Prueba ensayo-error

1

Todavía no se han dignado a pronunciar ni una mísera palabra; nada de nada, en serio, ni me miran. Llevo diez minutos aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, pero parece como si fuera invisible. Parece como si (directamente) yo no existiera para ellos. Aunque resulte triste y también algo desconsiderado por su parte, esta actitud no me ha sorprendido lo más mínimo; me siento inmune ante este tipo de ataques que intentan debilitarme cuando lo único que consiguen es fortalecerme. Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano, llevo casi 279 páginas y aún no he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que contarles. Me pregunto qué será lo siguiente, con qué intentaran desestabilizarme la próxima vez que levante los ojos del suelo. Entonces lo hago, levanto los ojos del suelo y veo niños, bebés muy pequeños, llorando desconsolados por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad; y también veo ancianos, gente muy mayor, viejos perdidos entre lamentos que esperan su turno para desaparecer sin dejar ni rastro. Es obvio que los más listos han sido ellos, sí, me refiero a los camareros. ¡Qué listos han sido! Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, sin mover una ceja, ni un párpado, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. Para mí, (la Cafetería Hontanares), se ha convertido en una referencia imprescindible, un punto de encuentro donde casi todos nuestros sueños podrían hacerse realidad. Gracias a la Cafetería Hontanares, pienso, he recuperado la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena; no me refiero sólo a su exquisito café, ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. Os estoy describiendo la radiografía de un estado de ánimo: el regreso al Paraíso perdido. Quizá, a través de todo este imaginario de lujo y miseria encontraremos alguna certeza que nos sostenga en pie; como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, y como digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que este alarde de megalomanía, esta versión complaciente y halagadora de mí mismo, no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado y ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier intento de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad, aquí, alrededor mío, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares! ¿Qué os parece a vosotros? ¡Me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones! Me dicen que hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias, y ahí lo dejan. No me ofrecen turno de réplica; se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Nadie comprenderá lo que quiero decir mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. No se trata de simple vanidad sino de un sufrimiento mucho más privado. Me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo que nos afecta a todos, sobre lo profundo de esta dialéctica, me cuesta demasiado abordar el asunto del huevo y el microondas sin que se me terminen saltando las lágrimas.

2

Huevos crudos y microondas, eso era todo. Yo también sabía que ambos elementos representaban dos naturalezas incompatibles, sabía que los dos mantenían una extraña relación, (una especie de cópula prohibida), donde no se admitían los apaños y mucho menos las chapuzas. No obstante, pese a conocer las dificultades a las que me enfrentaba, quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a impedírmelo. Me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace, aunque el terror ante lo desconocido no me dejara razonar con la lucidez necesaria. ¡Ojo! ¡Nunca consintáis que el pánico a la catástrofe paralice vuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. ¡La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero! Ahora bien, este optimismo tan forzado no oculta sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. ¡Una farsa! ¡Jamás existirá ningún apocalipsis con final feliz! Después de haber tomado cuatro tazas de café, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, creo que me siento totalmente desconectado de la realidad, estoy fuera, como si hubiera llorado por unos pecados que nunca cometí, como si llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen en absoluto. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones cuando echas la vista atrás, me refiero a una deplorable melancolía, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí, sentados en una mesa de la Cafetería Hontanares, que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… «¡No lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», eso fue lo que le grité al huevo antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Había renunciado a mi propia vanidad anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa. ¿O quizá no fuese así exactamente? Admito que mi distorsionada visión del Bien Común escondía un interés poco o nada altruista. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias.¡Espabila, huevo! ¿Qué te pensabas? ¡No existen los favores gratuitos!

no existen los favores gratuitos!; el hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad: FALSA COMPASIÓN, ¡ésa es la forma de hipocresía que mejor se adapta a mi carácter!.

 

Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías. Mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos.

3

El huevo estalló (dentro del vaso que lo contenía) sacudiendo la estructura metálica del microondas. Aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal. Traté de recomponer el puzle y asumir cual era mi situación; buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock, impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… ¡sólo yo decidía quién quería ser! Recuerdo cuando abrí la puerta del microondas, y lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo, tras la puerta del microondas el caos y la barbarie habían hecho desaparecer al huevo. ¡Desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas! El panorama era desolador. Bajo los párpados mis ojos encerraban un paisaje todavía más cruento que el de la guerra de Troya. Llamémoslo, la masacre de un aborto ovíparo. Había restos de huevo esparcidos sobre la encimera, el fregadero y la placa vitrocerámica. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí, ahora, en una mesa de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención; un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Me remangué la camisa, _bayeta en mano_, y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Entonces descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill. Aquello terminó por desmoralizarme. ¡La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos! Cogí un destornillador y desmonté la carcasa del microondas; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. ¡No existía acceso al interior de la rejilla del grill! Mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. El humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras llantos y lamentos  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

Esta entrada fue publicada en Divertirse a la fuerza era obligatorio y etiquetada . Guarda el enlace permanente.