Antiguos compañeros

Sonreían con dientes caníbales mientras rebuznaban y explicaban sus viejas anécdotas. Eran anécdotas que yo tan siquiera recordaba; anécdotas que nunca habían sucedido en la vida real pero eso no tenía ninguna importancia para ellos. Todo el rato repetían la misma pregunta, ya no sabía ni cuántas veces les había escuchado decirlo, «¿Os acordáis aquella vez cuando…?», lo repetían y repetían, y a continuación se echaban a reír, y entonces yo también me reía y asentía con la cabeza aunque no tuviese ni idea de a qué se estaban refiriendo; aunque no supiera de qué coño hablaban yo no dejaba de asentir con la cabeza, porque de lo contrario me habrían descubierto y, (peor todavía), me habrían obligado a dar explicaciones sobre la clase de monstruo en que me había convertido. Mi única intención era hacerme pasar por uno más integrándome dentro del grupo, igual que si fuese una maleta sin dueño que nadie reconocía como propia, igual que si fuera otro cero a la izquierda de la misma coma que disfrutaba buscando la complicidad entre otros ceros todavía más miserables. Se habían reunido todos juntos bajo un mismo techo, allí sonreían, bebían y masticaban canapés de foie-gras, y por supuesto explicaban sus viejas anécdotas; yo tan siquiera recordaba sus caras: incluso había preferido olvidar sus nombres expulsándolos fuera de mi memoria. Se trataba de una especie de reunión, creo, no sabría cómo definirlo mejor, (me niego a pronunciar la palabra “fiesta”), donde me esperaban dispuestos a ofrecerme una calurosa bienvenida. ¡Ojalá todas las novelas de Stephen King empezarán con una reunión para antiguos compañeros tan abominable como ésta! Antiguos compañeros del instituto, antiguos compañeros de la universidad, de la guardería, antiguos compañeros de la oficina… juntos, (bajo un mismo techo), utilizando sus absurdos brotes de nostalgia igual que si se tratara de una disculpa para continuar huyendo hacia delante. Me llamó mucho la atención esta curiosa forma de supervivencia, así intentaban resistir al tiempo, atemorizados por caer en el olvido, intentando dejar su impronta entre extraños que a nadie le importaban un carajo y deseando rodearse por otros antiguos compañeros que les permitieran evocar el pasado justificando así su presente. Ellos se limitaban a sonreír mostrando sus dientes caníbales mientras yo continuaba asintiendo con la cabeza. Debo aclararlo, mi comparecencia allí se ceñía tan sólo a criterios físicos, eran tan sólo circunstancias espacio-temporales las que me habían arrastrado hasta ese lugar, mentalmente me encontraba en las antípodas de aquella pocilga y de los porqueros que la custodiaban; quizá, por ese motivo, no paraba de beber cerveza caliente; por ese motivo, sabéis, intentaba alcoholizarme con premeditación aunque todo seguía pareciéndome igual de confuso. Y de aterrador. Permanecía, como siempre, encerrado en el interior del cilindro transparente, acuciado por los graznidos de esos mismos porqueros que decían ser la versión adulta de los cerdos que protagonizaban sus anécdotas, e intentando ocultarles mi decimosegunda crisis nerviosa en lo que iba de mes. Me apetecía dejarme llevar, chapoteando en su propio charco de estiércol, sin que nadie me lo reprochase. No quería escuchar ni un solo reproche. Me apetecía considerarme uno más dentro del pelotón de la indiferencia; que mi incapacidad para distinguir entre el Bien y el Mal no supusiera ningún obstáculo. Y ahí estaba yo, bailoteando al compás de su gran hecatombe, sin que nadie sospechase una putísima mierda, carcajeándome con sus anécdotas y brindando por nuestro reencuentro. Me negaba a venirme abajo. Hermann había comenzado a susurrarme insultos al oído, en voz muy baja, y eso sólo podía significar una cosa… Escapar de la tiranía de este búho imaginario no me resultaría complicado, lo difícil sería conseguir aguantar una sola noche despierto sin la compañía de sus sermones cargados de bilis contra mí mismo. Entonces me acerqué a una pareja que mostraba síntomas de envejecimiento prematuro, y mantuve un simulacro de conversación con ellos. Eso sí me reconfortó. Él sufría problemas de identidad líquida y madrugaba los domingos para ver por la tele cómo Fernando Alonso aceleraba en las curvas. Ella también acudía tres veces por semana al gabinete de un psicoterapeuta; (trataba de superar, me dijo, el trauma que le produjo la última operación bikini). ¡Joder, desde luego, aquello sí que me reconfortaba! Ambos querían sentirse libres para escoger el patrón de sueños que mejor se adaptase a su falta de personalidad. Ambos compartían su mal humor, su aburrimiento crónico, sus viejas anécdotas… ¡Qué pareja más encantadora! Todo lo que necesitaban aprender para superar el miedo adulto se lo habían enseñado en una escuela de adiestramiento canino. Los dos hipotecaban el sueldo de la nómina comprando muebles de plástico en el Ikea de San Sebastián de los Reyes. Los dos ajustaban su comportamiento, según la norma, evitando que nadie debiese castigarles. Era conmovedor verlos babear por su trozo de filete cuando escuchaban sonar la campana. El tintineo de la campanilla abría la veda a sus fantasías narcisistas.

 

Algún día yo también me sentiría igual de integrado en estas reuniones para antiguos compañeros. Reuniones donde pasarían lista y no faltaría nadie. ¡Tampoco faltaría yo! Y habría gritos, y habría carcajadas postizas; incluso habría un amago de bronca que casi termina a puñetazos. ¡Habría muchas anécdotas de esas que nunca sucedieron!

 

 

Alrededor del borracho de la fiesta se formó un círculo de cretinos que aplaudían su espontaneidad, sus ocurrencias, y le animaban a bajarse los pantalones. Yo formaba parte de ese círculo, también aplaudía y no paraba de reír. El tipo, (el borracho), reivindicaba su cuota de protagonismo forzando una coreografía bastante torpe; juzgando sus muecas intuí que el baile pretendía imitar una danza erótica o algo parecido. Antiguos compañeros. ¡Porqueros carentes de orgullo! Necesitaba buscar una coartada que me permitiese huir de aquel baile máscaras sin dejar huellas: como Bertolt Brecht, borrando todas mis huellas. Prisionero contra mi voluntad, en mitad del pandemónium, atestiguaba cómo todos esos acólitos de Satán se degradaban en pos de un único concepto: dar todavía más vergüenza ajena. Así tropecé con Francisco José Martínez-Chacón; imaginaos, nombre compuesto y apellido compuesto: un tarugo de lo más simple. Su sola presencia desprendía magnetismo. Hablamos, (sospecho que no quedaba otro remedio), sobre cuánto molaban esta clase de reuniones: «Tendríamos que hacerlas más a menudo», –me advirtió. Al parecer, él sí que se acordaba de mí, sobre todo recordaba aquella vez cuando… o aquella otra en la que… Francisco José Martínez-Chacón trabajaba como creativo en una agencia publicitaria, llevaba un traje caro con brillos en las solapas, y su buen gusto culinario le definía tanto o más que la marca de su reloj. Intuí que el origen de su tragedia venía determinado por la primera vez que abrió los ojos en la papelera de una clínica abortiva.

 

– ¿Has visto ese anuncio de insecticidas donde aparece un grupo de niños africanos con la cara llena de moscas?

 

– No –respondí–. No lo he visto.

 

– Pues esa idea ha sido mía.

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