(alfombra blanca)

Me parece muy complicado mostrarme afable con las visitas cuando se niegan a descalzarse en el salón. Algo ocultan, sin duda, claro, yo también lo pienso aunque quiero evitar juicios prematuros. Mi casa es vuestra casa siempre y cuando aceptéis que todo gran poder implica una gran responsabilidad. Me considero un anfitrión excelente, un experto en protocolo que disfruta manejando todas las piezas de su cubertería. Dejadme ser sincero, haciendo uso del trinchador y de la paleta de pescado he aprendido a disimular todas mis psicopatías, ¡ya nadie me hace preguntas incómodas sobre el búho disecado que llevo sujeto encima del hombro!. Quizá me haya equivocado y mi planteamiento no sea el correcto. Lo complejo de la situación no permite que razone con un mínimo de lucidez. Sencillamente, no os toméis esta clase de licencias. Actuando de un modo tan poco reflexivo levantáis muchas suspicacias. Respetad los códigos básicos. Las normas de convivencia son como bombas de relojería pero al contrario; desactivarlas implicaría el caos. Me preocupa el auge de este tipo de terrorismo incruento. ¿Aprovecháis mi hospitalidad para romper el consenso social? Ya me entendéis, cuando tienes (bajo tu responsabilidad) una alfombra blanca que mantener impoluta… En fin, apenas nos conocemos, cierto, sin embargo os invito a que aflojéis los nudos de vuestros cordones y os quitéis las zapatillas. Todavía conservo nítidos los recuerdos de otra época, hace varios meses, cuando el mantenimiento de las alfombras no reclamaba tanto protagonismo. Eran días lluviosos pero felices. Atenazado por la responsabilidad, poco a poco, me fui sumergiendo bajo las aguas de este río Rubicón, dispuesto a averiguar lo que se escondía en la otra orilla. «Alea jacta est», grité, mientras nadaba sonriendo hacia la incertidumbre. Quizá no debería someterme a desafíos tan imposibles, a macro-utopías tan embarazosas. Ahora todo pasa por mantener a raya la alfombra blanca y cada día que pasa la veo más gris.

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