(prueba ensayo-error)

Todavía no se han dignado a pronunciar ni una mísera palabra. Llevo diez minutos aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, pero todavía no se han dignado. Nada de nada. Aunque resulte triste y algo desconsiderado por su parte, este silencio no me ha sorprendido lo más mínimo. Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano: llevo 279 páginas y aún no he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que decir. ¡Se me acumula la basura! Veamos, ¿cómo pretenden sorprenderme a estas alturas? ¿Hay niños que lloran desconsolados por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad? ¿Hay ancianos perdidos entre lamentos mientras esperan su turno para desaparecer? ¡Qué paradoja! Los más listos han sido ellos, los camareros, sí, ¡qué listos han sido!. Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. Para mí, (la Cafetería Hontanares), se ha convertido en una referencia imprescindible, un punto de encuentro donde casi todos nuestros sueños podrían hacerse realidad. Gracias a la Cafetería Hontanares, pienso, he recuperado la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena; no me refiero sólo a su exquisito café, ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. Os estoy describiendo la radiografía de un estado de ánimo. El regreso al Paraíso perdido. Quizá, a través de todo este imaginario encontraremos alguna certeza que nos sostenga en pie. Como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, y como digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que este alarde de megalomanía, esta versión complaciente y halagadora de mí mismo, no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado: ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier intento de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad, aquí, alrededor mío, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares! ¿Qué os parece a vosotros? ¡Me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones! Me dicen que hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias, y ahí lo dejan. No me ofrecen turno de réplica; se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Nadie comprenderá lo que digo mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. No se trata de simple vanidad sino de un sufrimiento mucho más privado. ¡Amigos burgueses me dan ustedes tanta envidia! ¡Es demasiado fácil vociferar que esta guerra ha sido la última cuando ya terminó la última batalla! A mí, sin embargo, me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo que nos afecta, sobre lo profundo de esta dialéctica, hablar sobre el asunto del huevo y el microondas sin que se me terminen saltando las lágrimas.

Yo también sabía que huevos crudos y microondas representan dos naturalezas incompatibles, que ambos elementos mantienen una extraña relación, _una especie de cópula prohibida_, donde no se admiten apaños ni tampoco chapuzas. No obstante, seducido por la fascinación de lo imposible, y anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa, me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace. Quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a detenerme. ¡Ojo! ¡No consintamos que el pánico a la catástrofe paralice nuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. ¡La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero! Ahora bien, este optimismo tan deprimente no oculta sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. ¡Una farsa! ¡No existe ningún apocalipsis con final feliz! El pesimismo de la inteligencia sólo puede ser cubierto con las esperanzas de nuestros deseos. ¡Así sobrevivimos! Después de haber tomado cuatro tazas de café, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, siento como si hubiera llorado por unos pecados que nunca cometí y llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones, una deplorable melancolía, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… «¡No lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», le grito al huevo, antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Admito que mi distorsionada visión del Bien Común escondía un interés poco o nada altruista. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias. ¡Espabila, huevo, no existen los favores gratuitos!; el hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad: FALSA COMPASIÓN, ¡ésa es la forma de hipocresía que mejor se adapta a mi carácter!. Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías. Mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos.

El huevo estalló (dentro del vaso que lo contenía) sacudiendo la estructura metálica del microondas. Aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal. Traté de recomponer el puzle y asumir cual era mi situación; buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock, impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… ¡sólo yo decidía quién quería ser! Recuerdo cuando abrí la puerta del microondas, y lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo; tras la puerta del microondas el caos y la barbarie habían hecho desaparecer al huevo. ¡Desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas! El panorama era desolador. Bajo los párpados mis ojos encerraban un paisaje todavía más cruento que el de la guerra de Troya. Llamémoslo, la masacre de un aborto ovíparo. Había restos de huevo esparcidos sobre la encimera, el fregadero y la placa vitrocerámica. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí, ahora, en una mesa de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención; un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Me remangué la camisa, _bayeta en mano_, y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Entonces descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill. Aquello terminó por desmoralizarme. ¡La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos! Cogí un destornillador y desmonté la carcasa del microondas; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. ¡No existía acceso al interior de la rejilla del grill! Mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. El humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras llantos y lamentos  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

