“Escucha una cosa” a principio de frase

Se trata de una distopía verbal que te traslada hasta el futuro, un tiempo próximo y no tan lejano, me refiero a la época donde el uso de esta clase de formalismos se habrá generalizado entre todos los hablantes del planeta. ¡Dará igual en qué idioma! El origen poligonero de la expresión “escucha una cosa…” caerá progresivamente en el olvido; nadie recordará su procedencia cuando se convierta en un fenómeno viral gracias a vuestras redes sociales. Entonces serán las élites pertenecientes a la alta cultura quienes adoptarán esta locución como propia dentro de sus discursos, así quedará demostrado que los prejuicios del hoy siempre formarán parte de los avances del mañana, igual que combinar pantalón de chándal con zapato mocasín o igual que lanzar confeti sobre la familia del difunto durante su funeral. “Escucha una cosa…” a principio de frase, ya sabéis, un síntoma de distinción y de buen gusto que seguro os ayudará a presentaros a lo grande frente a los demás; se lo escucharéis decir al embajador en sus recepciones cuando le dé la bienvenida a sus invitados; se lo escucharéis también al abogado que pronuncia su alegato final para demostrar la inocencia del acusado en el juicio; e incluso se lo escucharéis a la presentadora del telediario, antes de dar paso a un nuevo video donde militares judíos acribillan a disparos la fachada de una escuela palestina. La misma RAE y sus académicos respaldarán el empleo de tal elemento discursivo incorporándolo (no sin cierta polémica) al Diccionario Panhispánico de dudas. «Desde un punto de vista semiótico, estos coloquialismos carecen de claroscuros y glorifican al hablante cada vez que se los lleva a la boca», afirmará un incombustible Pere Gimferrer apoltronado sobre su sillón letra “O” mayúscula.“¡Escucha una cosa!” a principio de frase, observemos cómo se advierte al oyente sobre la importancia del mensaje que sucede, y también cómo se busca la validación del receptor mediante una pregunta retórica colocada justo al final, (“¿¡vale!?“). Así construimos el enunciado perfecto. Oro molido. Puro néctar gramatical sólo al alcance de verdaderos estetas, sumilleres del lenguaje o quinquis analfabetos por voluntad propia.

