Prueba ensayo-error

Estoy redactando mentalmente un alegato contra el género humano, —igual que Jonathan Swift en Los viajes de Gulliver, pero sin tantas peripecias gratuitas—, llevo casi 279 páginas aunque todavía no he escrito nada que me satisfaga. No he escrito ni la cuarta parte de todo lo que tengo que contar. Siempre me ha gustado definirme como una forma de escritura en constante proceso de cambio, una forma de escritura que no necesita papel ni bolígrafo para llevarse a cabo, y a la que no dejan de sucederle todo tipo de cosas verdaderamente insólitas. El mérito de que me ocurran tantas cosas tan inverosímiles debo atribuírselo a que arrastro una superstición que no me permite quedarme quieto; tengo la certeza de que si no paro de moverme terminaré fatigando a la desgracia y alejándola de mi lado para siempre. Se trata de un movimiento ciego, un movimiento que tampoco responde a ninguna lógica, y cuyos deseos se ejecutan igual que si fueran órdenes dentro de mi cabeza. Quizás este sea el único motivo por el cual jamás me detengo; permanezco en un estado de frenética ebullición donde yo huyo mientras los demás me persiguen. Y ninguno de vosotros se imagina lo agotador que resulta esto. «Fatigar a la desgracia se ha convertido en la más exigente de todas mis obligaciones», algo así es lo que suelo responderle a mis enemigos cuando se atreven a censurar mi comportamiento misántropo. Sin embargo, en cierto modo, creo que ellos tienen parte de razón. Creo que cada vez me encuentro más solo y abatido en mitad de esta barbarie tan civilizada, hasta mis mayores antagonistas han decidido darme la espalda, ninguno de ellos quiere saber nada sobre mí y sospecho que el admirable odio que me profesaban terminará diluyéndose en indiferencia u olvido. Me consuela, eso sí, saber que esta soledad representa el mejor afrodisíaco posible para estimular a mi espíritu. Os aseguro que podría vivir muy tranquilo sin que nadie volviese a acordarse ni lejanamente de que existo, por ejemplo ahora, durante los últimos diez minutos que he invertido aquí —sentado frente a una mesa en la Cafetería Hontanares—, donde disfruto pasando las tardes de los sábados a la expectativa de que me suceda alguna aventura interesante, alguna aventura que merezca la pena escribir para dejaros con la boca abierta. Respecto a los últimos diez minutos, como digo, tengo la impresión de que han sido eternos, bien podrían equivaler a diez tardes de domingo en pleno mes de Agosto. Han sido diez minutos durante los cuales nadie me ha dirigido ni una mísera palabra, nada de nada, en serio, parece como si yo fuera invisible o como si directamente no estuviese aquí presente. Aunque resulte triste, y también algo desconsiderado por su parte, esta actitud no ha modificado ni un ápice mis planteamientos; siempre me he sentido inmune ante cualquiera de estos ataques que pretenden debilitarme cuando (en realidad) lo único que consiguen es fortalecerme. Me pregunto qué será lo siguiente,con qué intentarán desestabilizarme la próxima vez que levante los ojos de la superficie de esta mesa, (mi mesa favorita entre todas las que hay en la Cafetería Hontanares), donde disfruto pasando las tardes de los sábados a la expectativa de que me suceda alguna aventura interesante, alguna aventura que merezca la pena escribir para así dejaros con la boca abierta. Si se me ocurriera levantar los ojos de la superficie de la mesa ya sé lo que me iba a encontrar, me refiero a que por un lado encontraría niños, bebés muy pequeños, llorando desconsolados por haber sido arrojados al mundo en contra de su voluntad, pero por otro (lado) también encontraría ancianos, auténticos vejestorios, carcamales perdidos entre lamentos que esperan su turno para desaparecer sin dejar rastro. Obviamente, los más listos han sido ellos. Sí, me refiero a los camareros. ¡Qué listos han sido! Los camareros contemplan toda esta desesperación apenas sin inmutarse, como el guardián ante las puertas de la Ley, sin mover una ceja ni un párpado, sin dignarse a pronunciar ni una mísera palabra. Me duele mucho que ellos hayan decidido tomar una actitud tan desafiante en un lugar tan representativo. La Cafetería Hontanares se ha convertido en una referencia imprescindible para mí, un punto de encuentro donde casi todos