Nuevo Artista del Hambre

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Nunca lo olvidéis, utilizad la expresión “el NO ya lo tengo” cuando queráis fracasar a lo grande en cualquier aspecto de la vida. Estas palabras tan crudas jamás las escucharéis en ningún seminario de Coaching para emprendedores; allí os explicarán cómo alcanzar el éxito reinventándoos a vosotros mismos, os hablarán sobre la búsqueda de vuestros talentos ocultos, y también os harán creer que la nobleza de vuestras almas podría cambiar el curso de la Historia. Sin embargo, no estoy mintiendo si os garantizo que todas esas retóricas sólo son excusas. No os engañéis durante más tiempo. Os halaga escuchar que habéis perdido vuestro camino porque eso significaría que tenéis un camino propio que recorrer; y no es así. ¡Aceptadlo de una vez! Los verdaderos genios surgimos por generación espontánea y no necesitamos el beneplácito de la sociedad para darle validez a nuestras ideas.

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¿Qué tal va todo? Soy el Nuevo Artista del Hambre y trabajo como ayunador profesional: ayuno en streaming, por Skype. Seguro que habéis oído hablar de mí. ¿No os suena mi nombre? Nuevo Artista del Hambre, (yo mismo lo escogí); se trata de un homenaje aunque probablemente tampoco sepáis a lo que me estoy refiriendo. Endocrinos y nutricionistas califican mi profesión como un trastorno, pero se equivocan. Lo mío no es anorexia nerviosa sino una vocación mal entendida. El ayuno voluntario, (orientado como actividad artística), se ha convertido en una práctica residual que a nadie le interesa lo más mínimo. La glotonería de nuestro país ha marginado mi obra. Lógico, por otra parte; aquí se come por placer, no por necesidad física; coméis por dogma; coméis, incluso, por mantener un estatus. Este culto al falso apetito esta tan extendido (y asimilado) que os permite mirar hacia el futuro igual que la vaca cuando ve pasar el tren: masticando con la boca abierta.

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Conecta tu webcam y disfruta de mi ayuno en directo. ¿A qué estáis esperando? No intento publicitarme a vuestra costa porque odio las campañas de marketing viral. ¡Y claro que NO estoy en esto por la pasta! El dinero no me quita el sueño; la inanición tampoco. Busco una representación totalizante del cosmos a través de mi obra, pero el público es tan torpe que todavía no ha comprendido nada de lo que intento transmitirle. Me da igual. No me importa el público. La creación del verdadero arte implica abandonarlo todo para dedicarte exclusivamente a ti mismo y a tu propia supervivencia; como un Walden perdido en mitad del bosque, hay que ensuciarse de barro, hay que luchar contra el oso… y hay que pescar una nutria también. Mi independencia artística me dignifica aunque nadie quiera reconocérmelo. Asumo que mi propuesta es minoritaria y utilizo lo precario como el aval que garantiza la pureza de mi show: (cuarenta días sin pegarle un mordisco ni a una triste manzana).

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El hambre como estado de ánimo que mantiene a raya mi equilibrio emocional. Escucho los gruñidos de mi estómago y le ordeno que se calle. Esta discusión se produce muy a menudo. Mi aparato digestivo y yo no compartimos los mismos intereses. Mi aparato digestivo pertenece a una clase obrera engañada por el capital y sólo busca satisfacer sus impulsos jugando al juego de las recompensas inmediatas; no entiende que mi proceso creativo implique pérdida de peso, agotamiento y un carácter irritable. A veces confundo los gruñidos de mi estómago con el sonido de aplausos que reconocen mi talento y celebran mi originalidad: cuando esto sucede me siento tan débil como sucio. Salir del anonimato, de la cloaca underground, me parecería una traición a mis principios; prefiero mantenerme incorruptible despotricando contra todo desde mi perfil de Facebook. Así recibo el cariño de mis amigos, quienes animan y apoyan la valentía de mi proyecto, siempre que no me profesionalice en exceso. Solicita mi amistad. Conecta tu webcam. ¡Disfruta de mi ayuno en directo! Tú también puedes sentirte único compartiendo “likes” con el Nuevo Artista del Hambre.

