King Kunta

Obedeciendo a otra de mis extrañas intuiciones, he decidido inscribirme para participar como voluntario en un ensayo clínico; aquí me dan a probar diferentes tipos de medicamentos: mi único cometido consiste en ingerir puñaditos de pastillas, (píldoras de distintos tamaños y colores), a cambio de una recompensa económica cuya cantidad todavía nadie me ha especificado. Me encuentro en una especie de laboratorio clandestino, o al menos eso quiero creer, un lugar tan aséptico como deprimente, donde rivalizo con otros voluntarios por tragar el mayor número de pastillas sin beber agua. Se trata de una experiencia extrema, y quizá haya sido el efecto de estas píldoras (tan divertidas) lo que me ha hecho descubrir que nada era lo que parecía ser, todo forma parte de un terrible error, no estoy colaborando en ningún proyecto de I+D, tampoco me encuentro en ningún laboratorio sino en las oficinas de una empresa de trabajo temporal. Aquí investigan los límites del trastorno esquizofrénico a costa de nuestra salud, quieren dinamitar nuestro equilibrio emocional aunque este pequeño agravio no nos importe ni nos afecte lo más mínimo; incluso, me atrevería a asegurar que es precisamente esa sensación, la de sentirnos como cobayas encerradas a oscuras en cajas de cartón, lo que nos impulsa a continuar tragando pastillas en contra de nuestra propia voluntad. Ellos intentan aprovecharse de nuestro estado de ánimo convenciéndonos sobre nuestra condición de esclavos: somos almas muertas y (lógicamente) nuestro tiempo apenas vale nada. Tú serás King Kunta, me dicen, y todos éstos van a ser compañeros tuyos. Yo acepto el trato y participo en la dinámica de grupo, participo junto a otros siete candidatos, para poder optar a un puesto vacante en quién sabe qué trabajo de mierda. No quiero entrar en detalles pero, según subraya la psicóloga, deberíamos estar agradecidos por lo que nos están ofreciendo; las condiciones laborales imitan a las de una mina de carbón en el norte de Francia durante el siglo XIX: un contrato por obra y servicio, un sueldo ridículo, horarios salvajes… Alrededor de una mesa ovalada esperamos sentados en silencio, (yo y mis siete compañeros), con el gesto de mártir grapado a las cejas y una fotocopia de nuestro currículum apoyada sobre las rodillas. Se trata de una experiencia extrema pese a que ninguno de nosotros sabe qué cojones se pretende demostrar con ella, por eso sonreímos a diestro y siniestro, tal y como recomiendan los libros de autoayuda que guardamos escondidos bajo los somieres de nuestras respectivas camas. La magia del pensamiento positivo, me dicen, funciona siempre y cuando te mantengas al margen de influencias tóxicas, al margen del significado que ocultan los posos del café dibujando figuras asimétricas junto al borde de la taza; ninguno de nosotros reconoce lo que pronostican esas enigmáticas siluetas, sin embargo nos tranquiliza saber que nuestra agonía, nuestro tétrico futuro, ya estaba escrito mucho antes de sucedernos. Este lugar se parece demasiado a las instalaciones de un centro de internamiento psiquiátrico, una colmena construida a golpe de conversaciones banales, a golpe de miradas que se cruzan por pura inercia para no decir nada en absoluto. Este lugar se parece demasiado a un manicomio lleno de pacientes que cabalgan a lomos de su particular trauma maníaco-depresivo; desde padres de familia sin perspectivas laborales hasta jóvenes poligoneros recién caídos del andamio; desde pre-menopáusicas con estudios superiores, y con un alto grado de cualificación, hasta niñas pijas buscando la liquidez suficiente para gastar en caprichos y así sentirse realizadas. ¡Todos buscan la misma papeleta afortunada donde el azar haya escrito la palabra “CONTRATAD@”! Entonces abren la jaula de los leones y la psicóloga se presenta de nuevo, saludándonos, y pidiéndonos que la excusemos durante otro par de minutos. La espera es la condición fundamental del individuo, ante la ley y ante el departamento de recursos humanos, por esa razón no nos inquieta mantenernos a la expectativa durante el tiempo que consideren oportuno. Creo que el sentido de la existencia hay que buscarlo en el sentido de la espera, me estoy refiriendo a que el impulso heroico de buscarle (en vano) un sentido a esta espera, podría ser el mismo impulso que nos obliga a encontrarle un sentido a nuestras vidas miserables. Una hora después continúo sentado en silencio, sin apenas mover un músculo de mi cara, ni un puto parpadeo, mientras observo cómo la puerta del ascensor proyecta un chorreo constante de pacientes desempleados. Ellos también han venido a tragar su puñadito de pastillas y a esperar a ver qué les ocurre… Compadezco su situación aunque yo tampoco me siento inmune al virus de la precariedad laboral; eso sí, ahora estoy dispuesto casi a cualquier cosa por conseguir una de esas papeletas con premio de las que tanto he oído hablar. Las voces que silban en el interior de mis oídos presagian otro nuevo apocalipsis

y me advierten sobre el peligro que corro cuando la psicóloga abre la puerta de su despacho gesticulando e invitándome a entrar. Perdona el retraso, –repite–, estaba con un imprevisto urgente. (¿?). Las entrevistas de trabajo me convierten al taoísmo o cualquier otra de esas religiones que exigen paciencia y resignación. Pongo encima de su escritorio la fotocopia de mi currículum y ella lo recoge como si fuera el envoltorio grasiento de un bocadillo de calamares. Enumero mis méritos utilizando palabras timoratas. Sonrío, otra vez. Procuro no parpadear en exceso y, tras un peritaje completo de la situación, descubro que mi máscara de salud mental está a punto de saltar por los aires.

La supuesta psicóloga analiza la validez de mi perfil, mediante bostezos encubiertos, mientras yo divago planteando un discurso lleno de tópicos y obviedades. Responsabilidad, compromiso e implicación, son el tipo de palabras huecas que ella desea escuchar para asegurarse que los efectos de la medicación han sido un éxito; le prometo que NUNCA he fantaseado con tomar mis propias decisiones y que SIEMPRE he agradecido la presión de la bota del jefe pisándome el cuello. Me comporto como, (supongo), lo haría cualquier cretino mononeuronal demandando lo que cree que le corresponde: otra nómina basura y el derecho a endeudarse con el banco hasta morir asfixiado entre facturas. Hermann está muy orgulloso de mí. La psicóloga también está muy orgullosa y aplaude mi iniciativa regalándome un gesto de aprobación. El análisis que cotejaba el equilibrio de mi salud mental ha resultado óptimo. Entonces cruzo los dedos e introduzco la mano izquierda dentro de la urna para recoger una de esas papeletas con premio, una de ésas de las que tantas veces he oído hablar pero que todavía nunca he visto.

 

 

 

 

 

 

 

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