Fidelio

Llevo puesto mi esmoquin recién planchado con el ticket de la tintorería dentro del bolsillo, también llevo mi capa con capucha y mi máscara de porcelana, lo llevo puesto todo, pero (aun así) continúo detestando algo de eso que flota en el ambiente, me refiero a esa relatividad tan insoportable, me refiero a que como Arthur Rimbaud yo también pasé por una adolescencia complicada, y creo que fue entonces cuando comprendí que lo único insoportable era saber que no había nada verdaderamente insoportable. En su sentido más literal, como ya he dicho, detecto algo suspendido en el aire que no me deja respirar tranquilo, me refiero a lo absoluta y putamente insoportable; estoy seguro de que muchos no sabéis de lo que hablo, quizá algún día suba un tutorial a mi canal de Youtube explicándoos cuáles son los síntomas. Vestido de este modo, con mi esmoquin y la máscara ocultando mi cara, me paseo a la deriva sin ningún destino concreto al que dirigirme; recorro las calles imaginando que cada zancada forma parte del mismo plan divino. Me he dejado iluminar por los designios de una fuerza superior que yo tan siquiera conocía, una providencia que me guía aunque también me confunde, quizá esto suceda porque nunca antes había oído hablar sobre ella o quizá suceda porque nunca me había interesado por encontrar las respuestas que buscan aquellos que nunca se hacen preguntas. En realidad hace bastante tiempo que no oigo hablar sobre nadie ni nada de lo que ocurre a mi alrededor, os ignoro a todos, tanto por principio como por repugnancia, así he conseguido inmunizarme contra ese ruido guarro que antes me silbaba en los oídos y que ahora se ha convertido en el silencio de un sepulcro en ruinas. El único hype que mantengo actualizado, casi a diario, es el de la vergüenza de mi caos interior: la voz de Hermann advirtiéndome sobre los inconvenientes de haber nacido. Así pues, me cuesta mucho distinguir cuándo una idea se opone realmente a otra; tengo la tendencia a encontrar iguales todas vuestras ideas fotocopiadas, tanto da una como su contraria, ¡no encuentro diferencias!. Sin un criterio etiquetable, ni opiniones validadas por los aplausos del rebaño, me considero lo más parecido a un gusano que duerme en su crisálida, esperando a que lo aplaste el zapato de un transeúnte, o a que un rayo de sol le proporcione alas para volar y huir lejos de aquí. Esta condición de gusano me obliga a hacer cosas que, pese a no enorgullecerme, me proporcionan grandes dosis de placer; por ejemplo, mis encuentros con V, os hablo de encuentros que organizo y promuevo a la vez que evito, citas a las que no acudo y que por tanto jamás se producen. Hoy aprovecho que he quedado con V para NO acudir a una de nuestra citas y deambulo sin rumbo por las calles que rodean su casa. Siempre lo hago así. A veces, incluso, me detengo frente a su portal, durante bastantes minutos, aunque no tardo en continuar mi camino andando hacia ninguna parte. Nadie corre detrás de mí, sólo yo, y eso no sé si resulta bueno o malo. Pocos minutos después, comienzo a recibir mensajes de Whatsapp donde V muestra cierta impaciencia por culpa de mi retraso; quiere saber a qué hora voy a llegar y, sobre todo, quiere saber cuál es la contraseña. Yo nunca le respondo ni tampoco le devuelvo las llamadas perdidas. V redacta sus mensajes con la sintaxis de un analfabeto orgulloso por parecerlo, se ampara en justificaciones bastante infantiles, (la inmediatez y el pragmatismo), para utilizar los emoticonos de su teléfono móvil como si fuesen jeroglíficos. Jeroglíficos egipcios, de la época de Nefertiti. ¡No comprendo qué coño pretende! Los degenerados principios de esta “amistad” me obligan a aceptar nuestra relación igual que un trato a fondo perdido. Mi tiempo sirve como moneda de cambio. ¿Para qué simular este compadreo tan artificial cuando podríamos limitarnos al trueque de opiniones a través de las redes sociales? ¡El encuentro que nunca se produce! ¡Ese es nuestro único vínculo! V insiste preguntándome por la contraseña, una vez más, pero yo me niego a regalarle esa información; si le confesara el salvoconducto perdería su interés y me convertiría en otro juguete roto a merced de sus caprichos. Esta hipótesis me produce un estado de ansiedad que no consigo resolver. Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo del espantoso desconcierto que me producen sus emoticonos. ¡Jeroglíficos de la época de Nefertiti! Juntos, V y yo, compartimos un proyecto virtual donde ninguno de los dos renuncia a su independencia, aunque vivamos prisioneros en el interior del mismo cilindro transparente; ambos nos consideramos dos extraños que sólo fingen conocerse: ¡Nuestro verdadero propósito pasa por no volver a coincidir jamás! Me pregunto si lograré pasar una vida entera huyendo de V a la vez que intento acercarme a él; he aprendido a concederle a cada instante el valor de un bien escaso y mi tiempo vale demasiado para desperdiciarlo en su compañía. Imaginadnos a los dos, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, hablando por turnos y aguardando el momento para darnos la réplica; también podría suceder que, de manera completamente infernal, nos entregásemos a soltar nuestras propias peroratas, gritándonos a la vez y formando una confusión babilónica que (seguro) terminaría en pelea. Mis encuentros con V, en el supuesto de llegar a producirse, actuarían como un puñado de sal sobre una herida abierta. ¡Apenas lo soportaría! Creo que toda esta comedia, (montada y organizada alrededor de nuestra presunta amistad), debería finalizar cuanto antes. Quizá exista algún elemento esotérico que justifique este disparate. ¿Qué clase de maldición gitana insiste en mantenernos unidos? Han pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos y mi memoria todavía mantiene nítido su recuerdo. La cara de V: una bolsa de tics y gestos fatalmente seleccionados; su cara me inspira un aburrimiento que carece de antídoto. Estoy convencido de que lo mejor de nuestra relación se perdería desde el mismo momento en que nos viésemos obligados a comportarnos como dos buenos amigos que se dirigen mutuamente palabras banales.