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(siempre desde el mismo número)

Suena y siempre es el mismo número. La misma llamada se repite una y otra vez, no recuerdo desde cuándo. Debería responder. Me siento mal no haciéndolo. ¿Quién se esconde ahí? Este teléfono móvil, el mío, parece fuera de control. Las circunstancias no superan a ambos. El bombardeo de llamadas, siempre desde el mismo número. Finjo no darle importancia; ya se cansarán, claro, aunque quizá debería responder: me siento mal no haciéndolo. Dicen que son de Unicef, sí, y que llaman para informarme. Y me invitan a colaborar. Otras veces se identifican como Médicos Sin Fronteras. Da igual. Otras veces llaman y cuelgan de inmediato. Si quieres colaborar también cuelgan. Todo da igual pero siempre desde el mismo número. Me han dejado un mensaje en el buzón de voz: «Buenos días, mi nombre es Andrea, le llamo de buenos días mi nombre es». Algo buscan aunque ignoramos con qué objetivo. Intento desenmascararles sin esforzarme demasiado; vivo atrapado en la cara interna del cilindro, un cilindro hueco y transparente, donde sólo permanecemos juntos mi Smartphone 4G y yo. Nada parece fuera de lugar. Cada vez que cuelgo el teléfono la roca vuelve al margen de la ladera; de nuevo la empujo hasta la cima, y de nuevo la roca se desliza hasta el mismo margen. Hoy llaman por algo referente a una encuesta sobre seguros privados. Siempre desde el mismo número. Perdón, llaman para recordarme que tengo un pago pendiente del mes de Octubre; tan siquiera estoy dado de alta pero llevan cuatro meses pasándome sus recibos. Perdón, ¿quién les ha proporcionado mis datos de domiciliación bancaria? ¡Se trata de una empresa de recobro! En realidad, se trata de Intermón, (Intermón Oxfam),  que necesitan mi ayuda para la construcción de unos pozos de agua. ¿Por qué debería creerles ahora? Mentira, en realidad, se trata de una empresa de recobros. Mejor aún, se trata de una empresa que ofrece cursos de formación. Cursos homologados por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Solicito información a este respecto, me interesan los cursos en general, aunque sigo esperando ese mail orientativo que prometieron enviarme. Llaman a la una menos cuarto de la madrugada, descuelgo y escucho el sonido de una respiración que se entrecorta. Siempre desde el mismo número. Denuncio mi caso en el twitter de la Policía y espero que esta confusión tan humillante termine cuanto antes. Llaman y cuelgan, intermitentemente, cada veinte minutos. Motivos para sospechar: recibo un SMS, «Bienvenido a Unicef». Descuelgo el teléfono, (–quizá nunca lo haya llegado a colgar del todo–), y me responde una voz metálica e impersonal, la voz de Loquendo, una voz que habla en nombre del programa de televisión “Hay una cosa que te quiero decir”, una voz que me pregunta si durante mi infancia fui víctima de acoso escolar, o si he sufrido algún tipo de trastorno alimenticio, o si me gustaría conocer a Chenoa. Lanzo el teléfono contra la pared y me escondo debajo de la cama. ¡Ojo! No quiero calificarlos como estafadores, pero un número que se hace pasar por tantos otros me sugiere muy poca confianza. ¿Cuándo podemos considerar una llamada fraudulenta como fraudulenta? Otra vez Intermón Oxfam. El mismo teleoperador que ayer se presentaba hablándome sobre Greenpeace, hoy me exige una colaboración de cincuenta euros semestrales, y me amenaza de muerte. Charla cordial, me gusta su estilo. Devolverles la llamada es inútil, comunican o no contestan. Definitivamente, se trata de una empresa de recobros. He contabilizado catorce llamadas perdidas, desde las ocho de la tarde hasta las nueve y media de la noche. Pregunto cómo han averiguado mi nombre, e indican que no pueden responderme a ese tipo de cuestiones. Por mi propia seguridad. Llaman y vuelven a colgar: siempre desde el mismo número.

