Fausto moreno-roña

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Supo reconocer que aquella era su gran oportunidad cuando el destino se la presentó. Había comprado un sarcófago de rayos UVA, sin moverse del sofá, y lo había hecho a través de una aplicación para teléfonos móviles. Sin quitarse el pijama ni las zapatillas de cuadros, mediante un simple click, notó como la adrenalina incrementaba la frecuencia de su ritmo cardíaco; no se trataba de una compra impulsiva, para nada, sino más bien de un cambio meditado y responsable. Supongo que lo que pretendía era mejorar su calidad de vida y también paliar así su obsesión por la muerte, familiarizarse con el interior de un ataúd, evitando los malos rollos frecuentes en este tipo de circunstancias. Las fotos del sarcófago, –no le costaba admitirlo–, tampoco dejaban espacio a ninguna mala impresión; incluso el texto que aparecía en la pantalla de su Smartphone le aseguraba resultados inmediatos desde la primera semana. Ya sabéis, «¡Resultados inmediatos desde la primera semana!», un eslogan sutilmente diseñado para atraer compradores como él, personas tan frágiles como desesperadas, individuos ansiosos por ejercer su legítimo derecho a la evasión intercambiando dinero por productos de dudosa utilidad. La idea de exhibir bronceado durante los meses de invierno se había convertido en un pensamiento recurrente que ocupaba casi todas sus horas libres; habría sido capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, hasta le hubiera vendido su alma al mismo diablo sin reparar en las consecuencias. Su deseo por conseguir un moreno-roña era tan enfermizo que trascendía cualquier moda, cualquier capricho, e incluso superaba las fronteras de lo estético. El anhelo por cambiar de color de piel indagaba en las raíces de su subconsciente. No exagero si comparo el efecto de los rayos UVA con una especie de psicoanálisis cutáneo, resulta complicado explicároslo utilizando sólo palabras, (sin la ayuda de emoticonos o GIFs de bebés llorando), pero sospecho que pertenecer a la raza negra puede ser una experiencia muy satisfactoria, siempre y cuando no tengáis que renunciar a vuestros privilegios de blanquitos hijos de puta. En este sentido él tampoco era una excepción. Gracias a las redes sociales había conocido a muchos otros fanáticos del moreno artificial, amigos en Facebook y seguidores en Instagram, cuyas opiniones no podían estar equivocadas. ¿Qué clase de psicópatas mentirían sobre un asunto tan íntimo? Según le decían, bastaban unas pocas sesiones dentro del sarcófago para mudar de piel y convertir al mayor de los miserables en un líder: ¡un Übermensch desencadenado y dispuesto a generar su propio sistema de valores!

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Los empleados de la compañía de transporte cubicaron el solárium en mitad del recibidor. Él tiró a la basura los manuales de instrucciones y se introdujo, (eufórico/sin ropa), bajo la radiación ultravioleta. Se sentía algo nervioso. Creo que la voluntad de poder había perforado su estómago: las náuseas no le permitían disfrutar el momento como se merecía. A la mañana siguiente decidió tomarse el día libre. Llamó por teléfono a la oficina y justificó su ausencia improvisando una gripe con ataques de tos muy  poco verosímiles. Quizá, pensó, debería cambiar de trabajo, no sé, buscar otra ocupación más acorde con su futuro color de piel; quizá debería hacerse especulador bursátil; o mejor todavía, coach para especuladores bursátiles. Dentro del sarcófago el tiempo se conservaba estático, como en un frasco de formol. Los índices de pigmentación le carbonizaban la piel mientras la imagen arrastrada que tenía de sí mismo se transformaba en una anécdota: veinte siglos de superstición cristiana arrinconados sin ningún tipo de remordimiento. Así pasaron varias tardes. Fue la época más feliz de su vida. Había descubierto una nueva rutina dentro del sarcófago y no pensaba renunciar a la Luz. ¡Él también quería generar su propio sistema de valores! Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco y comida precongelada, los vecinos le detenían (junto a la puerta del ascensor) y le felicitaban por su bronceado. Fausto respondía con evasivas, se sentía ruborizado a la vez que orgulloso, e intentaba quitarle importancia a todos esos cumplidos fabulando alguna historia sobre sus presuntas vacaciones en Cancún; les describía los paisajes, la gastronomía azteca y aquellas playas vírgenes donde tomaba el sol hasta deshidratarse; les hablaba sobre mariachis, corridos, botellas de tequila o sobre lo cojonudo de las instalaciones hoteleras en régimen de media pensión. Los vecinos quedaban boquiabiertos, claro, y aplaudían dándole la enhorabuena de nuevo. Ese era su mayor estímulo para regresar a su encierro voluntario en el interior del sarcófago. Despojado de todo cuanto le disimulaba ante los demás, Fausto de las cavernas había vuelto a su forma más primitiva con un único propósito: revelarse contra su destino y escapar de la trampa de su propia identidad.

