(mayoría absoluta)

La revolución no será definitiva pero sí televisada; al menos eso es lo que nos ha manifestado nuestro equipo de community managers. Definitiva NO, televisada SÍ. Este parece el titular más justo: «Nuestra revolución será televisada o no será». Necesitamos que los sponsors se sientan cómodos invirtiendo su capital en nuestra revolución; los patrocinadores son los que mandan y nosotros (simplemente) intentamos cumplir con sus expectativas. Nuestra revolución lucha contra la dictadura de los mercados mientras espera a que suba su tráfico de visitas en la Red. ¡Necesitamos aumentar nuestro número de clicks!, ¡y nuestro número de likes!, ¡y nuestro número de favs!… Ya sabéis, gentes, donde quiera que os encontréis, reuniros aquí y admitid que los tiempos no están cambiando en absoluto. La rueda gira pero nada avanza. Si queréis sobrevivir a esta época, conviene que empecéis a buscar el canal de Youtube que mejor se adapte a vuestras demandas espirituales. Aunque nuestra revolución es todavía joven e inexperta, ya hemos comenzado a reciclar todos nuestros tabús, queremos convertirlos cuanto antes en una colección de dogmas prohibidos. Diferentes plataformas de streaming bajo demanda han presentado ofertas para retransmitir nuestro empoderamiento. Esto nos llena de orgullo. ¡Somos mayoría absoluta en Netflix! ¡Y en Twitter también! La revolución comenzará en una cuenta anónima de Twitter y terminará en la terraza del 100 Montaditos más cercano a vuestras casas. Ahí acabará nuestra revolución. Entre su supuesto principio y su presunto final tan sólo habrán transcurrido un par de semanas; catorce días es tiempo más que suficiente para llevarla a cabo. Nuestra revolución, de índole testimonial y opinativo, maneja su propio discurso, sus propios códigos y sus propios hastags: más allá de lo inmediato, más allá de lo banal, se nos nublaría el horizonte. Mucha gente propondrá evasivas que alarguen nuestra revolución, otras dos semanas por aquí y otras cuatro más por allá… Sin embargo, creo que deberíamos evitar tal hipótesis: los sponsors no parecen dispuestos y son ellos quienes han confiado en nosotros para marcar tendencia. Conservemos nuestra verosimilitud frente a la opinión pública. Aumentemos la curva ascendente de nuestro volumen de negocio. Ya habrá tiempo para organizar la siguiente revolución exprés nada más concluir la anterior revolución exprés. Me advierten que nada de lanzarles botellas a los antidisturbios ni prender fuego los contenedores de basura; volcar autobuses para hacer barricadas en mitad de la Gran Vía se ha convertido en una actividad anacrónica. El caos urbano pasa por pintar corazones de tiza en las paredes de las comisarías. Nuestra revolución propone otro tipo de activismo, siempre y cuando sepáis adaptaros al siglo donde os ha tocado sonreír. ¡Bienvenidos al año 2017!: sustituid los libros de Michel Foucalt por eslóganes de Mr. Wonderful y aprended a valorar el sabor de la comida puntuándola en una escala desde el uno hasta el diez. Gracias a Internet vosotros también podéis formar parte de esta revolución, podéis comportaros como auténticos agitadores sin necesidad de salir de vuestra habitación; sin quitaros el pijama, ni las legañas, ni las zapatillas de cuadros. Networking, ¡ese es nuestro campo de batalla! La Résistance ya no se define como clandestina y eficaz sino como frívola y con afán de protagonismo. Las redes sociales están que arden pero las calles son un bálsamo de franquicias y familias de cuñados. Gracias a Twitter, (gracias a sus hastags subversivos), peleamos contra la oligarquía mientras yo disfruto de mi serie favorita y vosotros merendáis un tazón de leche con choco-krispies. ¡Somos mayoría absoluta! Nuestras reivindicaciones virales han convertido la justicia social en puro spam. Igual que narcisos, contemplamos nuestro reflejo en el agua del lago, repitiendo hasta la saciedad los mismos discursos huecos: ¡Que el fanatismo convierta en trending topic nuestra propia paranoia es un ejercicio de democracia! Sabemos de lo que hablamos. Pertenecemos a la masa revolucionaria desde los comienzos de la crisis. Somos militantes radicales y nuestras caras parecen mapas mudos donde las contradicciones no son bien recibidas; si nos preguntáis por Mijail Bakunin, nosotros os responderemos por Cholo Simeone; si alguno de vosotros menciona la discografía completa de Fugazi, nosotros arquearemos las cejas y procuraremos cambiar el tema de conversación. Volvemos a repetir lo mismo: ¿habéis escuchado ya el último disco de Leiva? Así será vuestra revolución en el futuro, un proceso transformador donde cambiaréis pensamientos por lágrimas, y lágrimas por anuncios de telefonía móvil. No obstante, lo reconozco, admito que fue algo bastante violento encontrarme con mi monitor de spinning leyendo aquel manifiesto durante nuestra última manifestación anti-sistema.

