C.M.J.A.

Ocupo un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación, se trata de un puesto de relevancia, lo sé porque tengo un despacho propio donde leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa, igual que si fuera el capataz de una plantación de algodón, no necesito pedir permiso a mis esclavos para hacer lo que me apetezca, yo soy quien sujeta el látigo, soy quien dicta las órdenes mientras leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Desde hace tiempo también me considero un ejemplo de efectividad profesional, me considero un mercenario, un gran conspirador que siempre ha sabido arrimarse a la persona adecuada en el momento preciso; mi falta de escrúpulos me ha permitido alcanzar la cima del éxito a base de repartir sonrisas hipócritas; a base de regalar tantas palmaditas en la espalda como puñaladas metafóricas en esa misma parte del cuerpo. Nunca he tenido claro cuál es mi labor aquí dentro, lo admito, aunque intuyo que a lo que me dedico es a vender humo mientras finjo controlar la situación, una situación que pasa por repartir palmaditas en la espalda y por leer el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Os cuento, SOMOS una empresa líder, ellos lo repiten constantemente, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector; ¡nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites!; por eso utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites a ese respecto. Manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata, pero esto no supone ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño, en serio, duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. La oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograremos prosperar, y yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… en fin, ¡no me obliguéis a escoger!, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, (contra su voluntad), siempre ha sido nuestro único objetivo, necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, como todos, y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie, tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo. Mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una mezcla de sentimientos contradictorios; os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, (no lo olvidéis), y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa. La compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso en nuestro nuevo proyecto. Festivos y fines de semana incluidos. Yo he aceptado las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡encerrado con chimpancés borrachos dentro de una jaula a la que llaman sala de reuniones! Estos putos handy whandys son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse. He aquí mi labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes. ¡Nosotros convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles! ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! ¿Te quiere o no te quiere? Tanto yo como mis monos handy whandys también empezamos igual que vosotros, hundidos en el barro y paseándonos por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formábamos parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… ¡Y miradnos ahora!, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre me dicen que diga, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta!. Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea; busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado radicalmente, la cima de ese éxito que tanto esfuerzo me ha costado alcanzar ya no me llena, me ha dejado vacío e indiferente; todo ha sucedido tan rápido y tan de improviso, otra vez, casi sin enterarme. Pienso mucho en dónde me habré equivocado, lo pienso y me salen cientos de errores, cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Menudo naufragio, lo sé, damos bastante lástima, yo y mi pequeña gran colección de errores. Sinceramente, la vida nos ha atropellado, loco, nos ha pasado por encima y nosotros sin enterarnos; hemos superado cualquier previsión de catástrofe para hundirnos en lo más profundo. Es casi medianoche cuando bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina, la pregunta no ha cambiado,  sólo se acentúa, se multiplica y ramifica entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas descubra quién soy yo en realidad.

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“Escucha una cosa” a principio de frase

Se trata de una distopía verbal que te traslada hasta el futuro, un tiempo próximo y no tan lejano, me refiero a la época donde el uso de esta clase de formalismos se habrá generalizado entre todos los hablantes del planeta. ¡Dará igual en qué idioma! El origen poligonero de la expresión “escucha una cosa…” caerá progresivamente en el olvido; nadie recordará su procedencia cuando se convierta en un fenómeno viral gracias a vuestras redes sociales. Entonces serán las élites pertenecientes a la alta cultura quienes adoptarán esta locución como propia dentro de sus discursos, así quedará demostrado que los prejuicios del hoy siempre formarán parte de los avances del mañana, igual que combinar pantalón de chándal con zapato mocasín o igual que lanzar confeti sobre la familia del difunto durante su funeral. “Escucha una cosa…” a principio de frase, ya sabéis, un síntoma de distinción y de buen gusto que seguro os ayudará a presentaros a lo grande frente a los demás; se lo escucharéis decir al embajador en sus recepciones cuando le dé la bienvenida a sus invitados; se lo escucharéis también al abogado que pronuncia su alegato final para demostrar la inocencia del acusado en el juicio; e incluso se lo escucharéis a la presentadora del telediario, antes de dar paso a un nuevo video donde militares judíos acribillan a disparos la fachada de una escuela palestina. La misma RAE y sus académicos respaldarán el empleo de tal elemento discursivo incorporándolo (no sin cierta polémica) al Diccionario Panhispánico de dudas. «Desde un punto de vista semiótico, estos coloquialismos carecen de claroscuros y glorifican al hablante cada vez que se los lleva a la boca», afirmará un incombustible Pere Gimferrer apoltronado sobre su sillón letra “O” mayúscula.“¡Escucha una cosa!” a principio de frase, observemos cómo se advierte al oyente sobre la importancia del mensaje que sucede, y también cómo se busca la validación del receptor mediante una pregunta retórica colocada justo al final, (“¿¡vale!?“). Así construimos el enunciado perfecto. Oro molido. Puro néctar gramatical sólo al alcance de verdaderos estetas, sumilleres del lenguaje o quinquis analfabetos por voluntad propia.

