C.M.J.A.

Puedo verme desde fuera —aquí y ahora— ocupando un cargo como directivo en el departamento de marketing de una gran corporación. Se trata de un puesto de relevancia, lo sé porque tengo un despacho propio donde leo el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Confieso que disfruto mucho ojeando cada mañana la actualidad de la prensa deportiva, creo que esto me ayuda a desconectar, a relajarme, me ayuda a evadirme de todas las responsabilidades que conlleva una posición como la mía, como la que yo desempeño dentro del organigrama de esta empresa. Prefiero evitar aburriros con historias acerca de mi trabajo,

pero creedme cuando os aseguro que a veces me siento igual que si fuese el capataz de unas plantaciones de algodón a orillas del Río Mississippi, no necesito pedir permiso a mis esclavos para hacer lo que me apetezca cuando me apetezca, yo soy quien sujeta el látigo, soy quien dicta las órdenes mientras leo el Marca en la tablet que me regalaron mis hijas por mi último cumpleaños. Desde hace algún tiempo me considero también un ejemplo de efectividad profesional, un mercenario, me considero un gran conspirador que siempre ha sabido arrimarse a la persona adecuada en el momento preciso. Si los pasillos de esta oficina tuvieran voz para dar testimonio sobre lo que sus oídos han escuchado, ellos os lo explicarían todo mucho mejor que yo, os explicarían como mi falta de escrúpulos me ha permitido alcanzar la cima del éxito, el clímax de mi reconocimiento personal, a base de repartir sonrisas hipócritas y a base de regalar tantas palmaditas en la espalda como puñaladas metafóricas en esa misma parte del cuerpo. Nunca he tenido claro cuál es mi labor aquí dentro, lo admito, aunque intuyo que a lo que me dedico es a vender humo mientras finjo controlar la situación, me refiero a una situación que pasa por por repartir palmaditas en la espalda y por leer el Marca con los pies apoyados encima de la mesa. Os cuento, SOMOS una empresa líder, —ellos lo repiten constantemente—, SOMOS una empresa líder y un referente dentro de nuestro sector: ¡Nuestra ambición por multiplicar beneficios no conoce límites! Por eso mismo utilizo la primera persona del plural, porque mi jerga corporativa tampoco conoce límites a ese respecto, por eso manejo el vocabulario de un lame-botas vestido con traje y corbata, y no me duele admitirlo: esto jamás me ha supuesto ningún obstáculo a la hora de poder conciliar el sueño. Ningún obstáculo. Duermo como un koala enganchado a las piernas de mis jefes. La oficina constituye una segunda patria donde sólo los chovinistas lograremos prosperar, y yo soy otro chovinista aquí dentro, o al menos me hago pasar por uno de ellos. ¡Nadie sospecha un carajo! Si tuviese que elegir entre mi familia o el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas… en fin, no me obliguéis a escoger, sería una decisión bastante dolorosa y (seguro) tampoco os gustaría escuchar la respuesta. Fidelizar nuevos clientes, —contra su voluntad— siempre ha sido nuestro único objetivo, necesitamos alcanzar el monopolio del mercado y para conseguirlo diseñamos campañas llenas de mensajes brillantes. ¿Os acordáis de “Apunta a las estrellas y llegarás a la Luna, “Aquí empiezan tus sueños” o “Haz que cada mañana salga el sol”? Todos estos eslóganes llevan mi rúbrica. Mi firma. Estoy orgulloso de ellos. Desde la base de la pirámide hasta su cúspide, yo me encargo, yo superviso que nuestra expansión comercial funcione como una máquina perfectamente engrasada. Gracias a mi falta de ética he logrado ganarme la confianza del C.M.J.A., (Comité de Miembros de la Junta de Accionistas), y gracias también a este privilegio he ascendido varios escalones dentro del organigrama de la empresa. Debo muchos favores, cierto, y por eso temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. En realidad, cuando os hablo sobre el lugar que ocupo dentro del organigrama de la empresa, me estoy refiriendo a un deseo bastante enfermizo por pisar cabezas, por aumentar el número de subordinados que trabajan bajo mis órdenes, o por convertir las dimensiones de mi despacho en una mazmorra con vistas al Paraíso… No quiero engañar a nadie, tengo vocación de negrero aunque procuro evidenciarlo lo justo, mi imagen se adapta perfectamente a los valores que pretende transmitir nuestra marca, y esto me produce una especie de vértigo, una mezcla de sentimientos contradictorios que ni yo mismo llego a comprender; (os recuerdo que necesitamos alcanzar el monopolio del mercado, —no lo olvidéis—, y para conseguirlo somos capaces de cualquier cosa). Aquí y ahora la compañía me ha ofrecido un sueldo con incentivos por trabajar sin descanso en nuestro nuevo proyecto. Festivos y fines de semana incluidos. Yo he aceptado las