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Una semana después se reincorporó a su puesto de trabajo en la oficina, pero algo no funcionaba bien. Continuaba vegetando delante del ordenador aunque no era especulador bursátil. Ninguno de sus compañeros había reparado en la intensidad de su moreno-roña, y este hecho resultaba demasiado humillante. Tampoco le preguntaron por sus vacaciones recorriendo la Riviera Maya, ni por los mariachis, ni por cuantas botellas de tequila se había apretado entre corrido y corrido; (tenía muchas anécdotas divertidas a este respecto que seguro les hubiesen hecho pasar un buen rato). Recordaba con nostalgia las sesiones de ocho horas sin salir del sarcófago, y se echaba a llorar. ¡Laudator temporis acti! ¡Qué lejos quedaba aquella época! El ambiente de la oficina le estaba asfixiando mucho más de lo que lo hacía habitualmente. Frente al espejo de los lavabos para caballeros, hablaba consigo mismo en voz alta, intentando dominar sus arrebatos de ira. Respiraba hondo, y profundo, y se ajustaba el nudo de la corbata. Necesitaba que alguien aplaudiese su nueva condición de superhombre; sin embargo, en aquella empresa todos parecían haberse vuelto locos. Cuando coincidía con los demás compañeros, frente a la máquina del café, percibía sus miradas furtivas, llenas de envidia y rencor, que él interpretaba como elogios soterrados hacia su nuevo estatus. El éxtasis místico que gobernaba su espíritu no admitía tanta mezquindad. ¡No comprendía nada de esa realidad paralela desde donde todo el mundo le ignoraba! ¿Existía acaso alguna realidad fuera del sarcófago? Probablemente, sólo se tratara de una ilusión. Puro solipsismo. La vieja teoría de los cerebros flotando en cubetas. Su propio YO había delirado hasta construir esa oficina llena de cretinos e incapaces. ¿Acaso nadie pensaba validar sus méritos? Desnudo, y con la cara pegada al escáner de la máquina fotocopiadora, fue sorprendido por la becaria del Departamento de Recursos Humanos: «¡Busco la Luz! –gritaba–. ¡Busco la Luz más allá de las sombras!». Este incidente repercutió en un informe del propio Departamento de Recursos Humanos, (creo que fue la misma becaria quien lo redactó), donde se justificaba su carácter maníaco como causa de despido. No le importó una mierda. Así liberaría su tiempo de cualquier obstáculo castrador. Los vecinos le darían la enhorabuena otra vez y él se encerraría dentro de su sarcófago para no salir jamás. La radiación ultravioleta se encargaría de devolverle el equilibrio. ¡Su ánimo se mantendría a flote! ¿Qué clase de psicópata mentiría sobre un asunto tan íntimo?