 

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(nuevo artista del hambre)

Nunca lo olvidéis, utilizad la expresión “el no ya lo tengo” cuando queráis fracasar a lo grande en cualquier aspecto de la vida. Estas palabras tan crudas jamás las escucharéis en ningún seminario de coaching para emprendedores. Allí os explicarán cómo alcanzar el éxito reinventándoos a vosotros mismos, os hablarán sobre la búsqueda de vuestros talentos ocultos y os harán creer que la nobleza de vuestras almas podría cambiar el curso de la Historia. Sin embargo, no miento si os garantizo que todas estas retóricas sólo son excusas. Os halaga escuchar que habéis perdido vuestro camino, porque eso significaría que tenéis un camino propio que recorrer. Y no es así. ¡Los genios no se fabrican en ninguna cadena de montaje! ¡Aceptadlo de una puta vez! Los verdaderos genios surgimos por generación espontánea y no necesitamos el beneplácito de la sociedad para darle validez a nuestras ideas.

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¿Qué tal va todo? Soy el Nuevo Artista del Hambre. Trabajo como ayunador profesional. Ayuno en streaming, por Skype. Seguro que habéis oído hablar de mí. ¿No os suena mi nombre? Nuevo Artista del Hambre, yo mismo lo escogí; se trata de un homenaje, aunque probablemente tampoco sepáis a lo que me estoy refiriendo. Endocrinos y nutricionistas califican mi profesión como un trastorno, pero se equivocan. Lo mío no es anorexia nerviosa sino una vocación mal entendida. El ayuno voluntario, (orientado como actividad artística), se ha convertido en una práctica residual que a nadie le interesa lo más mínimo. La glotonería de nuestro país ha marginado mi obra. Lógico, por otra parte; aquí se come por placer, no por necesidad física; coméis por dogma; coméis, incluso, por mantener un estatus. Ese culto al falso apetito está tan extendido y asimilado que os permite mirar hacia el futuro igual que la vaca cuando ve pasar al tren: masticando con la boca abierta.

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Conecta tu webcam y disfruta de mi ayuno en directo. ¿A qué estáis esperando? No intento publicitarme a vuestra costa. Odio las campañas de marketing viral y claro que no estoy en esto por la pasta. El dinero no me preocupa; la inanición tampoco. Mi independencia artística me dignifica aunque nadie quiera reconocérmelo. Asumo que mi propuesta es minoritaria y utilizo lo precario como el aval que garantiza la pureza de mi show: (cuarenta días sin pegarle un mordisco ni a una triste manzana). Salir del anonimato, de la cloaca underground, me parecería una traición a mis principios. Prefiero mantenerme incorruptible, despotricando contra todo desde mi perfil de Facebook. Aquí recibo el cariño de mis amigos, quienes animan y apoyan la valentía de mi proyecto, siempre y cuando no me profesionalice en exceso. Solicita mi amistad. Conecta tu webcam. ¡Disfruta de mi ayuno en directo! Tú también puedes sentirte único compartiendo likes con el Nuevo Artista del Hambre.

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Escucho los gruñidos de mi estómago y le ordeno que se calle. Esta discusión se produce muy a menudo. Mis intestinos y yo no compartimos los mismos intereses. Ellos pertenecen a una clase obrera engañada por el capital; sólo buscan satisfacer sus impulsos jugando al juego de las recompensas inmediatas: no entienden que mi proceso creativo implica pérdida de peso, agotamiento y un carácter irritable. Recordad, «todo arte que encarece e intensifica las brutalidades de la vida consigue recrear la emoción de la experiencia»; he memorizado demasiadas frases de Vincent Van Gogh para tolerar que ninguno de vosotros se atreva a llamarme vendido o fracasado. La búsqueda del aplauso fácil no va conmigo. ¡Qué va! El Nuevo Artista del Hambre pretende causaros una reacción, movilizar vuestras conciencias, sorprenderos y emocionaros en un mismo bostezo. Mis compañeros de piso me preguntan cuál es el sentido de mi obra, y yo reacciono intentando cortarme una oreja.