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(extraña sensación de euforia)

Pánico infuso. Pánico no adquirido. Tomar conciencia de quién es realmente uno mismo mientras deambula por los pasillos de Leroy Merlin: un lugar poco o nada adecuado para desarrollar este tipo de vislumbres. Escuchar mis propios latidos del corazón. Reconocer cómo mis pulmones trabajan constantes. Asistir perplejo al milagro de la vida deambulando, ya digo, por los pasillos de un Leroy Merlin. ¿Qué me ha traído hasta aquí? Quizá una maldición gitana. ¡Sí! ¡Soy víctima de una maldición gitana! O quizá un conjunto de decisiones equivocadas. ¿Soy víctima de un conjunto de decisiones equivocadas? Desde hace quince años sufro las consecuencias de un embrujo maldito que mis amigos se empeñan en llamar “conjunto de decisiones equivocadas”. Pero yo prefiero no escucharles, ni tampoco creerles. Elijo no admitir como veraz ni una sola de sus palabras. Ni un puto fonema. Ni a mis amigos, ni a mi familia, ni a la televisión. No me creo a nadie. La indiferencia moral de esta sociedad, tan desprovista de ética (y de principios), me ha colocado en la cúspide de mi propio cinismo. Aquí: deambulando por los pasillos de Leroy Merlin. Deambulando por los pasillos de un mundo apocalíptico, sin Dios, sin ley y sin sentido alguno, donde no cabe ningún tipo de esperanza. ¿Un hálito de esperanza? Las esperanzas parecen incompatibles con los accesorios de puertas y ventanas, con los enchufes e interruptores, con los suelos laminados, o con los botes de pintura aislante para devolverle la alegría a tus muebles de jardín. Añoro una ampolla de cianuro bajo la lengua, sí, aunque también reconozco el bricolaje doméstico como una oportunidad única; un plan B ante el inconveniente de haber nacido: comprar una lijadora eléctrica y solicitar la tarjeta club-descuento. ¡El bricolaje como expresión nihilista! Un antídoto perfecto contra este estado de hamletismo involuntario en el que me encuentro; llevo años ahogándome dentro del mismo charco. ¿Por qué arrastro los atributos de un genio cuando carezco del talento necesario para realizarme? Mucho neurótico diletante, aquí, recorriendo los pasillos de Leroy Merlin; mucho Job en busca de su lepra, aquí, merodeando por la sección de grifería y lavabos: grifos monomando, fabricados en metal cromado, con aireador y válvula de plástico, que aceptan cartucho anti-goteo (no incluido)… ¡Basta de excusas! ¡No tengo derecho! Estoy harto, muy cansado de este juego de apariencias, de errores, de pecados y remordimientos. No obstante, me tranquiliza el hecho de saber que en este mismo pasillo, rodeándome, hay muchas otras personas buscando, como yo, medidas desesperadas que apacigüen tanto dolor. Ojalá fuese como ellos.

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(Contreras)