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Fidelio

Llevo puesto mi esmoquin recién planchado con el ticket de la tintorería dentro del bolsillo, también llevo mi capa con capucha y mi máscara de porcelana, lo llevo puesto todo, pero (aun así) continúo detestando algo de eso que flota en el ambiente, me refiero a esa relatividad tan insoportable, me refiero a que —como Arthur Rimbaud— yo también pasé por una adolescencia complicada, y creo que fue entonces cuando comprendí que lo único insoportable era saber que no había nada verdaderamente insoportable. En su sentido más literal, como ya he dicho, detecto algo suspendido en el aire que no me deja respirar tranquilo, me refiero a lo absoluta y putamente insoportable; estoy seguro de que muchos no sabéis de lo que hablo, quizá algún día suba un tutorial a mi canal de Youtube explicándoos cuáles son los síntomas. Vestido de este modo, con mi esmoquin y la máscara ocultando mi cara, me paseo a la deriva sin ningún destino concreto al que dirigirme; recorro las calles imaginando que cada zancada forma parte del mismo plan divino. Me he dejado iluminar por los designios de una fuerza superior que yo tan siquiera conocía, una providencia que me guía aunque también me confunde, quizá esto suceda porque nunca antes había oído hablar sobre ella o quizá suceda porque nunca me había interesado por encontrar las respuestas que buscan aquellos que nunca se hacen preguntas. En realidad hace bastante tiempo que no oigo hablar sobre nadie ni nada de lo que ocurre a mi alrededor, os ignoro a todos, tanto por principio como por repugnancia, así he conseguido inmunizarme contra ese ruido guarro que antes me silbaba en los oídos y que ahora se ha convertido en el silencio de un sepulcro en ruinas. El único hype que mantengo actualizado, casi a diario, es el de la vergüenza de mi caos interior: la voz de Hermann advirtiéndome sobre los inconvenientes de haber nacido. Así pues, me cuesta mucho distinguir cuándo una idea se opone realmente a otra; tengo la tendencia a encontrar iguales todas vuestras ideas fotocopiadas, tanto da una como su contraria, ¡no encuentro diferencias!. Sin un criterio etiquetable, ni opiniones validadas por los aplausos del rebaño, me considero lo más parecido a un gusano que duerme en su crisálida, esperando a que lo aplaste el zapato de un transeúnte, o a que un rayo de sol le proporcione alas para volar y huir lejos de aquí. Esta condición de gusano me obliga a hacer cosas que, pese a no enorgullecerme, me proporcionan grandes dosis de placer; por ejemplo, mis encuentros con V, os hablo de encuentros que organizo y promuevo a la vez que evito, citas a las que no acudo y que por tanto jamás se producen. Hoy aprovecho que he quedado con V para NO acudir a una de nuestra citas y deambulo sin rumbo por las calles que rodean su casa. Siempre lo hago así. A veces, incluso, me detengo frente a su portal, durante bastantes minutos, aunque no tardo en continuar mi camino andando hacia ninguna parte. Nadie corre detrás de mí, sólo yo, y eso no sé si resulta bueno o malo. Pocos minutos después, comienzo a recibir mensajes de Whatsapp donde V muestra cierta impaciencia por culpa de mi retraso; quiere saber a qué hora voy a llegar y, sobre todo, quiere saber cuál es la contraseña. Yo nunca le respondo ni tampoco le devuelvo las llamadas perdidas. V redacta sus mensajes con la sintaxis de un analfabeto orgulloso por parecerlo, se ampara en justificaciones bastante infantiles, (la inmediatez y el pragmatismo), para utilizar los emoticonos de su teléfono móvil como si fuesen jeroglíficos. Jeroglíficos egipcios, de la época de Nefertiti. ¡No comprendo qué coño pretende! Los degenerados principios de esta “amistad” me obligan a aceptar nuestra relación igual que un trato a fondo perdido. Mi tiempo sirve como moneda de cambio. ¿Para qué simular este compadreo tan artificial cuando podríamos limitarnos al trueque de opiniones a través de las redes sociales? ¡El encuentro que nunca se produce! ¡Ese es nuestro único vínculo! V insiste preguntándome por la contraseña, una vez más, pero yo me niego a regalarle esa información; si le confesara el salvoconducto perdería su interés y me convertiría en otro juguete roto a merced de sus caprichos. Esta hipótesis me produce un estado de ansiedad que no consigo resolver. Tengo miedo de mí mismo, tengo miedo del miedo, pero, ante todo, tengo miedo del espantoso desconcierto que me producen sus emoticonos. ¡Jeroglíficos de la época de Nefertiti! Juntos, V y yo, compartimos un proyecto virtual donde ninguno de los dos renuncia a su independencia, aunque vivamos prisioneros en el interior del mismo cilindro transparente; ambos nos consideramos dos extraños que sólo fingen conocerse: ¡Nuestro verdadero propósito pasa por no volver a coincidir jamás! Me pregunto si lograré pasar una vida entera huyendo de V a la vez que intento acercarme a él; he aprendido a concederle a cada instante el valor de un bien escaso y mi tiempo vale demasiado para desperdiciarlo en su compañía. Imaginadnos a los dos, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, hablando por turnos y aguardando el momento para darnos la réplica; también podría suceder que, de manera completamente infernal, nos entregásemos a soltar nuestras propias peroratas, gritándonos a la vez y formando una confusión babilónica que (seguro) terminaría en pelea. Mis encuentros con V, en el supuesto de llegar a producirse, actuarían como un puñado de sal sobre una herida abierta. ¡Apenas lo soportaría! Creo que toda esta comedia, (montada y organizada alrededor de nuestra presunta amistad), debería finalizar cuanto antes. Quizá exista algún elemento esotérico que justifique este disparate. ¿Qué clase de maldición gitana insiste en mantenernos unidos? Han pasado más de dos años desde la última vez que nos vimos y mi memoria todavía mantiene nítido su recuerdo. La cara de V: una bolsa de tics y gestos fatalmente seleccionados; su cara me inspira un aburrimiento que carece de antídoto. Estoy convencido de que lo mejor de nuestra relación se perdería desde el mismo momento en que nos viésemos obligados a comportarnos como dos buenos amigos que se dirigen mutuamente palabras banales.

