Culpa dudas y taxidermia

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Tengo la cabeza llena de pensamientos absurdos y carentes de cualquier tipo de lógica, al menos así lo cree la mayor parte de la gente que me rodea; mis pensamientos no son bien acogidos por los demás, pero yo tampoco puedo (ni quiero) acoger ningún pensamiento ajeno a los míos propios. Las personas que forman el entorno donde me muevo, —lo repiten una y otra vez—, afirman que mis pensamientos les aturden, les agotan e incluso llegan a resultarles tóxicos. Nadie quiere escuchar ni una palabra acerca de estos pensamientos míos que ni interesan ni levantan ninguna simpatía fuera de mi cabeza. Sin embargo, yo nunca me doy por aludido y defiendo mis ocurrencias con el fanatismo de un ultra en un campo de fútbol, como si se tratara de un dogma de fe, así defiendo estas ocurrencias, las mismas ocurrencias que me he terminado creyendo contra mi voluntad, las mismas que me han arrastrado hasta este callejón sin salida y que sólo consigo deshechar cuando las sustituyo por otras (ocurrencias) todavía más absurdas y con mucha menos lógica. Esta tonelada de detrito mental pesa demasiado para simular que todo va bien y que no ocurre nada grave, sería divertido fingir lo contrario pero no puedo hacerlo porque ya están sucediendo cosas, me refiero a ciertos acontecimientos que sólo yo percibo, acontecimientos y hechos puntuales que a mí me hacen estremecer mientras que a vosotros —en cambio— os dejan totalmente indiferentes. Digamos que yo me estremezco mientras vosotros permanecéis a la expectativa sin saber cómo reaccionar. Ante todo debo aclarar que no me considero ningún majara que disfrute chapoteando en el barro de sus miserias, nada de eso, odio presumir de vacío existencial, lo odio pese a que durante la última semana haya consultado dieciocho veces el programa de actividades que organiza CaixaForum. Me han hablado maravillas sobre una exposición de arquitectura orgánica que nadie debería perderse; y también me han hablado sobre las canciones de un grupo nuevo que tengo que escuchar cuanto antes; y sobre un libro de poemas con ilustraciones cuya lectura es  casi obligatoria; e, incluso, me han hablado (maravillas) sobre una serie en Netflix que seguro me enganchará desde el primer capítulo. No estoy bromeando, os prometo que detesto presumir de vacío existencial, pero la convivencia dentro de esta ratonera implica ciertos sacrificios, me refiero a ciertas concesiones que debo cumplir para no levantar sospechas. La gente que me rodea habla sobre esto y aquello, opina acerca de lo de aquí y lo de allá, discute por qué sí o por qué no… Y todo orbita dando giros de 360 grados, vueltas y más vueltas, que siempre me devuelven al mismo triste y aburrido lugar. Encerrado dentro de la cara interna del cilindro, me pregunto si las exposiciones de arquitectura orgánica también formarán parte de esta misma penitencia, el mismo fuego redentor al que debo someterme cada día: ¿Por qué alrededor mío todo arde pero nada se consume? La fogata eterna resulta muy agotadora. Echo en falta los efectos destructivos de las grandes explosiones, el estruendo y las ondas expansivas que generan los cambios irreversibles; sin embargo, como ya os he dicho, debo asumir ciertas concesiones para no levantar sospechas. Prefiero evitar los malos entendidos, y por eso mantengo mi vacío existencial en completo anonimato. ¡No quiero que nadie lo reconozca! Oculto mi verdadera cara tras un pasamontañas hecho a mi medida, —una máscara de salud mental—, que me permite mantener la misma mueca mientras continúo sustituyendo pensamientos absurdos por otros que lo son todavía mucho más.

