Contreras

1

Se trataba de una sorpresa pactada con el destino desde hacía un par de lustros, me refiero a que todos sabíamos que algo así ocurriría, en algún momento, justo cuando dejásemos de esperarlo. Aunque era simple cuestión de tiempo, Contreras y su derrumbe nos habían tenido a la expectativa durante casi… en fin, creo que ya ni recordaba los años que llevaban las botellas de champán enfriándose en la nevera. ¿Había llegado entonces el momento adecuado para descorcharlas? ¡Chin-chin! ¡Así brindé por Contreras y por su trágico final! Sin embargo, admito que me faltaron fuerzas para celebrar como se merecía una noticia de esta magnitud; el declive de aquel pobre tarugo había despertado un sentimiento compasivo muy poco habitual en mí. ¡Qué extraña sensación la de mostrar lástima por personajes tan miserables como Contreras! Tanta piedad tan mal digerida me había hecho olvidar cuantas horas había invertido odiándolo en silencio. Aborrecer a Contreras había sido uno de mis entretenimientos favoritos, pero ya no merecía la pena seguir diseñando extraños planes de venganza que además nunca se llevarían a cabo. Contreras había desaparecido para siempre y nadie lo echaría de menos. Según me contaban, el paso de los años lo había convertido, poco a poco, en una especie de fantasma que atravesaba puertas sin necesidad de abrirlas. Contreras llevaba varios meses devorando su propio cadáver; sin salir de casa; sin quitarse el pijama y sin encontrar ningún responsable que justificara su caída. Me contaban también, –quizás sólo fuera una leyenda más entre las muchas construidas a su alrededor–, que había colocado un colchón en horizontal dentro del plato de la ducha, y que ahí pasaba las horas muertas, encerrado tras la mampara, buscando el instante propicio para apretar el botón rojo y gritar ¡Babooom!. Apenas comprendí nada sobre el significado de esta insana costumbre, pues a pesar de que Contreras solía amenazar con suicidarse casi a diario, todos entendíamos que, en realidad, lo único que pretendía era una disculpa colectiva. ¡Tan típico de Contreras!: ya sabéis, llamar nuestra atención flagelándose hasta el extremo, vender lástima, para así coaccionar al mundo y terminar saliéndose con la suya. Sus antiguas ex novias conocían muy bien este rasgo patológico de su personalidad; sus antiguas ex novias, con las cuales apenas mantenía relación, ya le habían olvidado por completo y tan siquiera recordaban aquellas manías de psicótico desquiciado. ¿Qué habría sido del pelele de Contreras? ¿Y a quién coño le importaba? Lo último que escuché sobre él fue una confesión de otro amigo común, quien me describió cómo Contreras había desafiado al sueño instalándose, permanentemente, en el insomnio y la vigilia. El eco de su propia voz lo mantenía despierto mientras esperaba una llamada que nunca se producía. ¡Sus amistades tampoco le cogían el teléfono! Nos negábamos a explicarle algo tan obvio. ¡Contreras era un asqueroso negativo! Alguien había cortado los hilos que sostenían su cordura y una maniobra de sabotaje quería enviar su cabeza hasta el manicomio. La vida había decidido enterrarlo, engullirlo sin masticar, y él sólo podía resignarse atragantándose con tabletas de fármacos antidepresivos. After the laughter comes tears, me dije a mí mismo, antes de despedir a Contreras borrándolo para siempre de mi memoria.