 

 

 

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Prueba ensayo-error

Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano, —igual que Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver, pero sin tantas peripecias gratuitas—, llevo casi 279 páginas aunque todavía no he escrito nada que me satisfaga. No he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que contaros. Esta acumulación de temas, (asuntos sobre los que debería construir una opinión relevante), me ha generado cierto estado de ansiedad que me obliga a comportarme como un extraño al margen de mis propias ideas. Me siento extraño —incluso— al respecto de mi propia voz narradora, lo cual, si he de ser sincero, supongo que debería entorpecer la comprensión del texto que ahora mismo estáis leyendo. Os pido disculpas por ello. No obstante, siempre me ha gustado definirme como una forma de escritura en constante proceso de cambio, una forma de escritura que no necesita papel ni bolígrafo para llevarse a cabo, y a la que no dejan de sucederle todo tipo de cosas verdaderamente insólitas. El mérito de que me ocurran tantas cosas inverosímiles debo atribuírselo a que arrastro una superstición que no me permite quedarme quieto; tengo la certeza de que si no paro de moverme terminaré fatigando a la desgracia y alejándola de mi lado para siempre. Se trata de un movimiento ciego, un movimiento que tampoco responde a ninguna lógica, y cuyos deseos se ejecutan igual que si fueran órdenes dentro de mi cabeza. Quizás este sea el único motivo por el cual jamás me detengo: permanezco en un estado de frenética ebullición donde yo huyo mientras los demás me persiguen. Y ninguno de vosotros se imagina lo agotador que resulta esto. «Fatigar a la desgracia se ha convertido en la más exigente de todas mis obligaciones», algo así, más o menos, es lo que suelo responderle a mis enemigos cuando se atreven a censurar mi comportamiento. No soporto que me censuren ni tampoco que me corrijan, pero soporto todavía menos los aplausos guarros y la estúpida condescendencia que desprenden vuestros consejos de mierda. ¡Me niego a reconocerme como un caso perdido! Intuyo que mis verdaderos problemas surgieron —hace ya algún tiempo— cuando descubrí el alarde de cinismo que escondían vuestras sinceras felicitaciones, cuando descubrí que detrás de cada una de vuestras sonrisas huecas se ocultaba un pandemónium de dientes caníbales, dientes blancos y perfectamente alineados, dispuestos a devorarme el alma como si se tratara de un Big Mac. En cierto modo, sin embargo, creo que tenéis parte de razón. Creo que cada vez me encuentro más solo y abandonado en mitad de esta barbarie tan  civilizada, hasta mis mayores detractores han elegido darme la espalda, ninguno de ellos quiere saber nada sobre mí y sospecho que el entrañable odio que antaño me profesaban ha terminado diluyéndose en indiferencia, o, peor aun, sospecho que su odio ha degenerado en el más cruel de los castigos involuntarios: el olvido. Me consuela, eso sí, saber que esta soledad representa el mejor afrodisíaco posible para estimular a mi espíritu. Os aseguro que podría vivir muy tranquilo sin que nadie volviese a acordarse ni lejanamente de que existo, por ejemplo ahora, durante los últimos diez minutos que he pasado aquí —sentado frente a una mesa en la Cafetería Hontanares—, donde disfruto invirtiendo las tardes de los sábados a la expectativa de que me suceda alguna aventura interesante, alguna aventura que merezca la pena escribir para dejaros así con la boca abierta. Respecto a los últimos diez minutos, como digo, tengo la impresión de que han sido eternos y bien podrían equivaler a diez tardes de domingo en pleno mes de Agosto. Han sido diez minutos durante los cuales nadie me ha dirigido ni una mísera palabra, nada de nada, en serio, parece como si yo fuera invisible o como si directamente no estuviese aquí presente. Aunque resulte triste, y también algo desconsiderado por su parte, esta actitud no ha modificado ni un ápice mis planteamientos; siempre me he sentido inmune ante cualquiera de estos ataques que lejos de debilitarme lo único que consiguen es fortalecerme. Me pregunto qué será lo siguiente, con qué intentarán desestabilizarme la próxima vez que levante los ojos de la superficie de esta mesa, (mi mesa favorita entre todas las que hay en la Cafetería Hontanares), donde disfruto pasando las tardes de los sábados a la expectativa de que me suceda alguna aventura interesante, alguna aventura que merezca la pena escribir para dejaros así con la boca abierta. Si se me ocurriera levantar los ojos de la superficie de la mesa ya sé lo que iba a encontrar. Me refiero a que por un lado encontraría niños, bebés muy pequeños, cachorros humanos llorando su desconsuelo por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad; pero por otro (lado) también encontraría ancianos, auténticos vejestorios, carcamales perdidos entre lamentos que esperan su turno para desaparecer sin dejar ni rastro. Obviamente, los más listos han sido ellos. Sí, me refiero a los camareros. ¡Qué listos han sido! Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, como el guardián de Kafka ante las puertas de la Ley, sin mover una ceja ni un párpado, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que ellos hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. La Cafetería Hontanares se ha convertido en una referencia imprescindible para mí, un punto de encuentro marcado con una equis en el mapa de mi subconsciente, donde el destino me ha devuelto la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena. Y no me refiero sólo a su exquisito café ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. En realidad, lo que os estoy describiendo es la radiografía de un estado de ánimo: el regreso al Paraíso perdido. La Cafetería Hontanares representa ese lugar idílico donde casi todos nuestros sueños podrían verse cumplidos. Aquí he logrado algo tan inaudito como es satisfacer mi sentido de pertenencia, y, quizá, a través de todo este imaginario de lujos y miserias, también he descubierto una verdad universal que me permite sostenerme en pie. Tal y como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, e igual que digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que esta muestra de megalomanía, (esta versión complaciente y halagadora de mí mismo), no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado y ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier tentativa de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad flotando en el ambiente alrededor mío! ¿Qué os parece a vosotros? Aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones; «Hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias», me dicen, y ahí lo dejan. No consienten que les responda ni tampoco me ofrecen turno de réplica. Se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Sé que nadie comprenderá ni una palabra de lo que estoy queriendo decir mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. Sin embargo, me he empeñado en demostrar el aplastante poder de las múltiples voces que retumban dentro de mi cabeza cada vez que abro la boca. El doble pensamiento es una forma de disciplina mental que acaba resultando muy sintética y útil si eres capaz de creer en dos verdades contradictorias al mismo tiempo. En psicología social todo esto se conoce desde hace años con el nombre de disonancia cognitiva, aunque otros han preferido llamarlo compartimentación a secas. Por ejemplo, según afirmaba Francis Scott Fitgerald, en uno de los artículos recopilados para su libro póstumo The crack-up: “La prueba de una inteligencia de primera clase se basa en la capacidad para mantener dos ideas opuestas en la mente y, a la vez, conservar intacta la virtud de funcionar resolviendo cualquier clase de problema”. En esta situación, opino que mis contradicciones no representan simples muestras de vanidad sino que enarbolan la bandera de un sufrimiento mucho más privado, un sufrimiento que me atrapa y que no me deja seguir  hacia adelante; a veces, pienso, me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo profundo de cualquier dialéctica. Me cuesta demasiado, lo sé, abordar un asunto como el del huevo y el microondas sin que las lágrimas me inunden los ojos, y sin que los nervios me atenacen el ánimo. Aun así, lo voy a intentar. Quiero hacerlo: voy a reprimir parte de todas estas emociones hasta que consiga entender algo sobre ellas. Huevos crudos y microondas; eso es, fue y será todo. Recuerdo que yo también sabía que ambos elementos representaban dos naturalezas incompatibles, podía imaginarlo, sabía que los dos mantenían una extraña relación, (una especie de cópula prohibida), donde no se admitían los apaños y mucho menos las chapuzas. No obstante, pese a conocer las dificultades a las que me enfrentaba, quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a impedírmelo. Me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace, aunque el terror ante lo