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Bajo a la calle arrastrando una bolsa de basura llena de tetrabricks. Finjo que todo está en orden. Finjo que yo mismo soy una persona de orden. Estoy fingiendo porque uno no siempre puede ni debe comportarse tal y como es; ahí fuera hay demasiados tíos raros vigilándome, escuchando mis conversaciones en el vagón del Metro u observando mi comportamiento cuando deambulo sin rumbo por los pasillos del supermercado; demasiados tíos raros dispuestos a sacar sus propias conclusiones sobre quién soy yo en realidad. Pero, ¿quiénes sois vosotros en realidad? Me aproximo hasta el contenedor azul y allí voy depositando (uno por uno) mis cartones de leche. Junto al contenedor para reciclar papel, rodeado por inmundicias y rastros de orín, he encontrado mi lugar en el mundo. Allí me siento bastante cómodo y a salvo de mis contradicciones. Allí también he encontrado un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. El aspecto de este búho se revela tan majestuoso como decadente: mitad bárbaro y mitad snob. ¡El match ha sido inmediato! Sin ningún escrúpulo, sin ningún motivo que justifique mi decisión, rescato aquel monstruo de la indigencia y lo subo a casa. Vivo en una madriguera de treinta y cinco metros cuadrados, un búnker claustrofóbico, —al margen de vuestro hábitat—, donde nunca jamás seréis bien recibidos. Lo lamento, en serio, no quiero parecer maleducado ni descortés; tampoco quiero presumir de vacío existencial hasta que no vuelva a actualizar mi estado de ánimo en Facebook: (tan sólo necesito cinco emoticonos para acaparar todas las fluctuaciones de esta deriva espiritual). He colocado al búho en mi dormitorio, sobre la mesilla de noche, pero sigo evitando mirarle directamente a los ojos. Creo que la expresión de su rostro encierra un silencio muy inquietante, un silencio lleno de reproches, gracias al cual he recuperado esta sensación de terror que tanto precisaba y tanto echaba de menos.

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Hermann y su mirada inyectada en sangre han roto el equilibrio Feng-Shui de mi madriguera; me refiero al orden y a la armonía que me proporcionaban mis muebles viejos comprados en Ikea hace casi diez años. Fue impactante descubrirlo pero ya no me importa lo más mínimo. He decidido dejarme llevar. He escogido el cadáver de un ave de rapiña como mascota y acabo de renovar mi confianza en las hamburguesas de tofu, esto significa que el sótano de mi desesperación mantiene su punto confortable. Mi síndrome de Diógenes ha fundido nuestros destinos en uno. Hermann y yo, entrelazados bajo un mismo signo, ratificando que nuestra relación se articula por un acuerdo tácito donde yo me equivoco y el búho me corrige. ¡Ambos nos complementamos igual que un puto matrimonio! Él me advierte sobre lo incorrecto de mis actos y yo, a cambio, le ofrezco un hombro donde poder cobijarse tranquilo. Sin embargo, intuyo que nuestro régimen de tolerancia no tardará en sufrir un deterioro irreparable, creo que muy pronto los problemas domésticos empezarán a pasarnos factura: compartir veinticuatro horas diarias en compañía ha destrozado nuestro presunto idilio transformándonos en otra pareja rota, otra pareja dispuesta a marchitarse dentro del mismo tiesto lleno de tierra seca. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), se ha convertido en la censura que inspira todos mis sentimientos neuróticos: sentimientos de culpabilidad, sentimientos de autocastigo… ¡A veces colorear libros de mándalas no es suficiente! Estoy luchando solo, claro que lo sé, rodeado de oscuridad, y confundido por todas las voces que retumban dentro de mi cabeza. Allá donde voy me persigue la clarividencia de este búho sádico y narcisista, mortificándome entre traumas que creía reprimidos y transformando el contenido de mis pesadillas en un arma arrojadiza. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Temo perderme, extraviarme fuera del camino, sin saber (a ciencia cierta) ni dónde me encontraba antes ni hacia dónde me dirijo ahora.