Admito que me faltaron fuerzas para celebrar como se merecía una noticia de esta magnitud. Se trataba de una sorpresa pactada con el destino desde hacía un par de lustros, aunque todos sabíamos que el derrumbe de Contreras se produciría, (definitivamente), en cuanto dejásemos de esperarlo. Contreras y su derrumbe nos tenían a la expectativa. Las botellas de champán seguían enfriándose dentro de la nevera, hasta que por fin llegó el momento adecuado para poder descorcharlas. ¡Chin-chin! Así brindé por Contreras y por su trágico final. Se trataba de simple cuestión de tiempo, ya lo sé; no obstante, el declive de este pobre tarugo había despertado un sentimiento compasivo muy poco habitual en mí. ¡Qué extraña sensación la de mostrar lástima por personajes tan miserables como Contreras! Tanta piedad tan mal digerida me había hecho olvidar cuantas horas había invertido odiándolo en silencio. ¿Acaso alguien habría sido capaz de apostar un puto euro por él? Creedme que no. Absolutamente nadie. Según me decían, Contreras llevaba varios meses devorando su propio cadáver; sin salir de casa; sin quitarse el pijama y sin encontrar ningún responsable que justificara su caída. El paso de los años lo había convertido, poco a poco, en una especie de fantasma que atravesaba puertas sin necesidad de abrirlas. Me contaban también, _quizás sólo fuera una leyenda más entre las muchas construidas a su alrededor_, que había colocado un colchón en horizontal dentro del plato de la ducha, y que ahí pasaba las horas muertas. Encerrado tras la mampara buscaba el instante propicio para apretar el botón rojo y gritar ¡Babooom!. Contreras apenas comprendía como cojones le había sucedido lo que le había sucedido; aunque amenazaba con suicidarse casi a diario, todos entendíamos que, en realidad, lo único que pretendía era una disculpa colectiva. ¡Típico de Contreras!: coaccionar al mundo para así salirse con la suya. Lo último que escuché sobre él fue una confesión de otro amigo común, quien me describió cómo Contreras había desafiado al sueño instalándose, permanentemente, en el insomnio y la vigilia. El eco de su propia voz lo mantenía despierto mientras esperaba una llamada que nunca se producía. ¡Sus amistades tampoco le cogían el teléfono!, se negaban a explicarle algo tan obvio: ¡Contreras era un asqueroso negativo! Alguien había cortado los hilos que sostenían su cordura y una maniobra de sabotaje quería enviar su cabeza hasta el manicomio. La vida había decidido enterrarlo, engullirlo sin masticar, y él sólo podía resignarse atragantándose con tabletas de fármacos antidepresivos. After the laughter comes tears, ¡así funcionan las cosas, Contreras!. Sus antiguas ex novias, con las cuales apenas mantenía relación, le habían olvidado por completo y tan siquiera recordaban su nombre. ¿Qué había sido del pelele de Contreras? ¿Y a quién coño le importaba?

