(c.m.j.a.)

Ocupar un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación. No lo entiendo. ¿Cómo ha podido ocurrir algo así? Todo ha sucedido muy rápido y de improviso, otra vez, casi sin enterarme, la misma maldición gitana. Pienso, ¿dónde me habré equivocado? Y cientos de errores. Me salen cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Sinceramente, esta no es la clase de individuo en la que esperaba convertirme. Menudo naufragio. He superado cualquier previsión de catástrofe para hundirme en lo más profundo. Joder, me digo, la vida te ha atropellado, loco, te ha pasado por encima y tú sin enterarte. ¡Tan siquiera tengo claro cuál es mi labor aquí dentro! Nadie lo sabe. Intuyo que me dedico a vender humo, más humo que un telegrama sioux, me dedico a repartir órdenes fingiendo controlar la situación. ¿Pero qué situación?  Os cuento, SOMOS una empresa líder, me dicen, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector. ¡Nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites! Qué os parece, utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites. Ya lo sé, damos bastante lástima. Yo y mi pequeña gran colección de errores. Por mi parte, manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata. Esto no supone ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño. En serio, duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. Me advierten que la oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograrán prosperar. Yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… En fin, ¡no me obliguéis a escoger!, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, (contra su voluntad), siempre ha sido nuestro único objetivo. Necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, como todos, y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie: tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo ¿Que cuál es el secreto de mi éxito? Muy fácil, me dicen, jamás aceptes un “NO” por respuesta. Mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una mezcla de sentimientos contradictorios. ¿Acaso nunca pertenecería a un club que admitiese como socio a un tipo como yo? Os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, (no lo olvidéis), y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa. La compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso, durante los fines de semana, en nuestro nuevo proyecto. Yo acepto las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡reunido con chimpancés borrachos en torno a una mesa de metacrilato! Estos putos monos son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse. He aquí mi labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes. ¡Convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles! ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! ¿Te quiere o no te quiere? Yo también empecé igual que vosotros, hundido en el barro y paseándome por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formaba parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… ¡Y miradme ahora!, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre me dicen que diga, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta! Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea. Busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina. Es casi medianoche pero la pregunta no ha cambiado; sólo se acentúa, se multiplica y ramifica, entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza, pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando sucedan todas estas cosas.

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