(disfraz de viejo)

Con razón afirmaba que no existía peor fanatismo que el de los conversos y los traidores. Fred tenía ese aspecto, (el de un converso traidor), aunque si se lo preguntaseis os lo negaría moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Sólo enajenación y palabras huecas, ningún tipo de respuesta convincente. ¡Para Fred seríais vosotros los únicos conspiradores! ¿Acaso nadie se iba a atrever a desenmascararle jamás? Una mente obtusa dentro de un alma vacía, ese era el Fred que tan bien conocíamos y al que tanto admirábamos, el Fred que nos gustaba, el de los buenos tiempos, cuando todavía le percibíamos arrebatador y eternamente joven frente al espejo… Ya sabéis, ¡fotografiándose frente al espejo del cuarto de baño! ¡Cuántos recuerdos inolvidables enlatados dentro de la tarjeta de memoria de su teléfono móvil! Entonces ocurrió lo que ocurrió y el agua del mar se tragó su puto castillo de arena. Así fue como Fred empezó a desvariar. Su metamorfosis se produjo de un modo tan radical que a todos nos pilló desprevenidos. ¿Quién podía suponer algo así? Fred había encontrado su corazón en el mismo lugar donde acababa de perder la cabeza, o al menos eso era lo que nos quería hacer creer a los demás. No estoy aquí para juzgarle, pero su afán por envejecer prematuramente rozaba casi la obsesión.

«Cochinos apaleados. Os detesto. Os aborrezco a todos, gente joven y orgullosa por parecerlo –­escribía Fred en su diario antes de irse a la cama–. Sinceramente, no os soporto, me refiero a ese juego vuestro, tan deshonesto y tan fuera de lugar… ¿Queréis perpetuar vuestra adolescencia hasta los cincuenta y cinco años? Esnifáis litio rindiendo culto a vuestra propia imagen, pero (en realidad) teméis acabar lapidados bajo la indolencia de tantas y tan miserables fantasías. Os han contaminado con algo asqueroso. ¡Cuánta pesadumbre! Alrededor mío se multiplica la plaga de representaciones figurativas, espectros con estatus de divinidad pagana, cuyo único fin pasa por evitar el fin. El final y su deterioro implícito. Huyen de las flacidez, de las arrugas, huyen de las canas y de los achaques reumáticos durante el invierno… ¡sin embargo se recrean en la angustia! ¡Vuestra propia angustia!: la gran mentira de una estafa donde todos quieren evitar a la muerte. Los nonatos recién nacidos deberían permanecer encerrados dentro de un sótano, bajo llave, hasta que cumplan treinta años. Os exijo un momento para la reflexión: hoy por hoy, viejo prematuro significa joven para siempre».

Fred había desarrollado un rencor muy intenso hacia la juventud, y hacia todo lo que ella representaba; esta aversión le proporcionó un delirio tan absurdo como poco convencional. Os estoy hablando de su disfraz de viejo. Sin duda, el mayor peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija. Fred y su disfraz habían decidido dejarse atrapar el uno contra el otro: ya no querían ser jóvenes para siempre sino viejos hasta que se murieran. ¡Nada podía hacerles cambiar de opinión al respecto! Sólo los locos, los jodidos maniáticos como Fred y su disfraz, consiguen resistir firmes al calor de su propio entusiasmo. Resultaba fascinante la vehemencia con la que ambos se entregaban al servicio de causas insostenibles. Aquella cruzada contra la impostura adolescente les había  transformado en algo oscuro. Ambos se habían convertido en la némesis del alma del botellón, una criatura bicéfala, que ejercía a la vez como víctima y verdugo de sí misma.