 

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Junto al hueco de la lavadora

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome, e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. ¡Plof! Mi entrada en el territorio de lo inconsciente ha sido muy decepcionante. Aquí me veo, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. (Estado de supraconsciencia que me ha dejado frío y con el ánimo bajo mínimos). Creo que me esperaba otra cosa, algo parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, sin principio ni tampoco final, donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. En mi opinión, y también cabe decir que en mi experiencia, tanto el inconsciente como los lugares psíquicos en general hace ya mucho que perdieron todo su encanto; la cultura mainstream los ha banalizado transformándolos en caricaturas: nuestras cabezas se han convertido en porciones de pizza al corte que o bien llevan beicon, o bien piña, o bien anchoas con beicon y piña. Se habla demasiado sobre los lugares psíquicos para lo poco que pueden ofrecernos fuera de la realidad tangible. Quizá por eso he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a las mismas voces desde el otro lado del tabique. Los vecinos son una pareja con severos problemas de convivencia. Se acaloran fácilmente y (quizá por esa razón) concatenan una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con la intendencia doméstica. En ellos no hay nada de bueno, ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo contra su voluntad. Ambos soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así definirlo, está montado alrededor de un intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Aun así, en ocasiones guardan silencio, y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos; supongo que de este modo consiguen ratificarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, como si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando sale a la calle el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que encuentra a su paso, sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie y sus dueños respetan esa decisión. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos, trata de clavarle las uñas en la cara, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y ambos se abrazan frente al televisor de plasma. Les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y el tiempo tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos queda reducido a esquirlas. La vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe: dice algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia… Escucho los ladridos del perro, interrumpiendo el silencio y repitiéndose en intervalos puntuales, cada diez segundos. Me gustaría que este momento de calma se reprodujese, para siempre, como si se tratara de un bucle eterno. Aquí, junto al hueco de la lavadora.

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Eco-bio-paranoide

Engañarte a ti mismo creyendo que haces lo correcto es muy sencillo, empieza por cultivar tus propias hortalizas en las macetas de la terraza. Simpatizo mucho con este colectivo de agricultores urbanos, me identifico con su causa, aunque esto no siempre haya sido así. Todo empieza como una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras galopa hacia una franquicia de comida rápida. Entonces siento La Llamada. ¡Yo soy Saulo de Tarso y he muerto para nacer en la única y auténtica fe! Un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsa el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. Ahora estoy escondido tras una tomatera de plástico, vigilando su drenaje durante las horas de sol, esperando a que germinen las semillas, confiando en la siembra y perseverando en mis propósitos con una regadera en la mano. Este hedonismo agrícola me ha inculcado una serie de valores que fortalecen mi… No, no me fortalecen en nada, tan sólo he incorporado todos estos eco-dogmas a mi colección de hábitos paranoicos. ¿Cuál es la diferencia que los separa a ambos? Mi alimentación se ha transformado en un fetiche que debo proteger y cuidar hasta el extremo. ¡Temo morir envenenado por culpa de un kilo de melocotones en oferta! No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas; sin embargo, la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos ha dinamitado mi zona de confort. No puedo dejar de pensar en las connotaciones, (tan funestas), que esconde la palabra “pesticida”. Me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Llevo dos semanas casi sin dormir, compartiendo publicaciones sobre este asunto en mi muro de Facebook, y repitiéndome a mí mismo que quizá ya sea demasiado tarde. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me han invadido el organismo, lo han tomado por asedio y noto como una cepa dañina está incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamo, el monstruo crece y cada vez se hace más fuerte; parece irreductible y está fuera de control. Detecto síntomas que acreditan mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Elucubrando teorías conspirativas arrastro mi carrito de la compra por los pasillos del súper. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se han convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporciona el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hago público cuando sonrío y le pago a la cajera. Entonces, desaparecen mis temores y las dudas se convierten en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann consigue hacerme perder la calma. Pasada la medianoche abro la puerta de la nevera y sujeto contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardo los aguacates. Me gustaría esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo, utilizarlos para elaborar el antídoto definitivo que me defienda contra los efectos de la Kryptonita. La ansiedad y el insomnio no paran de resucitar viejos fantasmas que sólo veo yo. Párrafos de discursos filo-eco-paranoicos aparecen escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me niego a asomarme debajo de la cama! He tramitado una plaza en el huerto urbano de Lavapiés para combatir esta hipocondría; quizá resulte precipitado emitir un diagnóstico pero advierto ciertas mejorías. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