nuestros sueños podrían hacerse realidad, un lugar que ha quedado marcado con una equis en el mapa de mi conciencia, y donde he recuperado la ilusión por todas aquellas cosas que realmente merecen la pena; no me refiero sólo a su exquisito café ni a su deliciosa carta de sándwiches; tampoco me refiero a sus tortitas con nata y azúcar ni a su colección de payesitos variados. En realidad, lo que os estoy describiendo es la radiografía de un estado de ánimo: el regreso al Paraíso perdido. Quizá, a través de todo este imaginario de lujos y miserias encontraremos alguna verdad que nos sostenga en pie. Como dijo William Shakespeare por boca del Príncipe de Dinamarca, y como digo yo, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares: «¡El mundo está desquiciado! ¡Vaya faena haber nacido para tener que arreglarlo!». Entiendo que este alarde de megalomanía, esta versión complaciente y halagadora de mí mismo, no sea bien recibida entre los demás clientes del local, pero lo que me niego a comprender es su manera de despreciarme atacando mis contradicciones. Las contradicciones son algo frecuente cuando te acostumbras a vivir en el corazón de la bestia; hay algo salvaje en ellas, como también lo hay en el lenguaje de los borrachos o en la euforia de los místicos. El tiempo de las preocupaciones racionales ha terminado y ahora un grito de impotencia es más significativo que una observación sutil. Me gustan las contradicciones porque consiguen dinamitar cualquier intento de pensamiento ordenado. Las contradicciones trastornan el equilibrio de los coherentes y nos revelan su comportamiento mezquino. ¡Cuánta mezquindad flotando en el ambiente, alrededor mío, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares! ¿Qué os parece a vosotros? Me dicen que no paro de hablar sobre mí y mis ridículas contradicciones. Hablar sobre uno mismo es la peor de las impertinencias, me dicen, y ahí lo dejan. No consienten que les responda ni tampoco me ofrecen turno de réplica. Se oponen a escuchar lo que tengo que contarles. ¿Ante quién debería justificarme? Sé que nadie comprenderá lo que estoy queriendo decir mientras siga hablando desde este plus de autoconfianza que me aporta una ampolla de cianuro sujeta bajo la lengua. No se trata de simple vanidad sino de un sufrimiento mucho más privado. Me cuesta demasiado trabajo abrirme y hablar sobre lo que nos afecta a todos, sobre lo profundo de esta dialéctica. Me cuesta demasiado abordar el asunto del huevo y el microondas sin que se me terminen saltando las lágrimas, pero lo voy a intentar. Huevos crudos y microondas; eso es, fue y será todo. Yo también sabía que ambos elementos representaban dos naturalezas incompatibles, sabía que los dos mantenían una extraña relación, (una especie de cópula prohibida), donde no se admitían los apaños y mucho menos las chapuzas. No obstante, pese a conocer las dificultades a las que me enfrentaba, quería cocinar un huevo crudo dentro del microondas y ningún obstáculo iba a impedírmelo. Me había propuesto resolver aquella ecuación sin miedo a su desenlace, aunque el terror ante lo desconocido no me dejara razonar con la lucidez necesaria. ¡Ojo! ¡Nunca consintáis que el pánico a la catástrofe paralice vuestras utopías! Las utopías representan la gran fragilidad de la Historia pero también son su mayor fuerza. Yo confío en ellas. Creo que una sociedad incapaz de generar sus propias utopías, (y en consecuencia entregarse a las mismas), es una sociedad amenazada por la ruina y por la necrosis. La utopía evita que la Historia se pudra dentro de su propio vertedero. Ahora bien, quizá, este optimismo tan forzado no oculte sino un sentimiento tan masoca como autodestructivo. Menudo jueguito más inútil. Ya sé que jamás existirá ningún apocalipsis con final feliz, pero, después de haber tomado cuatro tazas de café aquí —sentado en mi mesa favorita de la Cafetería Hontanares—, creo que me siento totalmente desconectado de la realidad, como si hubiera llorado por unos pecados que nunca cometí, o como si llevase luto por unas tragedias que tampoco me atañen en absoluto. La Cafetería Hontanares provoca este tipo de reacciones cuando echas la vista atrás, me refiero a una deplorable melancolía, nostalgia respecto a un pasado que jamás hemos vivido. ¿Quién está