 

 

 

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Prueba ensayo-error

1

Todavía no se han dignado a pronunciar ni una mísera palabra; nada de nada, en serio, ni me miran. Llevo diez minutos aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, pero parece como si fuera invisible. Parece como si (directamente) yo no existiera para ellos. Aunque resulte triste y también algo desconsiderado por su parte, esta actitud no me ha sorprendido lo más mínimo; me siento inmune ante este tipo de ataques que intentan debilitarme cuando lo único que consiguen es fortalecerme. Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano, llevo casi 279 páginas y aún no he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que contarles. Me pregunto qué será lo siguiente, con qué intentaran desestabilizarme la próxima vez que levante los ojos del suelo. Entonces lo hago, levanto los ojos del suelo y veo niños, bebés muy pequeños, llorando desconsolados por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad; y también veo ancianos, gente muy mayor, viejos perdidos entre lamentos que esperan su turno para desaparecer sin dejar ni rastro. Es obvio que los más listos han sido ellos, sí, me refiero a los camareros. ¡Qué listos han sido! Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, sin mover una ceja, ni un párpado, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. Para mí, (la Cafetería Hontanares), se ha convertido en una referencia imprescindible, un punto de encuentro donde casi todos nuestros sueños podrían hacerse realidad. Gracias a la Cafetería Hontanares, pienso, he recuperado la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena; no me refiero sólo a su exquisito café, ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. Os estoy describiendo la radiografía de un estado de ánimo: el regreso al Paraíso perdido. Quizá, a través de todo este imaginario de lujo y miseria encontraremos alguna certeza que nos sostenga en pie; como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, y como digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que este alarde de megalomanía, esta versión complaciente y halagadora de mí mismo, no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado y ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier intento de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad, aquí, alrededor mío, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares! ¿Qué os parece a vosotros? ¡Me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones! Me dicen que hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias, y ahí lo dejan. No me ofrecen turno de réplica; se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Nadie comprenderá lo que quiero decir mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. No se trata de simple vanidad sino de un sufrimiento mucho más privado. Me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo que nos afecta a todos, sobre lo profundo de esta dialéctica, me cuesta demasiado abordar el asunto del huevo y el microondas sin que se me terminen saltando las lágrimas.

