El Jurado

Yo les escuchaba muy atento, sabía reconocer en sus palabras un propósito de sensatez demasiado inquietante, pero aun así continuaba escuchándoles en silencio. Me estaba esforzando por dibujar en mi cara una expresión lo más cariacontecida posible, al menos eso intentaba, aunque dudo que lo consiguiese. Ellos seguían a lo suyo, ignorándome, utilizando un vocabulario lleno de tecnicismos, —un vocabulario totalmente impostado—, que me enfurecía y que al mismo tiempo me acobardaba y me hacía estremecer; era complicado soportar tanta presión sin derrumbarse. Era complicado aguantar todos esos reproches apretando las mandíbulas y mirando al suelo en señal de arrepentimiento. Os estoy hablando de una institución tan cínica y poderosa como el Sanedrín que juzgó y condenó a Cristo cuando fue crucificado; me refiero a una especie de célula terrorista, compuesta por expertos profesionales, que no concebía ni tampoco toleraba otro criterio diferente al suyo propio. Auténticos especialistas en el arte de fabricar culpables: os estoy hablando de los miembros de El Jurado. Su inquietante propósito de sensatez (cada vez que abrían la boca) generaba mucha desconfianza dentro de mi cabeza. Me refiero a ese propósito tan vulgar que ampara la opinión de la gente con sentido común. Los miembros de El Jurado eran verdaderos mercenarios a sueldo de este sentido común, y así lo demostraban siempre que tenían la oportunidad. Yo también sabía que aquella sensatez —o aquel sentido común— era simplemente una tapadera, un arbitrariedad tan relativa como cualquier otra, que la mayor parte de las veces sólo representaba una forma de extorsión, un método de tortura que ellos aplicaban sobre todas y cada una de sus víctimas. Sin duda, se trataba de una sensación confusa e incómoda. Había comenzado a percibirme a mí mismo igual que si fuera un médico rural, un doctor con cierto prestigio entre los habitantes de mi comarca, que recibía una llamada imprevista para visitar a un paciente gravemente enfermo durante una noche de tormenta. Entonces, venciendo extraños obstáculos, acudía a socorrer esa llamada de auxilio pero no conseguía ofrecerle mi ayuda; bastaba con fallarle una sola vez a cualquiera de esas malditas llamadas, una sola vez, para que mi prestigio se esfumara yéndose a tomar por culo. Todavía me lo sigo preguntando: ¿Cuál ha sido ese fatídico error que ya no me permitía resolver todo este asunto? Lo cierto es que en ningún momento sonó mi teléfono móvil, en ningún momento hubo ninguna llamada de auxilio, y opino que fue ese desenfoque de la realidad lo que ha propiciado que yo me encuentre tal y como me encuentro ahora mismo. Mis circunstancias son un serio dilema. ¿Mi problema? Ya no lo recuerdo: un viaje urgente, o un enfermo grave, o un pueblo a cincuenta kilómetros de distancia, o un temporal de nieve que me había impedido cumplir con mis obligaciones. Respecto a las medidas que llevé a cabo, admito mi mala praxis y reconozco que quizá no actué de un modo correcto, me equivoqué sin más. Según puedo suponer, —aunque sólo sea para darme ánimos y evitar desmoronarme definitivamente—, esta historia podía haberle ocurrido a cualquiera de vosotros; ha sido cuestión de mala suerte y, por ello, regodeándome en mi propia desgracia apenas conseguiré cambiar nada. Sin embargo, no estoy preparado para sermonearme a mí mismo con esta clase de discursos autocomplacientes. Yo continuaba negando la realidad a la vez que me veía sometido por ella, continuaba sin comprender nada sobre lo que me acusa este extravagante tribunal y continuaba sin deducir la procedencia de un peculiar olor a sardinas fritas que me impedía concentrarme en la estrategia de mi defensa. ¿Qué alegación o qué cargo estoy intentando refutar? Creo que mi único cometido, más que persuadir al Jurado o tratar de convencerlo, pasa por despertar su compasión y solicitarles clemencia. Existe una moraleja en todo este proceso, —estoy seguro de ello—, una moraleja que (si alguien consiguiera averiguarla) me evitaría convertirme en el protagonista de un veredicto tan cruel. Ajenos a todas mis cavilaciones, los miembros de El Jurado mantenían su particular pulso contra el acusado, —yo soy ese acusado—, y ya no merecía la pena plantearse que habría ocurrido si en lugar del cable rojo hubiese cortado el cable azul o el cable verde. La detonación estaba en curso y ellos se encargarían de apretar el botón que me haría saltar por los aires. Su decisión determinaría mi futuro. Solamente ellos y sus votaciones: duele aceptarlo pero qué democrático y veraz resultaba todo aquel procedimiento. Ahora les escucho hablar, escucho cómo bromean cuando pronuncian mi nombre entre risas, y cómo se interpelan unos a otros empleando una terminología muy ambigua que tampoco logro descifrar. El Jurado se refiere a mí dedicándome palabras de asco y desprecio, me dispensan un trato humillante pero yo no me ofendo sino que lo acepto convencido de que merezco sus burlas. Yo sólo quiero averiguar si soy inocente o si, por el contrario, debería considerarme culpable.