2

Una tarde cualquiera, varios meses después, escuché su voz inconfundible en un programa de Radio3. Pensé que se trataba de un desvarío (fruto de mi obcecación) e intenté restarle importancia al asunto. No creí que aquello fuese posible. ¡Contreras había desaparecido y aquí nadie le echaba de menos! Continué bailando desnudo, frente a la ventana del dormitorio, como si no hubiera sucedido nada fuera de lo habitual. Entonces su risa macabra volvió a golpearme, pero esta vez lo hizo tan rápido, y tan fuerte, que apenas tuve tiempo para reaccionar dejándome caer sobre la alfombra; (igual que si alguien me hubiese disparado un tiro a bocajarro en la nuca). ¡No podía ser cierto! Contreras había salido de la tumba para grabar un disco, y ahora escribía canción protesta utilizando sólo un par de acordes. ¿Cuándo demonios había aprendido a tocar la guitarra? ¡Hasta hoy nunca nadie le había oído entonar ni una sola nota! Su nuevo discurso lo retrataba como un artista sensible a la vez que comprometido con las causas perdidas; influido por Macaco, por Nick Cave y por toda esa música que escuchaba desde pequeño en el coche de sus padres. ¡Menudo impostor! Contreras respondía a las preguntas de la entrevista mencionando, una y otra vez, la misma frase de Nelson Mandela que llevaba tatuada en la espalda. Según contaba, la inspiración para componer sus canciones había nacido de su espíritu rebelde y de “esa suma de pequeños detalles que convierten la vida en una aventura maravillosa”: Contreras disfrutaba pisando la hierba con los pies descalzos; ¡y también cultivaba sus propias hortalizas en las macetas de la terraza!. ¿Acaso nadie detectaba la impostura en cada frase que pronunciaba? Casi no podía creérmelo. Había nacido un nuevo logotipo comercial para la juventud y mi capacidad de asombro se negaba a aceptarlo. Perroflautas, hípsters, youtubers… un ejército infinito de gilipollas aclamaba los estribillos de sus canciones, (¡bravo por ellos!), pero solamente yo conocía la verdad sobre “Contreras” a secas. Este éxito tan repentino llenó las redes sociales de anuncios donde se publicitaban sus próximos conciertos. Contreras estaba en el ojo de huracán, managers y comebolsas pululaban en torno suyo, aunque él prefería ignorarlos concentrándose en su pseudo-poesía marca Hacendado. Junto a sus nuevos e influyentes amigos, bebía y descorchaba sus propias botellas de champán, mientras se lamentaba por la indigencia moral de nuestra época. ¡En el reservado de la discoteca todos querían fotografiarse junto a Contreras! Se trataba de una campaña exquisitamente orquestada, una broma de mal gusto, que fomentaba el culto a este becerro de oro. Mondo Sonoro aplaudía la honestidad de su primer trabajo y su compañía discográfica le propuso hacer una gira teloneando a Love of Lesbian. La fama de Contreras se extendía como una epidemia durante el medievo. Allí donde miraba aparecía su sombra amenazándome. Los blogs de moda analizaban su look trendy y sus canciones batían récords de descarga por iTunes. ¡Sus canciones sonaban en los anuncios de cerveza! Contreras intentaba reprimir la sustancia demoníaca que lo poseía pero esto era un esfuerzo inútil para un gilipollas de su graduación. Movistar Plus lo invitó a grabar una versión acústica de “Soldadito Marinero”, y Contreras nos sorprendía (una vez más) improvisando un tema inédito contra el acoso escolar. #ContrerasContraelBullying se había convertido en trending topic. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo había logrado esquivar su propia deriva transformándose en un cisne negro? ¡Ninguno de nosotros entendía las razones de su éxito! La voz de Contreras ya formaba parte de la banda sonora de nuestras vidas, y su popularidad provocó un efecto terrible en mi carácter. Aquellos ridículos trucos de prestidigitador habían conseguido lanzarlo al estrellato; la pirotecnia y los fuegos artificiales que le rodeaban me habían dejado hundido y sin respuestas. ¿Dónde quedó ese Contreras fracasado que tanto nos gustaba humillar? Entre la blasfemia y el ataque epiléptico, en plena tempestad neurótica, volví a tirarme al suelo y volví a llorar pataleando sobre una montaña de estiércol. ¡La figura omnipotente de Contreras resultaba demasiado poderosa para intentar huir hacia ninguna parte!

