Marketing agresivo

Los bolsillos de la cazadora llenos de folletos publicitarios. Y quien dice los bolsillos de la cazadora dice también la conciencia acribillada por estímulos de compra, por ruidos, por lucecitas, por ofertas con descuento y por todos esos cutre-eslóganes que le empujaban a seguir consumiendo como si se tratara de una obligación consigo mismo, como si se tratara una exigencia que alguien le hubiese impuesto desde fuera, contra su propia voluntad, y ante la cual no merecía la pena rebelarse ni tampoco resistirse. Se había convertido en una especie de epiléptico orgulloso de su enfermedad, igual que Dostoyevski o igual que Edgar Allan Poe, no le dolía reconocerlo, se consideraba un adicto al marketing agresivo y disfrutaba mucho cuando le apaleaban bajo el patrocinio de un sponsor. Gracias a estas palizas había logrado que una poderosa subjetividad le reafirmara en cada pago que hacía con su tarjeta de crédito. Sólo quería ser recordado como un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio; ese sería su mejor epitafio, —redactado desde la tercera persona del singular—, me refiero a que la inscripción que grabarían en su lápida cuando desapareciese rezaría algo así: “Aquí yace un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio”. Esta dependencia no le producía ningún deterioro físico ni tampoco alteraba sus relaciones con los demás, se trataba de una adicción que no suponía ningún tabú, nadie lo consideraba un estigma del que debiera avergonzarse y todavía ninguna voz autorizada había salido por televisión informando acerca de sus perjuicios. El marketing agresivo tan siquiera aparecía tipificado como delito en nuestro Código Penal, existía un vacío jurídico alrededor suyo, una suerte de ley del silencio que lo justificaba mediante el siguiente principio: «Los mercados expanden sus marcas y las marcas secuestran sus propios rehenes». Así las cosas, un extraño síndrome de Estocolmo se había apropiado de su voluntad como comprador. ¿Quizá se había enamorado de sus propios secuestradores? Las compañías telefónicas lo sabían, (porque estas cosas se notan), y sus teleoperadores mal pagados creo que también eran conscientes de ello; cada día recibía media docena de llamadas donde diferentes voces reproducían los mismos mantras corporativos. Un alud de promociones aplastaba su integridad como ser humano transformándole en otro cliente satisfecho: packs-ahorro, contratos de permanencia, líneas móviles adicionales, tarifas planas con minutos en el extranjero… Desde el otro lado del auricular guardaba silencio y se retorcía entre espasmos, no encontraba ningún señuelo para apaciguar esa deriva mental, pero sospechaba que su caso no podía ser el único y que allí fuera había muchos otros adictos iguales o peores que él. El marketing agresivo satisfacía sus hábitos de consumo haciéndole sentir más libre y menos vulnerable. Adoraba ese ejercicio de blanqueo cerebral, lo adoraba porque así canalizaba todas sus frustraciones, así reprimía su cólera mientras una papilla de eslóganes le reventaba la conciencia a puñetazos. ¿Conocéis las ventajas que implica navegar por Internet con una conexión de fibra óptica? Él tampoco las conocía pero, como ya os he dicho, disfrutaba mucho siendo apaleado bajo el patrocinio de cualquier sponsor, incluso le invadía una profunda nostalgia cuando recordaba la primera vez que desactivó el filtro anti-spam de su correo electrónico; eso que algunos llamaban “propaganda” él (simplemente) lo llamaba “epifanías”. También había solicitado la tarjeta-club de Leroy Merlin aunque no quería que nadie malinterpretase su decisión. El bricolaje doméstico parecía una buena coartada para escapar del Horror, para devolverle vigencia a su autoestima sin tener que mezclar vodka con pastillas anti-depresivas, y para recuperar su equilibrio emocional gracias a —según contaba— esos puntos canjeables por una lijadora eléctrica. Daba igual qué clase de producto. No importaba qué tipo de servicio. La única premisa que le condicionaba el ánimo pasaba por encontrar una franquicia donde gastar su talonario de cupones-descuento. Se consideraba un mártir, una víctima del eslogan, que más allá de su propio victimismo perdería su identidad. ¡Menuda paradoja! La verdadera mercancía no son los bienes que compras sino aquellos a los que te vendes. Él había construido una vida entera que pagar en cómodos plazos y todavía necesitaba algo más. Recorriendo las calles del centro de Madrid, (dando tumbos), bajo una lluvia de confeti tan artificial como hipnótica, buscaba estímulos que le mantuvieran vivo, o cuerdo, o ninguna de las dos cosas. Buscaba depredadores dispuestos a devorarle, que detectaran su presencia cuando oliesen su sangre, y que sin pronunciar una sola palabra le disparasen a bocajarro entre las dos cejas. ¡Babooom! Siempre se había considerado  una presa muy exigente y las ONG´s sin ánimo de lucro lo sabían; sus captadores de socios también eran conscientes de ello. Quizá por ese motivo corrían tras él, persiguiéndole hasta que lograban interceptarlo, derribándole contra el suelo y golpeándole en la cabeza con sus carpetas azules. Entonces él asumía con entereza el papel que le habían encomendado, aceptaba ese trato, enloquecía rellenando otro formulario de inscripción y preguntaba donde debía firmar para recuperar su condición de hombre libre.

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