(disfraz de viejo)

Con razón afirmaba que no existía peor fanatismo que el de los conversos y los traidores. Fred tenía ese aspecto, (el de un converso traidor), aunque si se lo preguntaseis os lo negaría moviendo la cabeza de izquierda a derecha. Sólo enajenación y palabras huecas, ningún tipo de respuesta convincente. ¡Para Fred seríais vosotros los únicos conspiradores! ¿Acaso nadie se iba a atrever a desenmascararle jamás? Una mente obtusa dentro de un alma vacía, ese era el Fred que tan bien conocíamos y al que tanto admirábamos, el Fred que nos gustaba, el de los buenos tiempos, cuando todavía le percibíamos arrebatador y eternamente joven frente al espejo… Ya sabéis, ¡fotografiándose frente al espejo del cuarto de baño! ¡Cuántos recuerdos inolvidables enlatados dentro de la tarjeta de memoria de su teléfono móvil! Entonces ocurrió lo que ocurrió y el agua del mar se tragó su puto castillo de arena. Así fue como Fred empezó a desvariar. Su metamorfosis se produjo de un modo tan radical que a todos nos pilló desprevenidos. ¿Quién podía suponer algo así? Fred había encontrado su corazón en el mismo lugar donde acababa de perder la cabeza, o al menos eso era lo que nos quería hacer creer a los demás. No estoy aquí para juzgarle, pero su afán por envejecer prematuramente rozaba casi la obsesión.

«Cochinos apaleados. Os detesto. Os aborrezco a todos, gente joven y orgullosa por parecerlo –­escribía Fred en su diario antes de irse a la cama–. Sinceramente, no os soporto, me refiero a ese juego vuestro, tan deshonesto y tan fuera de lugar… ¿Queréis perpetuar vuestra adolescencia hasta los cincuenta y cinco años? Esnifáis litio rindiendo culto a vuestra propia imagen, pero (en realidad) teméis acabar lapidados bajo la indolencia de tantas y tan miserables fantasías. Os han contaminado con algo asqueroso. ¡Cuánta pesadumbre! Alrededor mío se multiplica la plaga de representaciones figurativas, espectros con estatus de divinidad pagana, cuyo único fin pasa por evitar el fin. El final y su deterioro implícito. Huyen de las flacidez, de las arrugas, huyen de las canas y de los achaques reumáticos durante el invierno… ¡sin embargo se recrean en la angustia! ¡Vuestra propia angustia!: la gran mentira de una estafa donde todos quieren evitar a la muerte. Los nonatos recién nacidos deberían permanecer encerrados dentro de un sótano, bajo llave, hasta que cumplan treinta años. Os exijo un momento para la reflexión: hoy por hoy, viejo prematuro significa joven para siempre».

Fred había desarrollado un rencor muy intenso hacia la juventud, y hacia todo lo que ella representaba; esta aversión le proporcionó un delirio tan absurdo como poco convencional. Os estoy hablando de su disfraz de viejo. Sin duda, el mayor peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija. Fred y su disfraz habían decidido dejarse atrapar el uno contra el otro: ya no querían ser jóvenes para siempre sino viejos hasta que se murieran. ¡Nada podía hacerles cambiar de opinión al respecto! Sólo los locos, los jodidos maniáticos como Fred y su disfraz, consiguen resistir firmes al calor de su propio entusiasmo. Resultaba fascinante la vehemencia con la que ambos se entregaban al servicio de causas insostenibles. Aquella cruzada contra la impostura adolescente les había  transformado en algo oscuro. Ambos se habían convertido en la némesis del alma del botellón, una criatura bicéfala, que ejercía a la vez como víctima y verdugo de sí misma.

«He aquí mi desprecio. Me consumo inmerso en el relato de una cultura dominada por niñatos infantiles –escribía Fred en su diario nada más levantarse de la siesta–. Una pandilla de niñatos consentidos que cuentan con el beneplácito de las multinacionales y de las grandes marcas; su dinero ha dictado sentencia: si tienes más de veinticinco años no deberías existir, o por lo menos deberías intentar disimularlo escondiéndote. ¡Ese es el canon que os han vendido!. El canon que habéis comprado sin plantear ni una sola objeción. Aun así, yo no quiero y tampoco puedo desaparecer. Me pregunto por qué mi disfraz de viejo es considerado como un estigma, cuando sois vosotros quienes hacéis el ridículo. Quiero desafiar a esta gerontocracia de efebos. Me propongo dinamitar los pilares de un sistema educativo cuyos padres han reforzado manteniendo todas y cada una de las fantasías narcisistas de sus hijos. Os han hecho creer que podéis ser lo que queráis cuando queráis, aquí y ahora, pero en realidad no se trata de eso…».