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Fidelio

Llevo puesto mi esmoquin recién planchado con el ticket de la tintorería dentro del bolsillo, también llevo mi capa con capucha y mi máscara de porcelana, lo llevo puesto todo, pero (aun así) continúo detestando algo de eso que flota en el ambiente, me refiero a esa relatividad tan insoportable, me refiero a que como Arthur Rimbaud yo también pasé por una adolescencia complicada, y creo que fue entonces cuando comprendí que lo único insoportable era saber que no había nada verdaderamente insoportable. En su sentido más literal, como ya he dicho, detecto algo suspendido en el aire que no me deja respirar tranquilo, me refiero a lo absoluta y putamente insoportable; estoy seguro de que muchos no sabéis de lo que hablo, quizá algún día suba un tutorial a mi canal de Youtube explicándoos cuáles son los síntomas. Vestido de este modo, con mi esmoquin y la máscara ocultando mi cara, me paseo a la deriva sin ningún destino concreto al que dirigirme; recorro las calles imaginando que cada zancada forma parte del mismo plan divino. Me he dejado iluminar por los designios de una fuerza superior que yo tan siquiera conocía, una providencia que me guía aunque también me confunde, quizá esto suceda porque nunca antes había oído hablar sobre ella o quizá suceda porque nunca me había interesado por encontrar las respuestas que buscan aquellos que nunca se hacen preguntas. En realidad hace bastante tiempo que no oigo hablar sobre nadie ni nada de lo que ocurre a mi alrededor, os ignoro a todos, tanto por principio como por repugnancia, así he conseguido inmunizarme contra ese ruido guarro que antes me silbaba en los oídos y que ahora se ha convertido en el silencio de un sepulcro en ruinas. El único hype que mantengo actualizado, casi a diario, es el de la vergüenza de mi caos interior: la voz de Hermann advirtiéndome sobre los inconvenientes de haber nacido. Así pues, me cuesta mucho distinguir cuándo una idea se opone realmente a otra; tengo la tendencia a encontrar iguales todas vuestras ideas fotocopiadas, tanto da una como su contraria, ¡no encuentro diferencias!. Sin un criterio etiquetable, ni opiniones validadas por los aplausos del rebaño, me considero lo más parecido a un gusano que duerme en su crisálida, esperando a que lo aplaste el zapato de un transeúnte, o a que un rayo de sol le proporcione alas para volar y huir lejos de aquí. Esta condición de gusano me obliga a hacer cosas que, pese a no enorgullecerme, me proporcionan grandes dosis de placer; por ejemplo, mis encuentros con V, os hablo de encuentros que organizo y promuevo a la vez que evito, citas a las que no acudo y que por tanto jamás se producen. Hoy aprovecho que he quedado con V para NO acudir a una de nuestra citas y deambulo sin rumbo por las calles que rodean su casa. Siempre lo hago así. A veces, incluso, me detengo frente a su portal, durante bastantes minutos, aunque no tardo en continuar mi camino andando hacia ninguna parte. Nadie corre detrás de mí, sólo yo, y eso no sé si resulta bueno o malo. Pocos minutos después, comienzo