan los científicos de Monsanto para exterminar a la población civil. Los factores de riesgo eran múltiples, sin duda, y el origen de los productos que guardaba en el interior de mi nevera tampoco me inspiraba ninguna confianza Dejadme que os explique cómo esta nueva eco-bio-consciencia en perpetua voz de alarma me había ha transformado en un Walden urbanita, una especie de esclavo redimido, cuya única intención era reconciliarse con la verdadera naturaleza del hombre libre y tomar de nuevo las riendas de su propia vida. Mi primera decisión fue sencilla: encerrarme dentro de casa, subir las persianas y apagar el teléfono móvil sin despedirme de mis seguidores en mi cuenta de Instagram. A continuación, me escondí tras una tomatera de plástico —que compré en las rebajas de Leroy Merlin— y que había instalado en mi terraza a medio camino entre el tendedero y el cesto de la ropa sucia. Desde ahí reflexionaba y escribía mis pensamientos en las páginas de un cuaderno manchado de vino; por supuesto, aquellas eran manchas de una botella de vino ecológico, obtenido a partir de uvas también ecológicas que debieron ser vendimiadas a mano en su momento óptimo de maduración. Oculto tras mi querida tomatera de plástico, vigilaba su drenaje durante las horas de sol y perseveraba en mis propósitos con una regadera en la mano. Mi anhelo por convertirme en un agricultor urbanita se mostraba implacable, seguía esperando paciente a que las semillas germinasen en la tierra, aunque os reconozco que el tiempo pasaba muy despacio cuando se sobrevive en la soledad de una terraza tan lamentable y sucia como la mía. No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas, pero la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos había derrumbado todas mis certezas dinamitado mi zona de confort. Esta manipulación transgénica fue la responsable que me condujo hasta un nuevo conocimiento de mí mismo, una situación límite que me brindó la coartada perfecta para convivir con mi déficit cognitivo y con mis alucinaciones de chiflado delirante. Había perdido el temor a sufrir el rechazo de la sociedad porque era la propia sociedad quien amparaba la eco-bio-paranoia como otra moda vacua a la que aferrarse. Mientras esperaba a que germinasen mis semillas, junto a un tendedero oxidado y un cesto lleno de ropa sucia, no podía dejar de pensar en las connotaciones —tan funestas— que escondía la palabra “pesticida”. Me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Pasé dos semanas casi sin dormir y repitiéndome a mí mismo que quizá ya fuera demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me habían invadido el organismo, lo habían tomado por asedio y yo notaba como una cepa dañina estaba incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamé. El “monstruo” crecía y cada vez se hacía más fuerte; parecía irreductible y estaba fuera de control. Detectaba diversos síntomas que acreditaban mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Durante varias tardes, invertí mi tiempo elaborando una gran teoría de la conspiración sobre la industria alimentaria, hasta que (por fin) decidí bajar a la calle y volver a entrar en un supermercado. Allí me encontraba extraño y totalmente fuera de lugar: arrastraba mi carrito de la compra por los pasillos como si fuese una rata de laboratorio encerrada en un mini-laberinto construido ex-profeso para su sufrimiento. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se habían convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporcionaba el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hacía público cuando sonreía y le pagaba a la cajera. Entonces, desaparecían mis temores y las dudas se convertían en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann conseguía hacerme perder la calma. Pasada la medianoche, abría la puerta de la nevera y sujetaba contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardaba los aguacates. Me gustaba esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo, utilizarlos para elaborar un presunto antídoto que me devolvería la cordura y la estabilidad emocional. La ansiedad y el insomnio no paraban de resucitar viejos fantasmas que sólo yo veía. Párrafos de discursos filo-eco-bio-paranoicos aparecían escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me negaba a asomarme debajo de la cama! No tardé en tramitar una solicitud de inscripción en el huerto urbano de Lavapiés para combatir así esta hipocondría. Quizá resulte precipitado emitir un diagnóstico rotundo, pero he advertido ciertas mejorías durante las últimas semanas. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, ya me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