desconocido no me dejara razonar con la lucidez necesaria. ¡Ojo! ¡Nunca consintáis que el pánico a la catástrofe paralice vuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero. Ahora bien, quizá, este optimismo tan forzado no oculte sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. Ya sé que jamás existirá ningún apocalipsis con final feliz. Y ya sé, naturalmente, que toda vida es un proceso de demolición paulatina, donde los golpes que llevan a cabo la parte dramática de esta tarea, —los grandes golpes repentinos que vienen, o parecen venir, desde fuera—, no siempre hacen patentes sus efectos de manera inmediata. Pero existe otro tipo de golpes que proceden del interior, golpes que uno no nota hasta que resulta demasiado tarde para hacer algo con respecto a ellos, y es entonces cuando se produce el cambio, cuando te das cuenta que (en cierto sentido) ya no volverás a ser el mismo tipo que eras. Todo esto que os cuento también lo dejó escrito Francis Scott Fitgerald en su libro póstumo, aunque yo no paro de repetírmelo siempre que estoy aquí, —sentado en mi mesa favorita de la Cafetería Hontanares—, donde me siento totalmente desconectado de la realidad, como si hubiera estado llorando por unos pecados que nunca cometí, o como si llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen en absoluto. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones, me refiero a una deplorable melancolía cuando echas la vista atrás, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí sentados que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… Todos ellos lo saben, son conscientes de que su manera de vivir es solamente una frase vacía, pero no lo aceptan, se niegan a admitirlo porque cada uno de nosotros necesita proteger su propia farsa personal. También yo, claro. Se trata de un juego entre farsantes que se callan y disimulan su temor tomando tazas de exquisito café. «¡Pero no lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», eso fue (recuerdo) lo que le grité al huevo antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Todavía lo recuerdo, aunque no sin cierta confusión, cómo había renunciado a mi propia vanidad anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa. ¿O quizá no fuese así exactamente? Admito que mi distorsionada visión del Bien Común siempre ha ocultado una serie de intereses personales muy poco altruistas. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias más egoístas. ¡Espabila, huevo! ¿Qué te pensabas? No existen los favores gratuitos.¡El hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad! Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías: mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos. Recuerdo también, (no puedo olvidarlo), la implosión del huevo cuando estalló dentro del vaso que lo contenía; el momento preciso que sacudió la estructura metálica del microondas e hizo tambalear los cimientos de mis falsas esperanzas. En perspectiva, pienso que aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal, y por eso traté de recomponer el puzle —pieza por pieza— asumiendo cual era mi situación. Buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… sólo yo decidía quién quería ser. Recuerdo también cuando abrí la puerta del microondas, —lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo—, tras la puerta del microondas el caos había hecho desaparecer al huevo, lo había desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas. Un panorama desolador. Llamémoslo la masacre de un aborto ovíparo. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí y ahora, en mi mesa favorita de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención, buscando un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Entonces, me remangué la camisa —bayeta en mano— y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Así descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill y supongo que fue aquello lo que terminó por desmoralizarme. La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos. Cogí un destornillador a la desesperada y desmonté la carcasa sin tener del todo claro qué cojones estaba haciendo; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. No existía acceso al interior de la rejilla del grill. De este modo, tuve claro que mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. Y el humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras que niños y viejos, llantos y lamentos,  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