preparado para aceptar semejante revelación? Figuraros a cualquiera de los somierdas que me rodean, ellos y sus perfectas vidas automáticas, descubriendo aquí sentados que sus almas también han pasado por terribles pruebas, por alegrías espantosas o por grandes sacrificios… «¡No lo permitamos! ¡No consintamos que el miedo a la catástrofe paralice nuestras utopías!», eso fue lo que le grité al huevo antes de agujerearlo y despedirme de él tras la puerta del microondas. Había renunciado a mi propia vanidad anteponiendo los intereses del Bien Común sobre cualquier otra recompensa. ¿O quizá no fuese así exactamente? Admito que mi distorsionada visión del Bien Común escondía un interés poco o nada altruista. A veces, (cuando me apetece), cojo mi disfraz de hombre magnánimo y engaño al público sin que nadie pueda reprochármelo; manipulo el significado del concepto “Bien Común” adaptándolo a mis preferencias.«¡Espabila, huevo! ¿Qué te pensabas? No existen los favores gratuitos.¡El hombre magnánimo sólo presta u ofrece como expresión de superioridad!». Reconozco, aquí, sentado en una mesa de la Cafetería Hontanares, que la falsa compasión es la forma de hipocresía que mejor se adapta a mi carácter. Esta utopía del huevo y el microondas era sólo una tapadera, palabrería de saldo, un plan maquiavélico para salirme con la mía, para ahorrar tiempo y esfuerzo, para no manchar sartenes ni tampoco gastar aceite. Se trataba de una travesura que no intentaba demostrar absolutamente nada. Ni metáforas ni alegorías: mi verdadero propósito pasaba por traicionar a mis propósitos postizos. Recuerdo ahora la implosión del huevo, cuando estalló dentro del vaso que lo contenía, sacudiendo la estructura metálica del microondas. En perspectiva pienso que aquello lo cambió todo. No conseguía entender qué había podido salir mal, y por eso traté de recomponer el puzle asumiendo cual era mi situación; buscaba una excusa que justificase este accidente, pero no fui capaz de encontrar ninguna. Mi conciencia se había precipitado en un estado de shock impidiéndome descubrir otro culpable que no fuese yo mismo. ¿Acaso había en mis actos un propósito deliberado por cometer una falta? Imprudencia punible u omisión consciente… sólo yo decidía quién quería ser. Recuerdo también cuando abrí la puerta del microondas, —lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer mismo—, tras la puerta del microondas el caos había hecho desaparecer al huevo, lo había desintegrado contra las paredes de aquella pequeña cámara de torturas. Un panorama desolador. Llamémoslo la masacre de un aborto ovíparo. Mi cocina se había convertido en un escaparate de pruebas inculpatorias, evidencias que debían ser eliminadas antes de que alguien pudiera asociarme con la escena del crimen. Sentado, aquí y ahora, en mi mesa favorita de la Cafetería Hontanares, he decidido confesaros mis vergüenzas buscando la redención, buscando un arrepentimiento muy sui generis, mediante el cual aspiro a encontrar la paz de espíritu. Entonces, me remangué la camisa —bayeta en mano— y saqué el vaso del interior del electrodoméstico; igual que un médico forense ejecuté el levantamiento del cadáver con gran profesionalidad. Así descubrí que la mayor parte del huevo había quedado atrapado en la parte superior del microondas. Los restos amarillos se retorcían en una lenta agonía tras la rejilla del grill y supongo que fue aquello lo que terminó por desmoralizarme. La magnitud de mi tragedia aumentaba por momentos. Cogí un destornillador a la desesperada y desmonté la carcasa sin tener del todo claro qué cojones estaba haciendo; una labor ambiciosa pero también inútil: la rejilla del grill formaba una estructura estanca e independiente. No existía acceso al interior de la rejilla del grill. De este modo, tuve claro que mi única salida pasaba por chamuscar lo que quedaba de huevo hasta convertirlo en cenizas. ¡Una exhumación amateur con los restos del difunto todavía calientes! Programé el cronómetro y volví a cerrar la puerta. Y el humo negro no tardó en cubrirlo todo de tinieblas. Oscuridad. Una densa capa de humo había venido para quedarse, mientras que niños y viejos, llantos y lamentos,  se confundían con los gemidos del huevo y su lento crepitar.

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