«He aquí mi desprecio. Me consumo inmerso en el relato de una cultura dominada por niñatos infantiles –escribía Fred en su diario nada más levantarse de la siesta–. Una pandilla de niñatos consentidos que cuentan con el beneplácito de las multinacionales y de las grandes marcas; su dinero ha dictado sentencia: si tienes más de veinticinco años no deberías existir, o por lo menos deberías intentar disimularlo escondiéndote. ¡Ese es el canon que os han vendido!. El canon que habéis comprado sin plantear ni una sola objeción. Aun así, yo no quiero y tampoco puedo desaparecer. Me pregunto por qué mi disfraz de viejo es considerado como un estigma, cuando sois vosotros quienes hacéis el ridículo. Quiero desafiar a esta gerontocracia de efebos. Me propongo dinamitar los pilares de un sistema educativo cuyos padres han reforzado manteniendo todas y cada una de las fantasías narcisistas de sus hijos. Os han hecho creer que podéis ser lo que queráis cuando queráis, aquí y ahora, pero en realidad no se trata de eso…».

La falsa senectud como forma de subversión cotidiana. A veces Fred cogía el autobús y cuando alguien le cedía un asiento ocupado él rechazaba esa cortesía fingiendo sentirse ofendido. Entonces mostraba la fotocopia del DNI, donde consta su verdadera edad, y confirmaba que nada era lo que parecía. «¡Acabo de cumplir los cuarenta!», gritaba Fred mientras sujetaba bajo el brazo un sobre de radiografía médica. Menuda gamberrada. Fred y su falsa senectud se habían adelantado a su propio declive, procurándose diferentes identidades, desdoblándose en diferentes heterónimos y camuflándose tras distintas coartadas tan fálico-egocéntricas como las de todos esos adolescentes a los que tanto detestaba. Fred no titubeaba entablando nuevas conversaciones que involucraban a los demás pasajeros del autobús. Explicaba así el making-off de su propio trastorno y detallaba cuanto le costaba encontrar un vestuario adecuado para lograr sus objetivos. No eran diálogos al uso sino pequeños apuntes a propósito de esta vocación por disfrazarse igual que un jubilado. Fred hablaba sobre sí mismo desde la tercera persona del singular, dando a entender que se consideraba un visionario, un genio, o un nuevo artista del hambre dispuesto  cambiar el mundo gracias a su talento. Sin embargo, esta actitud tan megalómana generaba mucha desconfianza. ¿Quizá algo no funcionaba bien entre Fred y el mundo exterior? Según contaba, disfrutaba mucho rellenando cuadernos de sudokus a la vez que vigilaba las obras para la construcción de un aparcamiento subterráneo; le encantaba el olor a cemento fresco desde primera hora de la mañana. Obviamente, también hablaba sobre su rebeca de rombos, sobre su gorra publicitaria (Saneamientos Pereda S.A.) y sobre la importancia de los pantalones de franela. «¡Siempre franela, nunca tergal!», advertía.

«Siento que toda esta decrepitud impostada ha llegado hasta tal extremo que supera los formalismos de la apariencia e, incluso, invade ciertas lagunas de mi subconsciente. ¿Entendéis lo que quiero decir? No hace falta ser Jacques Lacan para comprenderlo. El disfraz de viejo ha modificado mi conducta destapando los demonios que me atormentaban el espíritu. El continente ha terminado absorbiendo al contenido. La decadencia se ha convertido en mi zona de confort, y mis manías de octogenario me empujan a mimetizarme con un personaje sórdido a la vez que entrañable. Este punto de demencia es la fuente de toda mi energía. ¡Llevo meses simulando una fatiga crónica que tan siquiera padezco! El discurso totalitario de los anuncios de cerveza ya no significa absolutamente nada para mí. ¡Soy impermeable y vuestra puta mierda no me cala! No necesito un ápice de vuestro hedonismo de saldo. He sustituido mi peinado con tupé hípster por una calva artificial fabricada en látex. ¡El sobre de radiografía médica que sujeto bajo el brazo también forma parte de mi outfit! Alrededor mío sólo encuentro adultos disfrazados de niño que no entienden cómo la vida les niega lo que verdaderamente creen merecer. Vanidades que lloran porque el destino no cumple con sus caprichos. ¡Lloráis porque nadie os compra una bolsa de gominolas y buscáis cualquier excusa que os proteja frente al Principio de Realidad! Os observo con cara de asco pero vosotros tan siquiera reparan en mi presencia. No me importa. Ya no busco refugio entre los débiles, y por eso coqueteo con cualquier tabú social desde la impunidad que me otorga mi condición de desahuciado. No quiero saber nada de depresiones postvacacionales ni de los riesgos psíquicos que implica el estrés en el puesto de trabajo. Ahora sólo sueño con padecer enfermedades rocambolescas que me permitan aferrarme a la vida hasta su último estertor. Patologías coronarias y próstatas tamaño XXL. La pérdida de movilidad, la impotencia y los pañales para adultos formarán parte de un mismo proceso liberador. Algún día sólo la farmacéutica que me toma la tensión recordará la fecha de mi cumpleaños. Entonces gritaré ¡Eureka!, y os podré explicar si todo este sacrificio ha valido la pena».