a recibir mensajes de Whatsapp donde V muestra cierta impaciencia por culpa de mi retraso; quiere saber a qué hora voy a llegar y, sobre todo, quiere saber cuál es la contraseña. Yo nunca le respondo ni tampoco le devuelvo las llamadas perdidas. V redacta sus mensajes con la sintaxis de un analfabeto orgulloso por parecerlo, se ampara en justificaciones bastante infantiles, (la inmediatez y el pragmatismo), para utilizar los emoticonos de su teléfono móvil como si fuesen jeroglíficos. Jeroglíficos egipcios, de la época de Nefertiti. ¡No comprendo qué coño pretende! Los degenerados principios de esta “amistad” me obligan a aceptar nuestra relación igual que un trato a fondo perdido. Mi tiempo sirve como moneda de cambio. ¿Para qué simular este compadreo tan artificial cuando podríamos limitarnos al trueque de opiniones a través de las redes sociales? ¡El encuentro que nunca se produce! ¡Ese es nuestro único vínculo! V insiste preguntándome por la contraseña, una vez más, pero yo me niego a regalarle esa información; si le confesara el salvoconducto perdería su interés y me convertiría en otro juguete roto a merced de sus caprichos. Esta hipótesis me produce un estado de ansiedad que no consigo resolver. Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo del espantoso desconcierto que me producen sus emoticonos. ¡Jeroglíficos de la época de Nefertiti! Juntos, V y yo, compartimos un proyecto virtual donde ninguno de los dos renuncia a su independencia, aunque vivamos prisioneros en el interior del mismo cilindro transparente; ambos nos consideramos dos extraños que sólo fingen conocerse: ¡Nuestro verdadero propósito pasa por no volver a coincidir jamás! Me pregunto si lograré pasar una vida entera huyendo de V a la vez que intento acercarme a él; he aprendido a concederle a cada instante el valor de un bien escaso y mi tiempo vale demasiado para desperdiciarlo en su compañía. Imaginadnos a los dos, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, hablando por turnos y aguardando el momento para darnos la réplica; también podría suceder que, de manera completamente infernal, nos entregásemos a soltar nuestras propias peroratas, gritándonos a la vez y formando una confusión babilónica que (seguro) terminaría en pelea. Mis encuentros con V, en el supuesto de llegar a producirse, actuarían como un puñado de sal sobre una herida abierta. ¡Apenas lo soportaría! Creo que toda esta comedia, (montada y organizada alrededor de nuestra presunta amistad), debería finalizar cuanto antes. Quizá exista algún elemento esotérico que justifique este disparate. ¿Qué clase de maldición gitana insiste en mantenernos unidos? Han pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos y mi memoria todavía mantiene nítido su recuerdo. La cara de V: una bolsa de tics y gestos fatalmente seleccionados; su cara me inspira un aburrimiento que carece de antídoto. Estoy convencido de que lo mejor de nuestra relación se perdería desde el mismo momento en que nos viésemos obligados a comportarnos como dos buenos amigos que se dirigen mutuamente palabras banales.

 

 

 