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El Nuevo Artista del Hambre no trabaja en función de ninguna demanda ni tampoco espera ninguna notoriedad. Busco mi nombre en Google Imágenes y tan sólo encuentro fotografías de un búho disecado, (con las alas abiertas), que permanece unido por sus garras a un soporte en forma de rama. Siento que el público no me respeta, ¿pero acaso yo les respeto a ellos? Me pregunto qué clase de desorden dramático ha transformado mi vida en este delirio. «¡Cállate, cerdo! ¡No estoy en esto por la pasta!», le advierto a mi estómago cuando me interpela, gruñendo, con cierto tono arrogante. El Nuevo Artista del Hambre nada a contracorriente sufriendo el rechazo de un presente que le repudia. Mis compañeros de piso no me toman en serio; ¡quieren robarme la balda del frigorífico que he dejado libre! Me gustaría seccionarles la yugular, apuñalarlos con un cutter y advertirles que el futuro me pertenece. Amigos míos: el sentido de mi espectáculo se lo dais cada uno de vosotros mediante vuestra apreciación personal. Me considero un dioniso huyendo de la belleza para recrearse en lo sublime, en la embriaguez de la hambruna. La posteridad me otorgará mi propio nicho de mercado y vuestros nietos reconocerán mis méritos. Os lo aseguro.

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Estoy mendigando una entrevista en cualquier web de tendencias donde me permitan hablar acerca de mí mismo. La relación entre ayuno y arte era un pretexto con el que cubría mi propia vanidad. Soy un impostor cuya masa corporal roza el límite de lo salubre. No puedo justificar los motivos de mis actos: improviso, eso es todo. ¡Ojalá encontrase nuevas ideas patológicas que llevar al límite! Necesito un mecenas que patrocine mis excentricidades, igual que el arzobispo de Salzburgo hizo con Mozart. ¿Dónde se esconderá el arzobispo cuando más se le echa de menos? Para un farsante como yo el verdadero miedo a la soledad se llama “falta de reconocimiento”. A veces me siento muy solo frente a este universo tan hostil y lleno de trampas. ¡Se trata de una gran conjura en mi contra! Me niego a despedirme de la infancia porque mis fantasías de éxito ilimitado continúan haciéndome compañía en los columpios del parque. ¡Jamás abandonaremos el mundo de Rosebud! Artísticamente represento el cero a la izquierda del cero, pero continúo subido en mi trineo, deslizándome por la pendiente de nieve, mientras alrededor me acorralan las llamas.

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He decidido renunciar a mis últimos vestigios de integridad organizando un crowdfunding. Menuda incoherencia. Ese mismo público bobo y torpe, (que tan poco me interesa), puede darme el soporte económico capaz de mantenerme arrebatador frente al espejo. Necesito su dinero para pagar la conexión a Internet, y para comprar suero intravenoso en la farmacia. ¡Por qué nadie me había hablado sobre la falta de reconocimiento! Mis niveles de glucosa se han desplomado provocándome un simpático temblor en los dedos de las manos. Desorientación y palpitaciones. Todos estos síntomas acentúan el aspecto enfermizo que transmite mi imagen. Me parezco demasiado a un drogodependiente politoxicómano intentando superar el periodo de abstinencia. ¿Lo veis allí arriba? Un chimpancé subido en un helicóptero lanzando puñados de billetes al vacío. Sin ningún criterio. ¡Esa es vuestra industria cultural! Billetes de 200 euros. Billetes falsos. El chimpancé lleva puestas unas gafas de sol y nos observa desde lo alto levantando sus pulgares; «¡Ok, dadle caña, tíos!», grita por un megáfono.

