King Kunta

Obedeciendo a otra de mis extrañas intuiciones, he decidido inscribirme para participar como voluntario en un ensayo clínico; aquí me dan a probar diferentes tipos de medicamentos: mi único cometido consiste en ingerir puñaditos de pastillas, (píldoras de distintos tamaños y colores), a cambio de una recompensa económica cuya cantidad todavía nadie me ha especificado. Me encuentro en una especie de laboratorio clandestino, o al menos eso quiero creer, un lugar tan aséptico como deprimente, donde rivalizo con otros voluntarios por tragar el mayor número de pastillas sin beber agua. Se trata de una experiencia extrema, y quizá haya sido el efecto de estas píldoras (tan divertidas) lo que me ha hecho descubrir que nada era lo que parecía ser, todo forma parte de un terrible error, no estoy colaborando en ningún proyecto de I+D, tampoco me encuentro en ningún laboratorio sino en las oficinas de una empresa de trabajo temporal. Aquí investigan los límites del trastorno esquizofrénico a costa de nuestra salud, quieren dinamitar nuestro equilibrio emocional aunque este pequeño agravio no nos importe ni nos afecte lo más mínimo; incluso, me atrevería a asegurar que es precisamente esa sensación, la de sentirnos como cobayas encerradas a oscuras en cajas de cartón, lo que nos impulsa a continuar tragando pastillas en contra de nuestra propia voluntad. Ellos intentan aprovecharse de nuestro estado de ánimo convenciéndonos sobre nuestra condición de esclavos: somos almas muertas y (lógicamente) nuestro tiempo apenas vale nada. Tú serás King Kunta, me dicen, y todos éstos van a ser compañeros tuyos. Yo acepto el trato y participo en la dinámica de grupo, participo junto a otros siete candidatos, para poder optar a un puesto vacante en quién sabe qué trabajo de mierda. No quiero entrar en detalles pero, según subraya la psicóloga, deberíamos estar agradecidos por lo que nos están ofreciendo; las condiciones laborales imitan a las de una mina de carbón en el norte de Francia durante el siglo XIX: un contrato por obra y servicio, un sueldo ridículo, horarios salvajes… Alrededor de una mesa ovalada esperamos sentados en silencio, (yo y mis siete compañeros), con el gesto de mártir grapado a las cejas y una fotocopia de nuestro currículum apoyada sobre las rodillas. Se trata de una experiencia extrema pese a que ninguno de nosotros sabe qué cojones se pretende demostrar con ella, por eso sonreímos a diestro y siniestro, tal y como recomiendan los libros de autoayuda que guardamos escondidos bajo los somieres de nuestras respectivas camas. La magia del pensamiento positivo, me dicen, funciona siempre y cuando te mantengas al margen de influencias tóxicas, al margen del significado que ocultan los posos del café dibujando figuras asimétricas junto al borde de la taza; ninguno de nosotros reconoce lo que pronostican esas enigmáticas siluetas, sin embargo nos tranquiliza saber que nuestra agonía, nuestro tétrico futuro, ya estaba escrito mucho antes de sucedernos. Este lugar se parece demasiado a las instalaciones de un centro de internamiento psiquiátrico, una colmena construida a golpe de conversaciones banales, a golpe de miradas que se cruzan por pura inercia para no decir nada en absoluto. Este lugar se parece demasiado a un manicomio lleno de pacientes que cabalgan a lomos de su particular trauma maníaco-depresivo; desde padres de familia sin perspectivas laborales hasta jóvenes poligoneros recién caídos del andamio; desde pre-menopáusicas con estudios superiores, y con un alto grado de cualificación, hasta niñas pijas buscando la liquidez suficiente para gastar en caprichos y así sentirse realizadas. ¡Todos buscan la misma papeleta afortunada donde el azar haya escrito la palabra “CONTRATAD@”! Entonces abren la jaula de los leones y la psicóloga se presenta de nuevo, saludándonos, y pidiéndonos que la excusemos durante otro par de minutos. La espera es la condición fundamental del individuo, ante la ley y ante el departamento de recursos humanos, por esa razón no nos inquieta mantenernos a la expectativa durante el tiempo que consideren oportuno. Creo que el sentido de la existencia hay que buscarlo en el sentido de la espera, me estoy refiriendo a que el impulso heroico de buscarle (en vano) un sentido a esta espera, podría ser el mismo impulso que nos obliga a encontrarle un sentido a nuestras vidas miserables. Una hora después continúo sentado en silencio, sin apenas mover un músculo de mi cara, ni un puto parpadeo, mientras observo cómo la puerta del ascensor proyecta un chorreo constante de pacientes desempleados. Ellos también han venido a tragar su puñadito de pastillas y a esperar a ver qué les ocurre… Compadezco su situación aunque yo tampoco me siento inmune al virus de la precariedad laboral; eso sí, ahora estoy dispuesto casi a cualquier cosa por conseguir una de esas papeletas con premio de las que tanto he oído hablar. Las voces que silban en el interior de mis oídos presagian otro nuevo apocalipsis

