Junto al hueco de la lavadora

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. ¡Plof! Mi entrada en el territorio de lo inconsciente ha sido muy decepcionante. Aquí me veo, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. (—Estado de supraconsciencia que me ha dejado frío y apático; con ganas de exponer mi descontento al mundo mediante una reseña en la página web de TripAdvisor—):

“Había depositado muchas expectativas en este viaje y creo que me esperaba otra cosa: algo más parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, sin principio ni tampoco final, donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. En mi opinión, y también cabría decir que en mi propia experiencia, tanto el inconsciente como los lugares psíquicos hace ya mucho que perdieron casi todo su encanto; la cultura mainstream los ha absorbido banalizándolos y transformándolos en caricaturas: nuestras cabezas se han convertido en porciones de pizza al corte que o bien llevan beicon, o bien piña, o bien anchoas con beicon y piña”.

Tengo la impresión de que durante los últimos años se ha generado cierta controversia alrededor de este asunto. El debate sigue abierto en las calles, en plazas y asambleas también, e incluso en la página web de TripAdvisor. Se está hablando demasiado sobre ello, (sobre los lugares psíquicos), y creo que tanta conversación vacía ha terminado por vulgarizar estos espacios: me refiero a que tanta palabrería de saldo ha convertido mi inconsciente en una reproducción exacta de la realidad. El inconsciente como espacio psíquico original ha desaparecido, ya no existe, ya no hay ningún entorno reprimido en nuestras mentes, ninguna zona vedada desde la cual cada uno construye su personalidad a base de experiencias traumáticas. Quizá por eso yo he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a los mismos vecinos desde el otro lado del tabique. Estos vecinos son una pareja con severos problemas de convivencia; ambos se acaloran fácilmente, y de esta manera concatenan una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con las labores domésticas. En ellos no hay nada de bueno, ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo que soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así definirlo, está montado alrededor de un intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Sin embargo, en ocasiones, guardan silencio y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos; supongo que de este modo tan mezquino consiguen ratificarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, como si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando sale a la calle el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que encuentra a su paso: sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie y sus dueños respetan esa decisión. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos —trata de clavarle las uñas en la cara—, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y juntos se abrazan frente al televisor de plasma. Les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y el tiempo tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos queda reducido a esquirlas. Entonces, la vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe: propone algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia. Los ladridos del perro continúan repitiéndose cada diez segundos en intervalos puntuales. Me gustaría que este momento se mantuviese constante y eterno, para siempre, mientras espero qué será lo próximo que ocurra: Aquí, junto al hueco de la lavadora.

 

 

 

 

 

 

 

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