condiciones y así paso la tarde de los sábados: ¡encerrado con chimpancés borrachos dentro de una jaula a la que llaman sala de reuniones! Estos putos Handy Whandys son tan jodidos y maquiavélicos… Ellos sí que saben cómo venderle una caja de piruletas a un diabético. ¿Me preguntáis si merece la pena? Por-su-pues-to. ¡Nunca es suficiente! Nuestro código deontológico avala la falta de escrúpulos; los dilemas morales debilitan la salud de éste y de cualquier otro negocio. Nos dirigimos a un público acomplejado, (vosotros), que sólo reacciona ante paradigmas de éxito con los que pueda identificarse, y he aquí nuestra labor, la mía y la de los chimpancés maquiavélicos, nosotros le damos cuerda a vuestros relojes, somos como los hombres grises, nos fumamos vuestro tiempo igual que si fuesen flores horarias, pétalo a pétalo. Nosotros convertimos rutinas vacías en ilusiones fértiles. ¡Os regalamos motivos para que sigáis deshojando la margarita! Aunque os cueste creerlo yo y mis monos Handy Whandys empezamos en esto de un modo muy similar al vuestro, nosotros también empezamos hundidos en el barro y paseándonos por las catacumbas del ostracismo; todavía recuerdo aquella época, cuando formábamos parte de una plantilla infinita de oficinistas mal pagados… Y miradnos ahora, lanzándole las llaves del Audi al aparcacoches del club de golf, chascando la lengua contra el paladar, o guiñándole un ojo a la becaria que trabaja doce horas diarias a cambio de un talonario de tickets-restaurante. Así las cosas, como siempre les repito a mis esclavos, ¡jamás aceptéis un “NO” por respuesta!. Suspiro y bostezo. Necesito coger aire mientras sujeto entre las manos un catálogo de Ikea: busco ideas innovadoras para redecorar las paredes de mi despacho sin parecer un puto snob de saldo. El Comité de Miembros de la Junta de Accionistas confía en mi talento y no me gustaría decepcionarles. Sin embargo, ahora las cosas han cambiado radicalmente, la cima de ese éxito que tanto esfuerzo me ha costado alcanzar ya no me llena, me ha dejado vacío e indiferente; todo ha sucedido tan rápido y tan de improviso, otra vez, casi sin enterarme. Pienso mucho en dónde me habré equivocado, lo pienso y me salen cientos de errores, cientos de pequeños errores que forman el gran error: Yo mismo. ¡Mi mayor error soy yo mismo! Menudo naufragio, lo sé, damos bastante lástima, yo y mi pequeña gran colección de errores. Sinceramente, la vida nos ha atropellado, nos ha pasado por encima y nosotros sin enterarnos; hemos superado cualquier previsión de catástrofe para hundirnos en lo más profundo. Es casi medianoche cuando bajo en ascensor hasta el aparcamiento de la oficina, la pregunta no ha cambiado,  sólo se acentúa, se multiplica y ramifica entre las otras muchas obsesiones que guardo dentro de mi cabeza. ¿Cuál es esa pregunta? En mis circunstancias resulta complicado tolerar tantos interrogantes. Ya lo he mencionado, debo muchos favores y temo que (quizá) algún día me los cobren todos juntos. Los tipos como yo, como todos nosotros, precisamos del ruido para no perder el Norte; el eco del silencio confunde nuestros pensamientos y pone en peligro nuestra cordura. Subo al coche, enciendo la radio (da igual la emisora), y deposito mi maletín sobre el asiento del copiloto. No me gustaría decepcionar al Comité de Miembros de la Junta de Accionistas. No me gustaría decepcionar a todos esos putos monos tan jodidos y maquiavélicos. Apoyo la frente contra el volante y me golpeo: una escena de abatimiento impropia de mi posición; (toquecitos suaves pero muy repetitivos). ¿Y si mi carrera profesional pendiese de una cuerda que estuviera a punto de romperse? La misma cuerda que separa Civilización de Barbarie. ¡Vaya pérdida de tiempo! ¡Cuántas palmaditas en la espalda tiradas a la basura! Os hablo de una cuerda muy fina que se deshilacha por momentos. Cuando se escuche el crack mi cuerpo hará plof y aparecerá otro lame-botas, (vestido con traje y corbata), ocupando mi lugar. Mi despacho. Mi vocabulario corporativo. Mi falta de ética. Visualizo la imagen del Comité de Miembros de la Junta de Accionistas, al completo, empuñando un enorme cuchillo de carnicero, cortándome, con destreza y regularidad mecánica, en finas rebanadas que vuelan en cualquier dirección. Debo admitir que la lógica de esta historia es la lógica de un sueño, o de una pesadilla. Pensad en vuestro futuro, mejor dicho, pensad en el color de la nueva moqueta de mi despacho. Hace falta tener poca vergüenza pero me pregunto cuál será mi función dentro del organigrama de la empresa cuando el Comité de Miembros de la Junta de Accionistas descubra quién soy yo en realidad.

Esta entrada fue publicada en Divertirse a la fuerza era obligatorio y etiquetada . Guarda el enlace permanente.