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Huevos crudos y microondas, eso era todo. Yo también sabía que ambos elementos representaban dos naturalezas incompatibles, sabía que los dos mantenían una extraña relación, (una especie de cópula prohibida), donde no se admitían los apaños y mucho menos las chapuzas. No obstante, pese a conocer las dificultades a las que me enfrentaba, quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a impedírmelo. Me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace, aunque el terror ante lo desconocido no me dejara razonar con la lucidez necesaria. ¡Ojo! ¡Nunca consintáis que el pánico a la catástrofe paralice vuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. ¡La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero! Ahora bien, este optimismo tan forzado no oculta sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. ¡Una farsa! ¡Jamás existirá ningún apocalipsis con final feliz! Después de haber tomado cuatro tazas de café, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, creo que me siento totalmente desconectado de la realidad, estoy fuera, como si hubiera llorado por unos pecados que nunca cometí, como si llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen en absoluto. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones cuando echas la vista atrás, me refiero a una deplorable melancolía, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… «¡No lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», eso fue lo que le grité al huevo antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Había renunciado a mi propia vanidad anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa. ¿O quizá no fuese así exactamente? Admito que mi distorsionada visión del Bien Común escondía un interés poco o nada altruista. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias.¡Espabila, huevo! ¿Qué te pensabas? ¡No existen los favores gratuitos!

no existen los favores gratuitos!; el hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad: FALSA COMPASIÓN, ¡ésa es la forma de hipocresía que mejor se adapta a mi carácter!.

 

Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías. Mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos.

3

El huevo estalló (dentro del vaso que lo contenía) sacudiendo la estructura metálica del microondas. Aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal. Traté de recomponer el puzle y asumir cual era mi situación; buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock, impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… ¡sólo yo decidía quién quería ser! Recuerdo cuando abrí la puerta del microondas, y lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo, tras la puerta del microondas el caos y la barbarie habían hecho desaparecer al huevo. ¡Desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas! El panorama era desolador. Bajo los párpados mis ojos encerraban un paisaje todavía más cruento que el de la guerra de Troya. Llamémoslo, la masacre de un aborto ovíparo. Había restos de huevo esparcidos sobre la encimera, el fregadero y la placa vitrocerámica. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí, ahora, en una mesa de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención; un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Me remangué la camisa, _bayeta en mano_, y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Entonces descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill. Aquello terminó por desmoralizarme. ¡La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos! Cogí un destornillador y desmonté la carcasa del microondas; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. ¡No existía acceso al interior de la rejilla del grill! Mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. El humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras llantos y lamentos  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

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Siempre desde el mismo número