3

Frente al espejo del ascensor, haciendo muecas con un cuchillo en la mano, me sentía cargado de ira hacia mi peor enemigo: la persona que debía haber sido, que por supuesto no era y que tampoco sería jamás. Gracias a mi suscripción Premium en Spotify no paraba de escuchar la música que más detestaba. Este ejercicio de masoquismo me había provocado una hemorragia interna y no paraba de sangrar por los oídos. Así las cosas, había añadido las canciones de Contreras a mi playlist favorito: la banda sonora de mis recuerdos infantiles latentes. Su voz acompañaba a todos mis conflictos irresolubles, y sus estúpidos juegos de palabras se repetían igual que un loop dentro de mi cabeza. ¡Yo no podía hacer nada para evitarlo! Había regresado al bucle infinito, a la gozadera del pánico; había regresado a las lágrimas mezcladas con carcajadas histéricas y a los ojos alucinados que te observaban sugiriendo cosas horribles… No me consideraba ningún maníaco, ningún demente furioso ni nada por el estilo, pero creo que Contreras había incorporado una réplica mía a su colección de muñecos vudú. Encendía el televisor y ahí estaba él, acaparando la atención de las cámaras en todos los informativos: encadenado a una farola, dándole la bienvenida a un grupo de refugiados, paralizando un desahucio o tocando la misma canción con su puta guitarra sin cuerdas. ¡Debía tratarse de un error! El asunto Contreras había conseguido sacar la peor versión de mí mismo. ¡Era imposible amar a Contreras de otra manera que no fuese detestándolo! Su presencia mediática iba en aumento y denunciar aquel engaño no servía para nada. Contreras se había transformado en un comediante multidisciplinar que abarcaba diferentes ámbitos. Músico, poeta, tertuliano, performer, crítico de arte, ¡ecce homo!… Su universo se expandía a la velocidad de la luz, y cada semana otra supernova explosionaba contra mi cara de estupefacción. ¿Dónde estaba el límite? ¡Típico de Contreras!: levantar grandes expectativas alrededor suyo para terminar defraudándonos a todos. Bailar en la cueva, (así se titulaba su segundo disco, y su primer poemario, y su cuarta exposición de pintura expresionista abstracta), había decepcionado tanto a la prensa especializada como a sus estúpidos seguidores. La fama de Contreras empezaba a resquebrajarse. Su imperio corría el riesgo de terminar reducido a escombros. Mondo Sonoro tildaba su nuevo LP de “superficial” y “previsible”, mientras el público entendía que no podía seguir aplaudiendo a un estafador tan “previsible” y “superficial” como Contreras. ¡Qué mala suerte! ¿Dónde se escondía entonces su club de fans multitudinario? ¿y sus amigos influyentes? Contreras volvía a desvanecerse y todo resultaba perfectamente lógico; la nebulosa que lo envolvía se había disipado dejándolo en evidencia. ¡Qué gran regocijo! ¡Por fin escuchaba buenas noticias! El linchamiento popular lo había condenado a la picota robándole la honra. Una conspiración lo devolvía al lugar que se merecía. Los festivales de música indie ya no se interesaban por contratarle y las marcas de cerveza habían encontrado otro artista revelación para sus spots publicitarios. La fiebre Contreras apenas había durado dieciocho meses: una pesadilla tan intensa como efímera. Su imagen pública se había diluido igual que un azucarillo en una taza de café. Definitivamente, había llegado la hora de mirar la hora y volver a descorchar las botellas de champán: ¡Chin-chin! ¡Por Contreras y por su hundimiento perpetuo!

