Eco-bio-paranoide

Engañaros a vosotros mismos creyendo que hacéis lo correcto es muy sencillo: empezad por cultivar vuestras propias hortalizas en las macetas de la terraza. No entendáis esto que os digo como si se tratase de un consejo o una recomendación, más bien asumidlo como una advertencia, un aviso que incluso podría ayudaros a regenerar vuestro espíritu en el supuesto de que hayáis perdido la fe, o en el supuesto de que estéis atravesando una crisis de identidad tan aguda como la que padecen vuestros vecinos de la puerta de enfrente. Quiero resumir, (muy breve), cuánta simpatía me despierta este colectivo de agricultores urbanos; me gustaría explicaros cuánto me  identifico con su causa aunque desde un principio esto no siempre haya sido así. Mi historia comienza de manera accidental, casi fortuita, igual que si se tratara de una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras avanzaba —a todo galope— en dirección hacia una franquicia de comida rápida. Así comienza mi historia. ¡Yo era Saulo de Tarso y acababa de morir para nacer en la única y auténtica fe! Creo que fue entonces cuando sentí La Llamada. Fue justo entonces, como digo, (camino de aquel döner kebab en pleno corazón de Damasco), cuando un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsó el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. A partir de ese mismo instante, lo tuve claro, supe que ya no volvería ser quien fui y abandoné para siempre mis antiguos hábitos. Aquel cambio provocó que todo mi afán paranoico se viera afectado por una nueva sensibilidad, me refiero a un sentimiento inédito que nunca antes había experimentado en primera persona. Esta ampliación del mapa de los sentimientos podría resultar ventajosa e interesante, no lo dudo, incluso podría servir como punto de partida para escribir un libro de autoayuda, si no fuese porque cualquiera de las sensaciones que rigen mi ánimo sólo son parodias llenas de patetismo y decadencia. Quizá no debería juzgarme en unos términos tan severos, pero, en este caso, gracias al autocultivo y a eso que llaman nutrición responsable, me he sumergido en un estado de aprensión donde los límites entre placer y pánico parecen hoy todavía menos nítidos que ayer. ¿Cuántas veces había escuchado repetir todos aquellos eco-dogmas sin prestar el menor interés por ellos? Ahora mi alimentación se había transformado en un fetiche que debía proteger y cuidar hasta el extremo; estaba obsesionado por la procedencia de esos alimentos que llevaba tantos años consumiendo con total impunidad. El asunto me preocupaba de tal modo que temía morir envenenado por culpa de distintas variables: el gluten, el aceite de palma, la hormona del crecimiento o todos esos pesticidas y fertilizantes que diseñan los científicos de Monsanto para exterminar a la población civil. Los factores de riesgo eran múltiples y el origen de los productos que guardaba en el interior de mi nevera tampoco me inspiraba ninguna confianza Dejadme que os explique cómo esta nueva eco-bio-consciencia, en perpetua voz de alarma, me ha transformado en un Walden urbanita, un esclavo redimido, cuya única intención es reconciliarse con la verdadera naturaleza del hombre libre. Mi primera decisión fue encerrarme dentro de casa; la segunda, bajar las persianas y desconectar el teléfono móvil sin despedirme de mis seguidores en mi cuenta de Instagram; por último, me escondí tras una tomatera de plástico —que compré en las rebajas de Leroy Merlin— y que había instalado en mi terraza a medio camino entre el tendedero y el cesto de la ropa sucia. Desde aquí os escribo ahora: sigo esperando paciente a que germinen las semillas. Oculto tras mi querida tomatera de plástico, vigilo su drenaje durante las horas de sol y persevero en mis propósitos con una regadera en la mano. Reconozco que el tiempo pasa muy despacio cuando se sobrevive en la soledad de esta terraza tan lamentable. No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas, pero la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos ha dinamitado mi zona de confort. La manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos ha sido la responsable que me ha llevado hasta esta tesitura de abandono e incomunicación. Mientras espero a que germinen mis semillas, junto a un tendedero oxidado, no puedo dejar de pensar en las connotaciones —tan funestas— que se esconden tras la palabra “pesticida”. Me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Llevo dos semanas casi sin dormir y repitiéndome a mí mismo que quizá ya sea demasiado tarde para recuperar el tiempo perdido. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me han invadido el organismo, lo han tomado por asedio y noto como una cepa dañina está incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamo, el “monstruo” crece y cada vez se hace más fuerte; parece irreductible y está fuera de control. Detecto síntomas que acreditan mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Paso varias tardes elaborando una gran teoría de la conspiración sobre la industria alimentaria, hasta que decido bajar a la calle y entrar en un supermercado. Allí arrastro mi carrito de la compra por los pasillos como si fuese una rata de laboratorio encerrada en un mini-laberinto. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se han convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporciona el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hago público cuando sonrío y le pago a la cajera. Entonces, desaparecen mis temores y las dudas se convierten en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann consigue hacerme perder la calma. Pasada la medianoche abro la puerta de la nevera y sujeto contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardo los aguacates. Me gustaría esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo o utilizarlos para elaborar el antídoto definitivo. La ansiedad y el insomnio no paran de resucitar viejos fantasmas que sólo veo yo. Párrafos de discursos filo-eco-bio-paranoicos aparecen escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me niego a asomarme debajo de la cama! He tramitado una plaza en el huerto urbano de Lavapiés para combatir esta hipocondría; quizá resulte precipitado emitir un diagnóstico pero advierto ciertas mejorías. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

 

 

 

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