y me advierten sobre el peligro que corro cuando la psicóloga abre la puerta de su despacho gesticulando e invitándome a entrar. Perdona el retraso, –repite–, estaba con un imprevisto urgente. (¿?). Las entrevistas de trabajo me convierten al taoísmo o cualquier otra de esas religiones que exigen paciencia y resignación. Pongo encima de su escritorio la fotocopia de mi currículum y ella lo recoge como si fuera el envoltorio grasiento de un bocadillo de calamares. Enumero mis méritos utilizando palabras timoratas. Sonrío, otra vez. Procuro no parpadear en exceso y, tras un peritaje completo de la situación, descubro que mi máscara de salud mental está a punto de saltar por los aires.

La supuesta psicóloga analiza la validez de mi perfil, mediante bostezos encubiertos, mientras yo divago planteando un discurso lleno de tópicos y obviedades. Responsabilidad, compromiso e implicación, son el tipo de palabras huecas que ella desea escuchar para asegurarse que los efectos de la medicación han sido un éxito; le prometo que NUNCA he fantaseado con tomar mis propias decisiones y que SIEMPRE he agradecido la presión de la bota del jefe pisándome el cuello. Me comporto como, (supongo), lo haría cualquier cretino mononeuronal demandando lo que cree que le corresponde: otra nómina basura y el derecho a endeudarse con el banco hasta morir asfixiado entre facturas. Hermann está muy orgulloso de mí. La psicóloga también está muy orgullosa y aplaude mi iniciativa regalándome un gesto de aprobación. El análisis que cotejaba el equilibrio de mi salud mental ha resultado óptimo. Entonces cruzo los dedos e introduzco la mano izquierda dentro de la urna para recoger una de esas papeletas con premio, una de ésas de las que tantas veces he oído hablar pero que todavía nunca he visto.

 

 

 

 

 

 

 

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Disfraz de viejo

Una mente obtusa dentro de un alma vacía, ese era el Fred que tan bien conocíamos y al que tanto admirábamos, el Fred que nos gustaba, el de los buenos tiempos, cuando le percibíamos arrebatador y eternamente joven frente al espejo del cuarto de baño. Fred se fotografiaba frente al espejo de su cuarto de baño y se negaba a envejecer, parecía que nada podía salirle mal, pero entonces ocurrió lo que ocurrió y así fue como empezó a desvariar. El agua del mar se había tragado su puto castillo de arena y esto trajo implícitos una serie de cambios en su vida; Fred sufrió una metamorfosis tan radical que a todos nos pilló desprevenidos. ¿Quién podía haber supuesto algo así? Según nos decía, había encontrado su corazón en el mismo lugar donde acababa de perder la cabeza, o al menos eso era lo que nos quería hacer creer a los demás. No estoy aquí para juzgarle, aunque su repentino afán por envejecer (prematuramente) rozaba casi lo obsesivo. Le recuerdo ahora explicando alguna de sus absurdas teorías, repitiéndome que no existía peor fanatismo que el de los conversos y los traidores, cuando era él mismo, el propio Fred, quien había formado parte del bando contrario antes de cambiar una bandera por otra. Fred tenía el aspecto de un converso traidor aunque se mostraba incapaz de reconocerlo públicamente; si se lo preguntaseis jamás lo admitiría, seguro que os lo negaría, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y acusándoos de intentar menospreciarle tratándolo como a un hereje. ¡Para Fred vosotros seríais los únicos inquisidores! Enajenación y palabras huecas, pero ningún tipo de respuesta convincente por su parte. Dejadme que os sitúe en el epicentro de su delirio, citaré textualmente algunos fragmentos de su diario íntimo; Fred había transformado ese diario donde transcribía su malestar, (el conjunto de todas sus opiniones inconvenientes), en un retrete de discoteca preparado para recibir un vómito encima de otro:

