(fidelio)

Esmoquin, capa con capucha y máscara de porcelana. ¡Detesto esta relatividad tan insoportable! Aunque nadie quiera admitirlo, lo único insoportable es saber que no hay nada insoportable, en su sentido más literal, me refiero. ¡Absoluta y putamente insoportable! Así, vestido de este modo, con el esmoquin recién planchado, me paseo sin ningún destino concreto al que dirigirme; recorro las calles pensando que cada zancada forma parte de un plan divino. Me dejo iluminar por los designios de una fuerza superior que yo tan siquiera conozco. La providencia me guía pero también me confunde. Me cuesta mucho distinguir cuándo una idea se opone realmente a otra. Tengo la tendencia a encontrar iguales todas vuestras ideas, tanto da una como su contraria, ¡no hay diferencia!. Aprovecho que he quedado con V para NO acudir a nuestra cita, y deambular sin rumbo, como ya he dicho, por las calles que rodean su casa. Siempre lo hago. A veces, incluso, me detengo frente a su portal, durante bastantes minutos, aunque no tardo en continuar mi camino andando hacia ninguna parte. Nadie corre detrás de mí, sólo yo, y eso no sé si resulta bueno o malo. Entonces comienzo a recibir mensajes de Whatsapp, donde V muestra cierta impaciencia por culpa de mi retraso: quiere saber a qué hora voy a llegar y, sobre todo, quiere saber cuál es la contraseña. Yo nunca le respondo ni tampoco le devuelvo las llamadas perdidas. V redacta sus mensajes con la sintaxis de un analfabeto orgulloso por parecerlo; amparándose en justificaciones bastante infantiles, (la inmediatez y el pragmatismo), utiliza los emoticonos de su teléfono móvil como si fuesen jeroglíficos egipcios. Jeroglíficos de la época de Nefertiti. ¡No comprendo qué coño pretende! Los degenerados principios de esta “amistad” me obligan a aceptar nuestra relación igual que un trato a fondo perdido. Mi tiempo sirve como moneda de cambio. ¿Para qué simular este compadreo cuando podríamos limitarnos al trueque de opiniones a través de las redes sociales? ¡El encuentro que nunca se produce! ¡Ese es nuestro único vínculo! V insiste preguntándome por la contraseña, una vez más, pero yo me niego a regalarle esa información; si le confesara el salvoconducto perdería su interés y me convertiría en otro juguete roto a merced de sus caprichos. Esta hipótesis me produce un estado de ansiedad que no consigo resolver. Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo del espantoso desconcierto que me producen sus emoticonos. ¡Jeroglíficos de la época de Nefertiti! Juntos, V y yo, compartimos un proyecto virtual donde ninguno de los dos renuncia a su independencia. Aunque vivamos prisioneros, atrapados en el interior del mismo cilindro transparente, nos consideramos dos extraños que sólo fingen conocerse. ¡Nuestro verdadero propósito pasa por no volver a coincidir jamás! Me pregunto si lograré pasar una vida entera huyendo de V a la vez que intento acercarme a él. He aprendido a concederle a cada instante el valor de un bien escaso: mi tiempo vale demasiado para desperdiciarlo en su compañía. Imaginadnos a los dos, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, hablando por turnos y aguardando el momento para dar la réplica. También podría suceder que, de manera completamente infernal, nos entregásemos a soltar nuestras propias peroratas, gritándonos a la vez y formando una confusión babilónica que (seguro) terminaría en riña. Mis encuentros con V, en el supuesto de llegar a producirse, actuarían como un puñado de sal sobre una herida abierta. ¡Apenas lo soportaría! Creo que toda esta comedia, (montada y organizada alrededor de nuestra presunta amistad), debería finalizar cuanto antes. Quizá exista algún elemento esotérico que justifique este disparate. ¿Qué clase de maldición gitana insiste en mantenernos unidos? Han pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos y mi memoria todavía mantiene nítido su recuerdo. La cara de V: una bolsa de tics, gestos fatalmente seleccionados; su cara me inspira un aburrimiento que carece de antídoto. Estoy convencido de que lo mejor de nuestra relación se perdería desde el momento en que nos viésemos obligados a dirigirnos mutuamente palabras banales.

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