Disfraz de viejo

Una mente obtusa dentro de un alma vacía, ese era el Fred que tan bien conocíamos y al que tanto admirábamos, el Fred que nos gustaba, el de los buenos tiempos, cuando le percibíamos arrebatador y eternamente joven frente al espejo del cuarto de baño. Fred se fotografiaba frente al espejo de su cuarto de baño y se negaba a envejecer, parecía que nada podía salirle mal, pero entonces ocurrió lo que ocurrió y así fue como empezó a desvariar. El agua del mar se había tragado su puto castillo de arena y esto trajo implícitos una serie de cambios en su vida; Fred sufrió una metamorfosis tan radical que a todos nos pilló desprevenidos. ¿Quién podía haber supuesto algo así? Según nos decía, había encontrado su corazón en el mismo lugar donde acababa de perder la cabeza, o al menos eso era lo que nos quería hacer creer a los demás. No estoy aquí para juzgarle, aunque su repentino afán por envejecer (prematuramente) rozaba casi lo obsesivo. Le recuerdo ahora explicando alguna de sus absurdas teorías, repitiéndome que no existía peor fanatismo que el de los conversos y los traidores, cuando era él mismo, el propio Fred, quien había formado parte del bando contrario antes de cambiar una bandera por otra. Fred tenía el aspecto de un converso traidor aunque se mostraba incapaz de reconocerlo públicamente; si se lo preguntaseis jamás lo admitiría, seguro que os lo negaría, moviendo la cabeza de izquierda a derecha, y acusándoos de intentar menospreciarle tratándolo como a un hereje. ¡Para Fred vosotros seríais los únicos inquisidores! Enajenación y palabras huecas, pero ningún tipo de respuesta convincente por su parte. Dejadme que os sitúe en el epicentro de su delirio, citaré textualmente algunos fragmentos de su diario íntimo; Fred había transformado ese diario donde transcribía su malestar, (el conjunto de todas sus opiniones inconvenientes), en un retrete de discoteca preparado para recibir un vómito encima de otro:

«Cochinos apaleados. Os detesto a todos. Os aborrezco  sin excepción, gente adulta y orgullosa por parecer menor de edad. Sinceramente, no lo soporto, me refiero a ese juego vuestro tan deshonesto y tan fuera de lugar… ¿Queréis perpetuar vuestra adolescencia hasta los cincuenta y cinco años? ¡No me hagáis reír! Esnifáis litio rindiendo culto a vuestra propia imagen pero tenéis pavor a descubrir quiénes sois en realidad; teméis acabar lapidados bajo la indolencia de esa misma fantasía que os mantiene jóvenes y cuerdos frente al espejo del cuarto de baño. Os han contaminado con algo asqueroso. ¡Cuánta pesadumbre! Alrededor mío se expande la pandemia y, pese a que ignoro cuál es su método de transmisión, puedo imaginarme quiénes son los artífices del contagio. Me encanta pasear por vuestro corredor de las sombras, este averno de las tinieblas, donde nada se marchita y todo se conserva igual o mejor que ayer. Disfruto demasiado, en serio, choteándome de vuestros esfuerzos por renovaros, por aferraros a la eterna juventud y así detener el tiempo… Rápido, detened el tiempo: vuestro único fin pasa por evitar el fin. El final y su deterioro implícito. Huid de la flacidez, de las arrugas, huid de las canas y huid de la decadencia física que tan poco os gusta y tanto os avergüenza… ¡sin embargo recrearos en vuestra angustia! ¡Vuestra propia angustia! Esta es la gran mentira de una estafa donde todos quieren evitar a la muerte. Tomaros un momento para la reflexión y actualizad vuestro estado de ánimo en Facebook; ¡Qué curioso! ¿Sólo con cinco emoticonos podéis acaparar todas las fluctuaciones de vuestra deriva mental? Analizad lo que os digo porque no pienso insistir en ello: hoy por hoy, viejo prematuro significa joven para siempre.»

Fred había desarrollado un rencor muy intenso hacia la juventud y hacia todo lo que ella representa en los anuncios de televisión; este odio le proporcionó un delirio tan inútil como poco convencional. Os estoy hablando de su disfraz de viejo. Sin duda, el mayor peligro consiste en dejarse acaparar por una idea fija, algo así como lo que hicieron Fred y su disfraz, ambos se dejaron atrapar el uno contra el otro y nada ni nadie podía hacerles cambiar de opinión. Sólo los locos, los jodidos maniáticos, consiguen resistir firmes al calor de su propio entusiasmo; quizá por ese motivo resultaba tan fascinante la vehemencia con la que ambos, (Fred y su disfraz), se entregaban al servicio de su propia causa. Aquella cruzada contra la impostura adolescente les había  transformado en algo oscuro, los dos se habían convertido en la némesis de lo que fueron antaño, una criatura bicéfala, que ejercía a la vez como víctima y como verdugo de sí misma.