«Cochinos apaleados. Os detesto a todos. Os aborrezco  sin excepción, gente adulta y orgullosa por parecer menor de edad. Sinceramente, no lo soporto, me refiero a ese juego vuestro tan deshonesto y tan fuera de lugar… ¿Queréis perpetuar vuestra adolescencia hasta los cincuenta y cinco años? ¡No me hagáis reír! Esnifáis litio rindiendo culto a vuestra propia imagen pero tenéis pavor a descubrir quiénes sois en realidad; teméis acabar lapidados bajo la indolencia de esa misma fantasía que os mantiene jóvenes y cuerdos frente al espejo del cuarto de baño. Os han contaminado con algo asqueroso. ¡Cuánta pesadumbre! Alrededor mío se expande la pandemia y, pese a que ignoro cuál es su método de transmisión, puedo imaginarme quiénes son los artífices del contagio. Me encanta pasear por vuestro corredor de las sombras, este averno de las tinieblas, donde nada se marchita y todo se conserva igual o mejor que ayer. Disfruto demasiado, en serio, choteándome de vuestros esfuerzos por renovaros, por aferraros a la eterna juventud y así detener el tiempo… Rápido, detened el tiempo: vuestro único fin pasa por evitar el fin. El final y su deterioro implícito. Huid de la flacidez, de las arrugas, huid de las canas y huid de la decadencia física que tan poco os gusta y tanto os avergüenza… ¡sin embargo recrearos en vuestra angustia! ¡Vuestra propia angustia! Esta es la gran mentira de una estafa donde todos quieren evitar a la muerte. Tomaros un momento para la reflexión y actualizad vuestro estado de ánimo en Facebook; ¡Qué curioso! ¿Sólo con cinco emoticonos podéis acaparar todas las fluctuaciones de vuestra deriva mental? Analizad lo que os digo porque no pienso insistir en ello: hoy por hoy, viejo prematuro significa joven para siempre.»

Fred había desarrollado un rencor muy intenso hacia la juventud y hacia todo lo que ella representa en los anuncios de televisión; este odio le proporcionó un delirio tan inútil como poco convencional. Os estoy hablando de su disfraz de viejo. Sin duda, el mayor peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija, algo así como lo que hicieron Fred y su disfraz, ambos se dejaron atrapar el uno contra el otro y nada ni nadie podía hacerles cambiar de opinión. Sólo los locos, los jodidos maniáticos, consiguen resistir firmes al calor de su propio entusiasmo; quizá por ese motivo resultaba tan fascinante la vehemencia con la que ambos, (Fred y su disfraz), se entregaban al servicio de su propia causa. Aquella cruzada contra la impostura adolescente les había  transformado en algo oscuro, los dos se habían convertido en la némesis de lo que fueron antaño, una criatura bicéfala, que ejercía a la vez como víctima y como verdugo de sí misma.

«Me pregunto por qué deseáis conservaros jóvenes para siempre cuando podríais manteneros viejos hasta que os murieseis. Vivo inmerso en el relato de una cultura dominada por los sueños y las ambiciones de una pandilla de niñatos infantiles; una cultura dominada por cuarentones repugnantes, (pero travestidos como niñatos infantiles), donde el paso del tiempo y la muerte se han erigido como tabúes que garantizan nuestra paz social. He aquí mi desprecio para su falso estatus y para su falsa paz social. El pánico a envejecer se ha convertido en el nuevo incesto. Ellos cuentan con el beneplácito de las multinacionales, el apoyo de las grandes marcas, cuentan con la aquiescencia del gobierno, del ejército y de destacados influencers que cuelgan fotos a diario en sus cuentas de Instagram; su dinero ha dictado sentencia: si tienes más de veinticinco años has perdido, ya no deberías existir, o por lo menos deberías intentar disimularlo reinventándote como otro falso teenager. ¡Ese es el canon que os han vendido!. Ese es el canon que habéis comprado sin plantear ni una sola objeción. Aun así, yo no debo ni tampoco puedo desaparecer. Me pregunto por qué mi disfraz de viejo es considerado como un estigma cuando sois vosotros quienes hacéis el ridículo. Quiero desafiar a esta falsa gerontocracia de efebos. Me propongo dinamitar los pilares de un sistema educativo cuyos padres han reforzado manteniendo todas y cada una de las fantasías narcisistas de sus hijos. Os han hecho creer que podéis ser lo que queráis cuando queráis, os han hecho creer que podéis lanzarle un órdago a la muerte y salir indemnes de ello, aquí y ahora, en el gimnasio, sudando junto a vuestro monitor de spinning, pero en realidad no se trata de eso sino más bien…»