4

Pasaron unas pocas semanas cuando otra vez volvimos a tropezar, él uno contra el otro, en los urinarios de la Estación de Atocha. ¡Qué casualidad! Contreras llevaba una camiseta de Los Planetas llena de mugre y desprendía un extraño olor a azufre; su aspecto repugnante volvía a darme la razón: parecía una fantasmagoría que nunca debió convertirse en tendencia. Todavía abatido tras su último fracaso, y sentado sobre la tapa del retrete para minusválidos, Contreras hablaba consigo mismo perdiendo la mirada en los azulejos de la pared. Según decía, la vida era un carnaval. Según decía, barajaba distintos proyectos que le devolverían a la vorágine del show bussines. Contreras estaba harto de sí mismo y de que la gente le llamase blanco por culpa del color de su piel; su drama había alcanzado una dimensión todavía más profunda pero él se resistía a suscribir otra derrota. Contreras planeaba una nueva metamorfosis intentando resucitar como… ¿Quién sabe cuál sería su próximo delirio? Compadecí a ese jodido loco, abrazándole, y le di un beso en la frente antes de marcharme. ¡Qué otra cosa podía hacer! Desde que nos conocimos, hace muchos (demasiados) años, Contreras y yo habíamos mantenido una relación marcada por el orgullo, la imbecilidad y la envidia malsana. Al comienzo de nuestra historia creí percibir algo en su rostro de hipocondríaco, ciertas líneas en su figura, y me acerqué a él con simpatía y curiosidad. Daba la impresión de haber probado los sinsabores de la vida en su forma más amarga; de haber luchado contracorriente hasta ahogarse. Parecía como si le resultara imposible renunciar a sus ideales y estuviese entregado a perseguir el camino correcto. Ahora bien, ¿qué ideales encarnaba Contreras? ¿Cuál era su camino correcto? Durante años, burlarme de él supuso mi mayor entretenimiento. Contreras, el hijo pródigo de la culpa y de la mala conciencia, siempre se mostraba dispuesto a ofrecer la otra mejilla. Todos lo pasábamos en grande despreciándolo sin ningún tipo de remordimiento. Fustigar a Contreras, ese era nuestro objetivo: vapulearlo hasta que pidiera perdón. Cada uno de sus intentos por reivindicarse encarnaba otra oportunidad para arrollarle pisoteando sus sueños. Sin embargo, él siempre regresaba a la casilla de salida igual que la primera vez. Su ánimo era inquebrantable. ¿Qué pretendía demostrar? Tanta terquedad nos ponía enfermos hasta que le dimos por imposible. Aun así, nunca dejamos de pensar en él; nos negábamos a excluirlo de nuestras oraciones sin comprobar cómo se precipitaba al vacío por enésima vez. Presenciábamos ensimismados cada uno de sus movimientos y nos interrogábamos por su existencia igual que si se tratara de un fenómeno poltergeist. Las lámparas se balanceaban solas cuando alguien pronunciaba su nombre, los grifos se abrían y los cristales de las ventanas estallaban sin explicación aparente. Una especie de cordón telepático nos mantenía unidos. ¡Contreras nos pertenecía! Habíamos echado nuestra funda espiritual sobre él y sus disparatados intentos por llamar la atención sólo podían emplearse en nuestro propio drama. ¡En el nuestro! Al cabo de un tiempo, los ojos de Contreras habían dictado sentencia: ahí reconocí su animadversión hacia los demás y cuánto deseaba nuestra muerte. Contreras nos aborrecía y yo tuve la impresión de merecer toda esa cólera. Quizá habíamos nacido enemigos desde un principio, y (quizá) sólo nos estuviéramos limitando a cumplir la voluntad de nuestro código genético. Poco a poco intenté olvidarme de él; lo saqué de mi cabeza y comencé a ejercitarme en la soledad. A veces, no obstante, todavía cedo a la tentación y continúo sin diferenciar si él era yo o si nosotros hemos sido Contreras. Cuando esto ocurre me encierro tras la mampara de la ducha esperando el momento propicio para apretar el botón rojo, pero ya no amenazo con suicidarme ni disfruto vendiendo lástima. Ahora prefiero mantenerme en silencio, sí, he descubierto un gran placer escuchando el silencio y prestando atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse. ¡Chin-chin! ¿Qué os parece?

Esta entrada fue publicada en Divertirse a la fuerza era obligatorio y etiquetada . Guarda el enlace permanente.