La falsa senectud como forma de subversión cotidiana. A veces Fred cogía el autobús y cuando alguien le cedía un asiento ocupado él rechazaba esa cortesía fingiendo sentirse ofendido. Entonces mostraba la fotocopia del DNI, donde consta su verdadera edad, y confirmaba que nada era lo que parecía. «¡Acabo de cumplir los cuarenta!», gritaba Fred mientras sujetaba bajo el brazo un sobre de radiografía médica. Menuda gamberrada. Fred y su falsa senectud se habían adelantado a su propio declive, procurándose diferentes identidades, desdoblándose en diferentes heterónimos y camuflándose tras distintas coartadas tan fálico-egocéntricas como las de todos esos adolescentes a los que tanto detestaba. Fred no titubeaba entablando nuevas conversaciones que involucraban a los demás pasajeros del autobús. Explicaba así el making-off de su propio trastorno y detallaba cuanto le costaba encontrar un vestuario adecuado para lograr sus objetivos. No eran diálogos al uso sino pequeños apuntes a propósito de esta vocación por disfrazarse igual que un jubilado. Fred hablaba sobre sí mismo desde la tercera persona del singular, dando a entender que se consideraba un visionario, un genio, o un nuevo artista del hambre dispuesto  cambiar el mundo gracias a su talento. Sin embargo, esta actitud tan megalómana generaba mucha desconfianza. ¿Quizá algo no funcionaba bien entre Fred y el mundo exterior? Según contaba, disfrutaba mucho rellenando cuadernos de sudokus a la vez que vigilaba las obras para la construcción de un aparcamiento subterráneo; le encantaba el olor a cemento fresco desde primera hora de la mañana. Obviamente, también hablaba sobre su rebeca de rombos, sobre su gorra publicitaria (Saneamientos Pereda S.A.) y sobre la importancia de los pantalones de franela. «¡Siempre franela, nunca tergal!», advertía.

«Siento que toda esta decrepitud impostada ha llegado hasta tal extremo que supera los formalismos de la apariencia e, incluso, invade ciertas lagunas de mi subconsciente. ¿Entendéis lo que quiero decir? No hace falta ser Jacques Lacan para comprenderlo. El disfraz de viejo ha modificado mi conducta destapando los demonios que me atormentaban el espíritu. El continente ha terminado absorbiendo al contenido. La decadencia se ha convertido en mi zona de confort, y mis manías de octogenario me empujan a mimetizarme con un personaje sórdido a la vez que entrañable. Este punto de demencia es la fuente de toda mi energía. ¡Llevo meses simulando una fatiga crónica que tan siquiera padezco! El discurso totalitario de los anuncios de cerveza ya no significa absolutamente nada para mí. ¡Soy impermeable y vuestra puta mierda no me cala! No necesito un ápice de vuestro hedonismo de saldo. He sustituido mi peinado con tupé hípster por una calva artificial fabricada en látex. ¡El sobre de radiografía médica que sujeto bajo el brazo también forma parte de mi outfit! Alrededor mío sólo encuentro adultos disfrazados de niño que no entienden cómo la vida les niega lo que verdaderamente creen merecer. Vanidades que lloran porque el destino no cumple con sus caprichos. ¡Lloráis porque nadie os compra una bolsa de gominolas y buscáis cualquier excusa que os proteja frente al Principio de Realidad! Os observo con cara de asco pero vosotros tan siquiera reparan en mi presencia. No me importa. Ya no busco refugio entre los débiles, y por eso coqueteo con cualquier tabú social desde la impunidad que me otorga mi condición de desahuciado. No quiero saber nada de depresiones postvacacionales ni de los riesgos psíquicos que implica el estrés en el puesto de trabajo. Ahora sólo sueño con padecer enfermedades rocambolescas que me permitan aferrarme a la vida hasta su último estertor. Patologías coronarias y próstatas tamaño XXL. La pérdida de movilidad, la impotencia y los pañales para adultos formarán parte de un mismo proceso liberador. Algún día sólo la farmacéutica que me toma la tensión recordará la fecha de mi cumpleaños. Entonces gritaré ¡Eureka!, y os podré explicar si todo este sacrificio ha valido la pena».

 

Adultos que toleran muy mal las frustraciones diarias, casi tan mal como yo mismo.

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