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Marketing agresivo

Los bolsillos de la cazadora llenos de folletos publicitarios. Tenía los bolsillos llenos de folletos, y quien dice los bolsillos de la cazadora, dice también la conciencia acribillada por estímulos de compra, por ruidos, por lucecitas, por ofertas con descuento y por todos esos cutre-eslóganes que le empujaban a seguir consumiendo como si se tratara de una obligación consigo mismo. Se había convertido en una especie de epiléptico orgulloso de su enfermedad, igual que Dostoyevski o igual que Edgar Allan Poe. No le dolía reconocerlo, se consideraba un adicto al marketing agresivo, y disfrutaba mucho cuando le apaleaban bajo el patrocinio de un sponsor. Gracias a estas palizas había logrado que una poderosa subjetividad le reafirmara en cada pago que hacía con tarjeta de crédito. Sólo quería ser recordado como un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio. Ese sería su mejor epitafio, redactado desde la tercera persona del singular, la inscripción que grabarían en su lápida cuando desapareciese rezaría algo así como: “Aquí yace un tipo muy legal que siempre intentó vivir comprando dos pero llevándose tres por el mismo precio”. Esta dependencia no le producía ningún deterioro físico ni tampoco alteraba sus relaciones con los demás. Se trataba de una adicción que no suponía ningún tabú; nadie lo consideraba un estigma del que debiera avergonzarse y todavía ninguna voz autorizada había salido por televisión informando acerca de sus perjuicios. El marketing agresivo tan siquiera aparecía tipificado como delito en nuestro Código Penal, existía un vacío jurídico alrededor suyo, una suerte de ley del silencio, que lo justificaba mediante el siguiente axioma: «Los mercados expanden sus marcas y las marcas secuestran sus propios rehenes». Así las cosas, su síndrome de Estocolmo no conocía límites. ¿Quizá se había enamorado de sus propios secuestradores? Las compañías telefónicas lo sabían, (porque estas cosas se notan), y sus teleoperadores mal pagados creo que también eran conscientes de ello. Cada día recibía media docena de llamadas donde diferentes voces reproducían los mismos mantras corporativos. Un alud de promociones aplastaba su voluntad transformándole en otro cliente satisfecho: packs-ahorro, contratos de permanencia, líneas móviles adicionales, tarifas planas con minutos en el extranjero… Desde el otro lado del auricular guardaba silencio y se retorcía entre espasmos, no encontraba ningún señuelo para apaciguar esa deriva mental, aunque sospechaba que su caso no podía ser el único. Allí fuera muchos otros adictos, (iguales o peores que él), también se preguntaban si su tarifa de minutos ilimitados habría quedado anticuada. El marketing agresivo satisfacía así sus hábitos de consumo, haciéndole sentir más libre y menos vulnerable. Pura violencia. Adoraba este ejercicio de blanqueo cerebral porque una papilla de eslóganes le había reventado la cordura a puñetazos. ¿Conocéis las ventajas que implica navegar por Internet con una conexión de fibra óptica? Él tampoco las conocía pero, como ya os he dicho, disfrutaba mucho siendo apaleado bajo el patrocinio de un sponsor. Aún le invadía la nostalgia cuando recordaba la primera vez que desactivó el filtro anti-spam de su correo electrónico; eso que algunos llamaban propaganda, él (simplemente) lo llamaba epifanías. Había solicitado la tarjeta-club de Leroy Merlin aunque no quería que nadie le malinterpretase. El bricolaje doméstico parecía una buena coartada para escapar del Horror, para recuperar su autoestima sin tener que mezclar vodka con pastillas anti-depresivas; su equilibrio emocional dependía de esos puntos canjeables por una lijadora eléctrica. Daba igual qué clase de producto. No importaba qué tipo de servicio. La única premisa que le condicionaba el ánimo pasaba por encontrar una franquicia donde gastar su talonario de cupones-descuento. Se consideraba un mártir, una víctima del eslogan, que más allá de su propio victimismo perdería su identidad. ¡Menuda paradoja! La verdadera mercancía no son los bienes que compras sino aquellos a los que te vendes. Había construido una vida entera que pagar en cómodos plazos y todavía necesitaba algo más. Recorriendo las calles del centro de Madrid, (dando tumbos), bajo una lluvia de confeti tan artificial como hipnótica, buscaba estímulos que le mantuvieran vivo, o cuerdo, o ninguna de las dos cosas. Buscaba depredadores dispuestos a devorarle, que detectaran su presencia cuando oliesen su sangre, y que sin pronunciar una sola palabra le disparasen a bocajarro entre las dos cejas. ¡Babooom! Siempre se había considerado  una presa muy exigente y las ONG´s sin ánimo de lucro lo sabían; sus captadores de socios también eran conscientes de ello. Quizá por ese motivo corrían tras él, persiguiéndole, hasta que lograban interceptarlo derribándole contra el suelo. Entonces él asumía con entereza el papel que le habían encomendado, aceptaba ese trato, preguntaba donde debía firmar para recuperar su condición de hombre libre y enloquecía rellenando otro formulario de inscripción.