Suena y siempre es el mismo número. La misma llamada se repite una y otra vez, no recuerdo desde cuándo, pero creo que debería responder. Me siento mal no haciéndolo. ¿Quién se esconde ahí? Este teléfono móvil, el mío, parece fuera de control; las circunstancias no superan a ambos. El bombardeo de llamadas, siempre desde el mismo número. Finjo no darle importancia; ya se cansarán, claro, aunque quizá debería responder. Me siento mal no haciéndolo. Dicen que son de Unicef, sí, y que llaman para informarme. Y me invitan a colaborar. Otras veces se identifican como Médicos Sin Fronteras. Da igual. Otras veces llaman y cuelgan de inmediato. Si quieres colaborar también cuelgan. Todo da igual pero siempre desde el mismo número. Me han dejado un mensaje en el buzón de voz: «Buenos días, mi nombre es Andrea, le llamo de buenos días mi nombre es». Algo buscan aunque ignoramos con qué objetivo. Intento desenmascararles, sin esforzarme demasiado, y me contemplo atrapado en la cara interna del cilindro, un cilindro hueco y transparente, donde sólo permanecemos juntos mi Smartphone 4G y yo. Nada parece fuera de lugar. Cada vez que cuelgo el teléfono la roca vuelve al margen de la ladera; de nuevo la empujo hasta la cima, y de nuevo la roca se desliza hasta el mismo margen. Hoy llaman por algo referente a una encuesta sobre seguros privados. Siempre desde el mismo número. Perdón, llaman para recordarme que tengo un pago pendiente del mes de Octubre; tan siquiera estoy dado de alta pero llevan cuatro meses pasándome sus recibos. ¿Quién les ha proporcionado mis datos de domiciliación bancaria? ¡Se trata de una empresa de recobro! En realidad, se trata de Intermón, (Intermón Oxfam),  que necesitan mi ayuda para la construcción de unos pozos de agua. ¿Por qué debería creerles ahora? Mentira, en realidad, se trata de una empresa de recobros; mejor aún, se trata de una empresa que ofrece cursos de formación; cursos homologados por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Solicito información a este respecto, me interesan los cursos en general, aunque sigo esperando ese mail orientativo que prometieron enviarme. Llaman a la una menos cuarto de la madrugada, descuelgo y escucho el sonido de una respiración que se entrecorta. Siempre desde el mismo número. He denunciado mi caso en el twitter de la Policía y espero que esta confusión tan humillante termine cuanto antes. Llaman y cuelgan, intermitentemente, cada veinte minutos. Motivos para sospechar: recibo un SMS, «Bienvenido a Unicef». Descuelgo el teléfono, (–quizá nunca lo haya llegado a colgar del todo–), y me responde una voz metálica e impersonal, la voz de Loquendo, una voz que habla en nombre del programa de televisión “Hay una cosa que te quiero decir”, una voz que me pregunta si durante mi infancia fui víctima de acoso escolar, o si he sufrido algún tipo de trastorno alimenticio, o si me gustaría conocer a Chenoa… Lanzo el teléfono contra la pared y me escondo debajo de la cama. ¡Ojo! No quiero calificarlos como estafadores, pero un número que se hace pasar por tantos otros me sugiere muy poca confianza. ¿Cuándo podemos considerar una llamada fraudulenta como fraudulenta? Otra vez Intermón Oxfam. El mismo teleoperador que ayer se presentaba hablándome sobre Greenpeace, hoy me exige una colaboración de cincuenta euros semestrales, y me amenaza de muerte. Charla cordial, me gusta su estilo. Devolverles la llamada es inútil, comunican o no contestan. Definitivamente, se trata de una empresa de recobros. He contabilizado catorce llamadas perdidas, desde las ocho de la tarde hasta las nueve y media de la noche. Pregunto cómo han averiguado mi nombre, e indican que no pueden responderme a ese tipo de cuestiones. Por mi propia seguridad. Llaman y vuelven a colgar: siempre desde el mismo número.

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Extraña sensación de euforia

Me gustaría referirme a ello como pánico infuso, un pánico no adquirido, un principio de angustia que, por supuesto no se entrena, y que sólo se sufre o se disfruta según el día en que te toca padecerlo. Por ejemplo, hoy, aquí, deambulando entre los pasillos de Leroy Merlin; (un lugar poco o nada adecuado para desarrollar este tipo de vislumbres). Aquí he vuelto a tomar conciencia sobre quién soy yo y sobre el lugar físico que ocupo en el espacio: he vuelto a proyectarme a mí mismo como un animal miserable que da vueltas encarcelado dentro de una jaula. Ahora escucho mis propios latidos del corazón y reconozco mis pulmones trabajando constantes. Estoy asistiendo perplejo al milagro de la vida, ya digo, mientras sigo dando tumbos entre los pasillos de Leroy Merlin. Lógicamente ignoro los motivos que me ha traído hasta este lugar. ¿Quizá haya sido una maldición gitana? ¡Sí, eso es! ¡Soy víctima de una maldición gitana! Desde hace quince años arrastro las consecuencias de este embrujo maldito que mis amigos se empeñan en llamar “conjunto de decisiones equivocadas”.Yo prefiero no escucharles ni tampoco creerles. Elijo no admitir como veraz ni una sola de sus palabras. Ni un puto fonema. Ni a mis amigos, ni a mi familia, ni a Internet. No me creo a nadie. La indiferencia moral de esta sociedad, tan desprovista de ética (y de principios), me ha colocado en la cúspide de mi propio cinismo. Aquí, deambulando por los pasillos de Leroy Merlin, he encontrado un mundo apocalíptico donde tampoco cabe ninguna clase de esperanza; sin Dios, sin ley y sin sentido alguno. ¿Un hálito de esperanza? Las esperanzas parecen incompatibles con los accesorios de puertas y ventanas, con los enchufes e interruptores, con los suelos laminados, o con los botes de pintura aislante para devolverle la alegría a tus muebles de jardín. Añoro una ampolla de cianuro bajo la lengua, sí, aunque también acepto el bricolaje doméstico como una oportunidad única; un plan B ante el inconveniente de haber nacido: comprar una lijadora eléctrica y solicitar la tarjeta club-descuento. ¡El bricolaje como expresión nihilista! Un antídoto perfecto contra este estado de hamletismo involuntario en el que me encuentro; llevo años ahogándome dentro del mismo charco. ¿Por qué arrastro los atributos de un genio cuando carezco del talento necesario para realizarme? Mucho neurótico diletante, aquí, recorriendo los pasillos de Leroy Merlin; mucho Job en busca de su lepra, aquí, merodeando por la sección de grifería y lavabos: grifos monomando, fabricados en metal cromado, con aireador y válvula de plástico, que aceptan cartucho anti-goteo (no incluido)… ¡Basta de excusas! ¡No tengo derecho! Estoy harto, muy cansado de este juego de apariencias, de errores, de pecados y remordimientos. No obstante, me tranquiliza el hecho de saber que en este mismo pasillo, rodeándome, hay muchas otras personas buscando, como yo, medidas desesperadas que apacigüen tanto dolor. Ojalá fuese como ellos.