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Marketing agresivo

Los bolsillos de la cazadora llenos de folletos publicitarios. Y quien dice los bolsillos de la cazadora dice también la conciencia acribillada por estímulos de compra, por ruidos, por lucecitas, por ofertas con descuento y por todos esos cutre-eslóganes que le empujaban a seguir consumiendo como si se tratara de una obligación consigo mismo; como si se tratara una exigencia que alguien le hubiese impuesto desde fuera, y ante la cual no merecía la pena rebelarse ni tampoco resistirse. Se había convertido en una especie de epiléptico orgulloso de su enfermedad, igual que Dostoyevski o igual que Edgar Allan Poe. No le dolía reconocerlo: se consideraba un adicto al marketing agresivo y disfrutaba mucho cuando le apaleaban bajo el patrocinio de un sponsor. Gracias a estas palizas había logrado que una poderosa subjetividad le reafirmara en cada pago que hacía con su tarjeta de crédito. Según contaba, él sólo pretendía ser recordado como un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio; esa era su única ambición y ese sería también su mejor epitafio, (me refiero a que la inscripción que grabarían en su lápida cuando desapareciese rezaría algo así): “Aquí yace un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio”. Esta dependencia no le producía ningún deterioro físico ni tampoco alteraba sus relaciones con los demás. Se trataba de una adicción que no suponía ningún tabú porque nadie lo consideraba un estigma del que debiera avergonzarse, y porque todavía ninguna voz autorizada había salido por televisión informando acerca de sus perjuicios. El marketing agresivo tan siquiera aparecía tipificado como delito en nuestro Código Penal, existía un vacío jurídico alrededor suyo, una suerte de ley del silencio que lo justificaba mediante el siguiente principio: «Los mercados expanden sus marcas y las marcas secuestran sus propios rehenes». Así las cosas, un extraño síndrome de Estocolmo se había apropiado de su voluntad como comprador. ¿Quizá se había enamorado de sus propios secuestradores? Las compañías telefónicas lo sabían, (porque estas cosas se notan), y sus teleoperadores mal pagados creo que también eran conscientes de ello; cada día recibía media docena de llamadas donde diferentes voces reproducían los mismos mantras corporativos. Un alud de promociones aplastaba su integridad como ser humano transformándole en otro cliente satisfecho. Packs-ahorro, contratos de permanencia, líneas móviles adicionales, tarifas planas con minutos en el extranjero… Desde el otro lado del auricular guardaba silencio y se retorcía entre espasmos, no encontraba ningún señuelo para apaciguar ese caos interior que tanto le atormentaba, pero sospechaba que su situación no podía ser única y que allí fuera había muchos otros adictos iguales o peores que él. El marketing agresivo satisfacía sus hábitos de consumo haciéndole sentir más libre y menos vulnerable. Ese ejercicio de blanqueo cerebral le permitía canalizar todas sus frustraciones, le permitía reprimir así sus ataques de cólera gratuita, mientras una papilla de eslóganes le reventaba la conciencia a patadas y puñetazos. ¿Conocéis las ventajas que implica navegar por Internet con una conexión de fibra óptica? Él tampoco las conocía pero, como ya os he advertido, disfrutaba mucho siendo apaleado bajo el patrocinio de cualquier sponsor. Incluso le invadía una profunda nostalgia cuando recordaba la primera vez que desactivó el filtro anti-spam de su correo electrónico; eso que algunos de vosotros llamáis “propaganda” él (simplemente) lo llamaba epifanías. También había solicitado la tarjeta-club de Leroy Merlin aunque le preocupaba que alguien pudiera malinterpretar los motivos que le había llevado a tomar aquella decisión tan comprometedora. El bricolaje doméstico parecía una buena coartada para escapar del Horror, una buena coartada para devolverle vigencia a su autoestima sin tener que recurrir a la mezcla de vodka con pastillas anti-depresivas; resultaba obvio que su equilibrio emocional dependía al cien por cien de aquellos puntos canjeables por una lijadora eléctrica. Daba igual qué clase de producto y tampoco importaba qué tipo de servicio. La única premisa que le condicionaba el ánimo pasaba por encontrar una franquicia donde gastar su talonario de cupones-descuento. Se consideraba un mártir, una víctima del eslogan durante el Black Friday, que más allá de su propio victimismo perdería toda su identidad. Menuda paradoja: la verdadera mercancía no eran los bienes que compraba sino aquellos a los que se vendía. Él había construido una vida entera que debía pagar en cómodos plazos y todavía necesitaba algo más. Recorriendo las calles del centro de Madrid, (dando tumbos), bajo una lluvia de confeti tan artificial como hipnótica, buscaba estímulos que le mantuvieran vivo, o cuerdo, o ninguna de las dos cosas a la vez. Buscaba depredadores dispuestos a devorarle, auténticos depredadores que detectaran su presencia cuando oliesen su sangre, y que sin pronunciar una sola palabra le disparasen a bocajarro entre las dos cejas. ¡Bang! ¡Bang! Siempre se había considerado  una presa muy exigente y las ONG´s sin ánimo de lucro lo sabían; sus captadores de socios también eran conscientes de ello. Quizá por esa razón corrían tras él persiguiéndole hasta que lograban interceptarlo, y le derribaban contra el suelo, y le golpeaban en la cabeza con sus carpetas azules, y le apaleaban bajo el patrocinio de un sponsor solidario que aspiraba a erradicar el hambre en el tercer mundo. Entonces, él asumía con entereza el papel que le habían encomendado. Aceptaba ese trato. Enloquecía rellenando otro formulario de inscripción y preguntaba donde debía firmar para recuperar su condición de hombre libre.