 

Adultos que toleran muy mal las frustraciones diarias, casi tan mal como yo mismo.

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(antiguos compañeros)

Sonreían con dientes caníbales mientras alguien explicaba viejas anécdotas que yo tan siquiera recordaba. ¡Anécdotas que nunca habían sucedido! Mis sádicos, mis precoces verdugos, todos juntos, reunidos bajo un mismo techo. Sonriendo y explicando sus viejas anécdotas. ¡Otra vez más! Me invitaron a una especie de celebración, creo,  no sabría cómo definirlo, (–me niego a pronunciar la palabra “fiesta”–), donde me esperaban dispuestos a ofrecerme una calurosa bienvenida. Mis sádicos… ¡Mis precoces verdugos todos! ¡Juntos bajo un mismo techo!… ¡Sorpresa! Pero, lamentablemente, yo apenas les recordaba, a ninguno de ellos, tampoco recordaba ninguna de sus caras; incluso había preferido olvidar sus nombres expulsándolos fuera de mi memoria. El común fluir del tiempo nos separó, (hacía muchos años), con la misma inercia que nos había unido. ¡Ojalá todas las novelas de Stephen King empezarán con una reunión para antiguos compañeros! Antiguos compañeros del instituto, antiguos compañeros de la universidad, de la guardería, antiguos compañeros de la oficina… ¡Así sobrevivían mis antiguos compañeros!: estáticos en tiempos pretéritos, utilizando sus absurdos brotes de nostalgia como disculpa para continuar huyendo hacia delante; ¡intentando dejar su impronta entre extraños que nadie recordaba!; atemorizados por caer en el olvido, y deseando rodearse de otros antiguos compañeros que les permitieran evocar el pasado justificando así su presente. Sin embargo, os lo juro, yo no conseguía reconocer a ninguno de esos individuos. Ellos se limitaban a sonreír, mostraban sus dientes caníbales, mientras seguían explicando sus viejas anécdotas. ¡Anécdotas que nunca habían sucedido! ¿Cómo resolver aquel rompecabezas? Debo aclararlo, mi comparecencia allí se ceñía tan sólo a criterios físicos, eran tan sólo circunstancias espacio-temporales las que me habían arrastrado hasta ese lugar, mentalmente me encontraba en las antípodas de aquella pocilga y de los porqueros que la custodiaban. Quizá, por ese motivo, no paraba de beber cerveza caliente; por ese motivo, sabéis, intentaba alcoholizarme con premeditación aunque todo seguía pareciéndome igual de confuso. Y de aterrador. Permanecía, como siempre, encerrado en el interior del cilindro transparente, acuciado por los graznidos de esos mismos porqueros que decían ser la versión adulta de los cerdos que protagonizaban sus anécdotas. Quería ocultarles mi decimosegunda crisis nerviosa en lo que iba de mes. Me apetecía dejarme llevar, chapoteando en su propio charco de estiércol, sin que nadie me lo reprochase. No quería escuchar ni un solo reproche. Me apetecía considerarme uno más dentro del pelotón de la indiferencia; que mi incapacidad para distinguir entre el Bien y el Mal no supusiera ningún obstáculo. Y ahí estaba yo, bailoteando al compás de su gran hecatombe, sin que nadie sospechase una putísima mierda. Carcajeándome con sus anécdotas y brindando por nuestro reencuentro. Me negaba a venirme abajo. Hermann había comenzado a susurrarme insultos al oído, en voz muy baja, y eso sólo podía significar una cosa. Escapar de la tiranía de este búho imaginario no me resultaría complicado, lo difícil