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Ser propietario de una conciencia tan lúcida como la mía supone una auténtica rémora, sobre todo cuando se tiene la desgracia de vivir aquí, en este jardín tropical, donde cada día se abre un nuevo debate, una nueva brecha de opinión, acerca de cualquier asunto (supuestamente) trascendente. Mi arte performativo y yo buscamos alguna finalidad que justifique nuestra existencia en mitad del caos, pero un alejamiento involuntario nos distancia de toda la basura que nos rodea. No se trata de misantropía gratuita. ¡Me importa un carajo Schoppenhauer y me importa otro carajo vuestro trending topic! Tan sólo estoy buscando un principio de vida que canalice mi frustración en conocimiento; una salida digna que me permita escapar de la cara interna del cilindro. Me pregunto si actuar la vida es la única manera de vivirla con intensidad. No hace mucho lo descubrí: en el centro del vacío hay montada una gran fiesta, una reunión de sonrisas hipócritas, cuya invitación ninguno de nosotros puede rechazar.

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Recordadlo, «todo arte que encarece e intensifica las brutalidades de la vida consigue recrear la emoción de la experiencia»; he memorizado demasiadas frases de Vincent Van Gogh para tolerar que ninguno de vosotros se atreva a llamarme vendido o fracasado. La búsqueda del aplauso fácil no va conmigo. ¡Qué va! El Nuevo Artista del Hambre pretende causaros una reacción, movilizar vuestras conciencias, sorprenderos y emocionaros en un mismo bostezo. Boca arriba, despierto en la cama, convertido en un pequeño gran escarabajo… sospecho que mi única obsesión pasa por conseguir darme la vuelta, incorporarme y demostrar mi valía como creador. Mis compañeros de piso preguntan cuál es el sentido de mi arte. Yo reacciono intentando cortarme una oreja. Esta actitud tan esquizofrénica también forma parte de mi obra; incluso puede que mi obra en sí misma sólo se componga por dos elementos: ataques de pánico y brotes histéricos.

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La chusma, la masa, el rebaño siempre ha sido y será detestable. Lo decía Gustave Flaubert, no hay nada que tenga importancia salvo ese pequeño grupo de individuos, (siempre los mismos), únicos portadores de la antorcha. Me estoy refiriendo a mi público, aquellos que no han sacrificado la noción de belleza por el concepto “comodidad”. Aceptar el confort como leit-motiv sería el equivalente, lo más parecido, a despertar a la serpiente y dejarnos embaucar por ella. Me dirijo a vosotros, a ellos, a esos portadores de la antorcha, inteligentes y sensibles, cuya luz ilumina mis días oscuros y cuya fuerza me ayuda a mostrar toda la virtud que esconde mi interior. Me dirijo a los que saben detectar la belleza en lo “no bello”; para vosotros estoy construyendo un lenguaje poético a partir de la realidad más trivial. Creo que mi ayuno en streaming posee una sensibilidad muy poco común, una sensibilidad capaz de revelar la sustancia íntima que conforma la vida corriente de cualquier ser humano; ya sea aquí o allá; en Madrid o en Calcuta; en Quebec o en Katmandú; en Nairobi, en Oklahoma…

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Escrutinio de todos mis pensamientos egoístas y paranoicos al cabo del día. Resultado final: ¡TENGO RAZÓN! ¿Acaso sólo ha sido una ligera crisis de locura? ¡Ya no quedan rastros! Hoy los extraños sentimientos de ayer me parecen muy ridículos; ya no me convencen. Ahora advierto la presencia de un pequeño demonio, un ángel desterrado, que se apoya en mi hombro entregándome toda su sabiduría. Nadie puede detenerme. Me pregunto si sería capaz de vivir de tal manera que cada una de mis experiencias se convirtiera en arte; del mismo modo, ¿podría ejecutar mi talento de tal forma que éste tuviera un impacto directo y transformativo en cómo vivo? No entiendo ni una palabra de lo que he querido plantearos, pero apuesto a que se trata de algo importante. En pleno mes de Agosto y… ¿ganitas de verano? Mucho mejor, ganitas por resolver cualquiera de las paradojas que plantea la condición humana mediante mi show performativo.