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Mi hambre se agudiza en su pico más alto de intensidad. ¿Qué demonios estoy intentando demostrar? Me duele reconocerlo pero creo que mis intestinos no han comprendido nada sobre la relación entre ayuno y arte. Mis intestinos carecen de referentes, apenas han leído, y tampoco conocen el significado del teatro de la crueldad. Ahora bien, ¿puede que ya sea demasiado tarde para cortarme una oreja? Amenazo con suicidarme aunque, en realidad, sólo pretendo que el mundo me pida disculpas. Si, según me dicen, somos lo que comemos… ¿Entonces? ¡Quién cojones soy yo! He puesto toda mi voluntad al servicio de este frenesí, pero comienzo a dudar si poseo el talento suficiente para llevarlo a cabo. «¿Qué hay de lo tuyo?», me preguntan mis compañeros de piso, riéndose, mientras yo doy vueltas alrededor de la pantalla del ordenador portátil. Zozobra y desfallecimiento. Un círculo vicioso que no tiene salida. ¡No hay escapatoria! He perdido la cordura y necesito dar un volantazo a mi modelo de negocio. Quizá debería contratar a un community manager que actualice mi presencia en las redes sociales. Todavía estoy a tiempo, (creo), de tatuarme una flor de loto sobre la nalga izquierda: ¡Quiero reinventarme como fotógrafo budista! Quiero formar parte de la nueva mayoría y encontrar así un camino propio que recorrer. La nobleza de mi alma cambiará el rumbo de la Historia. Os lo aseguro.

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(Fausto moreno-roña)

Supo reconocer que aquella era su gran oportunidad cuando el destino se la presentó. Había comprado un sarcófago de rayos UVA a través de una puta aplicación para teléfonos móviles. Sin moverse del sofá, (sin quitarse el pijama ni las zapatillas a cuadros), mediante un simple click, notó como la adrenalina incrementaba la frecuencia de su ritmo cardíaco. Pero no fue una compra impulsiva, sino meditada y responsable. Supongo que lo que pretendía era paliar así su obsesión por la muerte, familiarizarse con el interior de un ataúd, evitando los malos rollos habituales en este tipo de circunstancias. Las fotos del sarcófago, _no le costaba admitirlo_, tampoco dejaban espacio a ninguna mala impresión, sino todo lo contrario. Todo era perfecto. El texto que aparecía en la pantalla de su Smartphone aseguraba resultados inmediatos desde la primera semana. Ya sabéis, «¡Resultados inmediatos desde la primera semana!», se trataba de un eslogan muy sutil para atraer compradores como él, imaginaos, personas frágiles y desesperadas, individuos ansiosos por ejercer su legítimo derecho al consumo. La idea de exhibir bronceado durante los meses de invierno se había convertido en un pensamiento recurrente que ocupaba casi todas sus horas libres; habría sido capaz de cualquier cosa por cumplir su sueño, incluso le hubiera vendido su alma al mismo diablo sin reparar en las consecuencias. Su deseo por conseguir un moreno-roña era tan enfermizo que trascendía cualquier moda, cualquier capricho, y hasta superaba las barreras de lo estético. El anhelo por cambiar de color de piel indagaba en las raíces de su subconsciente. No exagero si comparo el efecto de los rayos UVA con una especie de psicoanálisis cutáneo; resulta complicado explicároslo utilizando sólo palabras, (sin la ayuda de emoticonos o GIFs de bebés llorando). Pertenecer a la raza negra puede ser una experiencia muy satisfactoria, siempre y cuando no tengáis que renunciar a vuestros privilegios de blanquitos hijos de puta. En este sentido él tampoco era una excepción. Gracias a las redes sociales había conocido a mucho otros adictos a este moreno artificial, amigos de Facebook y seguidores en Instagram, cuyas opiniones no podían estar equivocadas. ¿Qué clase de psicópatas mentirían sobre un asunto tan íntimo? Según le decían, bastaban unas pocas sesiones dentro del sarcófago para mudar de piel, para convertir al mayor de los miserables en un líder vocacional; ¡un Übermensch desencadenado y dispuesto a generar su propio sistema de valores!