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Culpa dudas y taxidermia

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Tengo la cabeza llena de pensamientos absurdos y carentes de lógica, ideas que me aturden, ocurrencias que me he terminado creyendo y que asumo como propias; ¡soy incapaz de deshacerme de ellas!; tan sólo consigo desecharlas cuando las sustituyo por otras todavía más absurdas y con mucha menos lógica. Esta tonelada de detrito mental pesa demasiado para fingir que todo va bien y que no ocurre nada grave. Están sucediendo cosas, acontecimientos que sólo yo percibo, mientras vosotros permanecéis a la expectativa sin saber cómo reaccionar. Debo aclararlo, no me considero ningún majara que disfrute chapoteando en el barro de sus miserias, nada de eso, no me gusta presumir de vacío existencial, aunque durante la última semana haya consultado dieciocho veces el programa de actividades que organiza CaixaForum. Me han hablado maravillas sobre una exposición de arquitectura que nadie debería perderse; sobre un concierto al que no puedo faltar; sobre un libro cuya lectura es obligatoria; y sobre una serie en Netflix que seguro me enganchará desde el primer capítulo… No estoy bromeando, os prometo que detesto presumir de vacío existencial, pero la convivencia dentro de esta ratonera implica ciertos sacrificios. Me refiero a ciertas concesiones que debo cumplir para no levantar sospechas. La gente que me rodea habla sobre esto y aquello, opina acerca de lo de aquí y lo de allá, discute por qué sí o por qué no… y todo orbita dando giros de 360 grados, vueltas y más vueltas, que siempre me devuelven al mismo triste y aburrido lugar. ¡Pues claro que el infierno existe! ¡Aquí, junto a vosotros! Encerrado dentro de la cara interna del cilindro, me pregunto si las exposiciones de arquitectura también formarán parte de esta misma penitencia, el mismo fuego redentor al que debo someterme cada día. Alrededor mío todos arden pero ninguno de ellos se consume. La fogata eterna resulta agotadora. Echo en falta los efectos destructivos de las grandes explosiones, el estruendo y las ondas expansivas que generan los cambios irreversibles. Sin embargo, como ya os he dicho, debo asumir ciertas concesiones para no levantar sospechas, prefiero evitar los malos entendidos, por eso mantengo mi vacío existencial en completo anonimato. ¡No quiero que nadie lo reconozca! Oculto mi verdadera cara tras un pasamontañas hecho a mi medida, una máscara de salud mental, que me permite mantener la misma mueca mientras continúo sustituyendo pensamientos absurdos por otros que lo son todavía mucho más.