La falsa senectud como forma de subversión cotidiana. A veces Fred coge el autobús y cuando alguien le cede un asiento ocupado él rechaza esa cortesía fingiendo sentirse ofendido. Entonces muestra la fotocopia del DNI, donde consta su verdadera edad, y confirma que nada es lo que parece. «¡Acabo de cumplir los cuarenta!», grita Fred mientras sujeta bajo el brazo un sobre de radiografía médica. Menuda gamberrada. Fred y su falsa senectud se han adelantado a su propio declive, procurándose diferentes identidades, desdoblándose en diferentes heterónimos y camuflándose tras distintas coartadas tan fálico-egocéntricas como las de todos esos pseudo-adolescentes a los que tanto detesta. Fred no titubea cuando se trata de entablar nuevas conversaciones que involucren a los demás pasajeros del autobús. Explica así el making-off de su propio trastorno y detalla cuánto le cuesta encontrar un vestuario adecuado para lograr sus objetivos; no son diálogos al uso sino pequeños apuntes a propósito de esta vocación por disfrazarse igual que un jubilado. Fred hablaba sobre sí mismo desde la tercera persona del singular, dando a entender que se considera un visionario, un genio, o un nuevo artista del hambre dispuesto  cambiar el mundo gracias a su talento. Sin embargo, esta actitud tan megalómana genera mucha desconfianza. ¿Quizá algo no funciona bien entre Fred y el mundo exterior? Según cuenta, disfruta mucho rellenando cuadernos de sudokus a la vez que vigila las obras para la construcción de un aparcamiento subterráneo; a Fred le encanta el olor a cemento fresco desde primera hora de la mañana. Obviamente, también habla sobre su rebeca de rombos, sobre su gorra publicitaria (Saneamientos Pereda S.A.) y sobre la importancia de los pantalones de franela. «¡Siempre franela, nunca tergal!», puntualiza con cierto tono arrogante.

«Siento que toda esta decrepitud impostada ha llegado hasta tal extremo que supera los formalismos de la apariencia e, incluso, invade ciertas lagunas de mi subconsciente. ¿Entendéis lo que quiero decir? No hace falta ser Jacques Lacan para comprenderlo: el disfraz de viejo ha modificado mi conducta destapando los demonios que me atormentaban el espíritu. El continente ha terminado absorbiendo al contenido. La decadencia se ha convertido en mi zona de confort y mis manías de octogenario me empujan a mimetizarme con un personaje sórdido a la vez que entrañable. Este punto de demencia es la fuente de toda mi energía. ¡Llevo meses simulando una fatiga crónica que tan siquiera padezco! El discurso totalitario de los anuncios de cerveza ya no significa absolutamente nada para mí. Soy impermeable ante sus estímulos de parque temático, o por lo menos me siento poderoso comportándome como un anti-sistema. La vejez prematura es una nueva forma de rebeldía contra vuestro hedonismo barato. He sustituido mi peinado con tupé hípster por una calva artificial fabricada en látex… y el sobre de radiografía médica que sujeto bajo el brazo también forma parte de mi outfit. Alrededor mío sólo encuentro adultos disfrazados de niño que no entienden cómo la vida les niega lo que verdaderamente creen merecer. Vanidades que lloran porque el destino no cumple con sus caprichos. ¡Lloran porque nadie les compra una bolsa de caramelos para que así dejen de llorar! Buscan cualquier excusa que les proteja frente al Principio de Realidad, mientras yo observo sus movimientos poniendo caras de asco. Ya no busco refugio entre los débiles, y por eso coqueteo con cualquier tabú social desde la impunidad que me otorga mi condición de desahuciado. Ahora sólo sueño con padecer enfermedades rocambolescas que me permitan aferrarme a la vida hasta su último estertor. Patologías coronarias y próstatas tamaño XXL. La pérdida de movilidad, la impotencia y los pañales para adultos formarán parte de un mismo proceso liberador. Algún día sólo la farmacéutica que me toma la tensión recordará la fecha de mi cumpleaños. Entonces gritaré ¡Eureka!, y os podré explicar si todo este sacrificio ha valido la pena.»

