(antiguos compañeros)

Sonreían con dientes caníbales mientras alguien explicaba viejas anécdotas que yo tan siquiera recordaba. ¡Anécdotas que nunca habían sucedido! Mis sádicos, mis precoces verdugos, todos juntos, reunidos bajo un mismo techo. Sonriendo y explicando sus viejas anécdotas. ¡Otra vez más! Me invitaron a una especie de celebración, creo,  no sabría cómo definirlo, (–me niego a pronunciar la palabra “fiesta”–), donde me esperaban dispuestos a ofrecerme una calurosa bienvenida. Mis sádicos… ¡Mis precoces verdugos todos! ¡Juntos bajo un mismo techo!… ¡Sorpresa! Pero, lamentablemente, yo apenas les recordaba, a ninguno de ellos, tampoco recordaba ninguna de sus caras; incluso había preferido olvidar sus nombres expulsándolos fuera de mi memoria. El común fluir del tiempo nos separó, (hacía muchos años), con la misma inercia que nos había unido. ¡Ojalá todas las novelas de Stephen King empezarán con una reunión para antiguos compañeros! Antiguos compañeros del instituto, antiguos compañeros de la universidad, de la guardería, antiguos compañeros de la oficina… ¡Así sobrevivían mis antiguos compañeros!: estáticos en tiempos pretéritos, utilizando sus absurdos brotes de nostalgia como disculpa para continuar huyendo hacia delante; ¡intentando dejar su impronta entre extraños que nadie recordaba!; atemorizados por caer en el olvido, y deseando rodearse de otros antiguos compañeros que les permitieran evocar el pasado justificando así su presente. Sin embargo, os lo juro, yo no conseguía reconocer a ninguno de esos individuos. Ellos se limitaban a sonreír, mostraban sus dientes caníbales, mientras seguían explicando sus viejas anécdotas. ¡Anécdotas que nunca habían sucedido! ¿Cómo resolver aquel rompecabezas? Debo aclararlo, mi comparecencia allí se ceñía tan sólo a criterios físicos, eran tan sólo circunstancias espacio-temporales las que me habían arrastrado hasta ese lugar, mentalmente me encontraba en las antípodas de aquella pocilga y de los porqueros que la custodiaban. Quizá, por ese motivo, no paraba de beber cerveza caliente; por ese motivo, sabéis, intentaba alcoholizarme con premeditación aunque todo seguía pareciéndome igual de confuso. Y de aterrador. Permanecía, como siempre, encerrado en el interior del cilindro transparente, acuciado por los graznidos de esos mismos porqueros que decían ser la versión adulta de los cerdos que protagonizaban sus anécdotas. Quería ocultarles mi decimosegunda crisis nerviosa en lo que iba de mes. Me apetecía dejarme llevar, chapoteando en su propio charco de estiércol, sin que nadie me lo reprochase. No quería escuchar ni un solo reproche. Me apetecía considerarme uno más dentro del pelotón de la indiferencia; que mi incapacidad para distinguir entre el Bien y el Mal no supusiera ningún obstáculo. Y ahí estaba yo, bailoteando al compás de su gran hecatombe, sin que nadie sospechase una putísima mierda. Carcajeándome con sus anécdotas y brindando por nuestro reencuentro. Me negaba a venirme abajo. Hermann había comenzado a susurrarme insultos al oído, en voz muy baja, y eso sólo podía significar una cosa. Escapar de la tiranía de este búho imaginario no me resultaría complicado, lo difícil sería conseguir aguantar una sola noche despierto sin la compañía de sus sermones cargados de bilis contra mí mismo. Entonces me acerqué a una pareja que mostraba síntomas de envejecimiento prematuro, y mantuve un simulacro de conversación con ellos. Eso sí me reconfortó. Ambos querían sentirse libres para escoger el patrón de sueños que mejor se adaptase a su falta de personalidad. ¡Joder, desde luego, aquello sí que me reconfortó! Él sufría problemas de identidad líquida y madrugaba los domingos para ver por la tele cómo Fernando Alonso aceleraba en las curvas. Ella también acudía tres veces por semana al gabinete de un psicoterapeuta; (trataba de superar, me dijo, el trauma que le produjo la última operación bikini). Ambos compartían su mal humor, su aburrimiento crónico, sus viejas anécdotas… ¡Qué pareja más encantadora! Todo lo que necesitaban aprender para superar el miedo adulto se lo habían enseñado en una escuela de adiestramiento canino. Los dos hipotecaban el sueldo de la nómina comprando muebles de plástico en el Ikea de San Sebastián de los Reyes. Los dos ajustaban su comportamiento, según la norma, evitando que nadie debiese castigarles. Era conmovedor verlos babear por su trozo de filete cuando escuchaban sonar la campana. El tintineo de la campanilla abría la veda a sus fantasías narcisistas. Algún día yo también me sentiría igual de integrado en estas reuniones para antiguos compañeros. Reuniones donde pasarían lista y no faltaría nadie. ¡Tampoco faltaría yo! Y habría gritos, y habría carcajadas postizas; incluso habría un amago de bronca que casi termina a puñetazos. ¡Habría muchas anécdotas de esas que nunca sucedieron! Alrededor del borracho de la fiesta se formó un círculo de cretinos que aplaudían su espontaneidad, sus ocurrencias, y le animaban a bajarse los pantalones. Yo formaba parte de ese círculo, también aplaudía y no paraba de reír. El tipo, (el borracho), reivindicaba su cuota de protagonismo forzando una coreografía bastante torpe; juzgando sus muecas intuí que el baile pretendía imitar una danza erótica o algo parecido. Antiguos compañeros. ¡Porqueros carentes de orgullo! Necesitaba buscar una coartada que me permitiese huir de aquel baile máscaras sin dejar huellas: como Bertolt Brecht, borrando todas mis huellas. Prisionero contra mi voluntad, en mitad del pandemónium, atestiguaba cómo todos esos acólitos de Satán se degradaban en pos de un único concepto: dar todavía más vergüenza ajena. Así tropecé con Francisco José Martínez-Chacón; imaginaos, nombre compuesto y apellido compuesto: un tarugo de lo más simple. Su sola presencia desprendía magnetismo. Hablamos, (sospecho que no quedaba otro remedio), sobre cuánto molaban esta clase de reuniones: «Tendríamos que hacerlas más a menudo», –me advirtió. Al parecer, él sí que se acordaba de mí, sobre todo recordaba aquella vez cuando… o aquella otra en la que… Francisco José Martínez-Chacón trabajaba como creativo en una agencia publicitaria, llevaba un traje caro con brillos en las solapas, y su buen gusto culinario le definía tanto o más que la marca de su reloj. Intuí que el origen de su tragedia venía determinado por la primera vez que abrió los ojos en la papelera de una clínica abortiva.

– ¿Has visto ese anuncio de insecticidas donde aparece un grupo de niños africanos con la cara llena de moscas?

– No –respondí–. No lo he visto.

– Pues esa idea ha sido mía.

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