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Bajo a la calle arrastrando una bolsa de basura llena de tetrabricks. Finjo que todo está en orden. Finjo que yo mismo soy una persona de orden. Estoy fingiendo porque uno no siempre puede ni debe comportarse tal y como es. Ahí fuera hay demasiados tíos raros vigilándome, escuchando mis conversaciones en el vagón del Metro, u observando mi comportamiento cuando deambulo sin rumbo por los pasillos del supermercado; demasiados tíos raros dispuestos a sacar sus propias conclusiones sobre quién soy yo en realidad. Pero, ¿quién era él en realidad? Me aproximo hasta el contenedor azul y allí voy depositando (uno por uno) mis cartones de leche. Junto al contenedor para reciclar papel, rodeado por inmundicias y rastros de orín, he encontrado mi lugar en el mundo. Aquí me siento bastante cómodo y a salvo de mis contradicciones. Aquí también he encontrado un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. El aspecto de este búho se revela tan majestuoso como decadente: mitad bárbaro y mitad snob. Admitámoslo, ¡el flechazo ha sido inmediato! Sin ningún escrúpulo, sin ningún motivo que justifique mi decisión, rescato aquel monstruo de la indigencia y lo subo a casa. Vivo en una madriguera de treinta y cinco metros cuadrados, una búnker claustrofóbico, –al margen de vuestro hábitat–, donde nunca jamás seréis bien recibidos. Lo lamento, en serio, no quiero parecer maleducado ni descortés; tampoco quiero presumir de vacío existencial hasta que no vuelva a actualizar mi estado de ánimo en Facebook: me parece increíble, ¿bastan sólo cinco emoticonos para acaparar todas las fluctuaciones de mi deriva espiritual?… He colocado al búho en mi dormitorio, sobre la mesilla de noche, evitando mirarle directamente a los ojos. La expresión de su rostro encierra un silencio muy inquietante, un silencio lleno de reproches, gracias al cual he recuperado esa sensación de terror que tanto necesitaba y tanto echaba de menos.

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Hermann y su mirada inyectada en sangre han roto el equilibrio Feng-Shui de mi madriguera; me refiero al orden y a la armonía que me proporcionaban mis muebles viejos comprados en Ikea hace casi diez años. Fue impactante descubrirlo pero ya no me importa lo más mínimo. He decidido dejarme llevar. He escogido el cadáver de un ave de rapiña como mascota y acabo de renovar mi confianza en las hamburguesas de tofu, esto significa que el sótano de mi desesperación mantiene su punto confortable. Mi síndrome de Diógenes ha fundido nuestros destinos en uno. Hermann y yo, entrelazados bajo un mismo signo. Nuestra relación se articula por un acuerdo tácito donde yo me equivoco y el búho me corrige. ¡Ambos nos complementamos igual que un puto matrimonio! Él me advierte sobre lo incorrecto de mis actos y yo, a cambio, le ofrezco un hombro donde poder cobijarse. Sin embargo, intuyo que nuestro régimen de tolerancia ha comenzado a deteriorarse; muy pronto los problemas domésticos empezarán a pasarnos factura: compartir veinticuatro horas diarias en compañía ha destrozado nuestro presunto idilio, transformándonos en otra pareja dispuesta a marchitarse dentro del mismo tiesto lleno de tierra seca. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), se ha convertido en la censura que inspira todos mis sentimientos neuróticos: sentimientos de culpabilidad, sentimientos de autocastigo… ¡A veces colorear libros de mándalas no es suficiente! Estoy luchando solo, claro que lo sé, rodeado de oscuridad, y confundido por todas las voces que retumban dentro de mi cabeza. Allá donde voy me persigue la clarividencia de este búho sádico y narcisista, mortificándome entre traumas que creía reprimidos y transformando el contenido de mis pesadillas en un arma arrojadiza. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Temo perderme, extraviarme fuera del camino, sin saber (a ciencia cierta) dónde me encuentro ni hacia dónde me dirigía.