 

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Antiguos compañeros

Sonreían con dientes caníbales mientras rebuznaban y explicaban sus viejas anécdotas. Eran anécdotas que yo tan siquiera recordaba; anécdotas que nunca habían sucedido en la vida real pero eso no tenía ninguna importancia para ellos. Todo el rato repetían la misma pregunta, ya no sabía ni cuántas veces les había escuchado decirlo, «¿Os acordáis aquella vez cuando…?», lo repetían y repetían, y a continuación se echaban a reír, y entonces yo también me reía y asentía con la cabeza aunque no tuviese ni idea de a qué se estaban refiriendo; aunque no supiera de qué coño hablaban yo no dejaba de asentir con la cabeza, porque de lo contrario me habrían descubierto y, (peor todavía), me habrían obligado a dar explicaciones sobre la clase de monstruo en que me había convertido. Mi única intención era hacerme pasar por uno más integrándome dentro del grupo, igual que si fuese una maleta sin dueño que nadie reconocía como propia, igual que si fuera otro cero a la izquierda de la misma coma que disfrutaba buscando la complicidad entre otros ceros todavía más miserables. Se habían reunido todos juntos bajo un mismo techo, allí sonreían, bebían y masticaban canapés de foie-gras, y por supuesto explicaban sus viejas anécdotas; yo tan siquiera recordaba sus caras: incluso había preferido olvidar sus nombres expulsándolos fuera de mi memoria. Se trataba de una especie de reunión, creo, no sabría cómo definirlo mejor, (me niego a pronunciar la palabra “fiesta”), donde me esperaban dispuestos a ofrecerme una calurosa bienvenida. ¡Ojalá todas las novelas de Stephen King empezarán con una reunión para antiguos compañeros tan abominable como ésta! Antiguos compañeros del instituto, antiguos compañeros de la universidad, de la guardería, antiguos compañeros de la oficina… juntos, (bajo un mismo techo), utilizando sus absurdos brotes de nostalgia igual que si se tratara de una disculpa para continuar huyendo hacia delante. Me llamó mucho la atención esta curiosa forma de supervivencia, así intentaban resistir al tiempo, atemorizados por caer en el olvido, intentando dejar su impronta entre extraños que a nadie le importaban un carajo y deseando rodearse por otros antiguos compañeros que les permitieran evocar el pasado justificando así su presente. Ellos se limitaban a sonreír mostrando sus dientes caníbales mientras yo continuaba asintiendo con la cabeza. Debo aclararlo, mi comparecencia allí se ceñía tan sólo a criterios físicos, eran tan sólo circunstancias espacio-temporales las que me habían arrastrado hasta ese lugar, mentalmente me encontraba en las antípodas de aquella pocilga y de los porqueros que la custodiaban; quizá, por ese motivo, no paraba de beber cerveza caliente; por ese motivo, sabéis, intentaba alcoholizarme con premeditación aunque todo seguía pareciéndome igual de confuso. Y de aterrador. Permanecía, como siempre, encerrado en el interior del cilindro transparente, acuciado por los graznidos de esos mismos porqueros que decían ser la versión adulta de los cerdos que protagonizaban sus anécdotas, e intentando ocultarles mi decimosegunda crisis nerviosa en lo que iba de mes. Me apetecía dejarme llevar, chapoteando en su propio charco de estiércol, sin que nadie me lo reprochase. No quería escuchar ni un solo reproche. Me apetecía considerarme uno más dentro del pelotón de la indiferencia; que mi incapacidad para distinguir entre el Bien y el Mal no supusiera ningún obstáculo. Y ahí estaba yo, bailoteando al compás de su gran hecatombe, sin que nadie sospechase una putísima mierda, carcajeándome con sus anécdotas y brindando por nuestro reencuentro. Me negaba a venirme abajo. Hermann había comenzado a susurrarme insultos al oído, en voz muy baja, y eso sólo podía significar una cosa… Escapar de la tiranía de este búho imaginario no me resultaría complicado, lo difícil sería conseguir aguantar una sola noche despierto sin la compañía de sus sermones cargados de bilis contra mí mismo. Entonces me acerqué a una pareja que mostraba síntomas de envejecimiento prematuro, y mantuve un simulacro de conversación con ellos. Eso sí me reconfortó. Él sufría problemas de identidad líquida y madrugaba los domingos para ver por la tele cómo Fernando Alonso aceleraba en las curvas. Ella también acudía tres veces por semana al gabinete de un psicoterapeuta; (trataba de superar, me dijo, el trauma que le produjo la última operación bikini). ¡Joder, desde luego, aquello sí que me reconfortaba! Ambos querían sentirse libres para escoger el patrón de sueños que mejor se adaptase a su falta de personalidad. Ambos compartían su mal humor, su aburrimiento crónico, sus viejas anécdotas… ¡Qué pareja más encantadora! Todo lo que necesitaban aprender para superar el miedo adulto se lo habían enseñado en una escuela de adiestramiento canino. Los dos hipotecaban el sueldo de la nómina comprando muebles de plástico en el Ikea de San Sebastián de los Reyes. Los dos ajustaban su comportamiento, según la norma, evitando que nadie debiese castigarles. Era conmovedor verlos babear por su trozo de filete cuando escuchaban sonar la campana. El tintineo de la campanilla abría la veda a sus fantasías narcisistas.

