Extraña sensación de euforia

Me gusta referirme a ello como pánico infuso, (un pánico no adquirido), un principio de angustia que por supuesto no se entrena, y que sólo se sufre o se disfruta según el día en que te toca padecerlo. Creo que si yo también hiciese como vosotros, si también le otorgara al verbo existir el mismo significado que al verbo ser, —si entendiese, entonces, que ser no es otra cosa que ser percibido por los demás—, no me quedaría otro remedio que aceptar las normas e integrarme participando en cualquiera de vuestras mentiras. Quiero pedir disculpas por lo confuso de esta última frase, sólo intentaba dejar claro que me serviría cualquier coartada para ponerme a salvo de mí mismo, supongo que así, de este modo, encontraría un lugar seguro donde cobijarme durante las noches de tormenta. Un partido político, una secta religiosa, una tribu urbana, un equipo de fútbol, una asociación de padres, una pandilla callejera… La simple hipótesis de poder formar parte de algo me resulta demasiado incómoda. Sospecho que mi sentido de pertenencia al grupo lleva obstruido desde hace mucho más tiempo de lo que yo imaginaba, quizá lleve obstruido desde la primera vez que pisé una guardería, por esa razón me niego a aceptar un plan de supervivencia tan pragmático, hay algo oscuro que me incapacita ante la idea de suicidio colectivo. Reconocerse y aceptarse como persona —tal y como pretenden que os reconozcáis y os aceptéis— se ha convertido en la gran estafa piramidal del siglo XXI, una trámite más cercano al marketing multinivel que a cualquier tipo de experiencia espiritual con sustancias psicoactivas. Uno se percibe a sí mismo en la medida en que está más o menos integrado en cierto tipo de orden: ¡Instagram es la nueva ayahuasca!  Sin embargo, durante estos periodos de caos interior a los que me he referido en el comienzo del texto, yo me siento totalmente fuera y ajeno a cualquier clase de jerarquía. Me sucede, (como a Sylvia Plath), que a veces entro en una espiral de días horribles cuyo final da la impresión de que no llegará nunca. Días horribles: casi todos lo son, por ejemplo hoy es uno de ellos; aquí y ahora, deambulando entre los pasillos de Leroy Merlin; (un emplazamiento poco o nada adecuado para desarrollar este tipo de vislumbres). Aquí y ahora he vuelto a tomar conciencia sobre quién soy yo y sobre cuál es el lugar físico que ocupo en el espacio. He vuelto a proyectarme como un animal miserable que da vueltas encarcelado dentro de su propia jaula. Aquí y ahora, escucho mis propios latidos del corazón y reconozco mis pulmones trabajando constantes. La sensación es tan insoportable que podría desmayarme a propósito, dejarme caer contra el suelo y montar una de mis escenas. Estoy asistiendo perplejo al milagro de la vida, ya digo, mientras sigo dando tumbos entre los pasillos de Leroy Merlin. Evidentemente, ignoro los motivos que me han empujado hasta este punto de NO retorno. ¿Quizá haya sido una maldición gitana? ¡Sí, eso es! ¡Soy víctima de una maldición gitana! Desde hace quince años arrastro las consecuencias de este embrujo maldito que mis amigos se han empeñado en llamar “conjunto de decisiones equivocadas”.Yo prefiero no escucharles ni tampoco creerles. Elijo no admitir como veraz ni una sola de sus palabras. Ni un puto fonema. Ni a mis amigos, ni a mi familia, ni a Internet. No me creo a nadie. La indiferencia moral de esta sociedad, tan desprovista de ética (y de principios), me ha colocado en la cúspide de mi propio cinismo. Aquí —deambulando por los pasillos de Leroy Merlin— he encontrado un mundo apocalíptico donde tampoco cabe ninguna clase de esperanza; sin Dios, sin justicia y sin sentido alguno. ¿Un hálito de esperanza? Las esperanzas parecen incompatibles con los accesorios de puertas y ventanas, con los enchufes e interruptores, con los suelos laminados, o con los botes de pintura aislante para devolverle la alegría a tus muebles de jardín. Añoro una ampolla de cianuro bajo la lengua, aunque también (creo) he aceptado el bricolaje doméstico como una oportunidad única para poder realizarme; un plan B ante el inconveniente de haber nacido: comprar una lijadora eléctrica y solicitar la tarjeta club-descuento. ¡El bricolaje como expresión nihilista! Se trata de un antídoto perfecto contra este estado de hamletismo en el que llevo tantos años inmerso. Sigo ahogándome dentro del mismo charco de agua turbia y sigo preguntándome porqué arrastro los atributos de un genio cuando carezco del talento necesario para llevar a cabo mi obra. Detecto a mucho neurótico diletante, aquí, recorriendo los pasillos de Leroy Merlin; mucho Job en busca de su lepra merodeando por la sección de grifería y lavabos: grifos monomando, grifos fabricados en metal cromado con aireador y válvula de plástico, grifos que aceptan cartucho anti-goteo (no incluido en su precio de fábrica)… ¡Basta de excusas! ¡No tengo derecho! Estoy harto, muy cansado de este juego de apariencias, de errores, de pecados y remordimientos. No obstante, me tranquiliza el hecho de saber que en este mismo pasillo, rodeándome, hay muchas otras personas buscando, como yo, medidas desesperadas que apacigüen tanto dolor. Ojalá fuese como ellos.

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