Fausto moreno-roña

Supo reconocer que aquella era su gran oportunidad y no tuvo otro remedio que aprovecharla, como si se tratase de un suceso extraordinario que nunca más volvería a repetirse. A veces resulta doloroso, digamos incluso contraproducente para uno mismo, sentir tan de cerca la angustia y  la presión que imponen las grandes oportunidades; nadie puede mantenerse al margen de las grandes oportunidades, nadie puede negarlas, ni tampoco dejarlas pasar cuando el destino te las ofrece. La renuncia ante una gran oportunidad te estigmatiza como un individuo poco o nada fiable, es decir, un individuo ajeno a ese discurso oficial que habla sobre vivir la vida exprimiéndola hasta la última gota, igual que si fuese una naranja, o un limón, o cualquier otro cítrico con un alto contenido en vitamina C. Aunque yo deteste este tipo de metáforas acerca del sentido de la vida, (—y aunque me niegue a creer en eso que vosotros llamáis grandes oportunidades—), quiero comportarme como lo haría un narrador ejemplar, ahora mi único propósito pasa por no interferir en el relato de los hechos, así que intentaré no enturbiar las siguientes líneas con opiniones o puntos de vista que sólo entorpecerían el texto cortando su ritmo narrativo. Como decía: Supo reconocer que aquella era su gran oportunidad y no tuvo más remedio que aprovecharla. Se había comprado un sarcófago de rayos UVA, en oferta, y lo había hecho a través de una aplicación para teléfonos móviles, sin moverse del sofá y sin quitarse el pijama ni las zapatillas de cuadros. (Mediante un simple click, notó como la adrenalina incrementaba la frecuencia de su ritmo cardíaco). ¡Qué subidón! No se trataba de una compra impulsiva, para nada, sino más bien de una compra meditada y de corte casi filosófico. Supongo que lo que pretendía era mejorar su calidad de vida y también paliar así su obsesión por la muerte; lo que pretendía era familiarizarse con el interior de un ataúd, evitando los malos rollos habituales en este tipo de circunstancias. Las fotos del sarcófago —no le costaba admitirlo— tampoco dejaban espacio a ninguna mala impresión: incluso el texto que aparecía en la pantalla de su Smartphone le aseguraba resultados inmediatos desde la primera semana. Ya sabéis, “¡Resultados inmediatos desde la primera semana!”, un eslogan sutilmente diseñado para atraer compradores como él, personas tan frágiles como desesperadas, individuos ansiosos por ejercer su derecho al intercambio de dinero por cualquier producto de dudosa utilidad. La idea de exhibir bronceado durante los meses de invierno se había convertido en un pensamiento recurrente que ocupaba casi todas sus horas libres; habría sido capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, hasta le hubiera vendido su alma al mismo diablo sin reparar en las consecuencias. Su deseo por conseguir un moreno-roña era tan enfermizo que trascendía cualquier moda, cualquier capricho, e incluso superaba las fronteras de lo estético. El anhelo por cambiar de color de piel indagaba en las raíces de su subconsciente. No exagero si comparo el efecto de los rayos UVA con una especie de psicoanálisis cutáneo, resulta complicado explicároslo utilizando sólo palabras, (sin la ayuda de emoticonos o GIFs de bebés llorando), pero sospecho que pertenecer a la raza negra puede ser una experiencia muy satisfactoria, siempre y cuando no tengáis que renunciar a vuestros privilegios de blanquitos hijos de puta. En este sentido él tampoco era una excepción. Gracias a las redes sociales había conocido a muchos otros fanáticos del moreno artificial, amigos en Facebook y seguidores en Instagram, cuyas opiniones no podían estar equivocadas. ¿Qué clase de psicópatas mentirían sobre un asunto tan íntimo? Según le decían, bastaban unas pocas sesiones dentro del sarcófago para mudar de piel, para convertir al mayor de los miserables en un líder: ¡un Übermensch desencadenado y dispuesto a generar su propio sistema de valores! Cinco días (laborables) después. los empleados de la compañía de transporte cubicaron el solárium en mitad de su recibidor. Él tiró a la basura los manuales de instrucciones y se introdujo, (eufórico/sin ropa), bajo la radiación ultravioleta. Se sentía algo nervioso. Creo que la voluntad de poder había perforado su estómago y las náuseas no le permitían disfrutar el momento como se merecía. A la mañana siguiente, decidió tomarse el día libre. Llamó por teléfono a la oficina y justificó su ausencia improvisando una