—Señores miembros de El Jurado –dije utilizando el tono de voz más débil y polvoriento que tenía a mi disposición−, ¡Ojalá sean benévolos con mis faltas y acepten redimirme! No hace mucho ustedes me preguntaron porqué afirmo tenerles tanto miedo, y, como de costumbre, no supe qué responderles; quizá fuese ese mismo miedo lo que me paralizó: el miedo a que la justificación sobre mi miedo les pareciese demasiado vacua no dejaba de atormentarme. Sin embargo, me gustaría confesar que siempre les he admirado y para demostrarles mi estima no dudaría en cuestionar cualquiera de mis convicciones; me refiero a las mismas convicciones que me han arrastrado hasta aquí y que para mí carecen ya de toda vigencia. Todavía recuerdo aquella mañana de Julio, cuando dos hombres con levita y sombrero de copa, (pálidos y corteses), me sorprendieron en mi cama deteniéndome y tomándose mi desayuno. Recuerdo también que hacía un calor asfixiante y que yo ignoraba la identidad de aquellos dos caballeros, ignoraba quiénes eran ambos porque nunca antes les había visto en persona, pero tampoco opuse ningún tipo de resistencia a la hora de obedecer sus órdenes sin protestar. Me habían encerrado en la broma de mi propia vida, (encerrado igual que un pez dentro de un acuario), y a esa broma yo no le encontraba ninguna gracia; sólo los espectadores que se situaban delante de la pecera podían reírse bien a gusto: ellos sí sabían disfrutar el horror de lo cómico que escondía mi tragedia. Si Raskolnikov, en Crimen y Castigo, no podía soportar el peso de su culpabilidad y para alcanzar la paz interior consentía voluntariamente ser castigado, en mi caso sucede justo al revés, se ha invertido la lógica: yo ignoro los motivos que me han traído hasta aquí, no conozco la causa de mi castigo y esto resulta tan ridículo que necesito hallar una culpa que lo justifique todo. Así, he concluido que el transcurso de este proceso no ha sido más que una bufonada, una disposición misteriosa de implacable sentido común, donde yo he ejercido el papel de títere. Una marioneta sin voluntad. Señores miembros de El Jurado, por favor, no olviden nunca que las bases de nuestra sociedad, (me refiero a los cimientos que sujetan nuestra convivencia), reposan sobre un crimen cometido en común y todos somos responsables subsidiarios del mismo. ¡La propia sociedad determina que es lo apto o lo no apto! Aisladamente los colores no existen como tal, sino que cualquier matiz cromático es modificado por la naturaleza de la luz sobre la que se proyecta. Nuestra conducta siempre viene determinada por ese presunto consenso que marca la mayoría y su repugnante sensatez colectiva: les hablo de nuestras herencias y de nuestra falta de principios individuales. La falta de principios puede llevarnos a la liberación, no se lo discuto, aunque (bien es cierto) también puede conducirnos al absurdo y a la locura; mientras que un oso o una liebre son osos y liebres completos desde que nacen, un ser humano debe perfeccionar la forma de su existencia tomando sus propias decisiones, es decir, desarrollando su propia esencia. Quizá este fue el motivo por el que admití participar en su programa, —no era imprescindible haber leído la obra de Jean Paul Sartre para suponerlo—, un concurso de cocina (en horario de máxima audiencia) me permitiría poner en práctica mi propia toma de decisiones mostrando así mi valía ante los demás. Yo también quería elaborar mi propio menú degustación bajo la mirada de millones de espectadores; quería desarrollar mi propia esencia sin importarme lo más mínimo el desprecio y la condescendencia con la que ustedes evaluaran mis platos. Señores miembros de El Jurado, por supuesto que yo no soy ningún médico rural, jamás lo he sido, no soy ningún doctor con cierto prestigio entre los habitantes de ninguna comarca, pero sí que me considero algo mejor, un gran chef aficionado, (un sibarita de la buena mesa). Me considero otro concursante más que dispuesto a recibir cualquier tipo de vejación como parte fundamental de su aprendizaje. Quiero ensalzar también, señores miembros de El Jurado, su encomiable labor didáctica; gracias a su pedagogía del latigazo he aprendido a avergonzarme, tal y como lo haría un pedófilo descubierto in fraganti, cada vez que el punto de cocción de mi patata no ha sido el correcto. Ruborizado bajo la cabeza y les pido disculpas de nuevo: lamento profundamente haberles decepcionado por culpa del punto de cocción de mi patata. Ruego que me perdonen si mi Tartar de Fresones con Pétalos de Rosa y Miel no les permitió alcanzar el clímax en boca; excusen a mi Tartar y excusen a mi Milhoja de Presa Ibérica con Tartaleta de Hierbas y Mouse de Setas. Yo soy el único culpable. Mi único objetivo cuando entré aquí era convertirme en una estrella del esnobismo culinario, por esa razón he seguido sus indicaciones al pie de la letra, por esa razón he frivolizado con la comida todo cuanto me ha sido posible y, tal y como ustedes proponen, he elaborado platos con nombres fastuosos asumiendo que el elitismo y la exclusividad son los dos principios que aportan grandeza a nuestras creaciones gastronómicas. Incluso, la peculiar peste a sardinas que desprenden estas cocinas se ha convertido en algo secundario para mí, algo que me revuelve el estómago pero que nunca utilizaría como excusa para vomitar durante las pausas publicitarias. La mirada bovina de nuestros queridos televidentes nos ha encumbrado hasta lo más alto de nuestros pedestales. Así hemos cumplido nuestro sueño: nunca hemos deseado ser simples cocineros de mierda sino verdaderas estrellas pop de la radio-fórmula. Ahora sólo les suplico una última oportunidad, les ruego que prueben mi Paladar de atún con espuma de jalapeño sobre lecho de caviar y ostras y cítricos, mastíquenlo con semblante reflexivo, deléitense durante unos segundos en este bocado perfecto, déjense llevar, noten el vértigo, esa misma sensación de gozo que sufrió Stendhal  cuando visitó por primera vez la basílica de la Santa Cruz en Florencia hace más de dos siglos. Y no olviden quien ha sido el artífice de semejante milagro.

 

 

 

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