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Culpas dudas y taxidermia

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Tengo la cabeza llena de pensamientos absurdos y carentes de cualquier tipo de lógica, al menos así lo cree la mayor parte de la gente que me rodea; mis pensamientos no son bien recibidos por los demás pero yo tampoco sufro por ese motivo. En realidad, no me importa en absoluto. Recuerdo aquella frase de Oscar Wilde que decía algo así como que de las semillas de la incomprensión germinará el fruto de la genialidad, una frase que acabo de inventarme en este preciso momento, y que me parecía demasiado vulgar y pedante para atribuirme su autoría sin parecer un degenerado. Las personas que forman el entorno donde me muevo, (-lo repiten una y otra vez-), afirman que mis pensamientos les aturden, les agotan e incluso llegan a resultarles tóxicos. Nadie quiere escuchar ni una palabra acerca de estos pensamientos que ni interesan ni levantan ninguna simpatía fuera de mi cabeza. No obstante, yo nunca me doy por aludido y defiendo mis ocurrencias con el fanatismo de un ultra en un campo de fútbol; como si se tratara de un dogma de fe, así defiendo estas ocurrencias que me he terminado creyendo y que me han arrastrado hasta este callejón sin salida donde me encuentro ahora; las mismas que sólo consigo deshechar cuando las sustituyo por otras (ocurrencias) todavía más absurdas y con mucha menos lógica. Esta tonelada de detrito mental pesa demasiado para simular que todo va bien y que no ocurre nada grave, sería divertido fingir lo contrario pero no puedo hacerlo porque creo que ya están sucediendo cosas. Me refiero a ciertos acontecimientos que sólo yo percibo, acontecimientos y hechos puntuales que a mí me hacen estremecer mientras que a vosotros —en cambio— os dejan totalmente indiferentes. Digamos que yo me estremezco mientras vosotros permanecéis a la expectativa sin saber cómo reaccionar. Ante todo, debo aclarar que no me considero ningún majara que disfrute chapoteando en el barro de sus miserias, nada de eso, odio presumir de vacío existencial, lo odio pese a que durante la última semana haya consultado dieciocho veces el programa de actividades culturales que organiza CaixaForum. Me han hablado maravillas sobre una exposición de arquitectura orgánica que nadie debería perderse; y también me han hablado sobre una lista de canciones en Spotify que tengo que escuchar cuanto antes; y sobre un libro de poemas, me han hablado sobre un libro de poemas con ilustraciones cuya lectura parece  casi obligatoria; e, incluso, siguen hablándome (maravillas) sobre una serie en Netflix que seguro me enganchará desde el primer capítulo. No estoy bromeando, os prometo que detesto presumir de vacío existencial, pero la convivencia dentro de esta ratonera implica ciertos sacrificios, me refiero a ciertas concesiones que debo cumplir para no levantar sospechas. La gente que me rodea habla sobre esto y aquello, opina acerca de lo de aquí y lo de allá, discute por qué sí o por qué no… Y todo orbita dando giros de 360 grados, vueltas y más vueltas, escaramuzas que siempre me devuelven al mismo triste y aburrido lugar. Encerrado dentro de la cara interna del cilindro, me pregunto si las exposiciones de arquitectura orgánica también formarán parte de esta misma penitencia, no sé, el mismo fuego redentor al que debo someterme cada día para purgar mis faltas. ¿Por qué alrededor mío todo arde pero nada se consume? La fogata eterna resulta agotadora. Echo en falta los efectos destructivos de las grandes explosiones, el estruendo y las ondas expansivas que generan los cambios irreversibles cuando revientan y llegan para quedarse. No obstante, como ya os he dicho, debo asumir ciertas concesiones para evitar sospechas innecesarias. Prefiero evitar los malos entendidos, por eso mantengo mi vacío existencial en completo anonimato: no quiero que nadie lo reconozca. Oculto mi verdadera cara tras una máscara de salud mental hecha a mi medida, un pasamontañas que me permite mantener la misma mueca, mientras continúo sustituyendo pensamientos absurdos por otros que lo son todavía mucho más.

