(culpa, dudas y taxidermia)

Tengo la cabeza llena de pensamientos absurdos y carentes de lógica, pensamientos que me he terminado creyendo y que asumo como propios, ¡soy incapaz de deshacerme de ellos!; tan sólo consigo desecharlos cuando los sustituyo por otros, (pensamientos), todavía más absurdos y con mucha menos lógica. No soy ningún majara que disfrute chapoteando en el barro de sus miserias, nada de eso, no me gusta presumir de vacío existencial, aunque durante la última semana haya consultado dieciocho veces el programa de actividades que organiza CaixaForum. Me han hablado maravillas sobre una de esas exposiciones de arquitectura que nadie debería perderse. Ya sabéis, “Arquitectura orgánica: entre el diseño, la Naturaleza y un desarrollo sostenible”. No estoy bromeando, os aseguro que detesto presumir de vacío existencial, en serio, pero la convivencia dentro de esta ratonera implica ciertos sacrificios. Me refiero a ciertas concesiones que debo cumplir para no levantar sospechas. La gente que me rodea habla sobre esto y aquello, opina acerca de lo de aquí y lo de allá, discute por qué sí o por qué no… ¡El infierno existe y yo debo resignarme a permanecer en él! ¡Aquí! ¡Junto a vosotros! ¡Encerrado dentro de la cara interna de un cilindro transparente! Las exposiciones de arquitectura orgánica también forman parte de esa misma penitencia a la que debo someterme cada día. Sin embargo, como ya os he dicho, prefiero evitar riesgos innecesarios, y por eso mantengo mi vacío existencial en completo anonimato. ¡No quiero que nadie lo reconozca! Oculto mi verdadera cara tras un pasamontañas hecho a mi medida, una máscara de látex, que me permite mantener esta mueca mientras continúo sustituyendo pensamientos absurdos por otros que lo son todavía mucho más.

Bajo a la calle arrastrando una bolsa de basura llena de tetrabricks. Finjo que todo está en orden. Finjo que yo mismo soy una persona de orden. Estoy fingiendo porque uno no siempre puede ni debe comportarse tal y como es. Ahí fuera hay demasiados tíos raros vigilándome, escuchando mis conversaciones y observando mi comportamiento; demasiados tíos raros dispuestos a sacar sus propias conclusiones sobre quién soy yo en realidad. Pero, ¿quién soy yo en realidad? Me aproximo hasta el contenedor azul y allí voy depositando (uno por uno) mis cartones de leche. Junto al contenedor para reciclar papel, rodeado por inmundicias y rastros de orín, he encontrado mi lugar en el mundo. Aquí me siento bastante cómodo y a salvo de mis contradicciones. Aquí también he encontrado un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. El aspecto de este búho se revela tan majestuoso como decadente: mitad bárbaro y mitad snob. Admitámoslo, ¡el flechazo ha sido inmediato! Sin ningún escrúpulo, sin ningún motivo que justifique mi decisión, rescato aquel monstruo de la indigencia y lo subo a casa. Vivo en una madriguera de treinta y cinco metros cuadrados, una fortaleza claustrofóbica, –al margen de vuestro cilindro transparente–, donde nunca seréis bien recibidos. Lo lamento, no quiero resultar maleducado ni descortés; tampoco quiero presumir de vacío existencial aunque acabe de renovar mi confianza en las hamburguesas de tofu. He colocado al búho en el dormitorio, –sobre la mesilla de noche–, evitando mirarle directamente a los ojos. La expresión de su rostro encierra un silencio muy inquietante, un silencio lleno de reproches, gracias al cual he recuperado esa sensación de terror que tanto echaba de menos.