sería conseguir aguantar una sola noche despierto sin la compañía de sus sermones cargados de bilis contra mí mismo. Entonces me acerqué a una pareja que mostraba síntomas de envejecimiento prematuro, y mantuve un simulacro de conversación con ellos. Eso sí me reconfortó. Ambos querían sentirse libres para escoger el patrón de sueños que mejor se adaptase a su falta de personalidad. ¡Joder, desde luego, aquello sí que me reconfortó! Él sufría problemas de identidad líquida y madrugaba los domingos para ver por la tele cómo Fernando Alonso aceleraba en las curvas. Ella también acudía tres veces por semana al gabinete de un psicoterapeuta; (trataba de superar, me dijo, el trauma que le produjo la última operación bikini). Ambos compartían su mal humor, su aburrimiento crónico, sus viejas anécdotas… ¡Qué pareja más encantadora! Todo lo que necesitaban aprender para superar el miedo adulto se lo habían enseñado en una escuela de adiestramiento canino. Los dos hipotecaban el sueldo de la nómina comprando muebles de plástico en el Ikea de San Sebastián de los Reyes. Los dos ajustaban su comportamiento, según la norma, evitando que nadie debiese castigarles. Era conmovedor verlos babear por su trozo de filete cuando escuchaban sonar la campana. El tintineo de la campanilla abría la veda a sus fantasías narcisistas. Algún día yo también me sentiría igual de integrado en estas reuniones para antiguos compañeros. Reuniones donde pasarían lista y no faltaría nadie. ¡Tampoco faltaría yo! Y habría gritos, y habría carcajadas postizas; incluso habría un amago de bronca que casi termina a puñetazos. ¡Habría muchas anécdotas de esas que nunca sucedieron! Alrededor del borracho de la fiesta se formó un círculo de cretinos que aplaudían su espontaneidad, sus ocurrencias, y le animaban a bajarse los pantalones. Yo formaba parte de ese círculo, también aplaudía y no paraba de reír. El tipo, (el borracho), reivindicaba su cuota de protagonismo forzando una coreografía bastante torpe; juzgando sus muecas intuí que el baile pretendía imitar una danza erótica o algo parecido. Antiguos compañeros. ¡Porqueros carentes de orgullo! Necesitaba buscar una coartada que me permitiese huir de aquel baile máscaras sin dejar huellas: como Bertolt Brecht, borrando todas mis huellas. Prisionero contra mi voluntad, en mitad del pandemónium, atestiguaba cómo todos esos acólitos de Satán se degradaban en pos de un único concepto: dar todavía más vergüenza ajena. Así tropecé con Francisco José Martínez-Chacón; imaginaos, nombre compuesto y apellido compuesto: un tarugo de lo más simple. Su sola presencia desprendía magnetismo. Hablamos, (sospecho que no quedaba otro remedio), sobre cuánto molaban esta clase de reuniones: «Tendríamos que hacerlas más a menudo», –me advirtió. Al parecer, él sí que se acordaba de mí, sobre todo recordaba aquella vez cuando… o aquella otra en la que… Francisco José Martínez-Chacón trabajaba como creativo en una agencia publicitaria, llevaba un traje caro con brillos en las solapas, y su buen gusto culinario le definía tanto o más que la marca de su reloj. Intuí que el origen de su tragedia venía determinado por la primera vez que abrió los ojos en la papelera de una clínica abortiva.

– ¿Has visto ese anuncio de insecticidas donde aparece un grupo de niños africanos con la cara llena de moscas?