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Bajo a la calle arrastrando una bolsa de basura llena de tetrabricks. Finjo que todo está en orden. Finjo que yo mismo soy una persona de orden. Estoy fingiendo porque uno no siempre puede ni debe comportarse tal y como es. Ahí fuera hay demasiados tíos raros vigilándome, escuchando mis conversaciones en el vagón del Metro u observando mi comportamiento cuando deambulo sin rumbo por los pasillos del supermercado; demasiados tíos raros dispuestos a sacar sus propias conclusiones sobre quién soy yo en realidad. Pero, ¿quiénes sois vosotros en realidad? Me aproximo hasta el contenedor azul y allí voy depositando (uno por uno) mis cartones de leche. Junto al contenedor para reciclar papel, rodeado por inmundicias y rastros de orín, he encontrado mi lugar en el mundo. Allí me siento bastante cómodo y a salvo de mis contradicciones. Allí también he encontrado un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. El aspecto de este búho se revela tan majestuoso como decadente: mitad bárbaro y mitad snob. ¡El match ha sido inmediato! Sin ningún escrúpulo, sin ningún motivo que justifique mi decisión, rescato aquel monstruo de la indigencia y lo subo a casa. Vivo en una madriguera de treinta y cinco metros cuadrados, un búnker claustrofóbico —al margen de vuestro hábitat—, donde nunca jamás seréis bien recibidos. Lo lamento, en serio, no quiero parecer maleducado ni descortés, tampoco quiero presumir de vacío existencial hasta que no vuelva a actualizar mi estado de ánimo en Facebook; (parece mentira cómo cinco emoticonos pueden ser suficientes para acaparar todas las fluctuaciones que me genera esta deriva espiritual). He colocado al búho en mi dormitorio sobre la mesilla de noche, pero sigo evitando mirarle directamente a los ojos. Creo que la expresión de su rostro encierra algo siniestro, un silencio inquietante y lleno de reproches gracias al cual he recuperado esta sensación de terror que tanto  echaba de menos.

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Hermann y su mirada inyectada en sangre han roto el equilibrio Feng-Shui de mi madriguera; me refiero al orden y a la armonía que me proporcionaban mis muebles viejos comprados en Ikea hace casi diez años. Fue impactante descubrirlo pero ya no me importa lo más mínimo. He decidido dejarme llevar. He escogido el cadáver de un ave de rapiña como mascota y acabo de renovar mi confianza en las hamburguesas de tofu, esto significa que el sótano de mi desesperación todavía mantiene su punto confortable. Mi síndrome de Diógenes ha fundido nuestros destinos en uno. Hermann y yo, entrelazados bajo un mismo signo, ratificando que nuestra relación se articula por un acuerdo tácito donde yo me equivoco y el búho me corrige. ¡Ambos nos complementamos igual que un puto matrimonio! Él me advierte sobre lo incorrecto de mis actos y yo, a cambio, le ofrezco un hombro seguro donde poder cobijarse. Sin embargo, intuyo que nuestro régimen de tolerancia no tardará en sufrir un deterioro irreparable, creo que muy pronto los problemas domésticos empezarán a pasarnos factura: compartir veinticuatro horas diarias en compañía ha destrozado nuestro presunto idilio transformándonos en otra pareja rota, otra pareja dispuesta a marchitarse dentro del mismo tiesto lleno de tierra seca. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), se ha convertido en la censura que inspira todos mis sentimientos neuróticos: sentimientos de culpabilidad, sentimientos de autocastigo… ¡A veces colorear libros de mándalas no es suficiente! Estoy luchando solo, claro que lo sé, rodeado de oscuridad y confundido por todas las voces que retumban dentro de mi cabeza. Allá donde voy me persigue la clarividencia de este búho sádico y narcisista, mortificándome entre traumas que creía reprimidos y transformando el contenido de mis pesadillas en un arma arrojadiza. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Temo perderme, extraviarme fuera del camino, sin saber (a ciencia cierta) ni dónde me encontraba antes ni hacia dónde me dirijo ahora.