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Contreras

1

Se trataba de una sorpresa pactada con el destino desde hacía un par de lustros, me refiero a que todos sabíamos que algo así ocurriría, en algún momento, justo cuando dejásemos de esperarlo. Aunque era simple cuestión de tiempo, Contreras y su derrumbe nos habían tenido a la expectativa durante casi… en fin, creo que ya ni recordaba los años que llevaban las botellas de champán enfriándose en la nevera. ¿Había llegado entonces el momento adecuado para descorcharlas? ¡Chin-chin! ¡Así brindé por Contreras y por su trágico final! Sin embargo, admito que me faltaron fuerzas para celebrar como se merecía una noticia de esta magnitud; el declive de aquel pobre tarugo había despertado un sentimiento compasivo muy poco habitual en mí. ¡Qué extraña sensación la de mostrar lástima por personajes tan miserables como Contreras! Tanta piedad tan mal digerida me había hecho olvidar cuantas horas había invertido odiándolo en silencio. Aborrecer a Contreras había sido uno de mis entretenimientos favoritos, pero ya no merecía la pena seguir diseñando extraños planes de venganza que además nunca se llevarían a cabo. Contreras había desaparecido para siempre y nadie lo echaría de menos. Según me contaban, el paso de los años lo había convertido, poco a poco, en una especie de fantasma que atravesaba puertas sin necesidad de abrirlas. Contreras llevaba varios meses devorando su propio cadáver; sin salir de casa; sin quitarse el pijama y sin encontrar ningún responsable que justificara su caída. Me contaban también, –quizás sólo fuera una leyenda más entre las muchas construidas a su alrededor–, que había colocado un colchón en horizontal dentro del plato de la ducha, y que ahí pasaba las horas muertas, encerrado tras la mampara, buscando el instante propicio para apretar el botón rojo y gritar ¡Babooom!. Apenas comprendí nada sobre el significado de esta insana costumbre, pues a pesar de que Contreras solía amenazar con suicidarse casi a diario, todos entendíamos que, en realidad, lo único que pretendía era una disculpa colectiva. ¡Tan típico de Contreras!: ya sabéis, llamar nuestra atención flagelándose hasta el extremo, vender lástima, para así coaccionar al mundo y terminar saliéndose con la suya. Sus antiguas ex novias conocían muy bien este rasgo patológico de su personalidad; sus antiguas ex novias, con las cuales apenas mantenía relación, ya le habían olvidado por completo y tan siquiera recordaban aquellas manías de psicótico desquiciado. ¿Qué habría sido del pelele de Contreras? ¿Y a quién coño le importaba? Lo último que escuché sobre él fue una confesión de otro amigo común, quien me describió cómo Contreras había desafiado al sueño instalándose, permanentemente, en el insomnio y la vigilia. El eco de su propia voz lo mantenía despierto mientras esperaba una llamada que nunca se producía. ¡Sus amistades tampoco le cogían el teléfono! Nos negábamos a explicarle algo tan obvio. ¡Contreras era un asqueroso negativo! Alguien había cortado los hilos que sostenían su cordura y una maniobra de sabotaje quería enviar su cabeza hasta el manicomio. La vida había decidido enterrarlo, engullirlo sin masticar, y él sólo podía resignarse atragantándose con tabletas de fármacos antidepresivos. After the laughter comes tears, me dije a mí mismo, antes de despedir a Contreras borrándolo para siempre de mi memoria.