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Recorro el mismo camino, una y otra vez. El camino equivocado: maullando y persiguiendo luces en mitad de la noche. ¿Que por qué lo recorro? Porque es el único que conozco; no importa cuán destructivo sea. La gozadera de los pánicos subjetivos carece de memoria y de razón de ser: omnipotencia, aislamiento, desapego, preocupación por una realidad interna que tan siquiera existe… ¡Hermann y sus consejos han desprovisto mi vida de cualquier tipo de significado! El peso del búho sobre mis hombros aumenta (progresivamente) según pasan los días. Yo empequeñezco a medida que él multiplica su tamaño. Mi cuenta de Instagram lleva dos semanas sin registrar movimientos y creo que estoy desapareciendo de las fotografías. En mi lugar, sustituyéndome, ha surgido la sombra de un búho que se presenta (majestuoso) sobre su soporte en forma de rama. Me preocupa este incidente. Una pérdida masiva de followers acabaría de una vez por todas con esa persona tras la cual me oculto para intentar sobrevivir. «El horror ante la falta de reconocimiento, –dice Hermann–, se ha convertido en el nuevo miedo a la soledad». Sinceramente, nada de lo que os contase acerca de @Hermie sería exacto. Él maneja todas mis debilidades tal y como le apetece, pero yo apenas tengo información sobre su pasado. ¡Incluso se niega a confesarme su verdadera edad! Maldito búho presumido. ¿Debería cederle el asiento cuando cogemos el autobús? Hermann representa un factótum de virtudes ajenas al paso del tiempo: la mezcla perfecta entre la arrogancia de la juventud y el rencor de la vejez. A su lado, mi mayor error soy yo mismo; nada de lo que digo resulta adecuado; todo lo que hago parece un desacierto. Nuestra relación se retroalimenta por un acuerdo tácito donde yo pido disculpas y él me humilla hasta verme llorar. Su actitud condescendiente me recuerda demasiado a la de cualquiera de mis ex-novias. ¿Acaso nadie comprende cuánto estoy sufriendo? Mi última búsqueda en Google, (ASESINATO BÚHO DISECADO YAHOO RESPUESTAS), deja claro nuestra falta de química.

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Suena mi teléfono móvil y el propio Hermann responde a la llamada. «¿Quién anda ahí?, –pregunta». Escucho la voz de mi madre, fuera de sí, rogándome que detenga este disparate. Según me cuenta, todo lo que os he explicado sobre mi relación con Hermann forma parte de una fantasía ridícula. No hay ningún búho disecado; yo lo he inventado todo. Esta constante sensación de arrepentimiento me ha transformado en un lunático que empatiza con animales imaginarios. Así valido mi existencia, tratando de proyectar mi superyó mediante una imagen reconocible. Ignoro cómo me he sumergido en este trance que no sugiere ningún tipo de final feliz. Cada día soy ejecutado por un crimen distinto y en realidad yo no he cometido delito alguno. ¡Soy inocente! Me asombra mi capacidad de aguante para someterme a estas experiencias de muerte virtual. «La desgracia de los seres humanos, –apunta Hermann–, es producto de su cobardía ante ellos mismos».  Mi madre insiste, llama de nuevo, y sugiere que me deshaga del búho. «¡Debes recuperar tu antigua vida! –grita–. ¡Una vida vulgar y anodina con su puñadito de neurosis sostenibles! –añade». Yo decido si lo abandono en los lavabos de un centro comercial o le busco acomodo, como parte del atrezzo, en una exposición de dormitorios infantiles. La mirada de Hermann, (así lo bauticé), me sumerge en un aquelarre de casquería emocional. Mi propia casquería emocional. Un carnaval donde la culpa, las dudas y la taxidermia han tomado el control sobre mis deseos. ¿Durante cuánto tiempo podré resistir las provocaciones de este matarife? Sinceramente, yo sólo quería mantener mi vacío existencial en completo anonimato,–¡que nadie lo reconociese!–, quería ocultar su rostro tras un pasamontañas hecho a mi medida, y mientras tanto continuar sustituyendo pensamientos absurdos por otros que los son todavía mucho más.

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