Hermann y su mirada inyectada en sangre han roto el equilibrio Feng-Shui de mi madriguera; la armonía de mi mobiliario Ikea, me refiero. Tampoco importa demasiado. He escogido el cadáver de un ave de rapiña como mascota, asumo que el sótano de mi desesperación mantiene su punto confortable. Mi síndrome de Diógenes ha fundido nuestros destinos en uno. Nuestra relación comienza a articularse por un acuerdo tácito donde yo me equivoco y Hermann me corrige. ¡Ambos nos complementamos igual que un puto matrimonio! Él me advierte sobre lo incorrecto de mis actos y yo, a cambio, le ofrezco un hombro donde poder cobijarse. Sin embargo, creo que la convivencia empezará a pasarnos factura en breve; compartir veinticuatro horas diarias en compañía está destrozando nuestra salud mental. La mirada de Hermann, (así lo he bautizado), se ha convertido en la censura que inspira todos mis sentimientos neuróticos: sentimientos de culpabilidad, sentimientos de autocastigo… ¡A veces colorear libros de mándalas no es suficiente! Estoy luchando solo, claro que lo sé, rodeado de oscuridad, y confundido por todas las voces que retumban dentro de mi cabeza. Allá donde voy me persigue la clarividencia de este búho sádico y narcisista, mortificándome entre traumas que creía reprimidos, transformando el contenido de mis pesadillas en un arma arrojadiza contra mí mismo. Me pregunto durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife sin terminar maniatado a la cama de un hospital psiquiátrico.

Recorro el mismo camino, una y otra vez. El camino equivocado. ¿Que por qué lo recorro? Porque es el único que conozco; no importa cuán destructivo sea. La gozadera de los pánicos subjetivos carece de memoria y de razón de ser: omnipotencia, aislamiento, desapego, preocupación por una realidad interna que tan siquiera existe… ¡Hermann y sus consejos han desprovisto mi vida de cualquier tipo de significado! El peso del búho sobre mis hombros aumenta (progresivamente) según pasan los días. Yo empequeñezco a medida que él multiplica su tamaño. Mi cuenta de Instagram lleva dos semanas sin actualizarse y creo que estoy desapareciendo de las fotografías. En mi lugar, sustituyéndome, ha surgido la sombra de un búho que se presenta (majestuoso) sobre su soporte en forma de rama. Me preocupa este incidente. Una pérdida masiva de followers acabaría de una vez por todas con mis falsas esperanzas. «El horror ante la falta de reconocimiento, –dice Hermann–, se ha convertido en el nuevo miedo a la soledad».

Nada de lo que os contase acerca de @Hermie sería exacto. Él maneja todas mis debilidades tal y como le apetece, pero yo apenas tengo información sobre su pasado. ¡Incluso se niega a confesarme su verdadera edad! Maldito búho presumido. ¿Debería cederle el asiento cuando cogemos el autobús? Hermann representa un factótum de virtudes ajenas al paso del tiempo, la mezcla perfecta entre la arrogancia de la juventud y el rencor de la vejez. A su lado, mi mayor error soy yo mismo; nada de lo que digo resulta adecuado; todo lo que hago parece un desacierto. Nuestra relación se retroalimenta por un acuerdo tácito donde yo pido disculpas y él me humilla hasta verme llorar. Su actitud condescendiente me recuerda demasiado a la de cualquiera de mis ex-novias. ¿Acaso nadie comprende cuánto estoy sufriendo? Mi última búsqueda en Google, (ASESINATO BÚHO DISECADO YAHOO RESPUESTAS), deja claro nuestra falta de química.

Suena mi teléfono móvil y el propio Hermann responde a la llamada. «¿Quién anda ahí?, –pregunta». Escucho la voz de mi madre, fuera de sí, rogándome que detenga este disparate. Según me cuenta, todo lo que os he explicado sobre mi relación con Hermann forma parte de una fantasía ridícula. No hay ningún búho disecado; yo lo he inventado todo. Esta constante sensación de arrepentimiento me ha transformado en un lunático que empatiza con animales imaginarios. Así valido mi existencia, tratando de proyectar mi superyó mediante una imagen reconocible. ¡Menuda estafa! Mi madre insiste, llama de nuevo, y sugiere que me deshaga del búho: «¡Debes recuperar tu vida! –grita–. ¡Una vida estéril con neurosis sostenibles! –añade». Yo decido si lo abandono en los lavabos de un centro comercial o le busco acomodo, como parte del atrezzo, en una exposición de dormitorios infantiles. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), me sumerge en un aquelarre de casquería emocional. Mi propia casquería emocional. Un carnaval donde la culpa, las dudas y la taxidermia han tomado el control sobre mis deseos. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Sinceramente, yo sólo quería mantener mi vacío existencial en completo anonimato, ¡que nadie lo reconociese!. Quería ocultar su rostro tras un pasamontañas hecho a mi medida, y mientras continuar sustituyendo pensamientos absurdos por otros que los son todavía mucho más.

Esta entrada fue publicada en Divertirse a la fuerza era obligatorio y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.