Los empleados de la compañía de transporte cubicaron el solárium en mitad del recibidor. Él tiró a la basura los manuales de instrucciones y se introdujo, (eufórico/sin ropa), bajo la radiación ultravioleta. Se sentía algo nervioso. Creo que la voluntad de poder había perforado su estómago: las náuseas no le permitían disfrutar el momento como se merecía. A la mañana siguiente, decidió tomarse el día libre. Llamó por teléfono a la oficina y justificó su ausencia improvisando una gripe con ataques de tos muy  poco verosímiles. Quizá, pensó, debería cambiar de trabajo, no sé, buscar otra ocupación más acorde con su futuro color de piel; quizá debería hacerse especulador bursátil; o mejor todavía, coach para especuladores bursátiles. Dentro del sarcófago el tiempo se conservaba estático, como en un frasco de formol. Los índices de pigmentación le carbonizaban la piel mientras la imagen arrastrada que tenía de sí mismo se transformaba en una anécdota: veinte siglos de superstición cristiana arrinconados sin ningún tipo de remordimiento. Así pasaron varias tardes. Fue la época más feliz de su vida. Había descubierto una nueva rutina dentro del sarcófago y no pensaba renunciar a la Luz. ¡Él también quería generar su propio sistema de valores! Cuando bajaba a la calle, sólo para comprar tabaco y comida precongelada, los vecinos le detenían (junto a la puerta del ascensor) y le felicitaban por su bronceado. Fausto respondía con evasivas, se sentía ruborizado a la vez que orgulloso, intentaba quitarle importancia a todos esos cumplidos pero siempre terminaba fabulando alguna historia sobre sus presuntas vacaciones en Cancún; les describía los paisajes, la gastronomía azteca y aquellas playas vírgenes donde tomaba el sol hasta deshidratarse; les hablaba sobre mariachis, corridos, botellas de tequila o sobre lo cojonudo de las instalaciones hoteleras en régimen de media pensión. Los vecinos quedaban boquiabiertos, claro, y le daban la enhorabuena de nuevo, y él corría (otra vez) a encerrarse en el interior del sarcófago.

Una semana después se reincorporó a su puesto de trabajo en la oficina. Algo no funcionaba bien. Continuaba vegetando delante del ordenador aunque no era especulador bursátil. Ninguno de sus compañeros había reparado en la intensidad de su moreno-roña. (Todo resultaba demasiado humillante). Tampoco le preguntaron por sus vacaciones recorriendo la Riviera Maya, ni por los mariachis, ni por cuantas botellas de tequila se había apretado entre corrido y corrido; (tenía muchas anécdotas divertidas a este respecto que seguro les hubiesen hecho pasar un buen rato). Recordaba con nostalgia las sesiones de ocho horas sin salir del sarcófago, y se echaba a llorar. ¡Qué lejos quedaba aquella época! El ambiente de la oficina le estaba asfixiando. Frente al espejo de los lavabos para caballeros, hablaba consigo mismo, en voz alta, intentando dominar sus arrebatos de ira. Respiraba hondo, y profundo, y se ajustaba el nudo de la corbata. Necesitaba que alguien aplaudiese su nuevo estatus; sin embargo, en aquella empresa todos parecían haberse vuelto locos. Cuando coincidía con los demás compañeros, frente a la máquina del café, percibía sus miradas furtivas, llenas de envidia y rencor, que él interpretaba como elogios soterrados hacia su condición de superhombre. El éxtasis místico que gobernaba su espíritu no admitía tanta mezquindad. ¡No comprendía nada de esa realidad paralela desde donde todo el mundo le ignoraba! ¿Existía acaso alguna realidad fuera del sarcófago? Probablemente, sólo se tratara de una ilusión. Puro solipsismo. La vieja teoría de los cerebros flotando en cubetas. Su propio YO había delirado hasta construir esa oficina llena de cretinos e incapaces. ¿Acaso nadie pensaba validar sus méritos? Desnudo, y con la cara pegada al escáner de la máquina fotocopiadora, fue sorprendido por la becaria del Departamento de Recursos Humanos: «¡Busco la Luz! –gritaba–. ¡Busco la Luz más allá de las sombras!». Este incidente repercutió en un informe del propio Departamento de Recursos Humanos, (creo que fue la misma becaria quien lo redactó), donde se justificaba su carácter maníaco como causa de despido. No le importó una mierda. Así liberaría su tiempo de cualquier obstáculo castrador. Los vecinos le darían la enhorabuena y él se encerraría dentro de su sarcófago para no salir jamás. La radiación ultravioleta se encargaría de devolverle el equilibrio. ¡Su ánimo se mantendría a flote! ¿Qué clase de psicópata mentiría sobre un asunto tan íntimo?