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Una tarde cualquiera, varios meses después, escuché su voz inconfundible en un programa de Radio3. Pensé que se trataba de un desvarío (fruto de mi obcecación) e intenté restarle importancia al asunto. No creí que aquello fuese posible. ¡Contreras había desaparecido y aquí nadie le echaba de menos! Continué bailando desnudo, frente a la ventana del dormitorio, como si no hubiera sucedido nada fuera de lo habitual. Entonces su risa macabra volvió a golpearme, pero esta vez lo hizo tan rápido, y tan fuerte, que apenas tuve tiempo para reaccionar dejándome caer sobre la alfombra; (igual que si alguien me hubiese disparado un tiro a bocajarro en la nuca). ¡No podía ser cierto! Contreras había salido de la tumba para grabar un disco, y ahora escribía canción protesta utilizando sólo un par de acordes. ¿Cuándo demonios había aprendido a tocar la guitarra? ¡Hasta hoy nunca nadie le había oído entonar ni una sola nota! Su nuevo discurso lo retrataba como un artista sensible a la vez que comprometido con las causas perdidas; influido por Macaco, por Nick Cave y por toda esa música que escuchaba desde pequeño en el coche de sus padres. ¡Menudo impostor! Contreras respondía a las preguntas de la entrevista mencionando, una y otra vez, la misma frase de Nelson Mandela que llevaba tatuada en la espalda. Según contaba, la inspiración para componer sus canciones había nacido de su espíritu rebelde y de “esa suma de pequeños detalles que convierten la vida en una aventura maravillosa”: Contreras disfrutaba pisando la hierba con los pies descalzos; ¡y también cultivaba sus propias hortalizas en las macetas de la terraza!. ¿Acaso nadie detectaba la impostura en cada frase que pronunciaba? Casi no podía creérmelo. Había nacido un nuevo logotipo comercial para la juventud y mi capacidad de asombro se negaba a aceptarlo. Perroflautas, hípsters, youtubers… un ejército infinito de gilipollas aclamaba los estribillos de sus canciones, (¡bravo por ellos!), pero solamente yo conocía la verdad sobre “Contreras” a secas. Este éxito tan repentino llenó las redes sociales de anuncios donde se publicitaban sus próximos conciertos. Contreras estaba en el ojo de huracán, managers y comebolsas pululaban en torno suyo, aunque él prefería ignorarlos concentrándose en su pseudo-poesía marca Hacendado. Junto a sus nuevos e influyentes amigos, bebía y descorchaba sus propias botellas de champán, mientras se lamentaba por la indigencia moral de nuestra época. ¡En el reservado de la discoteca todos querían fotografiarse junto a Contreras! Se trataba de una campaña exquisitamente orquestada, una broma de mal gusto, que fomentaba el culto a este becerro de oro. Mondo Sonoro aplaudía la honestidad de su primer trabajo y su compañía discográfica le propuso hacer una gira teloneando a Love of Lesbian. La fama de Contreras se extendía como una epidemia durante el medievo. Allí donde miraba aparecía su sombra amenazándome. Los blogs de moda analizaban su look trendy y sus canciones batían récords de descarga por iTunes. ¡Sus canciones sonaban en los anuncios de cerveza! Contreras intentaba reprimir la sustancia demoníaca que lo poseía pero esto era un esfuerzo inútil para un gilipollas de su graduación. Movistar Plus lo invitó a grabar una versión acústica de “Soldadito Marinero”, y Contreras nos sorprendía (una vez más) improvisando un tema inédito contra el acoso escolar. #ContrerasContraelBullying se había convertido en trending topic. ¿Cómo lo había hecho? ¿Cómo había logrado esquivar su propia deriva transformándose en un cisne negro? ¡Ninguno de nosotros entendía las razones de su éxito! La voz de Contreras ya formaba parte de la banda sonora de nuestras vidas, y su popularidad provocó un efecto terrible en mi carácter. Aquellos ridículos trucos de prestidigitador habían conseguido lanzarlo al estrellato; la pirotecnia y los fuegos artificiales que le rodeaban me habían dejado hundido y sin respuestas. ¿Dónde quedó ese Contreras fracasado que tanto nos gustaba humillar? Entre la blasfemia y el ataque epiléptico, en plena tempestad neurótica, volví a tirarme al suelo y volví a llorar pataleando sobre una montaña de estiércol. ¡La figura omnipotente de Contreras resultaba demasiado poderosa para intentar huir hacia ninguna parte!