 

Algún día yo también me sentiría igual de integrado en estas reuniones para antiguos compañeros. Reuniones donde pasarían lista y no faltaría nadie. ¡Tampoco faltaría yo! Y habría gritos, y habría carcajadas postizas; incluso habría un amago de bronca que casi termina a puñetazos. ¡Habría muchas anécdotas de esas que nunca sucedieron!

 

 

Alrededor del borracho de la fiesta se formó un círculo de cretinos que aplaudían su espontaneidad, sus ocurrencias, y le animaban a bajarse los pantalones. Yo formaba parte de ese círculo, también aplaudía y no paraba de reír. El tipo, (el borracho), reivindicaba su cuota de protagonismo forzando una coreografía bastante torpe; juzgando sus muecas intuí que el baile pretendía imitar una danza erótica o algo parecido. Antiguos compañeros. ¡Porqueros carentes de orgullo! Necesitaba buscar una coartada que me permitiese huir de aquel baile máscaras sin dejar huellas: como Bertolt Brecht, borrando todas mis huellas. Prisionero contra mi voluntad, en mitad del pandemónium, atestiguaba cómo todos esos acólitos de Satán se degradaban en pos de un único concepto: dar todavía más vergüenza ajena. Así tropecé con Francisco José Martínez-Chacón; imaginaos, nombre compuesto y apellido compuesto: un tarugo de lo más simple. Su sola presencia desprendía magnetismo. Hablamos, (sospecho que no quedaba otro remedio), sobre cuánto molaban esta clase de reuniones: «Tendríamos que hacerlas más a menudo», –me advirtió. Al parecer, él sí que se acordaba de mí, sobre todo recordaba aquella vez cuando… o aquella otra en la que… Francisco José Martínez-Chacón trabajaba como creativo en una agencia publicitaria, llevaba un traje caro con brillos en las solapas, y su buen gusto culinario le definía tanto o más que la marca de su reloj. Intuí que el origen de su tragedia venía determinado por la primera vez que abrió los ojos en la papelera de una clínica abortiva.

 

– ¿Has visto ese anuncio de insecticidas donde aparece un grupo de niños africanos con la cara llena de moscas?

 

– No –respondí–. No lo he visto.

 

– Pues esa idea ha sido mía.

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C.M.J.A.