Una tarde cualquiera, varios meses después, escuché su voz en un programa de Radio3. ¡Qué curioso! Ahora se hacía llamar “Contreras” a secas, y escribía canción protesta utilizando sólo un par de acordes. ¿Cuándo demonios había aprendido a tocar la guitarra? Casi no podía creérmelo: Contreras había salido de la tumba para grabar un disco. ¡Hasta ese día nunca nadie le había oído entonar ni una sola nota! Su nuevo discurso lo retrataba como un artista sensible a la vez que comprometido con las causas perdidas; influido por Macaco, por Nick Cave y por toda esa música que escuchaba desde pequeño en el coche de sus padres. ¡Menudo impostor! Contreras respondía a las preguntas de los periodistas mencionando, una y otra vez, la misma frase de Nelson Mandela que llevaba tatuada en la espalda. Según contaba, disfrutaba mucho pisando la hierba con los pies descalzos, ¡le encantaba cultivar sus propias hortalizas en las macetas de la terraza!. A este Contreras le avergonzaba la indigencia moral de nuestra época, por eso se alimentaba de raíces y fumaba canutos hasta que se le hinchaban los párpados. Un cretino encantado de haberse conocido: ese era vuestro querido Contreras. ¿Acaso nadie se daba cuenta de ello? Había nacido un nuevo logotipo comercial para la juventud y mi capacidad de asombro se negaba a aceptarlo. Contreras y su pseudo-poesía habían conquistado vuestro corazón analfabeto. Perroflautas, hípsters, youtubers… todos aclamaban los estribillos de sus canciones. ¡Bravo por ellos! Todos idolatraban cada palabra que pronunciaba, pero solamente yo conocía la verdad sobre “Contreras” a secas. Este éxito tan repentino llenó Madrid de carteles donde se publicitaban sus próximos conciertos. Contreras estaba en el ojo de huracán; managers y comebolsas pululaban en torno suyo, aunque él prefería ignorarlos utilizando su falsa modestia. Acompañado por nuevos e influyentes amigos, Contreras bebía y descorchaba sus propias botellas de champán: ¡en el reservado de la discoteca todos querían fotografiarse junto a él! Contreras intentaba reprimir la sustancia demoníaca que lo poseía pero esto era un esfuerzo inútil. Se trataba de una campaña exquisitamente orquestada. Una broma de mal gusto que fomentaba el culto a este becerro de oro. Mondo Sonoro aplaudía la honestidad de su primer trabajo y su compañía discográfica le propuso hacer una gira teloneando a Love of lesbian. La fama de Contreras se extendía como una epidemia durante el medievo. Allí donde miraba aparecía su sombra amenazándome. Los blogs de moda analizaban su look trendy-casual y sus canciones batían récords de descarga por iTunes. (¡Sus canciones sonaban en los anuncios de cerveza!). La voz de Contreras ya formaba parte de la banda sonora de nuestras vidas. Movistar Plus lo invitó a grabar una versión acústica de “Soldadito Marinero”, y Contreras nos sorprendía (una vez más) improvisando un tema inédito contra el acoso escolar. #ContrerasContraelBullying se había convertido en trending topic. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo había logrado esquivar su propia deriva transformándose en un cisne negro? ¡Nadie lo entendía! El éxito de Contreras produjo en mí un efecto terrible. Sus ridículos trucos de prestidigitador habían conseguido lanzarlo al estrellato; la pirotecnia y los fuegos artificiales que le rodeaban me habían dejado hundido y sin respuestas. ¿Dónde quedó ese Contreras fracasado que tanto nos gustaba humillar? Entre la blasfemia y el ataque epiléptico, me tiraba al suelo y lloraba pataleando sobre una montaña de estiércol. ¡La figura omnipotente de Contreras resultaba demasiado poderosa para intentar huir!

Frente al espejo del ascensor, haciendo muecas con un cuchillo en la mano, me sentía cargado de ira hacia mi peor enemigo: la persona que debía haber sido, que por supuesto no era y que tampoco sería jamás. Gracias a mi suscripción Premium en Spotify no paraba de escuchar la música que más detestaba. SU música. Este ejercicio de masoquismo me había provocado una hemorragia interna y no paraba de sangrar por los oídos. Así las cosas, había añadido las canciones de Contreras a mi playlist favorito: la banda sonora de mis recuerdos infantiles latentes. La voz de Contreras acompañaba a todos mis conflictos irresolubles, y sus estúpidos juegos de palabras se repetían igual que un loop dentro de mi cabeza. ¡Yo no podía hacer nada para evitarlo! Había regresado al bucle infinito, a la gozadera del pánico; había regresado a las lágrimas mezcladas con carcajadas histéricas y a los ojos alucinados que te observaban sugiriendo cosas horribles… No me consideraba ningún maníaco, ningún demente furioso ni nada por el estilo, pero creo que Contreras había incorporado una réplica mía a su colección de muñecos vudú. Encendía el televisor y ahí estaba él, acaparando la atención de las cámaras en todos los informativos: encadenado a una farola, dándole la bienvenida a un grupo de refugiados, paralizando un desahucio o tocando la misma canción con su puta guitarra sin cuerdas. ¡Debía tratarse de un error! El asunto Contreras había conseguido sacar la peor versión de mí mismo. ¡Era imposible amar a Contreras de otra manera que no fuese detestándolo! Su presencia mediática iba en aumento y denunciar aquel engaño no servía para nada. Contreras se había transformado en un comediante multidisciplinar que abarcaba diferentes ámbitos. Músico, escritor, tertuliano, performer, crítico de arte, ¡ecce homo!… Su universo se expandía a la velocidad de la luz, y cada semana otra supernova explosionaba contra mi cara de estupefacción. ¿Dónde estaba el límite? ¡Típico de Contreras!: levantar grandes expectativas alrededor suyo para terminar defraudándonos a todos. Bailar en la cueva, (así se titulaba su segundo disco, y su primera novela, y su cuarta exposición de pintura expresionista abstracta), había decepcionado tanto a la prensa especializada como a sus estúpidos seguidores. La fama de Contreras empezaba a resquebrajarse. Su imperio corría el riesgo de terminar reducido a escombros. Mondo Sonoro tildaba el nuevo LP de “superficial” y “previsible”, mientras el público entendía que no podía seguir aplaudiendo a un estafador tan “previsible” y “superficial” como Contreras. ¡Qué mala suerte! ¿Dónde se escondía entonces su club de fans multitudinario? Contreras volvía a desvanecerse y todo resultaba perfectamente lógico; la nebulosa que lo envolvía se había disipado dejándolo en evidencia. ¡Qué gran regocijo! ¡Por fin escuchaba buenas noticias! Contreras había sido condenado a la picota y el linchamiento popular le había robado la honra. Una conspiración lo colocó de nuevo en el lugar que se merecía. Los festivales de música indie ya no se interesaban por contratarle y las marcas de cerveza habían encontrado otro artista revelación para sus spots publicitarios. La fiebre Contreras apenas había durado dieciocho meses: una pesadilla tan intensa como efímera. Su imagen pública se había diluido igual que un azucarillo en una taza de café. Había llegado la hora de mirar la hora y volver a descorchar el champán: ¡Chin-chin! ¡Por Contreras y por su hundimiento definitivo!