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Frente al espejo del ascensor, haciendo muecas con un cuchillo en la mano, me sentía cargado de ira hacia mi peor enemigo: la persona que debía haber sido, que por supuesto no era y que tampoco sería jamás. Gracias a mi suscripción Premium en Spotify no paraba de escuchar la música que más detestaba. Este ejercicio de masoquismo me había provocado una hemorragia interna y no paraba de sangrar por los oídos. Así las cosas, había añadido las canciones de Contreras a mi playlist favorito: la banda sonora de mis recuerdos infantiles latentes. Su voz acompañaba a todos mis conflictos irresolubles, y sus estúpidos juegos de palabras se repetían igual que un loop dentro de mi cabeza. ¡Yo no podía hacer nada para evitarlo! Había regresado al bucle infinito, a la gozadera del pánico; había regresado a las lágrimas mezcladas con carcajadas histéricas y a los ojos alucinados que te observaban sugiriendo cosas horribles… No me consideraba ningún maníaco, ningún demente furioso ni nada por el estilo, pero creo que Contreras había incorporado una réplica mía a su colección de muñecos vudú. Encendía el televisor y ahí estaba él, acaparando la atención de las cámaras en todos los informativos: encadenado a una farola, dándole la bienvenida a un grupo de refugiados, paralizando un desahucio o tocando la misma canción con su puta guitarra sin cuerdas. ¡Debía tratarse de un error! El asunto Contreras había conseguido sacar la peor versión de mí mismo. ¡Era imposible amar a Contreras de otra manera que no fuese detestándolo! Su presencia mediática iba en aumento y denunciar aquel engaño no servía para nada. Contreras se había transformado en un comediante multidisciplinar que abarcaba diferentes ámbitos. Músico, poeta, tertuliano, performer, crítico de arte, ¡ecce homo!… Su universo se expandía a la velocidad de la luz, y cada semana otra supernova explosionaba contra mi cara de estupefacción. ¿Dónde estaba el límite? ¡Típico de Contreras!: levantar grandes expectativas alrededor suyo para terminar defraudándonos a todos. Bailar en la cueva, (así se titulaba su segundo disco, y su primer poemario, y su cuarta exposición de pintura expresionista abstracta), había decepcionado tanto a la prensa especializada como a sus estúpidos seguidores. La fama de Contreras empezaba a resquebrajarse. Su imperio corría el riesgo de terminar reducido a escombros. Mondo Sonoro tildaba su nuevo LP de “superficial” y “previsible”, mientras el público entendía que no podía seguir aplaudiendo a un estafador tan “previsible” y “superficial” como Contreras. ¡Qué mala suerte! ¿Dónde se escondía entonces su club de fans multitudinario? ¿y sus amigos influyentes? Contreras volvía a desvanecerse y todo resultaba perfectamente lógico; la nebulosa que lo envolvía se había disipado dejándolo en evidencia. ¡Qué gran regocijo! ¡Por fin escuchaba buenas noticias! El linchamiento popular lo había condenado a la picota robándole la honra. Una conspiración lo devolvía al lugar que se merecía. Los festivales de música indie ya no se interesaban por contratarle y las marcas de cerveza habían encontrado otro artista revelación para sus spots publicitarios. La fiebre Contreras apenas había durado dieciocho meses: una pesadilla tan intensa como efímera. Su imagen pública se había diluido igual que un azucarillo en una taza de café. Definitivamente, había llegado la hora de mirar la hora y volver a descorchar las botellas de champán: ¡Chin-chin! ¡Por Contreras y por su hundimiento perpetuo!