Ocupo un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación, se trata de un puesto de relevancia, lo sé porque tengo un despacho propio donde leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa, igual que si fuera el capataz de una plantación de algodón, no necesito pedir permiso a mis esclavos para hacer lo que me apetezca, yo soy quien sujeta el látigo, soy quien dicta las órdenes mientras leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Desde hace tiempo también me considero un ejemplo de efectividad profesional, me considero un mercenario, un gran conspirador que siempre ha sabido arrimarse a la persona adecuada en el momento preciso; mi falta de escrúpulos me ha permitido alcanzar la cima del éxito a base de repartir sonrisas hipócritas; a base de regalar tantas palmaditas en la espalda como puñaladas metafóricas en esa misma parte del cuerpo. Nunca he tenido claro cuál es mi labor aquí dentro, lo admito, aunque intuyo que a lo que me dedico es a vender humo mientras finjo controlar la situación, una situación que pasa por repartir palmaditas en la espalda y por leer el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Os cuento, SOMOS una empresa líder, ellos lo repiten constantemente, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector; ¡nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites!; por eso utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites a ese respecto. Manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata, pero esto no supone ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño, en serio, duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. La oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograremos prosperar, y yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… en fin, ¡no me obliguéis a escoger!, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, (contra su voluntad), siempre ha sido nuestro único objetivo, necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, como todos, y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie, tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo. Mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una mezcla de sentimientos contradictorios; os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, (no lo olvidéis), y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa. La compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso en nuestro nuevo proyecto. Festivos y fines de semana incluidos. Yo he aceptado las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡encerrado con chimpancés borrachos dentro de una jaula a la que llaman sala de reuniones! Estos putos handy whandys son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse. He aquí mi labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes. ¡Nosotros convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles! ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! ¿Te quiere o no te quiere? Tanto yo como mis monos handy whandys también empezamos igual que vosotros, hundidos en el barro y paseándonos por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formábamos parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… ¡Y miradnos ahora!, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre me dicen que diga, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta!. Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea; busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado radicalmente, la cima de ese éxito que tanto esfuerzo me ha costado alcanzar ya no me llena, me ha dejado vacío e indiferente; todo ha sucedido tan rápido y tan de improviso, otra vez, casi sin enterarme. Pienso mucho en dónde me habré equivocado, lo pienso y me salen cientos de errores, cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Menudo naufragio, lo sé, damos bastante lástima, yo y mi pequeña gran colección de errores. Sinceramente, la vida nos ha atropellado, loco, nos ha pasado por encima y nosotros sin enterarnos; hemos superado cualquier previsión de catástrofe para hundirnos en lo más profundo. Es casi medianoche cuando bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina, la pregunta no ha cambiado,  sólo se acentúa, se multiplica y ramifica entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas descubra quién soy yo en realidad.

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“Escucha una cosa” a principio de frase

Se trata de una distopía verbal que te traslada hasta el futuro, un tiempo próximo y no tan lejano, me refiero a la época donde el uso de esta clase de formalismos se habrá generalizado entre todos los hablantes del planeta. ¡Dará igual en qué idioma! El origen poligonero de la expresión “escucha una cosa…” caerá progresivamente en el olvido; nadie recordará su procedencia cuando se convierta en un fenómeno viral gracias a vuestras redes sociales. Entonces serán las élites pertenecientes a la alta cultura quienes adoptarán esta locución como propia dentro de sus discursos, así quedará demostrado que los prejuicios del hoy siempre formarán parte de los avances del mañana, igual que combinar pantalón de chándal con zapato mocasín o igual que lanzar confeti sobre la familia del difunto durante su funeral. “Escucha una cosa…” a principio de frase, ya sabéis, un síntoma de distinción y de buen gusto que seguro os ayudará a presentaros a lo grande frente a los demás; se lo escucharéis decir al embajador en sus recepciones cuando le dé la bienvenida a sus invitados; se lo escucharéis también al abogado que pronuncia su alegato final para demostrar la inocencia del acusado en el juicio; e incluso se lo escucharéis a la presentadora del telediario, antes de dar paso a un nuevo video donde militares judíos acribillan a disparos la fachada de una escuela palestina. La misma RAE y sus académicos respaldarán el empleo de tal elemento discursivo incorporándolo (no sin cierta polémica) al Diccionario Panhispánico de dudas. «Desde un punto de vista semiótico, estos coloquialismos carecen de claroscuros y glorifican al hablante cada vez que se los lleva a la boca», afirmará un incombustible Pere Gimferrer apoltronado sobre su sillón letra “O” mayúscula.“¡Escucha una cosa!” a principio de frase, observemos cómo se advierte al oyente sobre la importancia del mensaje que sucede, y también cómo se busca la validación del receptor mediante una pregunta retórica colocada justo al final, (“¿¡vale!?“). Así construimos el enunciado perfecto. Oro molido. Puro néctar gramatical sólo al alcance de verdaderos estetas, sumilleres del lenguaje o quinquis analfabetos por voluntad propia.

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