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Prueba ensayo-error

1

Todavía no se han dignado a pronunciar ni una mísera palabra; nada de nada, en serio, ni me miran. Llevo diez minutos aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, pero parece como si fuera invisible. Parece como si (directamente) yo no existiera para ellos. Aunque resulte triste y también algo desconsiderado por su parte, esta actitud no me ha sorprendido lo más mínimo; me siento inmune ante este tipo de ataques que intentan debilitarme cuando lo único que consiguen es fortalecerme. Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano, llevo casi 279 páginas y aún no he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que contarles. Me pregunto qué será lo siguiente, con qué intentaran desestabilizarme la próxima vez que levante los ojos del suelo. Entonces lo hago, levanto los ojos del suelo y veo niños, bebés muy pequeños, llorando desconsolados por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad; y también veo ancianos, gente muy mayor, viejos perdidos entre lamentos que esperan su turno para desaparecer sin dejar ni rastro. Es obvio que los más listos han sido ellos, sí, me refiero a los camareros. ¡Qué listos han sido! Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, sin mover una ceja, ni un párpado, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. Para mí, (la Cafetería Hontanares), se ha convertido en una referencia imprescindible, un punto de encuentro donde casi todos nuestros sueños podrían hacerse realidad. Gracias a la Cafetería Hontanares, pienso, he recuperado la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena; no me refiero sólo a su exquisito café, ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. Os estoy describiendo la radiografía de un estado de ánimo: el regreso al Paraíso perdido. Quizá, a través de todo este imaginario de lujo y miseria encontraremos alguna certeza que nos sostenga en pie; como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, y como digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que este alarde de megalomanía, esta versión complaciente y halagadora de mí mismo, no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado y ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier intento de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad, aquí, alrededor mío, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares! ¿Qué os parece a vosotros? ¡Me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones! Me dicen que hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias, y ahí lo dejan. No me ofrecen turno de réplica; se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Nadie comprenderá lo que quiero decir mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. No se trata de simple vanidad sino de un sufrimiento mucho más privado. Me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo que nos afecta a todos, sobre lo profundo de esta dialéctica, me cuesta demasiado abordar el asunto del huevo y el microondas sin que se me terminen saltando las lágrimas.

2

Huevos crudos y microondas, eso era todo. Yo también sabía que ambos elementos representaban dos naturalezas incompatibles, sabía que los dos mantenían una extraña relación, (una especie de cópula prohibida), donde no se admitían los apaños y mucho menos las chapuzas. No obstante, pese a conocer las dificultades a las que me enfrentaba, quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a impedírmelo. Me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace, aunque el terror ante lo desconocido no me dejara razonar con la lucidez necesaria. ¡Ojo! ¡Nunca consintáis que el pánico a la catástrofe paralice vuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. ¡La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero! Ahora bien, este optimismo tan forzado no oculta sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. ¡Una farsa! ¡Jamás existirá ningún apocalipsis con final feliz! Después de haber tomado cuatro tazas de café, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, creo que me siento totalmente desconectado de la realidad, estoy fuera, como si hubiera llorado por unos pecados que nunca cometí, como si llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen en absoluto. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones cuando echas la vista atrás, me refiero a una deplorable melancolía, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… «¡No lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», eso fue lo que le grité al huevo antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Había renunciado a mi propia vanidad anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa. ¿O quizá no fuese así exactamente? Admito que mi distorsionada visión del Bien Común escondía un interés poco o nada altruista. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias.¡Espabila, huevo! ¿Qué te pensabas? ¡No existen los favores gratuitos!

no existen los favores gratuitos!; el hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad: FALSA COMPASIÓN, ¡ésa es la forma de hipocresía que mejor se adapta a mi carácter!.

 

Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías. Mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos.

3

El huevo estalló (dentro del vaso que lo contenía) sacudiendo la estructura metálica del microondas. Aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal. Traté de recomponer el puzle y asumir cual era mi situación; buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock, impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… ¡sólo yo decidía quién quería ser! Recuerdo cuando abrí la puerta del microondas, y lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo, tras la puerta del microondas el caos y la barbarie habían hecho desaparecer al huevo. ¡Desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas! El panorama era desolador. Bajo los párpados mis ojos encerraban un paisaje todavía más cruento que el de la guerra de Troya. Llamémoslo, la masacre de un aborto ovíparo. Había restos de huevo esparcidos sobre la encimera, el fregadero y la placa vitrocerámica. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí, ahora, en una mesa de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención; un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Me remangué la camisa, _bayeta en mano_, y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Entonces descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill. Aquello terminó por desmoralizarme. ¡La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos! Cogí un destornillador y desmonté la carcasa del microondas; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. ¡No existía acceso al interior de la rejilla del grill! Mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. El humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras llantos y lamentos  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