Unas semanas más tarde tropecé con él, con el mismísimo Contreras, en los urinarios de la Estación de Atocha. ¡Qué casualidad! Llevaba una camiseta de Los Planetas llena de manchas de aceite y varios días sin pasar por la ducha. Su aspecto repugnante volvía a darme la razón: Contreras parecía una fantasmagoría que nunca debió convertirse en tendencia. Abatido tras su último fracaso, y sentado sobre la tapa del retrete para minusválidos, hablaba consigo mismo perdiendo la mirada en los azulejos de la pared. Según decía, la vida era un carnaval. Según decía, barajaba distintos proyectos que le devolverían a la vorágine del show bussines. Contreras estaba harto de sí mismo y de que la gente le llamase blanco por culpa del color de su piel. Su drama había alcanzado la máxima expresión pero él se resistía a suscribir otra derrota. Contreras planeaba una nueva metamorfosis intentando resucitar como un híbrido entre… ¡Zorro, quítate ya esa máscara! Compadecí a este jodido loco abrazándole y dándole un beso en la frente. ¿Qué otra cosa podía hacer? Desde que nos conocimos, hace muchos (demasiados) años, Contreras y yo habíamos mantenido una relación marcada por el orgullo, la imbecilidad y la envidia malsana. Al comienzo de nuestra historia creí percibir algo en su rostro de hipocondríaco, ciertas líneas en su figura, y me acerqué a él con simpatía y curiosidad. Daba la impresión de haber probado los sinsabores de la vida en su forma más amarga; de haber luchado contracorriente hasta ahogarse. Parecía como si le resultara imposible renunciar a sus ideales y estuviese entregado a perseguir el camino correcto. Ahora bien, ¿qué ideales encarnaba Contreras? ¿Cuál era su camino correcto? Durante años, burlarme de él supuso mi mayor entretenimiento. Contreras, el hijo pródigo de la culpa y la mala conciencia, siempre se mostraba dispuesto a ofrecer la otra mejilla. Todos lo pasábamos en grande despreciándolo sin ningún tipo de remordimiento. Fustigar a Contreras, ese era nuestro objetivo: vapulearlo hasta que pidiera perdón. Cada uno de sus intentos por reivindicarse encarnaba otra oportunidad para arrollarle pisoteando sus sueños. Sin embargo, él siempre regresaba a la casilla de salida igual que la primera vez. Su ánimo era inquebrantable. ¿Qué pretendía demostrar? Tanta terquedad nos ponía enfermos hasta que le dimos por imposible. Aun así, nunca dejamos de pensar en él; nos negábamos a excluirlo de nuestras oraciones sin comprobar cómo se precipitaba al vacío por enésima vez. Presenciábamos ensimismados cada uno de sus movimientos y nos interrogábamos por su existencia igual que si se tratara de un fenómeno poltergeist. Las lámparas se balanceaban solas cuando alguien pronunciaba su nombre; los grifos se abrían y los cristales de las ventanas estallaban sin explicación aparente. Una especie de cordón telepático nos mantenía unidos. ¡Contreras nos pertenecía! Habíamos echado nuestra funda espiritual sobre él y sus disparatados intentos por llamar la atención sólo podían emplearse en nuestro propio drama. ¡En el nuestro! Al cabo de un tiempo, los ojos de Contreras dictaron sentencia. Ahí reconocí su profunda animadversión hacia los demás y cuánto deseaba nuestra muerte. Contreras nos aborrecía y yo tuve la impresión de merecer toda esa cólera. Quizá habíamos nacido enemigos y nos estuviéramos limitando a cumplir la voluntad de nuestro código genético. Poco a poco intenté olvidarme de él; lo saqué de mi cabeza y comencé a ejercitarme en la soledad. A veces cedía a la tentación y no conseguía diferenciar si él era yo o si nosotros éramos Contreras. Cuando esto ocurría me encerraba tras la mampara de la ducha donde veía pasar las horas muertas. Finalmente, había encontrado un gran placer escuchando el silencio y prestando atención a las voces nuevas que en él podían sentirse. ¡Chin-chin! ¿Qué os parece?