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Recorro el mismo camino una y otra vez. El camino equivocado: maullando y persiguiendo luces intermitentes en mitad de la noche. ¿Que por qué lo recorro? Porque es el único camino que conozco, no importa cuán destructivo sea, la gozadera de los pánicos subjetivos carece de memoria y de razón de ser. Omnipotencia, aislamiento, desapego, preocupación por una realidad interna que tan siquiera existe… ¡Hermann y sus consejos han desprovisto mi vida de cualquier tipo de significado! El peso del búho sobre mis hombros aumenta (progresivamente) según pasan los días; yo empequeñezco a medida que él multiplica su tamaño. Mi cuenta de Instagram lleva dos semanas sin registrar movimientos y creo que estoy desapareciendo de las fotografías. En mi lugar, sustituyéndome, ha surgido la sombra de un búho que se presenta majestuoso sobre su soporte en forma de rama; me preocupa que este incidente repercuta en una pérdida masiva de followers. Sospecho que eso acabaría conmigo de una vez por todas. Me refiero a que acabaría con la imagen pública tras la cual llevo años intentando ocultarme para poder sobrevivir. «El horror ante la falta de reconocimiento, —dice Hermann—, se ha convertido en el nuevo miedo a la soledad». Sinceramente, nada de lo que os contase acerca de @Hermie sería exacto, él maneja todas mis debilidades tal y como le apetece, pero yo apenas tengo información sobre su pasado. ¡Incluso se niega a confesarme su verdadera edad! Maldito búho presumido. ¿Debería cederle el asiento cuando cogemos el autobús? Hermann representa un factótum de virtudes ajenas al paso del tiempo: la mezcla perfecta entre la arrogancia de la juventud y el rencor de la vejez. A su lado, mi mayor error soy yo mismo; nada de lo que le digo resulta adecuado; todo lo que hago le parece un desacierto. Nuestra relación se retroalimenta por un acuerdo tácito donde yo pido disculpas y él me humilla hasta verme llorar. Su actitud condescendiente me recuerda demasiado a la soberbia de cualquiera de mis ex-novias: Julia, Anna, Carmela, Silvia, Lourdes… ¿Acaso nadie comprende cuánto estoy sufriendo? Mi última búsqueda en Google, (ASESINATO BÚHO DISECADO YAHOO RESPUESTAS), evidencia y deja bien claro nuestra falta de química.

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Suena mi teléfono móvil y el propio Hermann responde a la llamada. «¿Quién anda ahí?, –pregunta». Escucho la voz de mi madre, fuera de sí, rogándome que detenga este disparate cuanto antes; según me advierte, todo lo que os he explicado sobre mi relación con Hermann forma parte de una fantasía ridícula. No hay ningún búho disecado. Yo lo he inventado todo. Esta constante sensación de arrepentimiento me ha transformado en un lunático que empatiza con animales imaginarios. Así he conseguido validar mi existencia. Estoy tratando de proyectar mi superyó mediante una imagen reconocible, pero ignoro cómo me he sumergido en este trance que no sugiere ningún tipo de final feliz. Cada día soy ejecutado por un crimen distinto y en realidad yo no he cometido delito alguno. ¡Soy inocente! Me asombra mi capacidad de aguante para someterme a estas experiencias de muerte virtual. «La desgracia de los seres humanos, –apunta Hermann–, es producto de su cobardía ante ellos mismos».  Mi madre insiste, llama de nuevo, y sugiere que me deshaga del búho: «¡Debes recuperar tu antigua vida! —grita—. ¡Una vida vulgar y anodina con su puñadito de neurosis sostenibles!». Yo decido si abandono al búho en los lavabos de un centro comercial o si le busco acomodo, como parte del atrezzo, en una exposición de dormitorios infantiles. La mirada de Hermann me ha sumergido en un aquelarre de casquería emocional, mi propia casquería emocional, un carnaval donde la culpa, las dudas y la taxidermia han tomado el control sobre mis deseos más turbios, ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Sinceramente, no lo sé. Yo sólo intentaba mantener mi vacío existencial en completo anonimato y que nadie lo reconociese. Quería ocultar mi verdadera cara tras una máscara de salud mental hecha a mi medida, mientras continuaba sustituyendo pensamientos absurdos por otros que lo son todavía mucho más.

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