(marketing agresivo)

Mi nombre es W y tengo los bolsillos de la cazadora llenos de folletos publicitarios. Soy adicto al marketing agresivo. No me importa reconocerlo: disfruto mucho cuando me apalean bajo el patrocinio de un sponsor. Me gustaría ser recordado como un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio. Esta dependencia no me produce deterioro físico ni tampoco altera mis relaciones con los demás; se trata de una adicción que no supone ningún tabú, nadie lo considera un estigma del que debiera avergonzarse y todavía ninguna voz autorizada ha salido por televisión informando acerca de sus perjuicios. El marketing agresivo tan siquiera aparece tipificado como delito en nuestro Código Penal. Existe un vacío jurídico alrededor suyo que lo justifica mediante el siguiente axioma, «Los mercados expanden sus marcas y las marcas secuestran sus propios rehenes». Así las cosas, mi síndrome de Estocolmo no conoce límites. ¿Quizá me haya enamorado de mis propios secuestradores? Las compañías telefónicas lo saben, (porque estas cosas se notan), y sus teleoperadores mal pagados (creo que) también son conscientes de ello. Cada día recibo media docena de llamadas donde diferentes voces reproducen los mismos mantras corporativos. Un alud de promociones aplasta mi voluntad transformándome en otro cliente satisfecho: packs-ahorro, contratos de permanencia, líneas móviles adicionales, tarifas planas con minutos en el extranjero… Desde el otro lado del auricular guardo silencio y me retuerzo entre espasmos. No encuentro ningún señuelo para apaciguar esta deriva mental, aunque sospecho que mi caso no puede ser el único. Allí fuera muchos otros adictos, (iguales o peores que yo), también se preguntan si su tarifa de minutos ilimitados habrá quedado anticuada. Probablemente todos necesitemos otra tarifa que se adapte mejor a nuestras demandas espirituales. El marketing agresivo satisface nuestros hábitos de consumo haciéndonos  sentir más libres. ¡Una deliciosa papilla de eslóganes nos revienta la conciencia a puñetazos! ¡Adoro este violento ejercicio de blanqueo cerebral! ¿Conocéis las ventajas que implica navegar por Internet con una conexión de fibra óptica? Yo tampoco pero, como ya dije, disfruto mucho siendo apaleado bajo el patrocinio de un sponsor. Aún me invade la nostalgia cuando recuerdo la primera vez que desactivé el filtro anti-spam de mi correo electrónico; eso que vosotros llamáis propaganda, yo (simplemente) lo llamo epifanías. He solicitado la tarjeta-club de Leroy Merlin aunque no quiero que nadie me malinterprete. El bricolaje doméstico parece una buena oportunidad para escapar del Horror, sin tener que mezclar vodka con pastillas anti-depresivas; mi equilibrio emocional depende de esos puntos canjeables por una lijadora eléctrica. Da igual qué clase de producto. No importa qué tipo de servicio. La única premisa que me condiciona el ánimo pasa por encontrar una franquicia donde gastar mi talonario de cupones-descuento. Me considero un mártir, una víctima del eslogan, que más allá de su propio victimismo perdería su identidad. ¡Menuda paradoja! La verdadera mercancía no son los bienes que compras sino aquellos a los que te vendes. Yo tengo una vida entera que pagar en cómodos plazos y todavía quiero más. Recorro las calles del centro de Madrid, (dando tumbos), bajo una lluvia de confeti tan artificial como hipnótica. Busco estímulos que me mantengan vivo, o cuerdo, o ninguna de las dos cosas. Busco depredadores dispuestos a devorarme, que huelan la sangre cuando detecten mi presencia y que sin pronunciar una sola palabra me disparen a bocajarro entre las dos cejas. ¡Me considero una presa muy exigente! Las ONG´s sin ánimo de lucro lo saben y sus captadores de socios también son conscientes de ello; quizá por ese motivo corren tras de mí, persiguiéndome, hasta que logran interceptarme. Yo asumo con entereza el papel que me han encomendado. Acepto ese trato. Enloquezco rellenando otro formulario de inscripción, mientras, mi síndrome de Estocolmo lo celebra como si fuese la primera vez.

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