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(junto al hueco de la lavadora)

Cayendo a plomo por la madriguera del Conejo Blanco, preguntándome si habrá sido una buena idea perseguirlo, arrepintiéndome, e imaginando en qué estado me dejará el impacto contra el suelo. ¡Plof! Mi entrada en el territorio de lo inconsciente ha sido muy decepcionante. Aquí me veo, en la cocina de casa, masticando terrones de azúcar y escuchando discutir a los vecinos desde el otro lado del tabique. Estado de supraconsciencia que me ha dejado frío y con el ánimo bajo mínimos, creo que me esperaba otra cosa, algo parecido a una inmensa construcción laberíntica, no sé, un entramado infinito de caminos, sin principio ni tampoco final, donde el desconcierto y la desorientación fueran condiciones casi obligatorias para todos sus peatones. Sin embargo, he terminado aquí, en la misma cocina de siempre, masticando los mismos terrones de azúcar y escuchando discutir a las mismas voces desde el otro lado del tabique. Los vecinos son una pareja con severos problemas de convivencia; se acaloran fácilmente, y (quizá por esa razón) concatenan una bronca tras otra sobre cualquier asunto relacionado con la intendencia doméstica. En ellos no hay nada de bueno ni tampoco de malo, carecen de rasgos distintivos, sólo son dos tabulas rasas, dos caras de mármol arrojadas al mundo contra su voluntad, que soportan el paso del tiempo mientras discuten sobre el origen de las manchas de la alfombra. (Alfombra blanca). También discuten sobre marcas de detergente, sobre marcas de cacao en polvo o sobre cuál es el tamaño adecuado para considerar a los tomates cherry como tomates cherry. Todo su dispositivo doméstico-conyugal, por así decirlo, está montado alrededor de este intercambio de reproches que no parece terminar nunca. Aun así, en ocasiones guardan silencio, y deciden que sea su colección de discos de bossa-nova quien hable por ellos dos. Supongo que de este modo consiguen reafirmarse en su estatus de adultos responsables. Ambos han cumplido ya los treinta y cinco, y tienen un perro al que se dirigen empleando cierto tono condescendiente, como si se tratara de un caso inútil para el que no existiese remedio. Cuando sale a la calle, el animal huele y chupa los escupitajos del suelo que encuentra a su paso, sabe que no tiene que rendir cuentas a nadie y sus dueños respetan esa decisión. Los vecinos aceptan el deterioro moral de su perro mientras se insultan y se lanzan objetos desde un lado al otro del salón-comedor. Un plato sucio, lleno de restos de lasaña petrificada, revienta contra la pared. ¡Crash! Él utiliza un vocabulario hostil, (muy desagradable), y menciona aquella madrugada cuando ella regresó a casa dibujando eses, con las bragas mal escondidas en el bolsillo de la cazadora. Ella agita los brazos, trata de clavarle las uñas en la cara, y le recuerda que fue él quien volvió a casa borracho con unas bragas mal escondidas en el bolsillo de su cazadora. Minutos después, este incidente de las bragas y la cazadora cae en el olvido y ambos se abrazan frente al televisor de plasma; les encanta cenar frente al televisor de plasma. Su comportamiento merecería un estudio antropológico exhaustivo pero la historia es tan fea y tu tiempo tan escaso que no tengo ganas de continuar indagando en esa dirección. A medianoche, el vuelo parabólico de una sartén aterriza reventando el cristal de una ventana. Busco refugio junto al hueco de la lavadora y simulo temer por mi integridad física. Se escuchan los ladridos del perro. También percibo cómo el volumen de los gritos disminuye sus decibelios a medida que el arsenal de vasos queda reducido a esquirlas. La vecina empuña un pela-patatas oxidado y finge seccionarse la yugular, luego corre hacia el cuarto de baño y se encierra dando un portazo. El vecino balbucea inventando una disculpa tan falsa como torpe; dice algo sobre un fin de semana en un balneario de Segovia, solos ellos dos, una casa rural, un entorno bucólico donde recuperar la magia, la complicidad de la relación, y un abono gratuito que les permitiría escoger entre masaje tailandés o servicio de chocolaterapia…

Yo sigo aquí, escuchando ladrar al perro, junto al hueco de la lavadora.