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Pasaron unas pocas semanas cuando otra vez volvimos a tropezar, él uno contra el otro, en los urinarios de la Estación de Atocha. ¡Qué casualidad! Contreras llevaba una camiseta de Los Planetas llena de mugre y desprendía un extraño olor a azufre; su aspecto repugnante volvía a darme la razón: parecía una fantasmagoría que nunca debió convertirse en tendencia. Todavía abatido tras su último fracaso, y sentado sobre la tapa del retrete para minusválidos, Contreras hablaba consigo mismo perdiendo la mirada en los azulejos de la pared. Según decía, la vida era un carnaval. Según decía, barajaba distintos proyectos que le devolverían a la vorágine del show bussines. Contreras estaba harto de sí mismo y de que la gente le llamase blanco por culpa del color de su piel; su drama había alcanzado una dimensión todavía más profunda pero él se resistía a suscribir otra derrota. Contreras planeaba una nueva metamorfosis intentando resucitar como… ¿Quién sabe cuál sería su próximo delirio? Compadecí a ese jodido loco, abrazándole, y le di un beso en la frente antes de marcharme. ¡Qué otra cosa podía hacer! Desde que nos conocimos, hace muchos (demasiados) años, Contreras y yo habíamos mantenido una relación marcada por el orgullo, la imbecilidad y la envidia malsana. Al comienzo de nuestra historia creí percibir algo en su rostro de hipocondríaco, ciertas líneas en su figura, y me acerqué a él con simpatía y curiosidad. Daba la impresión de haber probado los sinsabores de la vida en su forma más amarga; de haber luchado contracorriente hasta ahogarse. Parecía como si le resultara imposible renunciar a sus ideales y estuviese entregado a perseguir el camino correcto. Ahora bien, ¿qué ideales encarnaba Contreras? ¿Cuál era su camino correcto? Durante años, burlarme de él supuso mi mayor entretenimiento. Contreras, el hijo pródigo de la culpa y de la mala conciencia, siempre se mostraba dispuesto a ofrecer la otra mejilla. Todos lo pasábamos en grande despreciándolo sin ningún tipo de remordimiento. Fustigar a Contreras, ese era nuestro objetivo: vapulearlo hasta que pidiera perdón. Cada uno de sus intentos por reivindicarse encarnaba otra oportunidad para arrollarle pisoteando sus sueños. Sin embargo, él siempre regresaba a la casilla de salida igual que la primera vez. Su ánimo era inquebrantable. ¿Qué pretendía demostrar? Tanta terquedad nos ponía enfermos hasta que le dimos por imposible. Aun así, nunca dejamos de pensar en él; nos negábamos a excluirlo de nuestras oraciones sin comprobar cómo se precipitaba al vacío por enésima vez. Presenciábamos ensimismados cada uno de sus movimientos y nos interrogábamos por su existencia igual que si se tratara de un fenómeno poltergeist. Las lámparas se balanceaban solas cuando alguien pronunciaba su nombre, los grifos se abrían y los cristales de las ventanas estallaban sin explicación aparente. Una especie de cordón telepático nos mantenía unidos. ¡Contreras nos pertenecía! Habíamos echado nuestra funda espiritual sobre él y sus disparatados intentos por llamar la atención sólo podían emplearse en nuestro propio drama. ¡En el nuestro! Al cabo de un tiempo, los ojos de Contreras habían dictado sentencia: ahí reconocí su animadversión hacia los demás y cuánto deseaba nuestra muerte. Contreras nos aborrecía y yo tuve la impresión de merecer toda esa cólera. Quizá habíamos nacido enemigos desde un principio, y (quizá) sólo nos estuviéramos limitando a cumplir la voluntad de nuestro código genético. Poco a poco intenté olvidarme de él; lo saqué de mi cabeza y comencé a ejercitarme en la soledad. A veces, no obstante, todavía cedo a la tentación y continúo sin diferenciar si él era yo o si nosotros hemos sido Contreras. Cuando esto ocurre me encierro tras la mampara de la ducha esperando el momento propicio para apretar el botón rojo, pero ya no amenazo con suicidarme ni disfruto vendiendo lástima. Ahora prefiero mantenerme en silencio, sí, he descubierto un gran placer escuchando el silencio y prestando atención a las voces nuevas que en él pueden sentirse. ¡Chin-chin! ¿Qué os parece?

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