(“escucha una cosa” a principio de frase)

Se trata de una distopía verbal que te traslada hasta el futuro, un tiempo no tan lejano donde el uso de estos formalismos se generalizará entre todos los hablantes. ¡Da igual en qué idioma! El origen poligonero de la expresión habrá caído en el olvido y, (como puede suponerse), los prejuicios del hoy formarán parte de los avances del mañana: igual que combinar pantalón de chándal con zapato mocasín o lanzar confeti sobre la familia del muerto durante su funeral. La misma RAE y sus académicos respaldarán el empleo de tales elementos discursivos, incluso los incorporarán (no sin cierta polémica) al Diccionario Panhispánico de dudas. «Desde un punto de vista semiótico, estos coloquialismos carecen de claroscuros y glorifican al hablante cada vez que se los lleva a la boca», afirmará un incombustible Pere Gimferrer apoltronado sobre su sillón letra “O” mayúscula. “¡Escucha una cosa!” a principio de frase, observemos cómo se advierte al oyente sobre la importancia del mensaje que sucede, y también cómo se busca la validación del receptor mediante una pregunta retórica colocada justo al final, (“¿¡vale!?“). Así construimos el enunciado perfecto. Oro molido. Puro néctar gramatical sólo al alcance de verdaderos estetas, sumilleres del lenguaje o quinquis analfabetos por voluntad propia.

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