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Siempre desde el mismo número

Suena y siempre es el mismo número. La misma llamada se repite una y otra vez, no recuerdo desde cuándo, pero creo que debería responder. Me siento mal no haciéndolo. ¿Quién se esconde ahí? Este teléfono móvil, el mío, parece fuera de control; las circunstancias no superan a ambos. El bombardeo de llamadas, siempre desde el mismo número. Finjo no darle importancia; ya se cansarán, claro, aunque quizá debería responder. Me siento mal no haciéndolo. Dicen que son de Unicef, sí, y que llaman para informarme. Y me invitan a colaborar. Otras veces se identifican como Médicos Sin Fronteras. Da igual. Otras veces llaman y cuelgan de inmediato. Si quieres colaborar también cuelgan. Todo da igual pero siempre desde el mismo número. Me han dejado un mensaje en el buzón de voz: «Buenos días, mi nombre es Andrea, le llamo de buenos días mi nombre es». Algo buscan aunque ignoramos con qué objetivo. Intento desenmascararles, sin esforzarme demasiado, y me contemplo atrapado en la cara interna del cilindro, un cilindro hueco y transparente, donde sólo permanecemos juntos mi Smartphone 4G y yo. Nada parece fuera de lugar. Cada vez que cuelgo el teléfono la roca vuelve al margen de la ladera; de nuevo la empujo hasta la cima, y de nuevo la roca se desliza hasta el mismo margen. Hoy llaman por algo referente a una encuesta sobre seguros privados. Siempre desde el mismo número. Perdón, llaman para recordarme que tengo un pago pendiente del mes de Octubre; tan siquiera estoy dado de alta pero llevan cuatro meses pasándome sus recibos. ¿Quién les ha proporcionado mis datos de domiciliación bancaria? ¡Se trata de una empresa de recobro! En realidad, se trata de Intermón, (Intermón Oxfam),  que necesitan mi ayuda para la construcción de unos pozos de agua. ¿Por qué debería creerles ahora? Mentira, en realidad, se trata de una empresa de recobros; mejor aún, se trata de una empresa que ofrece cursos de formación; cursos homologados por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Solicito información a este respecto, me interesan los cursos en general, aunque sigo esperando ese mail orientativo que prometieron enviarme. Llaman a la una menos cuarto de la madrugada, descuelgo y escucho el sonido de una respiración que se entrecorta. Siempre desde el mismo número. He denunciado mi caso en el twitter de la Policía y espero que esta confusión tan humillante termine cuanto antes. Llaman y cuelgan, intermitentemente, cada veinte minutos. Motivos para sospechar: recibo un SMS, «Bienvenido a Unicef». Descuelgo el teléfono, (–quizá nunca lo haya llegado a colgar del todo–), y me responde una voz metálica e impersonal, la voz de Loquendo, una voz que habla en nombre del programa de televisión “Hay una cosa que te quiero decir”, una voz que me pregunta si durante mi infancia fui víctima de acoso escolar, o si he sufrido algún tipo de trastorno alimenticio, o si me gustaría conocer a Chenoa… Lanzo el teléfono contra la pared y me escondo debajo de la cama. ¡Ojo! No quiero calificarlos como estafadores, pero un número que se hace pasar por tantos otros me sugiere muy poca confianza. ¿Cuándo podemos considerar una llamada fraudulenta como fraudulenta? Otra vez Intermón Oxfam. El mismo teleoperador que ayer se presentaba hablándome sobre Greenpeace, hoy me exige una colaboración de cincuenta euros semestrales, y me amenaza de muerte. Charla cordial, me gusta su estilo. Devolverles la llamada es inútil, comunican o no contestan. Definitivamente, se trata de una empresa de recobros. He contabilizado catorce llamadas perdidas, desde las ocho de la tarde hasta las nueve y media de la noche. Pregunto cómo han averiguado mi nombre, e indican que no pueden responderme a ese tipo de cuestiones. Por mi propia seguridad. Llaman y vuelven a colgar: siempre desde el mismo número.

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