(eco-bio-paranoide)

Engañarte a ti mismo creyendo que haces lo correcto es muy sencillo, empieza por cultivar tus propias hortalizas en las macetas de la terraza. Simpatizo mucho con este colectivo de agricultores urbanos; me identifico con su causa, aunque esto no siempre haya sido así. Todo empieza como una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras galopa hacia una franquicia de comida rápida. Entonces siento La Llamada. ¡Yo soy Saulo de Tarso y he muerto para nacer en la única y auténtica fe! Un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsa el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. Ahora estoy escondido tras una tomatera de plástico, vigilando su drenaje durante las horas de sol, esperando a que germinen las semillas, confiando en la siembra y perseverando en mis propósitos con una regadera en la mano. Este hedonismo agrícola me ha inculcado una serie de valores que fortalecen mi… ¡He incorporado estos eco-dogmas a mi colección de paranoias! ¿Pero cuál es la diferencia que los separa a ambos? Mi alimentación se ha transformado en un fetiche que debo proteger y cuidar hasta el extremo. ¡Temo morir envenenado por culpa de un kilo de melocotones en oferta! No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas; sin embargo, la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos ha dinamitado mi zona de confort. No puedo dejar de pensar en las connotaciones, (tan funestas), que esconde la palabra “pesticida”; me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Llevo dos semanas casi sin dormir, compartiendo publicaciones sobre este asunto en mi muro de Facebook y repitiéndome a mí mismo que quizá ya sea demasiado tarde. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me han invadido el organismo, lo han tomado por asedio, y noto como una cepa dañina está incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamo, el monstruo crece y cada vez se hace más fuerte; parece invulnerable y está fuera de control. Detecto síntomas que acreditan mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Elucubrando teorías conspirativas arrastro mi carrito de la compra por los pasillos del súper. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se han convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporciona el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hago público cuando sonrío y le pago a la cajera. Entonces, desaparecen mis temores y las dudas se convierten en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann consigue hacerme perder la calma. Pasada la medianoche abro la puerta de la nevera y sujeto contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardo los aguacates. Me gustaría esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo, utilizarlos para elaborar el antídoto definitivo que me defienda contra los efectos de la Kryptonita. La ansiedad y el insomnio no paran de resucitar viejos fantasmas que sólo veo yo. Párrafos de discursos filo-eco-paranoicos aparecen escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me niego a asomarme debajo de la cama! He tramitado una plaza en el huerto urbano de Lavapiés para combatir esta hipocondría; aunque resulte precipitado emitir un diagnóstico, advierto ciertas mejorías. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

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