 

Aunque la falsa compasión es la forma de hipocresía que más detesto, en no pocas ocasiones la he puesto en práctica para machacar al débil comportándome como un tirano benévolo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Siempre desde el mismo número

Suena y siempre es el mismo número. La misma llamada se repite una y otra vez, no recuerdo desde cuándo, pero creo que debería responder. Me siento mal no haciéndolo. ¿Quién se esconde ahí? Este teléfono móvil, el mío, parece fuera de control; las circunstancias no superan a ambos. El bombardeo de llamadas, siempre desde el mismo número. Finjo no darle importancia; ya se cansarán, claro, aunque quizá debería responder. Me siento mal no haciéndolo. Dicen que son de Unicef, sí, y que llaman para informarme. Y me invitan a colaborar. Otras veces se identifican como Médicos Sin Fronteras. Da igual. Otras veces llaman y cuelgan de inmediato. Si quieres colaborar también cuelgan. Todo da igual pero siempre todo desde el mismo número. Me han dejado un mensaje en el buzón de voz: «Buenos días, mi nombre es Andrea, le llamo de buenos días mi nombre es». Algo buscan aunque ignoramos con qué objetivo. Intento desenmascararles, sin esforzarme demasiado, y me contemplo atrapado en la cara interna del cilindro, un cilindro hueco y transparente, donde sólo permanecemos juntos mi Smartphone 4G y yo. Nada parece fuera de lugar. Cada vez que cuelgo el teléfono la roca vuelve al margen de la ladera; de nuevo la empujo hasta la cima, y de nuevo la roca se desliza hasta el mismo margen. Hoy llaman por algo referente a una encuesta sobre seguros privados. Siempre desde el mismo número. Perdón, llaman para recordarme que tengo un pago pendiente del mes de Octubre: tan siquiera estoy dado de alta pero llevan cuatro meses pasándome sus recibos. ¿Quién les ha proporcionado mis datos de domiciliación bancaria? ¡Se trata de una empresa de recobro! En realidad, se trata de Intermón, (Intermón Oxfam),  que necesitan mi ayuda para la construcción de unos pozos de agua. ¿Por qué debería creerles ahora? Mentira, en realidad, se trata de una empresa de recobros; mejor aún, se trata de una empresa que ofrece cursos de formación: cursos homologados por la Universidad Católica San Antonio de Murcia. Solicito información a este respecto, me interesan los cursos en general, aunque sigo esperando ese mail orientativo que prometieron enviarme. Llaman a la una menos cuarto de la madrugada, descuelgo y escucho los jadeos de una respiración que se entrecorta. Siempre desde el mismo número. He denunciado mi caso en el twitter de la Policía y espero que esta confusión tan humillante termine cuanto antes. Llaman y cuelgan, intermitentemente, cada veinte minutos. Motivos para sospechar: recibo un SMS, «Bienvenido a Unicef». Descuelgo el teléfono, (—quizá nunca lo haya llegado a colgar del todo—), y me responde una voz metálica e impersonal, la voz de Loquendo, una voz que habla en nombre del programa de televisión “Hay una cosa que te quiero decir”, una voz que me pregunta si durante mi infancia fui víctima de acoso escolar, o si he sufrido algún tipo de trastorno alimenticio, o si me gustaría conocer a Chenoa… Lanzo el teléfono contra la pared y me escondo debajo de la cama. Después me escondo junto al hueco de la lavadora. ¡Ojo! No quiero calificarlos como estafadores pero un número que se hace pasar por tantos otros me sugiere muy poca confianza. ¿Cuándo podemos considerar una llamada fraudulenta como fraudulenta? Otra vez Intermón Oxfam. El mismo teleoperador que ayer se presentaba hablándome sobre Greenpeace, hoy me exige una colaboración de cincuenta euros semestrales y me amenaza de muerte. Charla cordial, me gusta su estilo. Devolverles la llamada es inútil, comunican o no contestan. Definitivamente, se trata de una empresa de recobros. He contabilizado catorce llamadas perdidas, desde las ocho de la tarde hasta las nueve y media de la noche. Pregunto cómo han averiguado mi nombre, e indican que no pueden responderme a ese tipo de cuestiones. Por mi propia seguridad. Llaman y vuelven a colgar: siempre desde el mismo número.

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Extraña sensación de euforia