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Creo que, hoy por hoy, mis aptitudes se revelan insuficientes. Soy víctima de una lucha encarnizada contra las fatalidades de la realidad. ¿Cómo ha acabado un hombre con mis destrezas en un desgraciado rincón de La Tierra como éste? La cultura de masas dificulta la aparición de verdadero arte. La cultura de masas dificulta mi aparición. El omnipresente y charlatán mundo mediático carece de espíritu, aunque esto no debería asustarme. ¡Es una broma y no merece la pena ser tomada en serio! El Nuevo Artista del Hambre no trabaja en función de ninguna demanda ni tampoco espera ninguna notoriedad. Busco mi nombre en Google Imágenes y tan sólo encuentro fotografías de un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. Siento que el público no me respeta, ¿pero acaso yo les respeto a ellos? Qué clase de desorden dramático ha transformado mi discurso en este delirio. «¡Cállate, cerdo! ¡No estoy en esto por la pasta!», le reprocho a mi estómago cuando me interpela, gruñendo, con cierto tono arrogante.

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A tientas, entre arenas movedizas. ¿Territorio hostil? Territorio ignoto, más bien. La ciénaga confunde mis sentimientos y tergiversa mis opiniones. Desorientado intento avanzar, recorro sus aguas turbias, pero es difícil hacerlo sin una referencia precisa. Me falta un horario fijo, una cita concertada. Nadie espera absolutamente nada de mí; no obstante, temo que me señalen con el dedo. Temo convertirme en el hazmerreír oficial de esta ciénaga pantanosa. Miradme, nado a contracorriente sufriendo el rechazo de un presente que me repudia. Mis compañeros de piso tampoco me toman en serio; ¡quieren robarme la balda del frigorífico que he dejado libre! Me gustaría seccionarles la yugular, apuñalarlos con un cutter y advertirles que el futuro me pertenece. He olvidado cuál era el sentido de mi arte; sin embargo, sigo considerándome un dioniso que huye de la belleza para recrearse en lo sublime, en la embriaguez de la hambruna. La posteridad me otorgará mi propio nicho de mercado y vuestros nietos reconocerán mis méritos. Os lo aseguro.

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Estoy mendigando una entrevista en cualquier web de tendencias donde me permitan hablar acerca de mí mismo. La relación entre ayuno y arte era un pretexto con el que cubría mi propia vanidad. Soy un impostor cuya masa corporal roza el límite de lo salubre. No puedo justificar los motivos de mis actos: improviso, eso es todo. ¡Ojalá encontrase nuevas ideas patológicas que llevar al límite! Necesito un mecenas que patrocine mis excentricidades, igual que el arzobispo de Salzburgo hizo con Mozart. ¿Dónde se esconderá el arzobispo cuando más se le echa de menos? Para un farsante como yo el verdadero miedo a la soledad se llama “falta de reconocimiento”. A veces me siento muy solo frente a este universo tan siniestro y lleno de trampas. ¡Se trata de una gran conjura en mi contra! Me niego a despedirme de la infancia porque mis fantasías de éxito ilimitado continúan haciéndome compañía en los columpios del parque. ¡Jamás abandonaremos el mundo de Rosebud! Artísticamente represento el cero a la izquierda del cero, pero continúo subido en mi trineo, deslizándome por la pendiente de nieve, mientras alrededor me acorralan las llamas.