– No –respondí–. No lo he visto.

– Pues esa idea ha sido mía.

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(c.m.j.a.)

Ocupar un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación. No lo entiendo. ¿Cómo ha podido ocurrir algo así? Todo ha sucedido muy rápido y de improviso, otra vez, casi sin enterarme, la misma maldición gitana. Pienso, ¿dónde me habré equivocado? Y cientos de errores. Me salen cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Sinceramente, esta no es la clase de individuo en la que esperaba convertirme. Menudo naufragio. He superado cualquier previsión de catástrofe para hundirme en lo más profundo. Joder, me digo, la vida te ha atropellado, loco, te ha pasado por encima y tú sin enterarte. ¡Tan siquiera tengo claro cuál es mi labor aquí dentro! Nadie lo sabe. Intuyo que me dedico a vender humo, más humo que un telegrama sioux, me dedico a repartir órdenes fingiendo controlar la situación. ¿Pero qué situación?  Os cuento, SOMOS una empresa líder, me dicen, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector. ¡Nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites! Qué os parece, utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites. Ya lo sé, damos bastante lástima. Yo y mi pequeña gran colección de errores. Por mi parte, manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata. Esto no supone ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño. En serio, duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. Me advierten que la oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograrán prosperar. Yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… En fin, ¡no me obliguéis a escoger!, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, (contra su voluntad), siempre ha sido nuestro único objetivo. Necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, como todos, y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie: tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo ¿Que cuál es el secreto de mi éxito? Muy fácil, me dicen, jamás aceptes un “NO” por respuesta. Mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una mezcla de sentimientos contradictorios. ¿Acaso nunca pertenecería a un club que admitiese como socio a un tipo como yo? Os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, (no lo olvidéis), y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa. La compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso, durante los fines de semana, en nuestro nuevo proyecto. Yo acepto las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡reunido con chimpancés borrachos en torno a una mesa de metacrilato! Estos putos monos son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse. He aquí mi labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes. ¡Convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles! ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! ¿Te quiere o no te quiere? Yo también empecé igual que vosotros, hundido en el barro y paseándome por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formaba parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… ¡Y miradme ahora!, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre me dicen que diga, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta! Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea. Busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina. Es casi medianoche pero la pregunta no ha cambiado; sólo se acentúa, se multiplica y ramifica, entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza, pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando sucedan todas estas cosas.

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(“escucha una cosa” a principio de frase)

Se trata de una distopía verbal que te traslada hasta el futuro, un tiempo no tan lejano donde el uso de estos formalismos se generalizará entre todos los hablantes. ¡Da igual en qué idioma! El origen poligonero de la expresión habrá caído en el olvido y, (como puede suponerse), los prejuicios del hoy formarán parte de los avances del mañana: igual que combinar pantalón de chándal con zapato mocasín o lanzar confeti sobre la familia del muerto durante su funeral. La misma RAE y sus académicos respaldarán el empleo de tales elementos discursivos, incluso los incorporarán (no sin cierta polémica) al Diccionario Panhispánico de dudas. «Desde un punto de vista semiótico, estos coloquialismos carecen de claroscuros y glorifican al hablante cada vez que se los lleva a la boca», afirmará un incombustible Pere Gimferrer apoltronado sobre su sillón letra “O” mayúscula. “¡Escucha una cosa!” a principio de frase, observemos cómo se advierte al oyente sobre la importancia del mensaje que sucede, y también cómo se busca la validación del receptor mediante una pregunta retórica colocada justo al final, (“¿¡vale!?“). Así construimos el enunciado perfecto. Oro molido. Puro néctar gramatical sólo al alcance de verdaderos estetas, sumilleres del lenguaje o quinquis analfabetos por voluntad propia.