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(eco-bio-paranoide)

Engañarte a ti mismo creyendo que haces lo correcto es muy sencillo, empieza por cultivar tus propias hortalizas en las macetas de la terraza. Simpatizo mucho con este colectivo de agricultores urbanos; me identifico con su causa, aunque esto no siempre haya sido así. Todo empieza como una revelación bíblica: Saulo de Tarso cae de su caballo mientras galopa hacia una franquicia de comida rápida. Entonces siento La Llamada. ¡Yo soy Saulo de Tarso y he muerto para nacer en la única y auténtica fe! Un bucle de discursos filo-ecológicos me colapsa el juicio enredándolo todo dentro de mi cabeza. Ahora estoy escondido tras una tomatera de plástico, vigilando su drenaje durante las horas de sol, esperando a que germinen las semillas, confiando en la siembra y perseverando en mis propósitos con una regadera en la mano. Este hedonismo agrícola me ha inculcado una serie de valores que fortalecen mi… ¡He incorporado estos eco-dogmas a mi colección de paranoias! ¿Pero cuál es la diferencia que los separa a ambos? Mi alimentación se ha transformado en un fetiche que debo proteger y cuidar hasta el extremo. ¡Temo morir envenenado por culpa de un kilo de melocotones en oferta! No quiero parecer una persona frívola, ya sé que los palestinos de la franja de Gaza también tienen sus problemas; sin embargo, la manipulación que sufre el ADN de los alimentos transgénicos ha dinamitado mi zona de confort. No puedo dejar de pensar en las connotaciones, (tan funestas), que esconde la palabra “pesticida”; me refiero a la palabra “pesticida” como significante inscrito en el orden de lo simbólico: “pesticida” como palabra que sugiere cosas horribles empleando la mayor de las delicadezas. PES-TI-CI-DA, cada sílaba representa un ataque de pánico totalmente justificado. Llevo dos semanas casi sin dormir, compartiendo publicaciones sobre este asunto en mi muro de Facebook y repitiéndome a mí mismo que quizá ya sea demasiado tarde. Las neurotoxinas, (¿o los conservantes?), me han invadido el organismo, lo han tomado por asedio, y noto como una cepa dañina está incubándose en mi interior. El “monstruo”, lo llamo, el monstruo crece y cada vez se hace más fuerte; parece invulnerable y está fuera de control. Detecto síntomas que acreditan mis sospechas, no me lo invento, hablo de ciertas alergias, ciertos picores, hablo de ciertos dolores difusos… Elucubrando teorías conspirativas arrastro mi carrito de la compra por los pasillos del súper. Las verduras certificadas ante notario y los batidos Detox se han convertido en mi única garantía para sobrevivir. Este aval, –la pegatina ECO-BIO que aparece adherida a la cáscara de los aguacates–, me proporciona el momento más dulce de todo el fin de semana: un plus de elitismo, (apenas perceptible), que sólo hago público cuando sonrío y le pago a la cajera. Entonces, desaparecen mis temores y las dudas se convierten en certezas; tan siquiera la presencia de Hermann consigue hacerme perder la calma. Pasada la medianoche abro la puerta de la nevera y sujeto contra el pecho la bolsa biodegradable donde guardo los aguacates. Me gustaría esnifarlos, acogerlos dentro de mi cuerpo, utilizarlos para elaborar el antídoto definitivo que me defienda contra los efectos de la Kryptonita. La ansiedad y el insomnio no paran de resucitar viejos fantasmas que sólo veo yo. Párrafos de discursos filo-eco-paranoicos aparecen escritos con sangre en las paredes de mi dormitorio. ¡Me niego a asomarme debajo de la cama! He tramitado una plaza en el huerto urbano de Lavapiés para combatir esta hipocondría; aunque resulte precipitado emitir un diagnóstico, advierto ciertas mejorías. Aquí siembro y trasplanto esquejes junto a otros neo-hippies que también consumen sus propias berenjenas. Mis niveles de aprensión se han reducido e, incluso, me he atrevido a organizar un simposio de charlas-debate sobre “economía verde” y “nutrición responsable”. Disfruto mucho intercambiando recetas, rodeado de bulímicas que utilizan la militancia vegana como tapadera. Ellas huyen de los hidratos y fingen interés por el medio ambiente; yo me limito a ocultar mi paranoia tras una dieta radical. Ambos nos mentimos a nosotros mismos y todos estamos convencidos de que hacemos lo correcto.

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