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He decidido renunciar a mis últimos vestigios de integridad organizando un crowdfunding. Menuda incoherencia. Ese mismo público bobo y torpe, (que tan poco me interesa), puede darme el soporte económico capaz de mantenerme arrebatador frente al espejo. Necesito su dinero para pagar la conexión a Internet, y para comprar suero intravenoso en la farmacia. ¡Por qué nadie me había hablado sobre la falta de reconocimiento! Mis niveles de glucosa se han desplomado provocándome un simpático temblor en los dedos de las manos. Desorientación y palpitaciones. Todos estos síntomas acentúan el aspecto enfermizo que transmite mi imagen. Me parezco demasiado a un drogodependiente politoxicómano intentando superar el periodo de abstinencia. ¿Lo veis allí arriba? Un chimpancé subido en un helicóptero lanzando puñados de billetes al vacío. Sin ningún criterio. ¡Esa es vuestra industria cultural! Billetes de 200 euros. Billetes falsos. El chimpancé lleva puestas unas gafas de sol y nos observa desde lo alto levantando sus pulgares; «¡Ok, dadle caña, tíos!», grita por un megáfono.

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El territorio del arte se parece demasiado a un campo de minas; no hay ni una sola alma que no esté planeando una nueva venganza casi a diario: ratas agraviadas valoran despectivamente mi ayuno porque anteponen su ojeriza personal a cualquier criterio objetivo. He perdido la fe. Considero el talento como una miseria psicológica. El talento como una esclavitud gratuita a la que someterse para cumplir un cometido que no está escrito en ninguna parte. Ahora podría confesaros el “enigma del universo”, de veras, podría hacerlo, (ese secreto que tan bien conozco y que nunca he querido revelarle a nadie), os lo susurraría al oído, en voz muy baja, siempre y cuando aceptaseis que esta confesión os costaría la vida. Últimamente, manejo una serie de pensamientos aleatorios que me producen cierta inquietud. Me torturo pensando si Dios soñaría el mundo como yo soñé mi obra; probablemente entre las formas de ese sueño de Dios estaba yo mismo que como los demás soy todos y también soy ninguno… Me pregunto si un árbol cayendo en el bosque, que no es visto por nadie, hace ruido al golpear contra el suelo. Me pregunto si el ruido existe porque Dios está siempre allí, en todas partes, para escucharlo.

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Mi hambre se agudiza en su pico más alto. ¿Qué demonios estoy intentando demostrar? Me molesta admitirlo pero creo que mi estómago y sus gruñidos tenían razón. Estamos inmersos dentro de la época del talento, por supuesto, siempre que sustituyáis la palabra “talento” por la palabra “promoción”. En realidad, ni mi estómago ni mis compañeros de piso han comprendido nada sobre la relación entre ayuno y arte; ambos carecen de referentes, apenas han leído y tampoco conocen el significado del teatro de la crueldad. Ahora bien, ¿quizá ya sea demasiado tarde para cortarme una oreja? Sólo pretendo que el mundo me pida disculpas. Si —según me dicen— somos lo que comemos… ¿Entonces? ¡Quién cojones soy yo! He puesto toda mi voluntad al servicio de este frenesí, pero comienzo a dudar si poseo el valor para llevarlo a cabo. «¿Qué hay de lo tuyo?», me preguntan mis compañeros de piso, riéndose, mientras yo doy vueltas alrededor de la pantalla del ordenador portátil. Zozobra y desfallecimiento. Un círculo vicioso que no tiene salida. ¡No hay escapatoria! He perdido la cordura y necesito dar un volantazo a mi modelo de negocio. Quizá debería contratar a un community manager que actualice mi presencia en las redes sociales. Todavía estoy a tiempo, (creo), de tatuarme una flor de loto sobre la nalga izquierda: ¡Quiero reinventarme como fotógrafo budista! ¡Quiero formar parte de la nueva mayoría y encontrar así un camino propio que recorrer! ¡Yo soy el Nuevo Artista del Hambre! ¡La nobleza de mi alma cambiará el rumbo de la Historia! Os lo aseguro.

 

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