«Me pregunto por qué deseáis conservaros jóvenes para siempre cuando podríais manteneros viejos hasta que os murieseis. Vivo inmerso en el relato de una cultura dominada por los sueños y las ambiciones de una pandilla de niñatos infantiles; una cultura dominada por cuarentones repugnantes, (pero travestidos como niñatos infantiles), donde el paso del tiempo y la muerte se han erigido como tabúes que garantizan nuestra paz social. He aquí mi desprecio para su falso estatus y para su falsa paz social. El pánico a envejecer se ha convertido en el nuevo incesto. Ellos cuentan con el beneplácito de las multinacionales, el apoyo de las grandes marcas, cuentan con la aquiescencia del gobierno, del ejército y de destacados influencers que cuelgan fotos a diario en sus cuentas de Instagram; su dinero ha dictado sentencia: si tienes más de veinticinco años has perdido, ya no deberías existir, o por lo menos deberías intentar disimularlo reinventándote como otro falso teenager. ¡Ese es el canon que os han vendido!. Ese es el canon que habéis comprado sin plantear ni una sola objeción. Aun así, yo no debo ni tampoco puedo desaparecer. Me pregunto por qué mi disfraz de viejo es considerado como un estigma cuando sois vosotros quienes hacéis el ridículo. Quiero desafiar a esta falsa gerontocracia de efebos. Me propongo dinamitar los pilares de un sistema educativo cuyos padres han reforzado manteniendo todas y cada una de las fantasías narcisistas de sus hijos. Os han hecho creer que podéis ser lo que queráis cuando queráis, os han hecho creer que podéis lanzarle un órdago a la muerte y salir indemnes de ello, aquí y ahora, en el gimnasio, sudando junto a vuestro monitor de spinning, pero en realidad no se trata de eso sino más bien…»

La falsa senectud como forma de subversión cotidiana. A veces Fred coge el autobús y cuando alguien le cede un asiento ocupado él rechaza esa cortesía fingiendo sentirse ofendido. Entonces muestra la fotocopia del DNI, donde consta su verdadera edad, y confirma que nada es lo que parece. «¡Acabo de cumplir los cuarenta!», grita Fred mientras sujeta bajo el brazo un sobre de radiografía médica. Menuda gamberrada. Fred y su falsa senectud se han adelantado a su propio declive, procurándose diferentes identidades, desdoblándose en diferentes heterónimos y camuflándose tras distintas coartadas tan fálico-egocéntricas como las de todos esos pseudo-adolescentes a los que tanto detesta. Fred no titubea cuando se trata de entablar nuevas conversaciones que involucren a los demás pasajeros del autobús. Explica así el making-off de su propio trastorno y detalla cuánto le cuesta encontrar un vestuario adecuado para lograr sus objetivos; no son diálogos al uso sino pequeños apuntes a propósito de esta vocación por disfrazarse igual que un jubilado. Fred hablaba sobre sí mismo desde la tercera persona del singular, dando a entender que se considera un visionario, un genio, o un nuevo artista del hambre dispuesto  cambiar el mundo gracias a su talento. Sin embargo, esta actitud tan megalómana genera mucha desconfianza. ¿Quizá algo no funciona bien entre Fred y el mundo exterior? Según cuenta, disfruta mucho rellenando cuadernos de sudokus a la vez que vigila las obras para la construcción de un aparcamiento subterráneo; a Fred le encanta el olor a cemento fresco desde primera hora de la mañana. Obviamente, también habla sobre su rebeca de rombos, sobre su gorra publicitaria (Saneamientos Pereda S.A.) y sobre la importancia de los pantalones de franela. «¡Siempre franela, nunca tergal!», puntualiza con cierto tono arrogante.

«Siento que toda esta decrepitud impostada ha llegado hasta tal extremo que supera los formalismos de la apariencia e, incluso, invade ciertas lagunas de mi subconsciente. ¿Entendéis lo que quiero decir? No hace falta ser Jacques Lacan para comprenderlo: el disfraz de viejo ha modificado mi conducta destapando los demonios que me atormentaban el espíritu. El continente ha terminado absorbiendo al contenido. La decadencia se ha convertido en mi zona de confort y mis manías de octogenario me empujan a mimetizarme con un personaje sórdido a la vez que entrañable. Este punto de demencia es la fuente de toda mi energía. ¡Llevo meses simulando una fatiga crónica que tan siquiera padezco! El discurso totalitario de los anuncios de cerveza ya no significa absolutamente nada para mí. Soy impermeable ante sus estímulos de parque temático, o por lo menos me siento poderoso comportándome como un anti-sistema. La vejez prematura es una nueva forma de rebeldía contra vuestro hedonismo barato. He sustituido mi peinado con tupé hípster por una calva artificial fabricada en látex… y el sobre de radiografía médica que sujeto bajo el brazo también forma parte de mi outfit. Alrededor mío sólo encuentro adultos disfrazados de niño que no entienden cómo la vida les niega lo que verdaderamente creen merecer. Vanidades que lloran porque el destino no cumple con sus caprichos. ¡Lloran porque nadie les compra una bolsa de caramelos para que así dejen de llorar! Buscan cualquier excusa que les proteja frente al Principio de Realidad, mientras yo observo sus movimientos poniendo caras de asco. Ya no busco refugio entre los débiles, y por eso coqueteo con cualquier tabú social desde la impunidad que me otorga mi condición de desahuciado. Ahora sólo sueño con padecer enfermedades rocambolescas que me permitan aferrarme a la vida hasta su último estertor. Patologías coronarias y próstatas tamaño XXL. La pérdida de movilidad, la impotencia y los pañales para adultos formarán parte de un mismo proceso liberador. Algún día sólo la farmacéutica que me toma la tensión recordará la fecha de mi cumpleaños. Entonces gritaré ¡Eureka!, y os podré explicar si todo este sacrificio ha valido la pena.»

 

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