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(alfombra blanca)

Me parece muy complicado mostrarme afable con las visitas cuando se niegan a descalzarse en el salón. Algo ocultan, sin duda, claro, yo también lo pienso aunque quiero evitar juicios prematuros. Mi casa es vuestra casa siempre y cuando aceptéis que todo gran poder implica una gran responsabilidad. Me considero un anfitrión excelente, un experto en protocolo que disfruta manejando todas las piezas de su cubertería. Dejadme ser sincero, haciendo uso del trinchador y de la paleta de pescado he aprendido a disimular todas mis psicopatías, ¡ya nadie me hace preguntas incómodas sobre el búho disecado que llevo sujeto encima del hombro!. Quizá me haya equivocado y mi planteamiento no sea el correcto. Lo complejo de la situación no permite que razone con un mínimo de lucidez. Sencillamente, no os toméis esta clase de licencias. Actuando de un modo tan poco reflexivo levantáis muchas suspicacias. Respetad los códigos básicos. Las normas de convivencia son como bombas de relojería pero al contrario; desactivarlas implicaría el caos. Me preocupa el auge de este tipo de terrorismo incruento. ¿Aprovecháis mi hospitalidad para romper el consenso social? Ya me entendéis, cuando tienes (bajo tu responsabilidad) una alfombra blanca que mantener impoluta… En fin, apenas nos conocemos, cierto, sin embargo os invito a que aflojéis los nudos de vuestros cordones y os quitéis las zapatillas. Todavía conservo nítidos los recuerdos de otra época, hace varios meses, cuando el mantenimiento de las alfombras no reclamaba tanto protagonismo. Eran días lluviosos pero felices. Atenazado por la responsabilidad, poco a poco, me fui sumergiendo bajo las aguas de este río Rubicón, dispuesto a averiguar lo que se escondía en la otra orilla. «Alea jacta est», grité, mientras nadaba sonriendo hacia la incertidumbre. Quizá no debería someterme a desafíos tan imposibles, a macro-utopías tan embarazosas. Ahora todo pasa por mantener a raya la alfombra blanca y cada día que pasa la veo más gris.

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