(junto al hueco de la lavadora)

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome, e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. ¡Plof! Mi entrada en el territorio de lo inconsciente ha sido muy decepcionante. Aquí me veo, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. Estado de supraconsciencia que me ha dejado frío y con el ánimo bajo mínimos, creo que me esperaba otra cosa, algo parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, sin principio ni tampoco final, donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. Sin embargo, he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a las mismas voces desde el otro lado del tabique. Los vecinos son una pareja con severos problemas de convivencia; se acaloran fácilmente, y (quizá por esa razón) concatenan una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con la intendencia doméstica. En ellos no hay nada de bueno ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo contra su voluntad, que soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así decirlo, está montado alrededor de este intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Aun así, en ocasiones guardan silencio, y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos. Supongo que de este modo consiguen reafirmarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, como si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando sale a la calle, el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que encuentra a su paso, sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie y sus dueños respetan esa decisión. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos, trata de clavarle las uñas en la cara, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y ambos se abrazan frente al televisor de plasma; les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y tu tiempo tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos queda reducido a esquirlas. La vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe; dice algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia, la complicidad de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia…

Yo sigo aquí, escuchando ladrar al perro, junto al hueco de la lavadora.

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