gripe con ataques de tos muy  poco verosímiles. Quizá, pensó, debería cambiar de trabajo, no sé, buscar otra ocupación más acorde con su futuro color de piel; quizá debería hacerse especulador bursátil; o mejor todavía, coach para especuladores bursátiles. Dentro del sarcófago el tiempo se conservaba estático como en un frasco de formol. Los índices de pigmentación le carbonizaban la piel mientras la imagen arrastrada que tenía de sí mismo se transformaba en una anécdota: veinte siglos de superstición cristiana arrinconados sin ningún tipo de remordimiento. Así pasaron varias tardes. Fue la época más feliz de su vida. Había descubierto una nueva rutina dentro del sarcófago y no pensaba renunciar a la Luz. ¡Él también quería generar su propio sistema de valores! Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco y comida precongelada, los vecinos le detenían (junto a la puerta del ascensor) y le felicitaban por su bronceado. Fausto respondía con evasivas, se sentía ruborizado a la vez que orgulloso, e intentaba quitarle importancia a todos esos cumplidos fabulando alguna historia sobre sus presuntas vacaciones en Cancún; les describía los paisajes, la gastronomía azteca y aquellas playas vírgenes donde tomaba el sol hasta deshidratarse; les hablaba sobre mariachis, corridos, botellas de tequila o sobre lo cojonudo de las instalaciones hoteleras en régimen de media pensión. Los vecinos quedaban boquiabiertos, claro, y aplaudían dándole la enhorabuena de nuevo. El reconocimiento público era su mayor estímulo para regresar al encierro voluntario en el interior del sarcófago. Despojado de todo cuanto le disimulaba ante los demás, Fausto de las cavernas había vuelto a su forma más primitiva con un única intención: revelarse contra su destino y escapar de la trampa de su propia identidad. Cuarenta días más tarde, (cuando se reincorporó a su puesto de trabajo en la oficina), algo no funcionaba bien: continuaba vegetando delante del ordenador pero no era especulador bursátil. Ninguno de sus compañeros había reparado en la intensidad de su moreno-roña, y este hecho resultaba demasiado humillante. Tampoco le preguntaron por sus vacaciones recorriendo la Riviera Maya, ni por los mariachis, ni por cuantas botellas de tequila se había apretado entre corrido y corrido; (—tenía muchas anécdotas divertidas a este respecto que seguro les hubiesen hecho pasar un buen rato—). Recordaba con nostalgia, echándose a llorar, las sesiones de ocho horas sin salir del sarcófago. ¡Qué lejos quedaba aquella época! El ambiente de la oficina le estaba asfixiando mucho más de lo que lo hacía habitualmente. Frente al espejo de los lavabos para caballeros, hablaba consigo mismo en voz alta e intentaba dominar sus arrebatos de ira. Respiraba hondo, y profundo, y se ajustaba el nudo de la corbata. Necesitaba que alguien aplaudiese su nueva condición de superhombre; sin embargo, en aquella empresa todos parecían haberse vuelto locos. Cuando coincidía con los demás compañeros, frente a la máquina del café, percibía sus miradas furtivas, llenas de envidia y rencor, que él interpretaba como elogios soterrados hacia su nuevo estatus. El éxtasis místico que gobernaba su espíritu no admitía tanta mezquindad. ¡No comprendía nada de esa realidad paralela desde donde todo el mundo le ignoraba! ¿Existía acaso alguna realidad fuera del sarcófago? Probablemente, sólo se tratara de una ilusión. Puro solipsismo. La vieja teoría de los cerebros flotando en cubetas. Su propio YO había delirado hasta construir esa oficina llena de cretinos e incapaces. ¿Acaso nadie pensaba validar sus méritos? Desnudo, y con la cara pegada al escáner de la máquina fotocopiadora, fue sorprendido por la becaria del Departamento de Recursos Humanos: «¡Busco la Luz! –gritaba–. ¡Busco la Luz más allá de las sombras!». Este incidente repercutió en un informe del propio Departamento de Recursos Humanos, (creo que fue la misma becaria quien lo redactó), donde se justificaba su carácter maníaco como causa de despido. Pero aquello no le importó una mierda. La suspensión de empleo y sueldo liberaría su tiempo de cualquier obstáculo castrador; ahora ya podría encerrarse dentro del sarcófago para no salir jamás: la radiación ultravioleta se encargaría de devolverle el equilibrio. ¡Su ánimo se mantendría a flote y los vecinos volverían a darle la enhorabuena otra vez! ¿Qué clase de psicópata mentiría sobre un asunto tan íntimo?

 

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