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Recorro el mismo camino una y otra vez. El camino equivocado: maullando y persiguiendo luces en mitad de la noche. ¿Que por qué lo recorro? Porque es el único camino que conozco, no importa cuán destructivo sea, la gozadera de los pánicos subjetivos carece de memoria y de razón de ser. Omnipotencia, aislamiento, desapego, preocupación por una realidad interna que tan siquiera existe… ¡Hermann y sus consejos han desprovisto mi vida de cualquier tipo de significado! El peso del búho sobre mis hombros aumenta (progresivamente) según pasan los días: yo empequeñezco a medida que él multiplica su tamaño. Mi cuenta de Instagram lleva dos semanas sin registrar movimientos y creo que estoy desapareciendo de las fotografías. En mi lugar, sustituyéndome, ha surgido la sombra de un búho que se presenta majestuoso sobre su soporte en forma de rama. Me preocupa este incidente puesto que una pérdida masiva de followers acabaría de una vez por todas con esa persona tras la cual me oculto para intentar sobrevivir. «El horror ante la falta de reconocimiento, —dice Hermann—, se ha convertido en el nuevo miedo a la soledad». Sinceramente, nada de lo que os contase acerca de @Hermie sería exacto, él maneja todas mis debilidades tal y como le apetece, pero yo apenas tengo información sobre su pasado. ¡Incluso se niega a confesarme su verdadera edad! Maldito búho presumido. ¿Debería cederle el asiento cuando cogemos el autobús? Hermann representa un factótum de virtudes ajenas al paso del tiempo: la mezcla perfecta entre la arrogancia de la juventud y el rencor de la vejez. A su lado, mi mayor error soy yo mismo; nada de lo que digo resulta adecuado; todo lo que hago parece un desacierto. Nuestra relación se retroalimenta por un acuerdo tácito donde yo pido disculpas y él me humilla hasta verme llorar. Precisamente es su actitud condescendiente lo que tanto me recuerda a cualquiera de mis ex-novias: Julia, Anna, Carmela, Silvia, Lourdes… ¿Acaso nadie comprende cuánto estoy sufriendo? Mi última búsqueda en Google, (ASESINATO BÚHO DISECADO YAHOO RESPUESTAS), evidencia y deja bien claro nuestra falta de química.

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Suena mi teléfono móvil y el propio Hermann responde a la llamada. «¿Quién anda ahí?, –pregunta». Escucho la voz de mi madre, fuera de sí, rogándome que detenga este disparate; según me cuenta, todo lo que os he explicado sobre mi relación con Hermann forma parte de una fantasía ridícula. No hay ningún búho disecado. Yo lo he inventado todo. Esta constante sensación de arrepentimiento me ha transformado en un lunático que empatiza con animales imaginarios. Así valido mi existencia: tratando de proyectar mi superyó mediante una imagen reconocible. Ignoro cómo me he sumergido en este trance que no sugiere ningún tipo de final feliz. Cada día soy ejecutado por un crimen distinto y en realidad yo no he cometido delito alguno. ¡Soy inocente! Me asombra mi capacidad de aguante para someterme a estas experiencias de muerte virtual. «La desgracia de los seres humanos, –apunta Hermann–, es producto de su cobardía ante ellos mismos».  Mi madre insiste, llama de nuevo, y sugiere que me deshaga del búho. «¡Debes recuperar tu antigua vida! —grita—. ¡Una vida vulgar y anodina con su puñadito de neurosis sostenibles! —añade». Yo decido si lo abandono en los lavabos de un centro comercial o le busco acomodo, como parte del atrezzo, en una exposición de dormitorios infantiles. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), me sumerge en un aquelarre de casquería emocional. Mi propia casquería emocional: un carnaval donde la culpa, las dudas y la taxidermia han tomado el control sobre mis deseos. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Sinceramente, no lo sé. Yo sólo quería mantener mi vacío existencial en completo anonimato,—¡que nadie lo reconociese!—, quería ocultar su rostro tras un pasamontañas hecho a mi medida, y mientras tanto continuar sustituyendo pensamientos absurdos por otros que los son todavía mucho más.

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