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(fidelio)

Esmoquin, capa con capucha y máscara de porcelana. ¡Detesto esta relatividad tan insoportable! Aunque nadie quiera admitirlo, lo único insoportable es saber que no hay nada insoportable, en su sentido más literal, me refiero. ¡Absoluta y putamente insoportable! Así, vestido de este modo, con el esmoquin recién planchado, me paseo sin ningún destino concreto al que dirigirme; recorro las calles pensando que cada zancada forma parte de un plan divino. Me dejo iluminar por los designios de una fuerza superior que yo tan siquiera conozco. La providencia me guía pero también me confunde. Me cuesta mucho distinguir cuándo una idea se opone realmente a otra. Tengo la tendencia a encontrar iguales todas vuestras ideas, tanto da una como su contraria, ¡no hay diferencia!. Aprovecho que he quedado con V para NO acudir a nuestra cita, y deambular sin rumbo, como ya he dicho, por las calles que rodean su casa. Siempre lo hago. A veces, incluso, me detengo frente a su portal, durante bastantes minutos, aunque no tardo en continuar mi camino andando hacia ninguna parte. Nadie corre detrás de mí, sólo yo, y eso no sé si resulta bueno o malo. Entonces comienzo a recibir mensajes de Whatsapp, donde V muestra cierta impaciencia por culpa de mi retraso: quiere saber a qué hora voy a llegar y, sobre todo, quiere saber cuál es la contraseña. Yo nunca le respondo ni tampoco le devuelvo las llamadas perdidas. V redacta sus mensajes con la sintaxis de un analfabeto orgulloso por parecerlo; amparándose en justificaciones bastante infantiles, (la inmediatez y el pragmatismo), utiliza los emoticonos de su teléfono móvil como si fuesen jeroglíficos egipcios. Jeroglíficos de la época de Nefertiti. ¡No comprendo qué coño pretende! Los degenerados principios de esta “amistad” me obligan a aceptar nuestra relación igual que un trato a fondo perdido. Mi tiempo sirve como moneda de cambio. ¿Para qué simular este compadreo cuando podríamos limitarnos al trueque de opiniones a través de las redes sociales? ¡El encuentro que nunca se produce! ¡Ese es nuestro único vínculo! V insiste preguntándome por la contraseña, una vez más, pero yo me niego a regalarle esa información; si le confesara el salvoconducto perdería su interés y me convertiría en otro juguete roto a merced de sus caprichos. Esta hipótesis me produce un estado de ansiedad que no consigo resolver. Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo del espantoso desconcierto que me producen sus emoticonos. ¡Jeroglíficos de la época de Nefertiti! Juntos, V y yo, compartimos un proyecto virtual donde ninguno de los dos renuncia a su independencia. Aunque vivamos prisioneros, atrapados en el interior del mismo cilindro transparente, nos consideramos dos extraños que sólo fingen conocerse. ¡Nuestro verdadero propósito pasa por no volver a coincidir jamás! Me pregunto si lograré pasar una vida entera huyendo de V a la vez que intento acercarme a él. He aprendido a concederle a cada instante el valor de un bien escaso: mi tiempo vale demasiado para desperdiciarlo en su compañía. Imaginadnos a los dos, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, hablando por turnos y aguardando el momento para dar la réplica. También podría suceder que, de manera completamente infernal, nos entregásemos a soltar nuestras propias peroratas, gritándonos a la vez y formando una confusión babilónica que (seguro) terminaría en riña. Mis encuentros con V, en el supuesto de llegar a producirse, actuarían como un puñado de sal sobre una herida abierta. ¡Apenas lo soportaría! Creo que toda esta comedia, (montada y organizada alrededor de nuestra presunta amistad), debería finalizar cuanto antes. Quizá exista algún elemento esotérico que justifique este disparate. ¿Qué clase de maldición gitana insiste en mantenernos unidos? Han pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos y mi memoria todavía mantiene nítido su recuerdo. La cara de V: una bolsa de tics, gestos fatalmente seleccionados; su cara me inspira un aburrimiento que carece de antídoto. Estoy convencido de que lo mejor de nuestra relación se perdería desde el momento en que nos viésemos obligados a dirigirnos mutuamente palabras banales.

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