Me gusta referirme a ello como pánico infuso, (un pánico no adquirido), un principio de angustia que por supuesto no se entrena, y que sólo se sufre o se disfruta según el día en que te toca padecerlo. Creo que si yo también hiciese como vosotros, si también le otorgara al verbo existir el mismo significado que al verbo ser, —si entendiese, entonces, que ser no es otra cosa que ser percibido por los demás—, no me quedaría otro remedio que aceptar las normas e integrarme participando en cualquiera de vuestras mentiras. Quiero pedir disculpas por lo confuso de esta última frase, sólo intentaba dejar claro que me serviría cualquier coartada para ponerme a salvo de mí mismo, supongo que así, de este modo, encontraría un lugar seguro donde cobijarme durante las noches de tormenta. Un partido político, una secta religiosa, una tribu urbana, un equipo de fútbol, una asociación de padres, una pandilla callejera… La simple hipótesis de poder formar parte de algo me resulta demasiado incómoda. Sospecho que mi sentido de pertenencia al grupo lleva obstruido desde hace mucho más tiempo de lo que yo imaginaba, quizá lleve obstruido desde la primera vez que pisé una guardería, por esa razón me niego a aceptar un plan de supervivencia tan pragmático, hay algo oscuro que me incapacita ante la idea de suicidio colectivo. Reconocerse y aceptarse como persona —tal y como pretenden que os reconozcáis y os aceptéis— se ha convertido en la gran estafa piramidal del siglo XXI, una trámite más cercano al marketing multinivel que a cualquier tipo de experiencia espiritual con sustancias psicoactivas. Uno se percibe a sí mismo en la medida en que está más o menos integrado en cierto tipo de orden: ¡Instagram es la nueva ayahuasca!  Sin embargo, durante estos periodos de caos interior a los que me he referido en el comienzo del texto, yo me siento totalmente fuera y ajeno a cualquier clase de jerarquía. Me sucede, (como a Sylvia Plath), que a veces entro en una espiral de días horribles cuyo final da la impresión de que no llegará nunca. Días horribles: casi todos lo son, por ejemplo hoy es uno de ellos; aquí y ahora, deambulando entre los pasillos de Leroy Merlin; (un emplazamiento poco o nada adecuado para desarrollar este tipo de vislumbres). Aquí y ahora he vuelto a tomar conciencia sobre quién soy yo y sobre cuál es el lugar físico que ocupo en el espacio. He vuelto a proyectarme como un animal miserable que da vueltas encarcelado dentro de su propia jaula. Aquí y ahora, escucho mis propios latidos del corazón y reconozco mis pulmones trabajando constantes. La sensación es tan insoportable que podría desmayarme a propósito, dejarme caer contra el suelo y montar una de mis escenas. Estoy asistiendo perplejo al milagro de la vida, ya digo, mientras sigo dando tumbos entre los pasillos de Leroy Merlin. Evidentemente, ignoro los motivos que me han empujado hasta este punto de NO retorno. ¿Quizá haya sido una maldición gitana? ¡Sí, eso es! ¡Soy víctima de una maldición gitana! Desde hace quince años arrastro las consecuencias de este embrujo maldito que mis amigos se han empeñado en llamar “conjunto de decisiones equivocadas”.Yo prefiero no escucharles ni tampoco creerles. Elijo no admitir como veraz ni una sola de sus palabras. Ni un puto fonema. Ni a mis amigos, ni a mi familia, ni a Internet. No me creo a nadie. La indiferencia moral de esta sociedad, tan desprovista de ética (y de principios), me ha colocado en la cúspide de mi propio cinismo. Aquí —deambulando por los pasillos de Leroy Merlin— he encontrado un mundo apocalíptico donde tampoco cabe ninguna clase de esperanza; sin Dios, sin justicia y sin sentido alguno. ¿Un hálito de esperanza? Las esperanzas parecen incompatibles con los accesorios de puertas y ventanas, con los enchufes e interruptores, con los suelos laminados, o con los botes de pintura aislante para devolverle la alegría a tus muebles de jardín. Añoro una ampolla de cianuro bajo la lengua, aunque también (creo) he aceptado el bricolaje doméstico como una oportunidad única para poder realizarme; un plan B ante el inconveniente de haber nacido: comprar una lijadora eléctrica y solicitar la tarjeta club-descuento. ¡El bricolaje como expresión nihilista! Se trata de un antídoto perfecto contra este estado de hamletismo en el que llevo tantos años inmerso. Sigo ahogándome dentro del mismo charco de agua turbia y sigo preguntándome porqué arrastro los atributos de un genio cuando carezco del talento necesario para llevar a cabo mi obra. Detecto a mucho neurótico diletante, aquí, recorriendo los pasillos de Leroy Merlin; mucho Job en busca de su lepra merodeando por la sección de grifería y lavabos: grifos monomando, grifos fabricados en metal cromado con aireador y válvula de plástico, grifos que aceptan cartucho anti-goteo (no incluido en su precio de fábrica)… ¡Basta de excusas! ¡No tengo derecho! Estoy harto, muy cansado de este juego de apariencias, de errores, de pecados y remordimientos. No obstante, me tranquiliza el hecho de saber que en este mismo pasillo, rodeándome, hay muchas otras personas buscando, como yo, medidas desesperadas que apacigüen tanto dolor. Ojalá fuese como ellos.

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